CAPÍTULO 21
E L HOMbrE DE LA CAPA ROJA
No sólo aguantó todo el concierto como si no tuviera una larga brecha en el costado, sino que además lo disfrutó.
Ni que decir tiene que se convirtió en un héroe a ojos de todas las mujeres del local, que suspiraban y lo piropeaban sin medida.
Toda aquella exaltación femenina me irritaba; no obstante, lo achaqué a lo inmaduro que me parecía exhibir así el interés por alguien y no a lo que en realidad era: una palabra nueva para mí, incómoda y fea.
Ya en la salida, mientras lo veía despedirse de su banda y ponerse su cazadora de piel negra, cruzamos varias miradas: las de él, duras; las mías, quise creer que indefinidas, aunque, por las emociones que estaba despertando en mí, lo dudaba.
Simón recibió una llamada en ese momento. Se disculpó para atenderla y, a medida que escuchaba, su gesto volvió a adquirir ese velo profesional y concentrado que asomaba cuando su trabajo lo reclamaba. Al cabo, me miró con cierto apremio y un acusado deje disgustado.
—Debo volver al hospital, han ingresado a uno de mis pacientes y está muy grave. Te dejo en casa y salgo pitando para Castellón.
—No te preocupes, cojo un taxi. Ve directo al hospital.
—Nosotros podemos acercarla, he traído el Audi Q7 —musitó Andrés.
Simón pareció titubear.
—Es una urgencia, debes atenderla —insistí.
Asintió y se inclinó para darme un beso en la mejilla, pero muy cerca de la comisura del labio.
—Queda pendiente ese paseo bajo la luna.
Le sonreí y asentí.
—Claro.
—Te llamo mañana, jengibre.
Amplié mi sonrisa y asentí de nuevo.
—¿Ves? Al final regresas con la virtud intacta.
Simón soltó una larga carcajada y me guiñó un ojo.
—Por desgracia.
Se despidió de sus amigos y enfiló hacia su coche estacionado en esa misma avenida.
—Vamos, Elisa, el nuestro está a un par de calles de aquí.
Oí el rugido de una Harley y un impulso me hizo alzar el brazo hacia Luis, que se estaba poniendo el casco.
—Quizá él pueda acercarme, lo conozco, va a Oropesa —mentí.
Las chicas del grupo me miraron con una mezcla de envidia y reproche.
—Como prefieras. Pregúntale, te esperamos —espetó Andrés.
Tomé una gran bocanada de aire y avancé hacia Luis, que ya tenía el casco puesto. Se encogió de hombros en un gesto inquisitivo.
—¿Puedes llevarme?
Levantó la visera del casco y me miró con extraña complacencia.
—Puedo, otra cosa es que quiera —respondió con suficiencia.
—Vaya, vuelve el capullo.
—Nunca se ha ido —admitió con una sonrisa descarada—. ¿Aún quieres que te lleve?
—No.
—Bien, porque yo sigo sin querer llevarte.
Dio puño a su moto y se cerró la visera, pero no arrancó.
—Quizá quiera contarte algunas cosas que seguro te interesan, aunque yo ya les he buscado explicación.
Volvió a alzar la visera para lanzarme una mirada desconfiada.
—¿Intentas embaucarme por algún motivo? Ya tienes coche de alta gama para llevarte a casa.
—Me apetece un paseo en moto. Y alguna cosa más —confesé entrando en un juego que, además de peligroso, yo no dominaba.
Luis agrandó la mirada con receloso asombro.
—Vaya, vaya, sí que se ha soltado el pelo la Rottenmeier... El apuesto doctor ha obrado el milagro y te ha puesto a tono. Y, como ha tenido que largarse, ¿buscas sustituto, nena? Siento decirte que no soy segundo plato de nadie. Ese premio es suyo, y bien que se lo ha estado currando esta noche.
—¡Vete a la mierda, gilipollas!
Me di la vuelta furiosa y avancé a grandes zancadas hacia donde me esperaban los amigos de Simón.
Mi ceño evitó preguntas incómodas, pero no me pasaron desapercibidas las miradas divertidas y maliciosas de las chicas, excepto María, que me regaló una sonrisa amigable.
Nos dirigimos al coche y me encogí en mi cazadora. El frío de la madrugada punzaba más que las miradas de Cara de Apio.
Justo cuando ya cerraba la puerta apareció Luis en su Harley, precedido por el peculiar ronroneo de su motor. Alzó la visera y se asomó por la ventanilla abierta.
—Sal.
—No quiero.
—He dicho que salgas del puto coche.
—Y yo que no.
Bufó exasperado y puso los ojos en blanco.
—Retiro lo dicho, ¿contenta?
—Pues no.
—Pues peor para ti, sal de una vez.
Sostuvimos un duelo de miradas ceñudas que se saldó sin ganador.
—Eh, amigo, ha dicho que no. Ya la llevamos nosotros —interrumpió Andrés.
Luis asintió furioso, me lanzó una mirada airada y con gesto torvo bajó la visera.
De nuevo aquella necesidad tiró de mí hacia él.
Arrancó la moto, ya avanzaba cuando abrí la puerta del coche y grité su nombre. Giró la Harley y regresó a mi posición. No lo dudé, me encaramé tras él y, tras ponerme el casco que me tendió, rodeé su cintura abrazándome a su espalda.
Aceleró y nos perdimos en la noche, entre los destellos de las farolas y las interrumpidas líneas de una carretera que no me importó si no iba a ninguna parte. Y aquella certeza fue lo que más me asustó del cambio.
¿Qué diablos me estaba pasando?
Antes de salir a la Nacional, se detuvo en el arcén, se quitó el casco. Yo hice lo propio.
—Me arde la cara, me vendrá bien un poco de aire fresco.
Le echó un vistazo a su herida levantando la camiseta. Sus oblicuos se perdían en la cinturilla de sus vaqueros, y mi vista en ellos. El esparadrapo estaba manchado de sangre. Luis se palpó cuidadosamente.
—Al final va a llevar razón tu doctor.
—¿Te he apretado demasiado la cintura? —pregunté mortificada.
Me miró con inusitada ternura y negó con la cabeza. Alzó la mano y repasó mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto despertó mariposas en mi estómago.
—Tranquila, pero agradecería que rodearas mi pecho, hay algo ahí dentro que necesita un poco de calor.
Sentí que el corazón se me encogía y ganas de llorar. Desvié la mirada. Acto seguido me puse el casco.
—Lista —musité con una sonrisa trémula que encerraba a duras penas la maraña de emociones que me asaltaba en aquel momento tras su última frase.
Luis asintió, se puso el suyo, destrabó el estribo y dio puño.
Esperó a que yo enlazara su pecho con mis brazos y me ciñera a su espalda. Cuando arrancó y el gran motor de su Harley vibró bajo nosotros, sentí que mi corazón también se agitaba así.
Aceleró y la moto quemó el asfaltó, rugiendo de alivio ante aquel aliento de libertad.
Sentí que volábamos.
El aire de la noche hacía ondear mi vestido y mi cabello, imprimiéndome una sensación de ligereza casi etérea. Y no sólo eso, sino que incluso sentí que ambos nos fundíamos en un único ser en mitad de aquella solitaria carretera.
Lo estreché con fuerza, deseando ofrecer algo de calor a aquel corazón repujado de cicatrices, rogándole que siguiera latiendo hasta envejecer. Que no podía flaquear, que merecía algo de solaz.
No. Él no podía estar muriéndose.
No podía ser verdad.
No era justo. ¡No lo era, joder!
Suspiré contrita y lo ceñí con más fuerza.
Salió de la Nacional 340 y tomó la rotonda junto a la plaza de toros. Pasamos al lado de la columna que albergaba una pequeña imagen de la patrona, la Virgen de la Paciencia, y me descubrí haciendo algo que jamás habría imaginado. Cerré los ojos y pedí por él.
Ascendió por la calle Doctor Alemany hasta la plaza de la Iglesia y se detuvo justo en mi puerta.
Bajé de la moto, me quité el casco y se lo devolví. Él también se había quitado el suyo.
—Bien, si tienes algo que decirme, éste es el momento, estoy reventado.
Saqué las llaves del bolso que llevaba cruzado y me volví para introducirlas en la cerradura. Abrí la puerta y lo miré.
—Te he dicho que tenía ganas de más cosas.
Alzó suspicaz una ceja y frunció el ceño desconfiado.
Formó una cruz con sus dos índices y me la encaró.
—¡Satán, sal de ese cuerpo!
Solté una carcajada y le di un empujón reprendedor en el hombro.
—No, en serio: o te has bebido todas las existencias del Casablanca o te estás quedando conmigo.
Me acerqué a él, le cogí el casco que me había prestado y me lo colgué del brazo.
—Pasa y descubrirás de qué tengo ganas.
—Creo que lo adivino, tienes ganas de lanzarme todos los jarrones de la casa.
—No, ya sabes que me gustan mucho.
—Más que yo, eso dijiste.
Lo cogí del brazo y lo alenté a bajar de la moto.
—Te creía un tipo duro; en el concierto, al menos, lo parecías.
—Lo parecía, ¿eh?, pues prefiero un regimiento de matones a tus jarrones.
—Vamos, machote, creo que entrar en mi casa de noche lo convalidan con el título de Ninja Warrior. Luis y los jarrones voladores ..., suena bien para peli china.
Rio y se rascó la cabeza alborotando más su cabello. Sentí el impulso de acomodar algunos mechones, pero lo retiré cuando ya alzaba el brazo.
Entramos y cerré la puerta.
—Si llego a oír dos vueltas de llave, me da un infarto.
Solté una carcajada que se expandió por el salón y reverberó en el amplio espacio cascabeleando hacia los rincones como si fuera el haz de luz de una linterna agujereando la oscuridad.
Aquello me hizo detenerme a pensar cuándo había sido la última vez que aquellas tristes paredes habían oído mi risa.
Descubrí la curiosa mirada de Luis escrutando mi rostro.
—Cuando se vive solo, y más encerrado en uno mismo, convertimos nuestro hogar en algo así como un retiro del mundo —musitó interpretando a la perfección mi expresión entre confusa y liberada—.
En nuestra particular cueva, reina el silencio, pues nos negamos tanto la risa como el llanto.
La primera no encuentra razón para materializarse, y el segundo es estrangulado por miedo a no poder detenerlo.
—Deberías escribir el manual de costumbres de los corazones rotos —repliqué dejando mi bolso y la cazadora en el perchero. Luego me acerqué a él.
—¿Y en qué sección de la biblioteca lo pondrías? ¿En la de Libros de No Ayuda?
Estiré las comisuras en una mueca que no llegó a sonrisa.
—En la de Literatura Gótica. Cuevas oscuras y miedo a vivir.
—Podría funcionar.
Me detuve frente a él y le bajé la cremallera de la cazadora.
—Quítate la cazadora y la camiseta —pedí suavemente.
—Bésame primero al menos, ¿no, nena?, no soy un hombre objeto.