La perla del agua CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

U N INESPERADO GIRO DE TIMÓN

Un definido haz de luz atravesó la bodega aclarando la penumbra.

Habían quitado el enjaretado, y varias figuras descendían por la escalerilla.

Comencé a desatar el nudo que ceñía mi talle al grueso mástil, esperando ver aparecer a Dragut o a alguno de sus secuaces.

Oí el chasquido de un bulto cayendo a plomo en el agua remansada, y exabruptos e imprecaciones hilvanadas entre amenazas, sólo que no en la lengua que esperaba. Aquellas voces hablaban en castellano.

Juana me miró con urgente apremio, y la voz de Nasir llegó hasta a mí en un tenso susurro.

—No te desates —aconsejó.

Me detuve e hice un gesto de negación a Juana, que se encontraba imitándome.

Varios hombres de cabezas rapadas vestidos con harapos comenzaron a golpear al grupo de piratas que habían conseguido maniatar.

Tragué saliva, pensando con rapidez si aquella imprevista situación podía favorecerme de algún modo. Los galeotes habían aprovechado ventajosamente que la tripulación estuviera demasiado ocupada evitando que el barco se fuera a pique y se habían amotinado.

Un golpe sordo acompañado de un gruñido dolorido llamó mi atención sobre el hombre al que estaban vapuleando con tanta saña.

Era el capitán.

Al parecer, ya estaba malherido. Una fea brecha surcaba la parte superior de su brazo derecho.

Un corte profundo en la frente bañaba casi por completo su rostro de sangre, y en el costado su camisa mostraba una gran flor escarlata que no dejaba de crecer.

Y, aun así, estaba siendo apaleado brutalmente.

Me admiró comprobar cómo él no dejaba de levantarse tambaleante y exhausto, y no para defenderse, sino para lanzar sus puños contra sus numerosos adversarios.

Yo misma me encogía tras cada golpe. Apretaba la mandíbula y cerraba los puños, tal como él lo hacía, como si de algún modo pudiera transmitirle mi fuerza para combatir.

Y, aunque la posibilidad de su muerte quizá me beneficiara, fueron mis tripas las que tomaron el control, hermanándome con él.

¿Acaso aquello no era una nueva traición, esta vez perpetrada contra mi persona?

Aquel hombre seguía siendo el demonio que había asolado mi pueblo, con mi ayuda, sí, pero había sido su mano la que ejecutó cada alma.

Aquel hombre había consentido mi abuso y me había esclavizado, y sin embargo.

.. Y, sin embargo, cada golpe que recibía revolvía mis entrañas.

Me maldije internamente y me odié más si cabía.

¿Era posible que pudiera caer más bajo de lo que ya lo había hecho?

Por fin no tuvo fuerzas para volver a levantarse, y eso implicaba un inminente ahogo, pues el agua lo cubría.

Vi gorgoritas emerger en la superficie y tuve que amordazarme mentalmente para no gritar que lo sacaran de allí.

Cuando esas pequeñas burbujas comenzaron a espaciarse y mi pecho se constriñó, cerré los ojos un instante para decirme que lo merecía, que yo misma había jurado matarlo, pero la opresión no pasó.

Un hombre alargó entonces el brazo y lo aferró del pelo para sacar su cabeza del agua.

—¿Qué hacemos con él?

—Encadénalo al mástil —respondió otro—, quizá podamos sacar buen provecho de este malnacido.

Es la mano derecha de Barbarroja, podremos canjearlo por algunos de nuestros oficiales capturados.

En cuanto al resto..., pasad por la quilla al cómitre y a los remeros musulmanes.

A los demás los usaremos como moneda de cambio, no sin antes torturarlos como merecen.

Alzaron a Dragut entre dos hombres y lo arrastraron hasta donde nos encontrábamos.

—Éste está ya medio muerto, quizá mañana no amanezca, ha perdido mucha sangre —resaltó uno de los que lo portaban.

El hombre que parecía liderar al grupo de los amotinados se detuvo ante mí y frunció el ceño, frotándose pensativo el mentón.

—¿Quién eres y de dónde procedes?

—Mi nombre es Isabet Llerán, nací en la villa de Oropesa, en el reino de Valencia. Fuimos capturadas por los piratas berberiscos, nos llevaban como esclavas para Solimán.

El hombre se rascó la calva mugrienta y me miró con recelo.

—Para ser una esclava, no he visto argollas en tus muñecas, y además te paseabas por la cubierta con excesiva libertad. Hablas su lengua y resulta evidente que eres morisca, un rasgo que me hace desconfiar ya de por sí.

—Pues fui vilipendiada por esos salvajes y vi morir a mis seres queridos bajo su acero. Pero me las ingenié para lograr confiarlos y así tener alguna posibilidad de escapar.

Entornó los ojos y oprimió los labios con disgusto.

—Del mismo modo que ahora pretendes embaucarme a mí, supongo.

Sostuve su escrutadora mirada sin amilanarme.

—Cuando se pierde la libertad, cualquier ocasión es aprovechable, como acabas de demostrar —increpé provocando una taimada sonrisa en sus finos y cortados labios—. ¿Quién mejor que tú para entender que cada cual usa las armas que tiene a su alcance?

—Armas te sobran sin duda: belleza, ingenio y coraje; sin embargo, ninguna es susceptible de llamar mi atención ni rivaliza con mi astucia.

Desembarcaremos en Malta y serás libre junto a esas dos mujeres, pero deberás ganártelo.

Cuida y vigila al capitán: si él muere, tú morirás con él; si él escapa o se subleva, ejecutaré a los que ahora abrazan estos recios mástiles.

De ti dependen sus destinos, ahora demuestra cuán ingeniosa eres.

—Descabellada empresa, cuidar de un hombre tan malherido atado a un mástil —espeté decidida a mejorar mi situación—.

Y, puesto que acabo de oír que tienes un gran interés en su supervivencia, no dudo de que me facilitarás la tarea dejando que me ocupe de él en el lecho de su camareta, donde las condiciones serán mucho más favorables para su recuperación. Algo que nos interesa por igual.

—Por igual, no: yo pierdo una baza para negociar, y tú la vida.

—Cierto —concedí—, a mí se me acabarían los problemas y a ti no.

El hombre prorrumpió en carcajadas ante el desconcierto del resto de los galeotes, que rajaban fardos para inspeccionar su contenido.

—Estoy deseando llegar a puerto y liberarte, o temo que serás tú la que te me amotines.

—Puedes dormir tranquilo, gobernar una galera nunca fue un sueño por cumplir.

Volvió a reír y me miró de forma extraña.

—Debería agradecerte que recuerde cómo reír, desde que fui capturado pensé que jamás volvería a hacerlo.

—¿Dónde te capturaron?

—Durante un abordaje a la carraca Santa Ana .

Yo la comandaba, soy miembro de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, bajo el mandato de Carlos V.

Hace dos años me encontraba protegiendo la costa de Calabria, en aquel momento fondeábamos en el puerto de Cetraro, cuando apareció la flota de Barbarroja.

Destruyó el puerto y todas las naves allí ancladas.

Por suerte, nosotros pudimos sortear sus cañones, aunque fuimos rodeados por la galera del almirante turco y la de su más temido capitán, Dragut el Renegado .

No tuvimos ninguna oportunidad. Fuimos apresados y convertidos en galeotes.

—Dos años... —murmuré con hondo estupor.

—Dos años de infierno, sí, en la galera de este maldito despojo, que sólo merece morir entre horribles estertores.

Miré el cuerpo desfallecido de Dragut, sostenido por dos fornidos galeotes, y pensé en la cantidad de enemigos que se habría forjado a pesar de su juventud. Si siembras muerte, recoges guadañas. Y no podía esquivarlas todas.

—Al menos, servirá para devolverte a tus hombres.

—No sin antes sacarle información —agregó con un marcado brillo ansioso en sus ojos—. En Constantinopla, el sultán está reuniendo un poderoso ejército de jenízaros y una inmensa flota para perpetrar un nuevo ataque contra la flota cristiana. Si descubrimos su objetivo, podremos anticiparnos.

—¿Flota cristiana?

A pesar de que Dragut precisaba urgentes cuidados, no podía dejar de aprovechar la locuacidad de aquel hombre, que se jactaba de astuto y, a pesar de ello, confiaba información en exceso a una desconocida.

El hombre asintió. En su rictus se dibujó un aire melancólico.

—En aquel entonces ya se hablaba sobre la intención del papa Pablo III de crear una Liga Santa, uniendo así a todos los reinos afectados por las incursiones otomanas.

Por supuesto, sólo un hombre puede estar al cargo de ella, Andrea Doria, el almirante genovés que se enfrentó a Barbarroja en el ataque a Túnez el año pasado.

¡Y, pardiez, no sé a qué diablos están esperando!

—No debe de ser nada fácil poner de acuerdo a tantos reyes.

El gesto del galeote pareció concentrarse inmerso en alguna cavilación inesperada.

Nasir y yo terminamos de desatarnos, y Juana y Dolores hicieron lo propio.

Varios esclavos armados con las cimitarras que habían sustraído a sus antiguos propietarios nos apuntaron con ellas en un claro gesto amenazante.

—Llevad a este miserable a su camareta en la carroza de popa, será atendido por la morisca. El resto serán mis prisioneros hasta llegar a puerto. Llevadlos a cubierta mientras achicamos el agua de la bodega. Hay que poner de inmediato rumbo a Malta. Yo subo ahora con la morisca.

Los demás se aprestaron a cumplir las órdenes, llevándose consigo a las Monfort y a Nasir. Me preparé para lo que tendría dispuesto para mí aquel hombre.

—¿Qué harás cuando seas libre?

—Regresar a Oropesa para ayudar a mi tía con la alquería.

Recordarla me pellizcó el corazón.

—Quizá podrías ayudarla mucho más con unos buenos ducados de oro en los bolsillos.

—Quizá —aduje con prudencia—, aunque imagino que depende del encargo que me los procurara. Prefiero regresar sin nada que no regresar.

El hombre sonrió avieso y sacudió la cabeza con gesto divertido.