La perla del agua CAPÍTULO 19
33%

CAPÍTULO 19

U N CAFÉ Y UNA CONFESIÓN

Simón alzó su capuchino y bebió del borde sin dejar de observarme con aquel gesto indefinido con el que pretendía ocultarme su interés.

Yo también bebí del mío, aunque desviando la mirada hacia la calle.

Estábamos en la Gelateria Fiorentina, sentados a una mesa de la terraza, sin saber muy bien qué demonios hacía yo allí.

—Es sorprendente tu recuperación —comentó admirado—. Me dijeron que habías faltado a las últimas dos sesiones de rehabilitación... Espero que todo esté bien. Pero he de recordarte que son esenciales para tu completa curación.

Deposité la taza en el plato e inspiré hondo.

—Me encontraba enferma —mentí.

El doctor Muñoz me miró agrandando los ojos alarmado.

—¿Dolores de cabeza?

—No, una simple indisposición estomacal. Algo debió de sentarme mal.

Sonrió aliviado y se reclinó hacia atrás, volviéndose lo suficiente en la silla para poder cruzar sus largas piernas.

Sus movimientos eran elegantes y fluidos, su porte distinguido y sus maneras delicadas, aunque firmes.

Era un hombre guapo, de bonitos ojos avellana, abundante cabello castaño claro modelado en un corte clásico y sonrisa arrebatadora.

Además, reconocí que con aquella ropa informal parecía mucho más joven y accesible.

Imaginé a un buen redil de enfermeras disputándose su atención.

No obstante, también resaltaba en él un acusado aire estirado.

Me pareció uno de esos hombres cuadriculados y extraplanificadores que no gustaban de dejar nada al azar.

«Demasiado formal y serio para su edad», sentencié.

Tras otro incómodo silencio que dedicamos a terminarnos el café, Simón pareció tomar valor tras apurarlo y se inclinó hacia mí como si quisiera contarme alguna confidencia.

—Seguro que te estarás preguntando si hago esto con todas mis pacientes.

—Dudo que lo hagas. En realidad, me preguntaba por qué decidí creerme tu excusa para poder quedar.

—Lamento que ahora te cuestiones esa decisión, sólo pretendía charlar un rato con una paciente que debo confesar que me gusta mucho.

Se pasó algo nervioso la mano por el pelo, sin apartar sus ojos de los míos.

—¿Suelen funcionarte las tretas de médico?

—Es la primera vez que las uso, y por lo que veo se me dan de pena.

Sonrió para aligerar la incomodidad que se había instalado de pronto como una pared acristalada.

—Me sorprende que un tipo como tú necesite de tretas para pedir una cita.

—Contigo no funcionaron mis encantos —musitó con sorna.

—Ni yo estaba receptiva ni tú demostraste más que una afable profesionalidad.

—Bueno, no suelo ser tan afable, ni paso dos veces consulta al mismo paciente, a no ser que necesite justificar mi deseo de verlo.

Sonreí halagada y sus ojos brillaron suavizando su tensa expresión.

—Pues querer ver mi careto tras el coma tiene su mérito, ¿o tenías pendiente alguna penitencia?

Simón soltó una carcajada que terminó de relajar sus hombros.

—Miré tu careto antes de que despertaras del coma muchas veces, solía pasarme por la UCI incluso cuando ya estaba fuera de turno sólo para mirarte un poco más.

Aquella revelación me agrandó los ojos, e imagino que sonrojó mis mejillas, por cómo me ardían. No supe cómo interpretar aquello, ni tampoco qué decir.

—No quiero que pienses que soy un depravado, simplemente permanecía unos minutos al pie de tu cama, deseando verte despertar.

Parpadeé desconcertada y apuré el último trago de mi capuchino mientras ordenaba en mi cabeza las inquietantes emociones que su incomprensible interés en mí me despertaba.

—¿Qué viste en mí de especial?

Suspiró profundamente antes de responder, regalándome una mirada penetrante que me removió en mi asiento.

—No sabría explicarlo, eres muy guapa, pero no fue tu exterior lo que llamó mi atención.

Fue algo más incorpóreo, sentí algo la primera vez que te vi, me conmoviste y al principio creí que se debía a tu delicada situación.

Pero luego mi necesidad de verte creció, y te juro que me preocupó.

Jamás había experimentado nada parecido.

Pero, por mucho que me negaba esa inexplicable atracción por una mujer a la que ni siquiera había visto consciente, no era capaz de contenerla, así que cada día, antes de abandonar el hospital, claudicaba y acudía a verte y a pasar unos minutos contigo. Hasta te hablaba.

Pasé las manos por mi pelo, completamente confundida por su confesión. Aturdida e inquieta, dejé escapar un suave resoplido y lo miré con el ceño algo fruncido.

—Esto es de locos, aunque últimamente me veo envuelta en situaciones de lo más surrealistas.

—¿Por ejemplo?

Lo miré titubeante y me mordí inquieta el labio inferior.

No obstante, al fin y al cabo, era médico y quizá pudiera dar explicación científica a mis visiones.

Por muy preocupante que fuera el posible diagnóstico, casi lo prefería a admitir que podía haber un germen de realidad en la historia de Luis.

Sea como fuere, al menos cambiaríamos de tema.

—Estoy..., bueno, estoy sufriendo una especie de ensoñación extraña mientras estoy despierta, aunque en estado de relajación, y además no dejo de ver un número en particular por todos sitios. Y, joder, me está preocupando mucho.

—¿Visiones concretas o imágenes fugaces y difusas?

—Son flashes rápidos pero contundentes, que además no sólo veo, sino que siento, como si lo viviera, como si... me pasara a mí. —Esa última coletilla instaló en mi garganta un acusado amargor al descubrir que algunas de las piezas de Luis estaban encajando.

—Necesitaría hacerte un tac, aunque el que figura en tu alta hospitalaria está perfecto. También puedo comentarlo con un amigo neurólogo. Tal vez sean secuelas postraumáticas que comienzan a manifestarse quizá por algún suceso angustioso que las ha refrescado. ¿Sueñas con el accidente?

—No.

Simón arrugó el entrecejo concentrado. Su faceta profesional volvió a indefinir su expresión.

—¿Te ha pasado algo fuera de lo normal últimamente?

—Bastante inusual, sí —respondí, decidida a no dar detalle alguno.

—En tal caso, está claro que ese suceso ha sido el detonante.

—¿Y es posible que oír una historia, por muy fantástica que ésta sea, sugestione hasta ese punto?

Pareció meditar un segundo y por fin asintió.

—Totalmente —afirmó rotundo—. De hecho, es un recurso en la hipnosis para abocar al paciente al trance. Hay gente más susceptible que otra, y en tu caso, en el que tu cerebro ha estado desconectado tres meses y todavía estará reforzando las sinapsis neuronales, más aún si cabe.

—¿Algún consejo?

—Sólo si aceptas acompañarme a un concierto mañana.

—¿A la puerta, para que no te violen?

Simón rio de nuevo y yo sonreí ufana. Luego mantuvo una amplia y preciosa sonrisa que admiré más de la cuenta. Que fijara mi atención en su boca hizo que sus ojos chispearan esperanzados.

—Ya puestos, acompáñame dentro, que es donde está el peligro. Es en el club nocturno de moda en Benicàssim, el Casablanca. El grupo se llama Kamaleón, dicen que son muy buenos, es una banda de rock que interpreta con bastante fortuna temas de Imagine Dragons, también tocan algunas de su autoría.

—Me encanta Imagine Dragons —admití.

—Pues como médico te prescribo una estupenda noche con buena música y mejor misión: proteger mi inocencia.

Esta vez reí yo y él alzó la mano para pedir la cuenta, manteniendo aquella sonrisa entusiasta.

—Venga, Elisa, anímate, te vendrá de perlas un poco de diversión.

—Veo que te urge guardaespaldas.

—Me urge, sí.

Su mirada cambió, agravándose con una intensidad que me turbó.

—Todo sea por salvaguardar tu virtud —claudiqué.

En realidad, me apetecía pasar un rato distendido con buena música. Necesitaba olvidar la espiral de locura que Luis había impreso a mi vida sin mi consentimiento.

—Ahora dispara tu consejo.

Insistió en pagar y, galantemente, me ofreció su brazo. No supe si porque solía ser un gesto de cortesía para féminas que deseaba impresionar, o si tan sólo prestaba ayuda a una paciente todavía convaleciente.

Nos dirigimos a su coche, un potente Audi Q7 negro, y él me abrió la puerta y me ayudó a subir. Aunque ya no usaba muletas, me faltaba adquirir más tono muscular, con lo que mis movimientos eran todavía algo inseguros.

Me coloqué el cinturón mientras él se ponía alegre frente al volante. Pero, en lugar de arrancar, se volvió hacia mí, pasando el brazo por encima de mi asiento. Me erguí alerta.

—El consejo —aclaró, aunque sus ojos recorrían mis labios con un anhelo bastante evidente en ellos—.

Evita a personas complicadas, huye de situaciones enrevesadas y dedícate a mimarte y a centrarte en tu recuperación.

Piensa en un detalle que quizá te ayude a alejarlas: si no piensan en ti, en que prácticamente acabas de salir de un coma y en que deben cuidarte y no enredarte en sus problemas, es que no son verdaderos amigos.

—No, no lo son, sin embargo... —convine.

Pensar en Luis despertaba en mí emociones enfrentadas. Su última e impactante revelación se había adherido a las paredes de mi corazón como un manto de espinos.

—¿Sin embargo...?

—Sin embargo, hay cosas que escapan a nuestro control.

Se limitó a asentir, apartándose a desgana, y arrancó el motor, que rugió enérgico. Luego aceleró para incorporarse a la vía.