La perla del agua CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Todo encargo lucroso entraña un riesgo, una habilidad o un esfuerzo, o las tres cosas.

Y, aunque podría obligarte a cumplirlo valiéndome de amenazas, prefiero ganarme una aliada en esta causa contra el infiel.

Pienso que, si no hay arraigo a ningún bando, como creo es tu caso, el oro puede convertirse en el mejor elemento persuasivo.

Sin embargo, no hay nada más elevado y digno en el ser humano que la fidelidad a los seres que amamos.

Por ellos, somos capaces de todo, hasta de las más terribles aberraciones.

Al apelativo de traidora ingrata debía añadirle el de indigna, me dije con ácida amargura.

—¿Y qué tipo de aberración debo cometer por oro en nombre de tu dios? —mascullé con profundo cinismo.

Su sonrisa se curvó forzada en un gesto duro y reprobador.

—Tu lengua es más afilada que el alfanje de un berberisco. No obstante, y a tenor de que mi deseo es convertiros a la causa, pasaré por alto tu insolencia.

Tuve la acusada sensación de que o elegía el encargo, o jamás podría elegir nada más.

—Sería muy útil tener un espía en la corte de Solimán, y, a tenor de tu ingenio y tu gallardía, creo que ejercerías tal cargo con bastante fortuna.

Además, eso me evita matarlo a golpes para sacarle información, pues dudo que traicionara a Barbarroja, quedándome sin una pieza clave para recuperar a mis hombres. De este modo, lo consigo todo.

Sonreí tibia. No dejaba de resultar cómico que el destino volviera a burlarse de mí. Algo que inventé para escapar de la parca regresaba ahora para cobrarse una ofrenda a la mentira, atándome a ella.

—Creo que no soy tan ambiciosa —musité hierática, tanteando una posible escapatoria.

—Bien —aceptó—, tendré que subir la oferta.

Contuve la respiración y apreté los puños. Supe ipso facto que el golpe sería bajo.

—Una nutrida bolsa de ducados de oro nada desdeñable —comenzó pausado, mirándome a los ojos para saborear mi reacción, como el zorro que acecha a su presa y se relame antes de lanzarse sobre ella— y la vida de la castellana que cuidan en la carroza de popa.

Esa por la que preguntabas tanto a Ibrahim.

Apreté la mandíbula como si me hubieran golpeado. La mención al médico otomano instaló una inusitada desazón en mí.

—Vaya, no sabía que en la Orden de los Caballeros de Malta se permitieran tales bajezas... ¿O le has tapado las orejas y los ojos a tu dios, ese por el que tanto rezas?

Me complació ver cómo él también arrugaba el gesto. Asimismo, pude ver cómo reprimía los deseos de abofetearme.

—Guarda tus agudezas y admite que no tienes más alternativa que cumplir una misión sagrada. Te prometo que, tras pasarnos la información que requerimos, te liberaremos.

—¿Qué más da incurrir en los más terribles pecados si es en nombre de Dios, aunque Dios nunca se pronuncie? ¡Ah, claro, que por eso se usa el término sagrado , para que nadie lo cuestione! ¡Muy astutos!

Esta vez, su mano no se contuvo. La estampó en mi cara con cruenta saña. Mi rostro giró violentamente y casi pierdo el equilibrio. Lo fulminé con una mirada desbordada de odio y él la sostuvo altivo y seguro de su victoria, aunque le había arrebatado parte de su goce con mi irrebatible argumento.

Grupos organizados de galeotes en hilera comenzaron a achicar agua con baldes que iban pasando de uno en uno hasta lanzar su contenido por la borda.

—Tengo tres preguntas —comencé, masticando aquel nuevo varapalo e intentando atar bien mis cabos.

—Adelante.

—¿Cuál es tu nombre?

—Hernán de Parma.

—¿Quién será mi contacto en la corte? —pregunté, aunque ya lo imaginaba, mis corazonadas solían ser infalibles.

—Ibrahim, forma parte de los médicos de la corte del sultán.

—¿Quién nos sacará de la corte cuando tenga la información?

—¿«Nos»?

—A las hermanas, a la castellana y a mí —aclaré en tono rotundo.

—Mi trato es contigo.

—Y yo no haré nada sin ellas.

Su ceño se pronunció, pero asintió conforme.

—Contesta —insistí.

—El propio Ibrahim dispondrá vuestra huida, tienes mi palabra de caballero hospitalario, y eso es inquebrantable —afirmó solemne.

—Se me plantea una cuestión más —añadí.

Alzó la barbilla en un gesto impaciente y exhaló un hastiado resoplido.

—Vas a canjear prisioneros para recuperar a tus hombres, ¿en qué momento vas a obsequiarles a cuatro esclavas y por qué lo harías? Algo bastante sospechoso, a mi parecer, lo que me dejaría en una situación un tanto delicada.

Pude observar en su aviesa mirada cómo su mente ya urdía un plan lo bastante consistente para evitarme suspicacias. Mi misión ya era lo suficientemente complicada como para añadirle trabas.

—He de admitir mi admiración por tu astucia, algo que reafirma mi elección —espetó con una sombra de sonrisa curvando tibiamente sus comisuras—.

Pues, aunque aún debo pulir cuidadosamente ese importante detalle, se me ocurre incluiros en la negociación junto a Dragut.

Dado que los caballeros hospitalarios estamos sujetos a los votos de pobreza, castidad y obediencia, como orden religiosa que somos, preferimos no alternar con compañía femenina para evitar tentaciones entre los hermanos.

Eso es bastante consistente y no levantará recelos.

—En efecto, es un argumento sólido —convine.

Sus pequeños e incisivos ojos azules me escrutaron con atención, quizá esperando una nueva réplica mía. No obstante, el asunto, lamentablemente, no tenía más aristas que limar. Ni yo decisión alguna que tomar.

—Sin embargo —añadí—, Dragut va a hacerme comparecer ante Solimán justo para que encare una mentira. Me ajusticiarán cuando me descubran y no seré de mucha ayuda a vuestra causa.

El hombre entornó la mirada. Me sorprendió ver una sonrisa taimada y complacida en su faz.

—Vamos a tener suerte. Solimán está en Persia, en Bagdad, intentando contener a los insurrectos leales al antiguo sah, con su gran visir, pero los consejeros están en Constantinopla y usan una red de información para comunicarse. Tu misión es acceder a los mensajes antes de que sean enviados.

Como un barco a la deriva, mi timón viraba sin parar en mitad de un nuevo temporal.