CAPÍTULO 24
L UZ EN LA PENUMbrA
Regresar al trabajo sin duda había sido la mejor terapia.
Suspiré y miré por la ventana. El mundo allí fuera parecía igual, pero no lo era.
No para mí. Todo mi mundo cambiaba, y tan vertiginosamente que me provocaba aprensión.
Todavía intentaba asimilar que aquello no parecían ser las alucinaciones de un lunático.
Todo mi racional castillo de naipes se había desmoronado a mis pies.
Y, sin explicaciones lógicas, mi mente vagaba a la deriva, temerosa de encallar en algún puerto de donde quizá no pudiera partir jamás.
Incluso investigué el tema de las alucinaciones compartidas, o más técnicamente llamado síndrome psicótico compartido , donde un enfermo era el inductor y el otro el receptor paranoide.
Escalofriante, si no hubiera sido porque Luis no tenía modo de conocer los detalles de la vestimenta del hombre de mis visiones.
Por mucho que él conociera a Barbarroja y yo lo hubiera visto en grabados, aquella capa era la prueba de que Luis decía la verdad.
Y si compartíamos visiones..., era muy posible que hubiéramos compartido ese mismo tiempo, y yo fuera quien él pensaba.
Y, aunque él me insistía de manera pragmática en que era ciencia, todavía no explorada a ese nivel, mi mente más arcaica siseaba pérfida en mi oído que aquello era una completa locura. Y la palabra demente me azotaba con implacable saña, por mucho que la apartara a manotazos.
Aun así, mi empeño por ayudarlo persistía, y cada noche llamaba a mi yo de otro tiempo mentalmente, intentando contactar, por mucho que aquello me aterrara.
Curiosamente, había empezado a cojear del pie izquierdo.
Sentía una gran quemazón en la planta del pie, pero nada justificaba aquella dolencia.
En una de mis revisiones, Simón incluso me hizo una placa para decirme que todo estaba bien, que debía de tratarse de algún tendón inflamado por haber dado un mal paso.
Y eso quise creer, aunque la desazón que germinaba en mi interior se revolvía como una culebra.
Respecto a Luis, le había pedido tiempo.
Lo necesitaba, y no sólo por terminar de racionalizar algo que escapaba a mi entendimiento, o quizá simplemente lo tachaba de antinatural sólo por ser algo tan tremendamente desconocido.
Sin embargo, ¿acaso no todos los nuevos avances fueron considerados mágicos en sus albores?
La mente humana tendía a rechazar aquello que no entendía, huyendo de todo lo que pudiera hacerla sentir diferente.
Justo por nuestro sentido de supervivencia más primario, que incluía vivir dentro de un grupo en el que debíamos ser aceptados.
El miedo a ser excluidos primaba, puesto que la soledad solía ser una condena a muerte.
Y, tras siglos de evolución, nuestro cerebro continuaba manteniendo latentes muchos de los instintos conservacionistas.
Instintos que a menudo producían un efecto contraproducente, cerrando la mente a caminos que podrían abrirnos otras perspectivas.
Al regresar de mis divagaciones, dos cosas llamaron mi atención.
Una, que había un hombre demasiado rato dentro de un coche estacionado mirando en mi dirección.
La otra fue un sonido: el de un motor, que creí conocer.
Sólo que, de nuevo, mi necesidad de evitar desvaríos innecesarios me recordó que habría más de una Harley en Oropesa.
No obstante, ¿cómo demonios justificaba el característico hormigueo que sentía en mi estómago sólo cuando Luis estaba cerca?
Y, aunque podía pensar que el ruido en sí podría haberlo traído a mi pensamiento, incluyendo aquella sensación que me unía a él, algo en mi interior me decía que estaba cerca.
Y no era la primera vez. A pesar de que no me incordiaba, lo había sentido cerca en más de una ocasión.
Intenté centrar mi atención en el hombre que parecía vigilar la fachada de la biblioteca, pero, a pesar de que se encontraba en la acera de enfrente y la vía no era muy ancha, la penumbra dentro del vehículo me impidió reparar en sus rasgos.
A pesar de ello, sí vislumbré que llevaba gafas y que su nariz era aguileña.
Memoricé también el modelo del coche y el color: un Renault Megan gris.
Un grupo de estudiantes depositó en mi mostrador los libros que habían consultado, y ya los despedía cuando la puerta de entrada se abrió y apareció Luis con el casco en la mano. El estómago se me encogió.
Me dirigió una luminosa sonrisa y apoyó los codos en el mostrador para dirigirme aquella mirada entornada y terriblemente sexy que erizaba mi piel.
—Te dije que...
—Busco un libro, no a ti —interrumpió guiñándome un ojo.
Sentí una irracional punzada de decepción.
—Creí que ya tenías sobrada documentación sobre Barbarroja.
—Y la tengo. Aunque las crónicas ni son tan minuciosas como me gustarían, ni tan rigurosas. Ya sabes, la maldita tendencia humana a interpretarlo todo según convenga.
—Es tan frustrante como no saber interpretar lo que no conviene —acusé mordaz.
Luis amplió su sonrisa y se inclinó más sobre el mostrador acercando su rostro al mío. Su boca ocupó todo mi campo visual, instigando todas mis barreras de contención.
—O tanto como ser acusado injustamente —se defendió frunciendo el ceño, aunque en sus comisuras se adivinaba la sombra de una sonrisa—.
He venido a por un libro y, aunque debo reconocer que tu presencia es un aliciente muy tentador para leer, necesito consultar algunas cosas. Anoche tuve un sueño extraño.
—¿Qué sueño? —pregunté intrigada.
—Esa conversación necesitaría un café que rompería mi promesa de darte espacio.
—Serías un gran negociador.
—¿Qué te hace pensar que no lo soy?
Sonrió burlón, y yo con él.
De repente, arrugó su rostro en una mueca que pareció dolorosa. Se refregó la cara con rudeza y gruñó exasperado.
—¿Te ocurre algo?
—Me levanté hace unos días como si me hubieran dado una paliza. Me duele la cara horrores, todavía.
—A mí lleva unos días doliéndome el pie.
Alzó las cejas en un gesto entre sorprendido y socarrón.
—Vaya, estamos para ir de romería y tocar la capa de la Virgen.
Solté una carcajada que me apresuré a sofocar con la mano.
—Espero que no sea nada —murmuró preocupado.
—Y nada es; al menos, nada que una prueba médica diagnostique.
—Yo creí que me había partido la crisma al caerme de la cama —explicó circunspecto—, pero en el espejo no vi contusión alguna. Aun así, tengo adormecida media cara, como si la tuviera inflamada, y me late el puto labio como si lo tuviera partido.
—Quizá sea el karma, o te estén haciendo vudú los matones que noqueaste en el Casablanca.
Amplió forzosamente su sonrisa, la mía fue natural.
—Muy graciosa.
Y, así, sin más, el silencio llegó cargado de palabras. Nuestras miradas se engarzaron, y el ambiente a nuestro alrededor crepitó.
—¿Sabes? —murmuró rompiendo con un tono grave y profundo mi absoluto arrobamiento—, ahora mis noches son más frías por tu culpa.
Tragué saliva y me retiré nerviosa un mechón de pelo tras la oreja, recoloqué mis gafas subiéndolas por el puente de la nariz y respiré hondo antes de poder proferir algo inteligible.
—Luis...
—Cuando no sabes lo que es el calor, el frío es más llevadero —añadió pellizcándome el corazón.
Paseó la punta de su dedo índice por mi mejilla, caracoleando hasta llegar a mi mentón. Un ejército de hormigas incandescentes revoloteó por mi piel. Cerré inconscientemente los ojos y suspiré.
—No sé cómo lo haces, pero tienes la fulminante capacidad de desarmarme.
—Yo tampoco sé cómo consigues que sólo piense en besarte cuando te tengo cerca. Ya ni sé a qué he venido.
Ansié ese beso con tanta vehemencia que me resultó desgarrador. Intenté acompasar mis alterados latidos y respiré hondo de nuevo.
—A por un libro —recordé, aferrándome a aquel frágil hilo de control que ya se deshilachaba peligrosamente con la necesidad de devorar aquellos mullidos labios.
Se mordió el labio inferior. De mi garganta escapó un gemido extraño, entre ansioso y frustrado. Me reprendí mentalmente. Percibí la misma necesidad contenida en él.
—¿Có... cómo se llama el libro qué buscas?
Me erguí en mi silla de oficina y dirigí la vista al buscador del programa que iluminaba el monitor de mi ordenador.
—Espera que borre de mi mente el impulso de arrancarte de esa silla y llevarte al primer rincón apartado que encuentre entre esos libros.
Una punzada en mi bajo vientre agitó mis piernas. Sentí el impulso de morderme el labio, pero lo reprimí.
Luis suspiró profundamente y reclinó un segundo la cabeza. Su negro cabello acicateó la punta de mis dedos.
—Bien, bien, ya lo tengo. —Alzó el rostro palmeando triunfal el mostrador, y aunque su mirada permanecía turbia, su gesto era más sereno—. Se llama Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos del mundo .
Tecleé en el buscador, aunque tuve que rectificar un par de veces. Sólo podía pensar en él atrapándome contra los estantes para derretirme con un beso flamígero.
—Es una biblioteca pequeña, dudo que lo tengamos. A decir verdad, apostaría lo que quieras a que no está.
—Una cena —se apresuró a proponer.
Justo terminaba de pronunciarse cuando frente a mí apareció su lugar en el archivo.
Por mi atónita expresión, Luis se inclinó hacia el monitor y soltó una risotada triunfal al ver el resultado.
Torcí el gesto, pero asentí. Aunque en realidad aquella pantomima contrariada quizá lo engañara a él, porque, muy a mi pesar, yo había claudicado a sus encantos incluso creyendo que me repelía.
—Nunca nadie ha consultado ese libro —musité mirando el historial—. Debe de estar flamante.
—Es que es sólo para raritos.
Me guiñó un ojo y miró por la ventana. Algo cambió en su expresión, de manera muy fugaz. Un músculo de su mentón pulsó en una breve frecuencia, oprimiendo sus labios con disgusto. Cuando se percató de mi atención, se aprestó a relajar el rictus y me sonrió disimuladamente.