La perla del agua CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Me guiñó pícaro un ojo y esta vez mi sonrisa sí apareció en todo su esplendor.

—Me muero de ganas... —ronroneé seductora— de curarte —completé, lo que provocó que él posara su mano en el pecho y se encogiera teatralmente, lanzando un quejido.

—Me acabas de partir el corazón.

—No me des más trabajo, ¿quieres?

—Voy a dejar que me cures si me cuentas eso tan interesante.

Asentí conforme y él se desprendió de la cazadora.

—Voy a desnudarme. Por favor, no te desmayes —bromeó.

—No te prometo nada. Hace que no veo un hombre desnudo..., eeeh..., espera..., mmm...

Luis rio y sacudió la cabeza divertido.

Se quitó la camiseta y la dejó sobre el sillón más cercano.

Se plantó frente a mí, inmóvil, y yo... yo no pude más que absorber cada detalle de aquel fornido pecho, de su marcado vientre, de la salvaje sensualidad que emanaba su sola presencia.

Allí, con su largo cabello negro alborotado, su rasgada mirada felina y aquella expresión entre desgarrada y tierna, podría encajar a la perfección en la definición más completa de la palabra irresistible .

Que varias cicatrices surcaran su pecho no deslucía para nada el conjunto; al contrario, lo realzaba, confiriéndole una estampa dura y peligrosa que lo hacía más atrayente.

La herida de su costado había coagulado y era superficial, pero tendría que desinfectarla.

Su forma de mirarme, atento, expectante y contenido, supuso todo un reto a mi control.

Sin embargo, yo no contaba con que él también me deseara.

Y ese fuego comenzó a crepitar en sus ojos, oscureciéndolos. Sus hombros se tensaron, cerró los puños con fuerza y pareció debatirse unos segundos antes de avanzar determinado hacia mí.

Contuve el aliento cuando se detuvo frente a mí e inclinó su rostro sobre el mío, a apenas unos milímetros de distancia.

—Dime que me largue ahora mismo —gruñó en un susurro estirado que erizó mi piel—, porque si te beso no podré detenerme. Y eso es justo lo que he estado necesitando toda la puta noche desde que te vi.

No pude replicar. No quise replicar. Tan sólo exhalé un afectado suspiro que fue el que rompió sus cadenas.

Se abalanzó sobre mi boca con la desesperación de un animal famélico. Aferró mi rostro con sus grandes manos y cercó mi lengua enredándose en ella.

Gemí.

Gruñó.

Su sabor me golpeó nublándome el juicio, desatando mi propia hambre. No sólo respondí fogosa, es que tomé el control. Mis manos lo recorrían con apasionado fervor, y él, mientras me arrancaba el vestido con rudeza, fue llevándome a la pared contraria para aprisionarme contra ella.

Aquello no fue un beso, aquello fue una oda al hambre en su más erótica expresión. Nos devoramos con la misma urgencia, como si sólo en la boca del otro pudiésemos respirar.

Me desnudó con torpe apremio, excitando mis sentidos hasta cotas inimaginables.

Tenerlo sobre mí, fuera de control, temblando de deseo, salvajemente apasionado, me enloqueció.

Hundí mis dedos en su nuca, aferrando su suave pelo negro y estrujándolo entre mis dedos.

Lo atraje más, con la acuciante necesidad de fundirlo en mí.

Luis jadeaba y gruñía en mi boca mientras sus manos encendían hogueras en mi piel, embotando mi juicio. Las mías recorrían su espalda, sus nalgas, sus hombros. Ardí de deseo ciñéndome contra la férrea dureza que abultaba su ingle.

Deslicé la mano entre nosotros y desabotoné su bragueta.

Me guiaba por instinto y por pura necesidad.

Tomé su verga en mi mano, cálida, acerada y tersa, y comencé a acariciarla.

Él dejó escapar un gruñido largo, casi un rugido ronco y estirado, echando la cabeza hacia atrás.

Aproveché para morderle juguetona la garganta.

—Joder, nena, me matas...

Su mirada sufrida refulgió ardiente.

Acarició mis nalgas con una mano y me alzó una pierna, colocándola en torno a sus caderas.

Pasó su mano por mi húmedo sexo y le bastaron unas pocas caricias para que convulsionara de placer.

Casi llegaba al clímax cuando él me penetró, y todo mi cuerpo se rindió a un orgasmo tan violento mientras me embestía que, si no hubiera sido porque me aprisionaba contra la pared, me habría desmadejado en el suelo.

Apresé su boca y nos besamos desaforados, mordimos, lamimos y nos devoramos con tal voracidad que me sentí desfallecer.

Sus dedos se hundieron como garras en la suave piel de mis nalgas, alzándome del suelo. Las embestidas se intensificaron y el placer arrancó gritos extasiados de mi garganta como si salieran de ella estorninos revoloteando.

Mis duros pezones se frotaban contra su pecho en cada sacudida, y aquello terminó de completar el más perfecto cuadro de paroxismo sexual que pudiera crearse.

Llegamos juntos a un orgasmo tan brutal que casi perdimos el sentido.

Me abracé a su cuello jadeante y, sin salir de mí, Luis me llevó al sofá y se sentó conmigo encima.

Intenté moverme, pero él me lo impidió.

—Quiero estar dentro de ti... un poco más.

Aquel deseo casi sonó a súplica. Algo que me conmovió profundamente. Una emoción más en aquel festival descontrolado y efervescente que dominaba mi pecho, llenándolo de serpentinas incandescentes y confeti de colores vibrantes.

Sin saberlo, aquel hombre había conseguido con pasmosa facilidad algo que ningún otro había logrado, que disfrutara del sexo sin que ningún doloroso recuerdo se inmiscuyera malográndolo. Y no es que les hubiera dado demasiadas oportunidades, no después del único fallido intento... tras... aquello.

Escondí el rostro en su hombro y él me envolvió en sus brazos, logrando aislarme de cuanto me rodeaba, como una protectora, cálida y acariciadora crisálida. Tampoco recordaba la última vez que me había sentido así, si es que alguna vez había llegado a sentirme tan liviana.

Tener su cuello tan a mano fue demasiado tentador. Froté mis labios contra él, inhalé su olor y besé su piel. Su ronroneo ronco me hizo sonreír poderosa.

—Creí que querías curarme, y estás acabando conmigo.

Me aparté de su cuello para mirarlo a los ojos.

Aquel hermoso y verde océano tempestuoso me prendó unos instantes.

Nuestras miradas se engarzaron como dos moléculas de ADN en una espiral infinita. Su intensidad me aturdió tanto que cerré los ojos y apoyé mi frente en la suya.

—Luis..., no... no sé qué me está pasando contigo...

Su pecho se hinchó inhalando una buena bocanada de aire para exhalarla luego lentamente.

Cogió mi cabeza entre sus grandes manos y me obligó a mirarlo.

—Nena..., no podemos luchar contra esto, somos víctimas de nosotros mismos.

Me acercó a él y me besó dulce pero minuciosamente.

Sus manos se pasearon por mi espalda hasta desembocar en mi nuca.

Agarró mi pelo en una coleta, me echó la cabeza hacia atrás apartándome de su boca y mordió mi cuello arrancándome un quebrado gemido.

Luego me miró atormentado y mi deseo estalló de nuevo.

Besé el corte de su ceja con la sangre ya reseca y cubrí su rostro de besos breves y melosos.

Una vez abierta aquella compuerta, todo el caudal contenido brotó incontrolable, convirtiéndome en una entregada esclava de las pasiones que despertaba en mí.

Me tumbó en el sofá y salió de mí para perderse en mi cuerpo, para llevarme muy lejos, y muy alto. Para volver a tomarme con la misma urgencia posesiva, entremezclando esta vez gestos que también le hicieron el amor a mi alma.

Me rendí a su conquista, asumiendo aquella derrota como la más dichosa capitulación que jamás nadie pudiera entregar.

Completamente extenuado, tras otro clímax compartido que nos rompió en dos, cayó desfallecido sobre mí, aunque intentaba no sepultarme.

—Creo que no puedo moverme.

Su voz me llegó sofocada, tenía el rostro hundido en mi hombro.

—Duerme sobre mí.

—No quiero despertar sobre un cadáver.

Reí y sumergí los dedos entre su espeso cabello negro.

—Vamos, te llevaré a la cama —musité revolviéndome bajo él.

—¿En brazos? Porque dudo hasta que pueda arrastrarme.

—Espera, tengo una idea: túmbate tú.

Se apoyó en los codos permitiéndome salir y me ladeé hacia el respaldo. Luego se tumbó boca arriba. De costado, lo abracé y me acomodé sobre su agitado pecho. Suspiré plena y cerré los ojos, aunque no el corazón, a aquella maravillosa sensación de encontrarme en mi hogar, pues así sentí su abrazo.

Inmersa en aquella nube densa, casi onírica, que abotargaba mi mente, un rayo de conciencia arrugó mi ceño con una pregunta molesta que me negué a atender.

No, todavía deseaba saborear ese valioso momento antes de poner los pies en la tierra y obligarme a sellar aquella brecha que Luis había abierto en mí.

—He estado teniendo visiones —confesé—, y veo el número maestro por todas partes.

Su rostro se volvió hacia mí y sus ojos se entornaron escudriñando mi expresión. Le conté las visiones y su faz se iluminó animada.

—Pero debo decir que creo que todo es sugestión.

—¿La capa era roja con ribete negro?

Lo miré demudada.

—Sí.

—Era yo.