La perla del agua CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

U N CAMBIANTE KAMALEÓN

—¿Y qué tal tu cita con el guapo doctor?

El marcado tono interesado de Julia a través del hilo telefónico no fue entusiasta, sino tirante y ansioso. Aquello me desconcertó.

—Bien, parece buen tío.

—¿Parece buen tío? —me increpó. Casi podía ver su ceño.

—Sí, esta noche me lleva a un concierto al Casablanca.

Un silencio extraño, inusual.

—Has aceptado una segunda cita, lo que significa que te gusta.

—No, eso sólo significa que necesito distraerme.

—Bueno, está claro que el buen doctor sabe hacer las cosas. Y me alegra que por fin abras esa puñetera compuerta hermética que te cierra al mundo.

—Pues, por tu tono, bien parece que lo lamentes.

—Sólo me ha pillado por sorpresa, nada más.

—¿Cuántos años hace que nos conocemos Julia?

—Bastantes, ¿por qué?

—Porque me jode horrores que, tras tantos años, no tengas las agallas suficientes para decirme lo que realmente piensas.

Porque yo sí puedo decirte que no me engañas, que no te alegra una mierda que deje que Simón se acerque, tu voz es un libro abierto.

Y no tengo ni idea de por qué, o, mejor dicho, no quiero tenerla porque me cabrearía bastante.

Otro silencio y un afectado suspiro.

—Lo reconozco, mi apuesta era por Luis —confesó—. He visto la química que hay entre vosotros y es brutal. Y, aunque el doctor es un partidazo y «parece buen tío», Luis me ha robado el corazón.

—Pero no a mí.

Otro suspiro y un chasquido de lengua.

—Bien, parece que has elegido —sentenció lacónica.

—No he elegido nada, Julia —aclaré paciente—. Lo último que deseo ahora mismo es complicarme la existencia con una relación, por muy esporádica que sea. Tan sólo voy al concierto de un grupo local para pasar un buen rato con un hombre que me hace sentir bien, nada más.

—Ahora eres tú la que no me engaña —contraatacó.

—Déjalo ya, Julia.

—Tranquila, lo voy a dejar, pero no hasta que me escuches.

—Adelante —la animé, aunque tomé aliento y apreté los dientes ante lo que temía oír.

—¿Crees que no sé lo que intentas permitiendo al buen doctor que te ronde?

Pues está muy claro, alejar a Luis de tu lado.

Sí, tienes miedo, maldita sea, miedo de sentir, porque jamás en toda tu vida has estado tan cerca de alguien con la llave de tu corazón en su mano.

Y no te entiendo, te juro que no. Luis es un hombre fascinante, atractivo, sexy, inteligente, divertido, y con tantas cicatrices como tú.

Un hombre curtido en el dolor que se ha cubierto con una coraza, que va de duro para evitar volver a sufrir. Justo como tú.

«Un hombre con un trastorno psicótico producido por el miedo a morir. Un hombre condenado», me recordé.

Cerré los ojos, sintiéndome la persona más insensible y cruel del mundo.

Aunque en mi favor tenía que recordarme que mi rechazo había sido inmediato, incluso antes de saber nada de su vida.

Resoplé abatida, el malestar persistía, y la verdad que Julia acababa de lanzarme a la cara ardía como una bofetada.

—Quizá tanta similitud sea lo que menos me atraiga —expliqué al cabo—, aunque ya mi intuición me avisó contra él la primera vez que lo vi en la biblioteca.

Y, gracias a sus teorías, debería dar mucha importancia a las intuiciones.

Pero, si era así, ¿por qué necesitaba a otro hombre para alejarlo?

La respuesta reafirmaba la conclusión de Julia: había algo en él que hacía tambalear no sólo mis corazas mentales, sino también el muro con que había rodeado concienzudamente mi corazón.

—Tu intuición no es más que la alarma que ahora suena porque alguien ha franqueado tu perímetro de seguridad, cariño —musitó ella suavizando el tono.

—Es posible —terminé reconociendo en voz alta.

—Y, por eso, has reforzado tus barreras contra él.

—Julia, hay otros condicionantes que han influido bastante, no sólo mi miedo y mis corazas.

—Mira, Elisa, es tu vida, y aunque ya sabes que sólo deseo lo mejor para ti, únicamente puedo ofrecerte mis impresiones. Luis es un tío misterioso y complicado, pero la forma en que te mira es...

—¿Y cómo me mira?

—Como si no existiera nada más a su alrededor.

No supe qué contestar. Respiré hondo y miré la hora.

—Debo irme, Simón está a punto de llegar.

—Pásalo bien, cielo.

—Gracias por estar siempre ahí, mi niña.

—Ya sabes lo que te quiero, trasto.

Mis labios se estiraron en una sonrisa amplia.

—Tanto como yo a ti, mi Julia.

Colgué y suspiré profundamente.

Justo en aquel momento llamaron a la puerta.

Me miré en el espejo del recibidor antes de abrir.

Apenas si podía creer que me hubiera atrevido a ponerme aquel vestido rojo entallado, con una falda abriéndose a mitad de la cadera, que Julia me había regalado hacía un par de años y que nunca me había decidido a estrenar.

Y, aunque le había arrebatado el formalismo con una chaqueta de cuero negro y unos botines de tacón del mismo color, me seguía pareciendo atrevido e inadecuado.

No obstante, me apetecía romper con mi antiguo yo, al menos en lo que se refería al vestuario.

Después de todo, había vuelto a nacer para algo, o eso quería creer.

* * *

Cenamos en el restaurante japonés Umami, que estaba justo al lado del Casablanca. Nuestra mesa se encontraba en la terraza, junto a un hermoso árbol que ofrecía algo de intimidad a nuestro rincón. Todo el mobiliario era blanco y moderno, y el servicio fabuloso.

Degustamos unas deliciosas gyozas , una ensalada de algas, maki de vieira y de salmón tempurizado, tataki de atún, nigiri de anguila y el más suculento ramen que había probado. El punto dulce lo puso un sabroso bizcocho blanco.

La conversación fluyó entre risas y miradas intencionadas. Las de Simón solían dejarme reiterados mensajes picoteando en mis labios. Las mías, mal que me pese, se habían suavizado lo suficiente para disfrutar de aquel hombre guapo e interesante que tanto se esforzaba por complacerme.

Tras la cena, nos acercamos al Casablanca. En la puerta había ya una considerable fila de gente esperando para entrar. Sin embargo, Simón tomó mi mano y me condujo hacia el trenzado cordón rojo que un enorme portero custodiaba con ceñudo celo.

Reconoció a mi acompañante y en su gesto adusto se dibujó una amplia y cordial sonrisa. Se saludaron afablemente y nos abrió el paso.

—Vaya —murmuré—, trato de favor.

—Suelo venir a menudo —respondió guiñándome un ojo—, soy cliente vip, por eso no necesito invitación.

Nos adentramos en el elegante club de estilo chill out con una zona abierta, entre palmeras y columnas blancas, con mobiliario del mismo color y diseminados puntos de luz tenue que le otorgaban un ambiente relajado e íntimo.

Ya había mucha gente en aquella terraza, esperando a adentrarse en el local, donde el grupo ya debía de estar afinando sus instrumentos, pues se oían notas disonantes.

En lugar de soltarme la mano, Simón entrecruzó sus dedos con los míos dedicándome una sonrisa chispeante y me acercó a un grupo que charlaba animoso.

—Eh, ya tenemos doctor —anunció uno de ellos—, ya podemos abandonarnos al desmadre. Por cierto, te habrás traído la B12, ¿no?

El grupo estalló en carcajadas.

—No, pero puedo ponerte en marcación rápida con el 112.

—¿Qué clase de médico eres?

—Uno que no está de guardia.

Más risas.

Los hombres se palmearon la espalda amigablemente. La expresión de una chica rubia y muy elegante se contrarió al reparar en nuestras manos unidas. Intenté soltarme, pero él me lo impidió.

—Os presentó a Elisa, una amiga.

—Hola —saludó algo seca la chica en cuestión. Fue fácil adivinar por qué, a tenor de la mirada encandilada que posaba en Simón.

El resto se inclinaron para estamparme dos besos en las mejillas.

Apenas retuve los nombres, me limité a asentir con una sonrisa cortés.

—Tienes buen gusto, es una preciosidad —alabó el guasón de la B12. Se llamaba Andrés, y era el que parecía más cercano a Simón.

Me sentí algo incómoda siendo inspeccionada con tan directa atención, pero pronto me ofrecieron una copa, un especiado gin-tonic en el que me escondí bebiendo tragos cortos y frecuentes.

—¿Cómo os conocisteis? —preguntó la insulsa chica rubia.

—Fue mi paciente —contestó él escueto.

Agradecí que no diera más detalles.

—¿Y a qué te dedicas, Elisa?

—Pues soy bibliotecaria.

—Oh —musitó ella alzando la ceja perversamente complacida—, debe de ser el oficio más aburrido del mundo, ¿no?

—Todo lo contrario —rebatí—, es el más excitante del mundo.

Es como comandar una gran flota de barcos muy diferentes entre sí, que navegan de una mente a otra y que a menudo dejo que fondeen en la mía para que me lleven a mundos ignotos y maravillosos.

Es como un plus a mi trabajo, toda una recompensa, por la que hasta perdonaría el sueldo, aunque esto último negaré haberlo dicho.

Los presentes me miraron sorprendidos, algunos con sonrisas admiradas, otros con confusos ceños, Simón con una gran sonrisa pendiendo en sus labios.

—Ya me gustaría a mí poder decir lo mismo —arguyó Andrés—, pero, claro, soy fiscal, y los únicos barcos que me interesan son los que puedo apresar y sacar del mar.

Todos reímos y el ambiente se distendió.

Sentí que Simón se desligaba de mi mano para ir un paso más allá.

Me enlazó la cintura y me miró de soslayo mientras conversaba con Andrés.

De algún modo, aquel gesto, aunque cómplice en exceso, me reconfortó, como si quisiera arroparme ante aquel círculo tan esnob en el que yo me sentía tan fuera de lugar.

—Vamos, ya han abierto las puertas.

—Dicen que son muy buenos —comentó una tal María, dirigiéndome una dulce sonrisa. En sus ojos castaños encontré una entrañable empatía que me hizo devolverle la sonrisa.