La perla del agua CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

U N DESTINO MARCADO A FUEGO

Arribábamos al puerto de Birgu cuando el cobre de un atardecer esplendoroso bañaba el escarpado relieve de la isla, sombreando las grietas de los riscos y enseñoreándose en la amable curva de la bahía donde se abría el puerto.

Tras las murallas y los bastiones defensivos asomaban algunas tímidas cúpulas y las techumbres de las edificaciones más altas, recortadas por un cielo incendiado y preñado de colores cambiantes.

La estampa rezumaba una belleza sobria y un poderío palpable.

Aquella isla fortificada resultaba un refugio inexpugnable y un lugar estratégico para una flota bien pertrechada.

Los antiguos galeotes gobernaban la nave bajo las órdenes de Hernán de Parma, el capitán de los caballeros hospitalarios y mi nuevo amo.

Pertenecer a una orden religiosa y militar al tiempo, en contra del infiel, eximía por completo de un precepto, que yo siempre consideré más un rasgo en el carácter: la piedad.

Jamás olvidaría días atrás cómo habían pasado por la quilla al cómitre.

Aparte de la parafernalia de cabos y poleas que se precisaron para armar aquella suerte de recorrido, el castigo resultó ser de una crueldad tan abominable que apenas pude probar bocado en los días siguientes.

Una vez que el reo era atado de pies y manos al cabo en cuestión, lo lanzaban por una borda y los tripulantes comenzaban a tirar con fuerza de la maroma para pasarlo bajo el casco hasta que asomaba por el otro costado.

Lo mejor que podía pasarle era que muriera ahogado, pero al menos él no tuvo tanta suerte.

La primera vez que lo sacaron sangraba copiosamente, exhibiendo colgajos de carne pendiendo de largos y profundos rasguños.

Su cuerpo había sido raspado contra el casco repleto de broma, pequeños moluscos y crustáceos adheridos a las tracas que cortaron su carne como si fuera manteca.

En la segunda vuelta emergió casi desmembrado.

No fue necesaria una tercera. El espectáculo fue tan atroz que cortaron el cabo, dejando que se convirtiera en comida para peces.

La ejecución obró el efecto deseado: apaciguar los ánimos de los belicosos corsarios berberiscos, aceptando el inesperado giro de roles.

Otro golpe de fortuna que les regaló la terrible tormenta pasada fue desviar al resto de la flota, con lo que la captura de la galera principal, en la que iba el capitán y su contramaestre, fue todavía más ventajosa.

Libres del resto de las naves perdidas, dirigirse a Malta había sido cosa de niños.

Aquella situación también había traído alguna ventura para mí.

Por fin pude ver a Blanca, a la que habían mantenido presa en un compartimento de la carroza de popa, atada a un jergón en el suelo.

Se había repuesto por completo, aunque su palidez afirmara lo contrario.

Ibrahim, el médico traidor, debía pasar por prisionero para no levantar las sospechas de los berberiscos, y estaba encadenado en la bodega de carga junto a Caramaní, Hasan y Murad, los hombres de confianza del capitán.

La marinería había ocupado en los remos el puesto de los galeotes y bogaban a golpe de látigo.

De tal modo que mi labor de sanadora con Dragut no tuvo más ayuda que mis entendederas y algunos recuerdos dispersos de algún accidente en la alquería.

El capitán soportó con estoicidad que cosiera la gran brecha de su brazo, contándome cómo aquel cabo suelto de la vela lo había golpeado como un látigo, derribándolo.

Y cómo al caer el mástil se habían soltado las cadenas de los galeotes, liberándolos; así, mientras ellos cortaban las maromas que sujetaban el palo caído para que la gran vela sumergida no nos arrastrara a las profundidades, los astutos galeotes cristianos se habían rebelado.

El profundo corte de su costado era otra cuestión.

Lo había provocado una daga mientras él había intentado detener a los insurgentes.

Pero, aunque había cosido la herida con la misma torpeza, había comenzado a supurar y sus bordes se hallaban rojos e inflamados.

La fiebre lo hizo delirar durante casi toda la travesía.

Pasé largas noches velándolo, refrescando su frente con agua de mar y escuchando sus desvaríos.

Una noche lo oí llorar y, tomándolo de la mano, intenté calmarlo de algún modo.

Aquel estado febril lo llevó a un momento pasado de su vida, a uno muy amargo, pues sollozaba como un niño pequeño y suplicaba piedad sin cesar.

No pude por más que acompañarlo y observar cómo aquel aguerrido y feroz pirata mostraba aquella oculta faceta emocional y desgarradora que tanto me intrigaba.

¿Qué habría vivido que tan profundamente lo había marcado?

Cuando, al cabo de los días, tras drenar el pus del costado y aplicarle un linimento que encontré en la enfermería de a bordo despertó lúcido, me miró confuso, poniendo en orden sus recuerdos mientras su rictus se agriaba y sus labios se fruncían con enojo.

—Debería haber matado a esa sabandija cuando tuve ocasión —farfulló dando un puñetazo al mamparo contra el que se extendía su jergón.

—Y no deberías haber hecho muchas otras cosas.

—Cierto —admitió—. Cada decisión tomada es un paso que damos en una dirección. Tus pasos te han llevado hasta aquí, junto a mí. Quizá, en lugar de lamentarnos de nuestro destino, debamos aceptarlo y buscar la manera de dar pasos en otra dirección.

—¿Acaso yo puedo decidir mis pasos?

Dragut entornó sus sagaces ojos grises y asintió.

—Dentro de una demarcación que ahora no está dentro de mis dominios, pero puedes.

—¿Y qué pasos me aconsejarías dar que procuren un cambio de dirección?

—Darías un gran paso para mejorar tu futuro si degollaras a ese maldito monje.

—Claro, para volver a caer bajo tu yugo.

—Sabría agradecerte tan valerosa dispensa, créeme.

—¿De veras pretendes que me fíe de la palabra de un pirata?

—Tampoco te fíes de la de un hombre que porta una biblia en una mano y una espada en la otra. En la fe cristiana, ambos preceptos se oponen.

—En la tuya van de la mano, un detalle nimio, a mi parecer. De un lado o de otro, el interés es el mismo: matar al contrario.

Dragut sonrió sibilino y cerró los ojos un instante con una sonrisa extraña en los labios.

—Echaré de menos nuestros retos de ingenio, morisca.

—Hizo una larga pausa en la que pensé que se había vuelto a quedar dormido, pero de sus labios escapó una frase que incluso con tono amodorrado me erizó la piel—: Quizá vuelva a raptarte, me han quedado muchas cosas pendientes que hacer contigo. ..

Lo que más había llamado mi atención en aquellos días de travesía había sido la excesiva atención que Blanca le prestaba.

Aunque demacrada y débil, solía visitar al capitán y relevarme.

En alguna ocasión, cuando yo entraba en la camareta sin que ella se apercibiera de mi presencia, la sorprendía acariciándole el cabello mientras él dormía, o simplemente mirándolo con evidente arrobo.

Aquellos incomprensibles gestos me intrigaban en exceso, tanto, que intenté averiguar a qué se debían.

Aunque lo único que conseguí abordándola con preguntas fue que se retrajera a la defensiva.

Sólo una frase dicha por ella se grabó en mi memoria: «Él me cuidó».

El tañido de una campana se alzó sobre los tejados de la ciudad, mezclándose con el graznido de las gaviotas que ya volaban a sus nidos.

Hernán de Parma había tenido la prevención de arrancar la bandera otomana del mástil y colgar un buen trozo de lino en tono natural en el que había pintado con sangre de los prisioneros una bastante lograda cruz de Malta.

Quizá de haber pasado por alto ese detalle, los amedrentadores cañones que asomaban por las troneras de los recios muros de piedra caliza habrían reducido la galera a un montón de maderos humeantes.

Atracamos en el puerto y desembarcamos en la misma condición que nuestros antiguos captores: encadenadas.

Fuimos conducidas a las prisiones de Birgu y recluidas en una pequeña e infecta celda desde la que se oía el mar, como si éste fuera a tragarnos en cualquier momento.

Dragut y el resto fueron llevados a una celda contigua.

Cuando Hernán se despidió, me miró cómplice y yo simplemente asentí.

Ahora habría que esperar a que las negociaciones de intercambio de prisioneros dieran resultado.

Fueron dos días muy largos y tediosos. Y, allí, puse al día a mis compañeras sobre mi nueva misión y el viso de libertad que aquello nos ofrecía a las cuatro. Juana me contempló con honda preocupación y poco convencimiento.

—Será peligroso y complicado —manifestó ceñuda.

—Escapar lo es. Al menos, tenemos una oportunidad. Por nuestra cuenta sería imposible, y más en un país lejano —resalté.

—Quizá nos traten bien como esclavas.

La inocencia de Dolores me partía el corazón.

Blanca, en cambio, parecía inmersa en su mundo. Y cuando busqué su aprobación, se limitó a asentir sin argüir ni una pega; es más, hasta me pareció descubrir un deje de alivio en su faz. La desazón ante su actitud se acentuó.

Aquella noche, mientras las olas nos acunaban con su cercano rumor y el nácar de la luna pintaba barrotes luminosos en el suelo, Blanca dormía acurrucada junto a mí, agitándose en sueños, que supuse pesadillas por cómo su rostro se contraía sufrido.

Acaricié su desmadejada y sucia melena trigueña en un intento por apaciguar de algún modo aquellos duros recuerdos con que su mente la atormentaba.