La perla del agua CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

De pronto, un nombre susurrado con afectación brotó de sus labios, deteniendo mis caricias.

Un agudo desasosiego me poseyó un instante.

Fue aquel tono entre íntimo y anhelante engarzado a un nombre que debería odiar lo que me confirmó los sentimientos de la castellana por aquel malnacido corsario que le había arruinado la vida.

Y, aunque dormía sobre la verdadera causante, me resultaba incomprensible que pudiera abrir su corazón a un hombre como él.

Y esa enigmática cuestión me sulfuraba y me aturdía a un tiempo.

A mi mente acudió un recuerdo, el de aquel beso al comienzo del temporal, y en su favor debía reconocer que Dragut sabía cómo embriagar con sus apasionadas artes el juicio de una mujer.

Quizá Blanca sólo se hallaba cautiva de sus arteras seducciones.

No pude dejar de preguntarme hasta adónde habrían llegado.

El magnetismo del capitán era poderoso, yo misma, incluso odiándolo profundamente, había caído bajo su influjo.

Había algo tan subyugador en él que lograba fascinar cuando se lo proponía.

Sin duda era un hombre con dos manos, como bien había señalado en una ocasión, y cuando usaba la mano izquierda exhibiendo sus encantos, la derecha se escondía tras él, logrando hechizarte hasta hacerte olvidar momentáneamente esa mano oculta.

Aunque me temía que, en el caso de Blanca, ese «momentáneamente» se había convertido en «indefinidamente».

No obstante, yo debía abrirle los ojos al peligro al que se exponía; no por nada me había erigido en su ángel guardián, y la salvaría de aquel demonio de todas las formas posibles.

Intenté dormir. No lo conseguí.

* * *

Un metálico murmullo tintineante y el eco de unos pasos repiqueteando entre los muros de piedra recorrieron las lóbregas galerías, poniéndonos en pie.

Un grupo de hombres asomó por un recodo con Hernán a la cabeza.

Todos portaban hábitos monacales en blanco, con una gran cruz de Malta escarlata en el pecho, sobre una cota de malla ceñida por cinturones y una capa negra con la misma cruz en el hombro izquierdo.

En sus cintos, una larga espada enfundada en su vaina.

Los vivaces ojos azules de Hernán centellearon complacidos cuando los posó sobre mí. Supe al punto que todo parecía seguir el orden estipulado.

Se aproximó a la celda contigua seguido de una larga hilera de caballeros, que desenfundaron sus espadas disponiéndose en guardia.

—Barbarroja ha aceptado el intercambio, pronto regresaréis a formar parte de sus huestes —comenzó Hernán en tono solemne—. Me consuela saber que pronto tendré oportunidad de volver a capturarte, y la próxima vez caerás bajo mi acero.

—O tú bajo el mío.

La voz de Dragut tronó estentórea rebotando en la piedra. Sentí cómo Blanca, a mi lado, suspiraba queda.

—De un modo u otro, volveremos a encontrarnos. Nada me complace más que apresar demonios.

—Tan fácil como atarte las manos —replicó Dragut mordaz.

La agudeza de aquel hombre era tan afilada como su espada.

Podía ver el perfil de Hernán, que en aquel momento esbozaba una sonrisa ácida que trastocó su severa expresión en una mueca pérfida.

—Mañana al alba serás liberado junto a tus secuaces. Ahora el gran maestre quiere conocerte.

Se oyó el gruñido de la cerradura cediendo ante el empuje de una llave. Al cabo, el quejido de los goznes chirrió, provocando que los hospitalarios cerraran filas frente a Hernán.

Cuando Dragut apareció encadenado, Blanca se aferró a los barrotes. La tensión de sus hombros evidenció su preocupación por él.

Dragut se detuvo frente a nuestra celda, pero no fue en Blanca en quien posó sus ojos, sino en mí.

—¿Qué va a ser de las mujeres?

—Todavía estamos decidiendo su destino.

Dragut arrugó el ceño y respiró hondo.

—No es un trato muy cristiano tenerlas encadenadas en una inmunda celda húmeda y maloliente, y más compartiendo dios. Aunque ya descubrí que la piedad y la bondad no son rasgos de vuestra orden.

—Aquí están a salvo hasta que algún barco parta para sus tierras, la decisión la tomará el gran maestre.

—A salvo de la lujuria de vuestros soldados célibes, imagino.

—Malta es un fortín militar, poco adecuado para mujeres —añadió Hernán, cada vez más irritado.

—En todo fortín hay un castillo con dependencias secas y cómodas donde recluirlas —persistió incisivo—, pero, claro, si los preceptos divinos son tan frágiles entre vuestros hermanos, comprendo que alejéis de ellos la tentación.

Empiezo a compadecer a tu dios, la debilidad de un ejército comienza cuando no se respeta su causa.

Hernán frunció los labios con disgusto, sus puños se cerraron y su mirada se enconó sobre Dragut.

—Harás mejor en compadecerte de ti mismo.

Se volvió altivo aunque indignado y se alejó a grandes zancadas.

El carcelero tiró de la cadena enlazada a las argollas de las muñecas de Dragut, pero éste abrió las piernas y se aferró a los barrotes de nuestra celda.

Blanca se aprestó hacia él y acarició tímida sus manos.

Pero la atención del pirata estaba puesta en mí.

—Hazte un favor, morisca, y no regreses a Oropesa. Conduce tus pasos a un nuevo lugar, pues no puede deshacerse un entuerto ni enmendarse un error, lo único posible es no volver a cometerlo. Y allí sólo puede esperarte un destino.

—Quizá el que merezco.

—Es posible. —Miró a Blanca y de nuevo a mí—. Pero, aun así, tú no eres de las que se rinden. Y creo que en tus manos tienes muchos destinos de los que cuidar.

Un violento tirón de cadena lo arrancó de los barrotes; sin embargo, fue otra voz la que se quejó. Blanca alargó el brazo hacia él, pero Dragut ya caminaba tras el carcelero.

* * *

Despuntaba el alba cuando me sacaron de la celda.

Supuse que Hernán deseaba informarme de algunas premisas antes de partir.

Fui conducida hacia el puesto del carcelero, una estancia igual de fosca que el resto de la prisión, pero con mobiliario, una mesa cochambrosa, una silla desvencijada y unos ganchos de los que pendían llaves y argollas.

En un rincón, un caldero con brasas alejaba, sin mucha fortuna, el húmedo frescor que rezumaba de los muros.

Resaltaron ante mis ojos varios atizadores y algunas fustas que me erizaron la piel.

Hernán y dos caballeros me aguardaban con expresión circunspecta.

—Siéntate.

—Llevo sentada dos días.

Hernán mostró en su rictus lo mucho que lo irritaba mi resistencia incluso a aquella simple petición.

—La obediencia no es una de tus virtudes, por eso mismo he de asegurarme de ella.

Asintió, y los dos caballeros me obligaron a sentarme, reteniéndome en la silla.

Hernán caminó hacia el caldero con brasas y extrajo lo que creí un mero atizador. Pero lo que en realidad emergió fue un hierro con una incandescente punta en forma de cruz de Malta. Me tensé y forcejeé nerviosa.

—En mi afán de atar cabos, para procurar que tu misión llegue a buen término, se me ha ocurrido la manera de evitar que tu sangre infiel se incline por el sultán y, por supuesto, que escapes.

Ya que, de hacerlo, no sólo te perseguiríamos nosotros, también ellos.

Una espía marcada es más fácil de seguir.

Mis latidos se desbocaron. Una punzada angustiosa cerró mi garganta y el miedo me poseyó.

—Sería un grave error —argüí tragando saliva—, pues si me marcas sabrán que soy una espía y el plan se malogrará en el acto.

—He pensado en todo, no te preocupes —explicó esbozando una sonrisa maliciosamente condescendiente—. Y puesto que, siendo esclava en la corte de la lujuria y el pecado, tu cuerpo será expuesto y ofrecido, he pensado en un lugar que deberás mantener bien oculto por el bien de todos.

Tras un seco gesto, el carcelero se abalanzó sobre mí y apresó una de mis piernas mientras yo pataleaba con la que me quedaba libre. No tardaron en inmovilizarme, y el pánico burbujeó en mis venas con la misma intensidad con que las olas golpeaban la parte exterior de aquellos muros.

—El dolor te recordará tu fidelidad a la orden, la cicatriz te atará a ella y la necesidad de ocultarla será el acicate que precisarás para completar la misión. —Sonrió sibilino y se acercó con el hierro en su mano.

»También he de resaltar que, si pasara por tu cabeza la idea de escapar, no sólo Ibrahim estará vigilando tus pasos, y no serías tú quien pagará tu insensatez. Por cada error que cometas, una de tus amigas morirá. Seguro que de ese modo velarás mejor por sus vidas.

Apresaron mi pie izquierdo y, por mucho que intenté zafarme, me fue imposible. No obstante, no dejé de revolverme contra ellos maldiciendo.

Cuando el hierro al rojo se hundió en la suave piel de la planta del pie crepitando en su intrusión, proferí un alarido que pronto se aprestaron a sofocar cubriendo mi boca con una gran manaza.

Una intensa punzada de dolor se irradió por toda mi pierna, que se agitaba con violentos espasmos ante la agonía que estaba sufriendo.

El olor de la carne quemada, mi propia carne, se fundió con el del carbón, y si el odio tuviera algún aroma, habría impregnado aquella sala y a aquellos hombres con su hedor, marcándolos para toda la vida.

Mi visión se desdibujó, sin embargo, no perdí completamente la conciencia, y en mitad de aquel sufrimiento sentí que alguien me llamaba. Alguien que me miraba a través del agua. Un rostro familiar, un rostro que había visto muchas veces reflejado..., el mío, aunque extrañamente más pálido.