La perla del agua CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Miré por la ventanilla y otro hombre acudió a mis pensamientos, un hombre al que parecían perseguir las desgracias, negándome a creer que su vida se estuviera extinguiendo.

No parecía enfermo, no obstante, sus ojos no mentían.

En ellos moraba todo el dolor sufrido, y en mitad de aquella negrura pude ver con claridad que esa angustia y ese apremio nacían de la desesperación por encontrar una alternativa, una escapatoria a su destino, por muy irreal que fuera.

Y, sin apenas conocerlo, y a pesar del rechazo o la antipatía que me producía, debía reconocer que había algo que me unía a él.

Y ese algo era el culpable, no la compasión, del amargor profundo que sentía atenazando mis tripas tras aquella desoladora revelación.

Suspiré hondamente, atrayendo la curiosa mirada de Simón.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes.

—Si puedo ayudarte en algo..., ya sabes.

Asentí agradecida y le sonreí apoyándome en el reposacabezas. Me miró como si quisiera absorber mi imagen allí. Volvió a centrar su atención en la carretera con una expresión satisfecha en su faz.

—Simón.

—Dime.

—¿Qué buscas exactamente de mí? No tengo mucho que ofrecer.

—Pues ahora mismo me estás ofreciendo mucho.

Me miró de soslayo para escrutar mi reacción.

—Sólo me llevas a casa.

—Ese sólo para ti es mucho para mí.

Observé su perfil y me pregunté cómo era posible que un hombre como él adoleciera de esa fijación por mí.

Porque no me conocía y, por mucho que lo hubiera conmovido, no terminaba de encajarme aquel extraño interés hacia mi persona.

Era guapo, cirujano, interesante y encantador, tendría mujeres a patadas.

Volví a fijar la vista en la calle para toparme con un número en un portal que me aceleró el pulso. El maldito 11.

Comenzaba a odiar aquel puto número.

—¿Crees en las casualidades? —pregunté.

—No mucho, aunque las hay.

—¿Qué probabilidades crees que hay de que vea el mismo jodido número sin parar?

—Muchas.

Abrí los ojos con asombro. Él me regaló una sonrisa divertida.

—Ilumíneme, doctor.

—Verás —comenzó girando suavemente el volante a la derecha para adentrarse en la avenida Columbretes—, si algún detalle en particular, número, objeto, incluso palabra, aparece en tu vida asociado a una historia peculiar, o si alguien te cuenta alguna leyenda o suceso extraño, tu mente retiene el dato como importante y te lo resalta cada vez que se le presenta la ocasión, porque lo interpreta de algún modo como un aviso importante.

Con lo cual, la explicación científica que buscas es ésa.

Si tu mente no lo asociara a un hecho excepcional, pasaría por completo inadvertido, aunque lo vieras inconscientemente incluso más veces.

—¿Esa misma explicación puede aplicarse a las visiones?

—Si la historia culpable es lo suficientemente impactante, sí.

Nuestra mente es todavía un pozo de secretos insondables.

Reacciona de manera tan diferente de un individuo a otro que es imposible trazar un patrón.

Aunque en psiquiatría se hallan agrupados los trastornos por sintomatologías similares, cada caso es tan particular que hay que estudiarlo por separado.

—¿Sabes?

—Dime.

—Nunca me alegraré lo suficiente de haberme decidido a tomar ese café.

Sonreí tan abiertamente que Simón me miró cautivado.

Tras varias rotondas, subió por la avenida La Plana.

—Seguro que no más que yo.

Me sentía tan ligera con aquella maravillosa explicación, tan libre de preocupación por mi salud mental, que, aunque ya había decidido ayudar a Luis, ahora lo haría mucho más confiada.

Como él bien había dicho, no lo creía, pero sí creía que podía desprogramar mi segura compuerta al pasado, por eso me había resistido tanto.

Tras recorrer la calle San Jaime y girar a la derecha hacia la plaza de la Iglesia, detuvo el vehículo frente a la puerta de mi casa. Salió del coche y lo rodeó para abrirme la puerta como todo un caballero.

—Sólo te falta tomarme en brazos y dejarme sentadita en mi sillón.

—Lo único que me falta es que me des permiso.

—No, gracias, no soy Clarita, soy Rottenmeier.

Simón agrandó la mirada y las comisuras de sus labios se alargaron hasta abrirse en una sonora carcajada. Tuvo que apoyarse en la puerta mientras se doblaba de la risa.

—Eres tremenda...

Bajé del coche mientras él se recomponía todavía posando una mano en su vientre como si así pudiera sofocar las ganas de reír.

—Me lo dicen mucho —bromeé.

Tomó una gran bocanada de aire y por fin logró recuperar el habla.

—Bueno, Elisa, mañana paso por ti a las nueve, cenamos algo y nos vamos al concierto, ¿te parece?

—Perfecto.

Me acerqué a él y me puse de puntillas con intención de darle un beso en la mejilla, pero giró el rostro y se lo estampé muy cerca de la comisura de los labios. Di un respingo que disimulé con una risita.

—Hoy debe de ser mi día de suerte —murmuró mirándome con fijeza.

—Sigo pensando que te conformas con muy poco, pero eso justamente te hace más especial.

Sus ojos refulgieron y miró mi boca anunciando una clara intención.

Me volví hacia la puerta, inclinando la cabeza hacia mi bolso, buscando mis llaves.

—Hasta mañana, dejémoslo en un día de casi suerte.

Y me adentré en casa tras una mirada solazada.

Me pareció oír el característico ronroneo de una moto que arrancaba, sólo que aquel sonido procedía de una en particular. Cuando me asomé por la ventana del recibidor, sólo vi el Audi de Simón descendiendo la calle.