CAPÍTULO 23
U N HORIZONTE DE CÚPULAS Y CRÁPULAS
Tras vendarme el pie con unos lienzos y calzarme, salí trémula, sudorosa y jadeante rumbo a mi próximo destino.
Cojeaba y tiritaba, pero, apoyada entre Juana y Blanca, logré seguir el ritmo que nos imponían hasta una cala en la parte este de la isla, donde se efectuaría el intercambio de prisioneros.
Me escocía con tal intensidad que gimoteaba cada vez que mi pie rozaba el suelo. A las demás les dije que me habían azotado los pies con una vara. Cuantos menos ojos vieran la verdad, más fácil sería de ocultar.
Llegué en un penoso estado al punto de encuentro. Pero no fui la única.
Tras nosotras iban los secuaces de Dragut, el taimado Ibrahim y Nasir, que había sido tomado por un rico comerciante e incluido en la negociación.
En la playa, de fina arena dorada protegida por montículos calcáreos que la ocultaba de ojos curiosos, un hombre arrodillado y maniatado permanecía con la cabeza gacha.
Cuando alzó el rostro, la impresión que me causó casi hizo que olvidara el ardor demencial que ascendía de mi pie izquierdo.
Su maltrecho rostro estaba tan amoratado e inflamado que a duras penas resultaba reconocible. El único ojo que podía abrir destellaba fogonazos de plata fundida en una fragua de puro odio. De haber podido liberarse, su ira habría asolado toda la isla.
Lo habían golpeado salvajemente y apenas si podía tenerse en pie, pero si algo no habían podido doblegar había sido su orgullo. Cuadraba los hombros alzando la barbilla ante sus enemigos, negándoles verlo desfallecer.
Tres galeras que enarbolaban el emblema de Solimán se mecían en la bahía, a la espera de la señal.
—Recoged a esta escoria y metedlo en los esquifes junto a sus hombres —ordenó Hernán.
Dragut logró ponerse en pie antes de que nadie lo aferrara y, tambaleante, avanzó hacia él.
—Reza..., monje..., por morir... antes... de que te encuentre...
Pronunciar aquella frase debió de dolerle mucho, teniendo en cuenta lo inflamada y sanguinolenta que estaba su boca.
Luego caminó todo lo recto que pudo hasta las barcas. Temí que las olas de la orilla lo derribaran, pero, ante el asombro de todos, él solo se metió dentro y se acurrucó en la popa.
Pensar en introducir mi pie en el agua salada me dio escalofríos. Pero si él había podido, yo también lo haría, me dije.
Mis dientes rechinaban de dolor cada vez que el agua lamía mi herida, y, aunque el brazo de Juana en mi cintura me ceñía a su costado con fuerza, alzándome cuanto podía, el trayecto, aunque corto, fue tan lastimero que me costó no gritar.
Ocupamos el otro esquife, y cuando de las galeras partieron otras dos falúas con los prisioneros cristianos, Hernán alzó la punta de un catalejo hacia ellos para corroborar que, en efecto, eran los hombres que él había pedido.
En aquel momento asintió, y sus soldados de Cristo empujaron los bateles alejándolos de la playa, hasta que los berberiscos lograron hacerse con los remos y enfilar hacia las galeras.
La reconfortante brisa marina perfumada de salitre y engañosa libertad agitó mis cabellos y refrescó mi rostro.
Y, aunque mi pierna izquierda era una tea palpitante, logré aspirar profundamente aquel aire y cerrar los ojos para serenar mi atribulado espíritu.
Un brazo se posó consolador sobre mis hombros.
Creí que era Blanca, pero cuando abrí los ojos me topé con la mirada indescifrable de Juana.
—Lo lograremos —afirmó convencida.
—Lo lograremos —repetí, grabando aquella meta en mi corazón.
Entrelazó sus dedos en los míos y los oprimió ligeramente.
Blanca permanecía asomada a la borda, con su ansiosa mirada posada en el otro esquife.
* * *
Bordear el Cuerno de Oro y adentrarnos en el mar de Mármara fue como atravesar la puerta a otro mundo. La esplendorosa ciudad que se alzaba ante nosotros cortaba el aliento.
Una miríada de cúpulas y minaretes se recortaba contra el horizonte hasta perderse de vista.
Mezquitas, palacios y diversas edificaciones que competían en vistosidad y belleza se alzaban orgullosas, conformando la mayor urbe del mundo conocido.
Aquella ciudad imperial mostraba su poder al borde del Bósforo, con una actividad portuaria bulliciosa y el pulso vivaz de sus habitantes, que llenaban de color y movimiento cada callejuela que atisbaba desde la cubierta de la galera.
Mis ojos apenas si podían dejar de admirar cada cosa que veía, absorbiendo cada detalle. Blanca también estaba asomada a la amura de la borda, pero inmersa en otros menesteres: vomitaba.
Me preocupaba que siguiera enferma. Cuando no suspiraba por el capitán corsario, dormitaba continuamente. Se mostraba inapetente y cansada, su apatía la encerraba en sí misma, con lo que evitaba cualquier conversación.
Dragut, por su parte, a pesar de los golpes recibidos, tan sólo se había permitido recluirse un día en su camareta. Al siguiente, y a pesar de su lamentable estado, ejecutó sus labores de capitán gobernando la nave.
En aquel momento, maniobraba el timón observando con orgullo la ciudad, mientras ordenaba recoger velas. A golpe de boga, la galera se situó en el embarcadero.
Conmigo tan sólo había cruzado una frase: «Parece que el destino se niega a separarnos».
El canto del muecín reverberó en el aire junto con el sonido hueco de un cuerno, cuyo mensaje desconocía.
El murmullo sordo de la ruidosa metrópoli flotaba a nuestro alrededor, envolviéndonos.
Una suave brisa almizcleña y especiada perfumó nuestra llegada con un saludo exótico que resultaría atractivo de no representar la abierta puerta a una celda, que, aunque hermosa, podría convertirse en mi tumba.
Mi pie mejoraba, aunque continuaba inflamado y la herida tierna.
Necesitaba ungüentos que no podía aplicar, pues no contaba con sus ingredientes.
Así que me limitaba a lavar la herida, pinchar las ampollas y mantenerla seca, una operación dolorosa en extremo.
Solía hacerme las curas cuando todos dormían, y aunque Juana había insistido en ayudarme, había rehusado quitándole importancia a mi dolencia.
No obstante, su mirada suspicaz me perseguía.
Atracados en el muelle, descendimos, esta vez sin cadenas.
Dragut había fabricado una especie de muletas para ayudarme a caminar.
Pero o yo era torpe con ellas, o la empedrada calzada era incompatible con su uso.
Trastabillaba sin parar y, aunque Juana y Dolores estaban pendientes de mí en todo momento, casi logro enviarlas al suelo conmigo.
Dragut, que observaba ceñudo mi lastimero avance, se acercó a nosotras a grandes zancadas, me arrebató las muletas y las tiró al suelo. Tras una mirada decidida, me tomó en sus brazos.
—Puedo andar sola —repliqué revolviéndome contra él.
—Y yo volar —se mofó caminando a buen paso.
—Los demonios no vuelan.
—Ni las arpías andan.
Gruñí malhumorada suspirando hondamente. Dragut me observaba de soslayo, mientras yo miraba al frente intentando ignorarlo.
—Eres la mujer más condenadamente rebelde que he conocido nunca. No te dejas ni ayudar.
—Y tú, el más insufrible y terco. —Le lancé una mirada resentida—. ¿Tan difícil es entender que te detesto?
—No creo recordar que detestaras mi boca hace unos días.
Aquella mención al beso me sulfuró. Tantas palabras acudieron a mis labios que se atoraron en ellos, convirtiéndose en un exasperado gruñido.
Sin embargo, ver la sombra de una sonrisa triunfal en él las destrabó.
—No me lo recuerdes, o temo que te vomitaré encima.
Un músculo de su mentón palpitó tenso. Su rostro se endureció.
—Creo que lo que necesitas precisamente es que te lo recuerde, así que no me tientes.
Nuestros rostros estaban tan cerca que sentir su aliento dulzón en mi boca hizo hormiguear mi vientre. Proferí internamente una maldición y aparté mi cara todo lo que pude.
Al atisbar por encima de su hombro, me topé con una mirada envidiosa. En sus celestes ojos relumbraban las candentes ascuas de los celos.
Blanca, Juana y Dolores nos seguían, y tanto Juana como Blanca parecían prestarnos excesiva atención. Ambas compusieron semblantes serios y disgustados.
Agrandé admirada los ojos ante la magnificencia arquitectónica que se alzaba ante mí. Tras atravesar la entrada de un gran muro, una bella puerta dentro de un arco entre dos torres octogonales se abría a un amplio patio.
—Ésta es la residencia de Solimán, el palacio de Topkapi —explicó Dragut—.
Viviréis en el harén real, aunque no como concubinas, sino como sirvientas, hasta que el sultán regrese de su campaña en Persia y decida vuestro destino.
Nada habrás de temer si tu verdad es confirmada.
Te aseguro que el sultán es más piadoso que los que luchan por la cruz abandonando a mujeres cristianas a merced del infiel.
Caminó atravesando un vasto patio con una fuente ornamental en el centro y giró a la derecha rumbo a una enorme construcción, donde se abrían unos decorativos portones abiertos.
Dragut agitó el cordel de la campana que había en el umbral y esperó paciente.
—¿No tienes autorización para pasar?
—Ningún hombre que no haya sido castrado puede atravesar esta puerta.
—¿Todas las concubinas son para el sultán?
—No, sólo las que destacan. El resto son elegidas por los altos funcionarios y los hombres de confianza del sultán.
—¿Y tú no eres un hombre de confianza?
—Yo apenas paso tiempo en palacio. Y soy el hombre de confianza de su almirante, no de él.
—Resulta reconfortante saber que no volveré a verte entonces —aduje sosteniendo su penetrante mirada.
—Que yo no pueda pasar no significa que no te mande llamar.
Sonrió, y sus mullidos labios llamaron mi atención. Perfilados por su barba negra, destacaban como una isla en mitad del mar.
Oímos unos pasos que se acercaban, pero ninguno de los dos logró desenlazar la mirada de la del otro.
—Y, por cómo me miras, creo que lo haré muy pronto —susurró ronco.
Su mirada se enturbió cuando se posó en mi boca.