CAPÍTULO 20 #2
Nos adentramos en la gran sala, ambientada con una suave, indirecta y penumbrosa atmósfera azul.
Arriba, un gran foco de luces estroboscópicas de colores giraba en todas direcciones.
Fuimos conducidos por una guapa camarera hacia un reservado entarimado con largos sofás blancos y mesas bajas sobre las que parpadeaban pequeños vasitos de cristal con velas en su interior.
Sin duda era el mejor sitio de todo el local, el escenario estaba enfrente, y aunque la gente ya abarrotaba la pista, desde allí se veía a la perfección.
No tardaron en llevarnos varias cubiteras repletas de hielo de las que asomaban botellas de champán entre las servilletas de hilo blancas. También repartieron en las mesas varias cachimbas muy ornamentadas.
Nos acercamos a la baranda que circundaba el reservado. Aferré la barra de metal con una mano, mientras en la otra aún sujetaba mi gin-tonic. A mi lado, Simón me sonreía feliz.
Apareció un presentador, que agradeció la concurrida asistencia y casi en el acto alabó al grupo, que ya aparecía tras el telón. Cuando los músicos empezaron a desfilar y se pusieron junto al presentador, mi corazón se detuvo cuando un par de ojos felinos se posaron en mí.
—Con todos vosotros: Kamaleón... Pedro Lozano, solista; Manel Valls, a la guitarra; Xema Oliva, al bajo, y Luis Roig a la batería. Un fuerte aplauso para ellos. Y ahora, chicos..., ¡a romper el escenario!
El cantante aferró con firmeza el micro.
—Muchas veces no sabemos por qué las cosas pasan —comenzó sonriente—, pero pasan, ¡y nada como imaginar dragones! I Don’t Know Why , de Imagine Dragons.
Y, ante el anuncio de la canción, los primeros acordes comenzaron a bailar por el local.
La voz era clara y rasgada como la del cantante original, y cuando la batería comenzó a restallar con golpes secos y potentes, mis latidos se aceleraron. Emanaba de él una energía tan vibrante y poderosa que mi piel se erizó ante la maestría con que se manejaba.
La gente empezó a bailar alzando los brazos.
Eran muy buenos. Jodidamente buenos. Conectaron con el público con tal facilidad que el ambiente chispeó lleno de electricidad y hasta coreaban los estribillos eufóricos.
Luis estaba arrebatador, con una sencilla camiseta blanca de manga corta que pincelaba un marcado torso y unos desgastados vaqueros que enfundaban unas piernas de músculos largos y definidos.
Sus torneados brazos se contraían cuando descargaba con garra las baquetas en los platos.
Movía la cabeza marcando el ritmo y su rebelde melena negra danzaba alocada sobre su concentrado rostro.
Su rictus apasionado, cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior, resultó tan salvajemente sexy que hasta las amigas de Simón suspiraban y lo señalaban dándose codazos entre risitas tontas.
Cuando alzó la vista, en sus rasgados ojos verdes refulgió una pasión que me aprisionó, encogiéndome el estómago. Sentí que me atravesaba.
—Dios, el batería está cañón—opinó María a voz en grito, y las demás asintieron arrobadas.
—Lo he visto llegar con una Harley, casi me da un infarto —apuntó a gritos otra de ellas.
—Está mirando hacia aquí —casi chilló la rubia mustia, toda excitada.
Y, en el acto, todas se pusieron a alzar los brazos y a bailar, a ver quién destacaba más.
Yo, en cambio, permanecí inmóvil, todavía taladrada por aquella mirada dura y penetrante. Una mano se desplazó de mi cintura unos centímetros hacia mi vientre en actitud posesiva y, aunque quise zafarme de ella, fui incapaz de moverme.
Los ojos de Luis se entornaron feroces mientras observaba cómo Simón me ceñía a su pecho desde atrás.
En el estribillo se descargó furioso, golpeando los platos casi con saña, mientras cantaba la canción con el mismo fervor con que manejaba la batería.
Cerró los ojos y se dejó poseer por aquella pasión que brotaba de él. ..
... Dangerous, your love is always dangerous.
And now I’m lost in us.
We’re living in a lie of trust.
I don’t know why, but I guess it’s got
something to do with you, to do with you.
I don’t know why, but I guess it’s got
something to do with you, to do with you...
Toda la sala tarareó la estrofa, el público enardecido bailaba dejándose llevar hacia aquel clímax musical que habían desatado nada más llegar.
El cantante los alentaba palmeando y dirigiendo el micro hacia la pista para captar sus voces.
Todo fluyó con una pasión que crepitó en cada molécula de los presentes, llevándolos a un paroxismo efervescente.
Yo tampoco podía apartar mis ojos de él; verlo liberar aquella pasión con una gracia natural que desbordaba me cautivaba.
La puntera de su bota derecha manejaba el pedal del bombo con rápida y rotunda soltura.
Sus bíceps se tensaban en cada impacto, y cuando alzaba los brazos, todo el conjunto de músculos se estiraban en onduladas formas, exudando una masculinidad que tenía a todas las féminas del reservado, e imaginaba que de toda la sala, completamente subyugadas por el magnetismo de un hombre de mirada atormentada y físico de vértigo.
Cuando la canción llegó a su fin y la gente comenzó a vitorear, volvió a fijar sus ojos de gato sobre mí. Tragué saliva y me puse rígida.
—¡Es como un puma negro, santo Dios! —exclamó María cautivada—. ¿Os habéis fijado en esos ojos?
Esos ojos estaban clavados en los míos con una intensidad que me secó la garganta.
Tras una breve pausa, el bajo comenzó a cimbrear notas que arrancaron un clamor popular de aprobación.
Los acordes hilvanaron otra canción de Imagine Dragons que me encantaba: Hear Me .
Tan ensimismada me encontraba en él que apenas fui consciente de cómo Simón ronroneaba en mi oreja mientras sus manos repasaban mis caderas con una intimidad a la que debería haber reaccionado de inmediato, pero que, sin embargo, creció ante mi indolente pasividad.
Luis empezó a manipular las baquetas entre sus dedos con la fluida habilidad de una majorette, antes de volver a restallarlos contra los distintos platillos. De nuevo inmerso en los acordes de la canción que ejecutaba con enérgica efusión, pude relajarme y respirar hondo.
Cuando volví el rostro para pedirle a Simón que dejara de manosearme, me topé con su boca muy cerca de la mía. Me aparté rauda, cogí sus manos y las despegué de mis caderas.
—¿Otro día de casi suerte? —inquirió en mi oído.
—Y, como sigas así, lo mismo hasta te abandona.
Una risa sofocada agitó su pecho, de nuevo acercó sus labios a mi oreja y su aliento me cosquilleó la piel.
—¿Reduzco a primera? —bromeó.
—Pon el punto muerto, campeón, y relájate.
—Si lo prometo, ¿me dejarás llevarte esta noche a pasear junto al mar?
—¿A ver las estrellas con las manos en los bolsillos?
Otra risa sacudió su cuerpo. Hundió el rostro en mi pelo e inspiró profundamente.
—Hueles tan bien... —ronroneó meloso—. No tienes ni idea de lo difícil que es mantener las distancias.
—Seguro que has hecho cosas más complicadas.
—No creas...
—Si quieres que te lo ponga fácil, me compraré eau de mofeta para nuestras citas.
Esta vez, su risa fue más sonora. La rubia nos miró mostrando una expresión de disgusto . Me nació sacarle la lengua, pero me contuve.
—¿Quién es Cara de Apio? —pregunté en un discreto susurro.
—¿Cara de Apio?
Le hice gestos en su dirección. Simón elevó las cejas y su boca pareció luchar contra la carcajada que ya se abría en ella. Finalmente, se rindió y se rio a mandíbula batiente. Fue una risa tan contagiosa que lo imité ante la censuradora mirada de la rubia en cuestión.
—¡Dios, hacía tiempo que no me reía tanto! —confesó limpiándose las lagrimillas de los ojos—. Pues es Alicia, mi exnovia.
—Ahora me explico por qué casi olvidas reír.
Sus chispeantes ojos avellana me miraron divertidos.
—Eres refrescante, ¿lo sabías?
—Si es un sinónimo de sincera, sí. Por cierto, sí que te ha cambiado el gusto: del apio has pasado al cardo.
—Me ha mejorado bastante, a Dios gracias, y en todo caso, jengibre: apuesto a que cosquillearías el paladar de poder probarte —musitó componiendo un mohín pícaro.
Sus ojos se enlazaron en los míos mostrándome cuánto le gustaba el jengibre. Le sonreí y volví mi atención al concierto.
El grupo continuó con su repertorio y yo decidí pasarlo bien, a pesar de no poder apartar los ojos de Luis.
A mitad de una canción, pareció prestar excesiva atención a un punto en concreto en mitad de la pista.
Frunció el ceño y contrajo la mandíbula.
Pareció imprecar algo y, de repente, soltó las baquetas y abandonó su puesto.
Sus compañeros lo miraron anonadados. Uno intentó retenerlo, pero Luis se acercó al borde del escenario y pareció reprender a alguien. Señaló amenazador con el dedo y lo fulminó con una mirada feroz. Cuando ya se daba la vuelta, oyó algo que lo hizo girarse y bajar raudo del escenario.
Contuve el aliento cuando lo vi cernirse sobre un tipo, cogerlo de la pechera de la camisa y sacudirlo con mirada asesina al tiempo que mascullaba insultos.
El cantante saltó del escenario y acudió para separar a Luis del tipo al que agarraba.
Hubo un forcejeo, y cuando Luis por fin lo soltó, el hombre agraviado le lanzó un derechazo contra el mentón que él esquivó por muy poco.
No sé si fue la inercia, la furia o qué, pero Luis respondió con otro puñetazo que alcanzó de lleno a su agresor y lo derribó.
Hubo gritos y la gente comenzó a apartarse formando un rodal en torno a ellos.
Los amigos del caído rodearon a Luis emprendiéndola a golpes.
Por la pose encogida de Luis cubriéndose con los puños y esquivando con ágil experiencia cada lance del contrario, lanzando a su vez certeros puñetazos, supe que la cárcel lo había convertido también en un avezado púgil.
Separó los pies y comenzó a moverse con apabullante velocidad, enfrentando a un contrincante tras otro, hasta que llegaron sus compañeros para equilibrar la pelea.
Con el corazón estrangulado y a la vez extrañamente excitada ante la magistral demostración de lucha que exhibía y la ferocidad de su expresión, aferré con fuerza la baranda, temiendo que le hicieran daño.
Recibió un par de derechazos que le abrieron la ceja izquierda. Ver cómo la sangre serpenteaba por su sien me encogió el estómago.
—Joder, ese tío me pone como una moto.
Todos miramos boquiabiertos a María, que en aquel momento exhalaba un profundo suspiro con ensoñadora expresión.
—Es un salvaje —manifestó Cara de Apio escandalizada.
En aquel momento se organizó un gran revuelo cuando aparecieron los de seguridad, y la gente que antes los alentaba se escabulló rápidamente.
Un tipo enorme se plantó en medio de la pelea balanceando una convincente porra que dio más rotundidad a sus palabras disuasorias. Luis bajó la guardia jadeante y alzó las palmas en señal de paz. Y de repente todo se activó de nuevo.
Un hombre apareció de la nada escondiendo algo en su mano y avanzó hacia la espalda de Luis. Sentí un aguijonazo angustioso atravesando mi pecho al ver cómo alargaba el brazo hacia él. Grité su nombre para alertarlo.
Cuando miró en mi dirección, su rostro se contrajo y el estómago me dio un vuelco.
Se revolvió contra su atacante, lo cogió del brazo y se lo retorció obligándolo a que soltara el cuchillo.
El guardia se abalanzó para ayudarlo y redujo al hombre.
Cuando reparé en la mancha roja que se extendía en el costado de su camiseta blanca no pude aguantar más y corrí hacia él. Simón me siguió.
Luis alzaba el borde de su camiseta para examinar la herida, rodeado de sus compañeros de banda, cuando llegué a su altura.
Era un tajo largo pero superficial; por fortuna no había logrado clavarle la hoja, sólo había rasgado la piel.
—¿Estás bien? —pregunté.
A cambio recibí un gesto huraño.
—Sí, no creo que necesite a tu médico —escupió la última palabra con un desdén evidente.
—Deja al menos que te eche un vistazo —intervino Simón.
—Es un puto rasguño, sobreviviré.
Al oírlo decir eso, lo miré consternada. Luis frunció los labios con disgusto y resopló hastiado.
—Quizá necesites tiras de sutura adhesiva, por lo que he podido entrever. Además, hay que desinfectarla. Tengo un maletín en el coche —insistió.
—Mejor no te digo lo que necesito ahora mismo —masculló él mordaz.
Me miró tan intencionadamente que aparté la vista incómoda.
—Y, si tantas ganas tienes de ayudar, en el suelo hay tres tipos retorciéndose de dolor.
Es muy posible que uno de ellos tenga una fisura en alguna costilla; creo que también te encontrarás con una nariz rota y algún diente flojo.
Por lo demás, no han salido malparados, después de todo —añadió con una irresistible sonrisa arrogante.
En ese momento se acercó una muchacha llorosa y se lanzó a sus brazos. La miré impávida. Luis la arropó cálido y la consoló. Finamente, la chica le dio un beso en la mejilla y pronunció un afectado «gracias» que él aceptó con una sonrisa.
—¿La conoces?, ¿por eso la defendías de algún baboso?
Luis arqueó una ceja y no tardó en aparecer aquella sonrisa endiabladamente maliciosa que tanto le gustaba mostrar.
—No, es la primera vez que la veo.
Lo miré con asombro.
—¿Entonces?
—Imagino que el patán al que le he roto la nariz es su novio. Los vi discutir acalorados, él la tenía cogida por el cuello con el brazo desde atrás, asfixiándola mientras la insultaba recriminándole algo.
—¡Qué hijo de puta! —exclamé indignada.
Luis asintió y se presionó la herida a través de la camiseta.
—No sé si les dejarán continuar el concierto. Hablaré con el gerente —comentó inquieto.
—No te preocupes, yo me encargo, es amigo mío. Seguro que no hay problema —intervino Simón.
—Bien, yo debo irme.
—Sin batería no es posible —comentó el solista contrariado—. Tendremos suerte si vuelven a contratarnos.
Luis frunció el ceño y asintió.
—De acuerdo, necesito un puto esparadrapo y volvemos arriba.
—Pero no puedes... —proferí alarmada.
—No puedo muchas cosas y las hago. Otras son inalcanzables. Por suerte para ellos, ésta no lo es.
Su expresión me encogió el pecho.
Se volvió y se perdió entre la curiosa concurrencia.
Y, justo en aquel momento, mi rechazo se evaporó en una cortina de motas brillantes tras la que apareció su contrario: la necesidad de estar a su lado.