CAPÍTULO 23 #2
Cuando iba a replicar, me dejó en el suelo. Apenas fui consciente de que si seguía pegada a su pecho era porque mis brazos todavía enlazaban su nuca.
—Algo muy fuerte nos une, morisca —murmuró contra mis labios—. Ahora pienso que no fue tu arrebato vengativo lo que me trajo hasta a ti; fue el destino, que aquella noche se conjugó para acercarnos.
Las palmas de sus manos en mis costados desprendían tal calor que pensé que eran las culpables de que todo mi cuerpo aumentara de temperatura ante su contacto.
Pero no eran sus manos, era aquella mirada, intensa, subyugadora.
Era su voz grave pero acariciadora. Era ese algo, que tiraba de nosotros por encima de enconos, razón y cordura.
Un carraspeo logró apartarme de ese influjo con un leve sobresalto. Aturdida, separé mis manos de aquel espeso cabello negro que había atrapado entre los dedos, y lo hice a desgana, para mi completa desolación.
A Dragut también le costó despegar sus ojos de mí para ponerlos sobre el dueño de aquel carraspeo.
—De momento sólo servirán como ayudas de cámara a las concubinas —explicó adoptando de nuevo su tono frío.
Un gigante de ébano, vestido con ricos brocados y sedas, asintió y me observó curioso.
Dragut se volvió entonces hacia las demás, alentándolas a entrar. Al pasar por su lado, Blanca se lanzó a sus brazos. No me pasó desapercibida la expresión contrariada y asombrada del corsario. Aun así, dejó que la castellana derramara su afectada despedida sobre él.
—Isabet cuidará de ti —profirió cuando ella logró apartarse.
Blanca se limpió la humedad en sus ojos e inclinó acongojada la cabeza.
Dragut y yo volvimos a mirarnos con intensidad. Y, por primera vez, entendí a Blanca.
—Seguidme, tengo muchas cosas que enseñaros —apremió el enorme eunuco con una sorprendente voz aniñada.
Juana tomó mi cintura y me ayudó a caminar. Aún volvía la cabeza sin parar para mirarlo ahí de pie, inmóvil en aquella entrada, pensativo y poderoso, hasta que las grandes puertas se cerraron tras nosotras.
Suspiré, y ella me miró de reojo.
Entre largas galerías abovedadas se abrían edificaciones diversas unidas por patios ajardinados.
La hermosa opulencia de las construcciones y la gran extensión de aquella parte del palacio lo convertían casi en otra ciudad.
Fuimos conducidas por un largo corredor, del que partían otros muchos que conectaban las diferentes salas del harén, que el eunuco denominó camino de oro .
Finalmente llegamos a la última sala, la de las sirvientas.
—No os sentéis ni toquéis nada hasta que os bañéis.
La pulcritud es una exigencia para todas —nos advirtió—.
Me llamo Ahmed, y soy el jefe de los eunucos negros.
El encargado de custodiar a las mujeres del harén, junto con mis subordinados.
Pronto os explicarán las jerarquías dentro del recinto, para que sepáis a lo que ateneros.
No tardaron en asomar tres mujeres, la de mayor edad nos inspeccionó ceñuda.
—La rubia es perfecta para ser instruida. —Sus ojos se posaron en Blanca.
Me adelanté cubriéndola con mi cuerpo.
—Estamos aquí como ayudas de cámara, no como concubinas —aclaré mirándola con determinación.
La mujer avanzó hacia mí con una tensa sonrisa en sus finos labios. Su mano se estampó en mi mejilla, haciéndome retroceder.
—Las normas del harén son las siguientes: obediencia, sumisión, disciplina y respeto a las clases superiores.
Ante la infracción de cualquiera de ellas, se ejecutará el castigo pertinente.
Vosotras estáis en el escalón más inferior, con lo que cualquier orden del resto es ley y no se puede cuestionar.
La autoridad principal del harén recae en la valide , la madre del sultán.
En segundo lugar está la kadin , la primera esposa y madre de su primogénito.
A continuación, van las favoritas, las ikbal , y, por último, las concubinas que comparten su cama y reciben el nombre de gözde .
Luego están las concubinas imperiales, llamadas cariyes .
Vosotras estáis aquí para servirnos a todas. ¿Ha quedado claro?
Todas asentimos. Aunque en mi mirada no había ni un ápice de aprobación.
—Y, si yo decido instruir a quien considero del gusto del sultán, nadie puede interferir en esa decisión.
Nos escrutó con mirada severa y, tras un leve mohín complacido, nos impelió a seguirla.
—Mi nombre es Yamila, y soy la instructora de este harén —explicó mientras caminaba con paso marcial.
Me ardía la mejilla, y mis ojos le atravesaron con inquina la nuca.
Dobló un recodo a la derecha y se adentró en una sala de la que manaba una neblina vaporosa.
En el recinto tachonado de columnas y arcadas, revestido de mármol blanco, se abría una alberca repleta de agua humeante. A un lado, en unas bancadas del mismo material, varias mujeres desnudas se cepillaban el cabello unas a otras o se extendían aromáticos ungüentos entre joviales conversaciones.
—Desnudaos, oléis a porqueriza.
Ciertamente, me apetecía mucho ese baño. El último aseo completo había sido en aquella cuba en Cabilia. Lo único bueno que precedía a nuestro perenne estado de esclavitud era aquello. No obstante, cuando ya enfilaba hacia la alberca, Yamila me detuvo.
—¿Adónde crees que vas, muchacha?
—A bañarme... —respondí—, para complaceros —me apresuré a añadir.
En la astuta mirada de la mujer relampagueó un halo malicioso.
—La suciedad debéis dejarla fuera, o el agua de la alberca se corromperá.
Y, tras un gesto determinante, varias sirvientas cogieron cubos de agua y los lanzaron sobre nosotras. Estaba tan fría que gritamos casi al unísono.
La instructora sonrió perversa y, cuando mis dientes ya comenzaban a castañetear, unas manos armadas con esponjas jabonosas frotaron con rudeza mi piel.
Me manipularon como una muñeca inerte, alzando mis brazos, separando mis piernas y lavando con casi dolorosa fruición cada recóndito rincón de mi cuerpo.
Luego se ocuparon de mi melena, enjabonándola con esmero y aclarando el conjunto con generosidad.
Casi relucientes, nos condujeron por fin a la alberca.
Ahora incluso pensaba que esa agua era la que podía ensuciarme a mí, porque hasta creí haber bajado un par de tonos el color de mi piel.
Descendí por la escalerilla de mármol y me sumergí cerrando gozosamente los ojos para disfrutar más intensamente de la maravillosa temperatura del agua.
Al instante, todos mis músculos se distendieron, y me acomodé en una repisa que hacía de banco, donde me recliné relajada liberando todas las tensiones sufridas.
Y, aunque sentía aguijonazos en la tierna quemadura de mi pie, me afané por apartarlos de mi mente decidida a recrearme.
Juana se sentó a mi lado, y al otro Blanca, que permanecía distante y acongojada.
Dolores, que comenzó a bracear cruzando la alberca, fue recriminada por la rígida instructora, arguyendo que esa práctica no era adecuada.
El vapor ascendía espeso y sinuoso entre nosotras, y la sensación era tan placentera que mis labios se curvaron ampliamente hasta que de ellos escapó un lánguido suspiro.
Sentí como si mi cuerpo flotara en la nada, mi mente se evadió y mi espíritu se aligeró, otorgando a mi alma un merecido respiro.
No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que el tacto de una mano en mi muslo me sobresaltó.
Miré a mi izquierda, pero Juana continuaba con los ojos cerrados, simulando que aquella mano que recorría mi piel no era la suya.
Me agité inquieta, pero no se detuvo. Cuando la punta de sus dedos alcanzaba mi ingle, frené su avance con mi mano.
Entonces ella abrió los ojos y me sonrió con fingida inocencia.
—¿Qué se supone que estás haciendo? —susurré molesta.
—Tu piel es muy suave —adujo a modo de respuesta.
—Eso no te da permiso para...
—No creí que una simple caricia te violentara tanto.
—Pues lo hace.
Sus grandes ojos castaños me miraron penetrantes.
—Tan sólo buscaba aliviar tensiones. No hay nada de malo en ello.
La miré desconcertada y ella me sonrió tranquilizadora.
—Hace un instante, esas mujeres nos han frotado todo el cuerpo y no te has escandalizado —espetó pragmática—, yo tan sólo quería reconfortarte.
—Esa caricia ha sido excesivamente íntima —reproché ceñuda.
—Podría haberlo sido más si no me hubieras detenido.
Esta vez mis cejas se arquearon asombradas. Mi turbada expresión no borró aquella traviesa sonrisa.
—¿Qué hay de malo en procurarnos algún goce tras tantas penurias vividas?
—Podría rebatirte eso, pero ni me voy a molestar.
—No, adelante, moléstate —insistió acicateada por mi rechazo—. Tengo curiosidad. ¿Acaso te lo impide una religión en la que no crees, o quizá la otra que no practicas? ¿Acaso te debes a alguien? ¿O simplemente la idea te parece tan antinatural que sólo por eso la condenas?
—No es nada de eso; por fortuna, no me atan creencias ni me encadenan sentimientos.
He leído la suficiente cultura clásica a escondidas para saber que hasta la sociedad romana no hacía distinción en cuanto al género.
Al igual que ocurría en otras antiguas civilizaciones, si los dioses les habían otorgado el disfrute carnal, habría sido un oprobio hacia ellos no darle buen uso.
Por tanto, agasajaban con ese regalo divino a quien provocara en ellos tal apetito. Y ahí se encierra mi respuesta.
Juana forzó una sonrisa rígida que no ocultó el brillo airado de sus ojos.
—Hasta tu forma de rechazar resulta excitante.
—Espero que eso no lo convierta en un reto.
—No suelo darme por vencida a la primera de cambio —advirtió con una sonrisa dúctil.
Me aparté de ella con un mohín desaprobador.
—Ni yo cambiar de opinión por mucho que insistan.
—No es necesario que te alejes —murmuró cerrando los ojos tras un afectado suspiro—, he entendido sobradamente tu postura. Quizá si tuviera un colgajo entre las piernas y te mirara con unos maliciosos ojos grises, mi suerte sería otra.
La referencia a Dragut provocó un abrupto chapoteo a mi derecha.
—Que yo sepa, compartes su suerte en ese aspecto —maticé—. Con la salvedad de que a ti te guardo afecto. Algo que sólo tú puedes malograr si continúas por ese camino.
Abrió los ojos y, tras una larga mirada, asintió. No obstante, no vi resignación ni derrota en ella. Y eso sí me inquietó.
—Se acabó el descanso, hay mucho por hacer —rezongó Yamila impaciente.
Cuando miré a mi derecha, Blanca me contemplaba con un brillo que me pareció acusador. Supe que tenía una conversación pendiente con ella que no podía postergar mucho más.
Salimos del agua, y Yamila se puso frente a nosotras observando pensativa nuestra desnudez. Sus pequeños ojillos oscuros se entornaron calculadores posados en mí, sus labios se fruncieron y se frotó la barbilla con ademán concentrado.
—Tienes grandes y turgentes senos, sensuales curvas y hermosos rasgos.
Tu aspecto es algo asalvajado, indomable, ese matiz gusta a ciertos hombres, aunque predomine la inclinación por la sumisión femenina y la dulzura.
Tu amiga, en cambio, es el ideal de belleza en estas tierras.
Cabellos y ojos claros, piel de alabastro, cuerpo y rostro aniñado.
Creo que hará las delicias del sultán, pero antes debemos aleccionarla debidamente.
Clavó su desafiante mirada en mí, pero me guardé muy bien de volver a replicar. Nos cubrieron con túnicas de lino y nos condujeron a otra sala. Blanca se rezagó emitiendo un estrangulado gemido. Me volví hacia ella y le ofrecí mi mano.
—No... no dejes que me toquen —murmuró lívida.
La angustia que constreñía sus preciosas facciones me desazonó.
—Prometo que pronto te sacaré de aquí. Pero tienes que ser fuerte hasta entonces.
Asintió, pero su rostro comenzó a adquirir una preocupante tonalidad gris.
Apretó los labios en un fútil intento por contener una arcada y, finalmente, se dobló en dos y vomitó sobre sus pies.
Yamila se volvió hacia nosotras y puso los ojos en blanco.
Ayudé a limpiar el estropicio, lanzando constantes miradas a Blanca, que no dejaba de temblar.
Me puse en pie, intentando adelantarme a lo que preveía.
No llegué a tiempo: Blanca se desplomó al suelo entre espasmos.