La perla del agua CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Cerró la trampilla encajándola en el hueco y se alejó.

Descendí a la bodega y, agarrándome a los baos y los puntales para impedir que el movimiento del casco me derribara, conseguí llegar a la improvisada camareta que nos habían asignado.

Abrí la portezuela del mamparo y me encontré a Nasir y a Juana tranquilizando a Dolores, que, agazapada en un rincón, sollozaba entre plegarias.

—Debemos atarnos con maromas a los mástiles —proferí con urgencia.

—Hay varios rollos en el pañol del fondo —masculló Nasir—. Iré a por uno.

Salió raudo, y Juana, que abrazaba a su hermana, me miró inquisitiva.

—¿Pudiste ver a Blanca?

—No, no me dejaron.

Bajé la vista, rehuyendo su mirada de águila.

—Esto no me gusta, Isabet —murmuró acariciando el cabello de Dolores—. Quizá esté muerta, hayan tirado su cuerpo por la borda y no quieren que lo sepamos.

—¿Y por qué nos lo ocultarían?

Se encogió de hombros, aunque su expresión se agudizó cavilosa.

—No sé, tal vez porque el maldito capitán sabe que te importa y cree que sin ella no escaparás.

Reflexioné sobre aquella conclusión, y, en verdad, parecía un buen motivo.

Dragut había sido testigo de cómo me había convertido en la salvaguarda de Blanca para limpiar mi propia conciencia.

Intuía que me había prometido cuidarla por aligerar de algún modo mi culpa.

Era una buena teoría, aunque desoladora.

No obstante, algo me decía que Blanca estaba viva.

—Si salimos de ésta, pienso averiguarlo.

—¿Si salimos de ésta? —barbotó Juana alarmada—. ¿Tan mal están las cosas ahí arriba?

—Peor, parece que el cielo se está desplomando sobre nosotros, y el mar..., bueno, ya lo están notando.

—Saldremos de ésta —afirmó convencida.

Eran las mismas palabras de Dragut. Sonreí, lo tomé como un buen augurio. Sí, saldríamos de ésa, me repetí.

Nasir apareció en la puerta y nos alentó a salir; llevaba dos rollos de cuerda, una en cada hombro.

Las hermanas Monfort terminaron atadas a un mástil, y Nasir y yo a otro.

Y, de esa guisa, fuimos balanceados y zarandeados bruscamente mientras oíamos cómo torrentes de agua se filtraban por las celosías de los enjaretados, chasqueando contra la cubierta de la bodega, formando un preocupante charco que crecía a nuestros pies, cómo las órdenes vociferadas de los marineros se amalgamaban con el aullido del viento, el rugido de los truenos, y el ruido más aterrador de todos, el azote virulento del mar haciendo crujir cada madero de la embarcación.

De pronto, un crujido espantoso, como si se estuviera partiendo el barco en dos, nos arrancó un grito de la garganta, helándonos la sangre.

Algo impactó contra la cubierta principal, algo muy pesado.

Arriba se desató un pandemónium de actividad, incluso me pareció oír el golpeteo regular de un hacha.

—Ha caído un mástil —conjeturó Nasir—, e imagino que están cortando los cabos para que no nos arrastre al fondo.

Un violento escalofrío erizó mi piel.

—¿Llegaste a renegar de Alá? —me preguntó de repente.

No podía verlo, pues estaba al otro lado del mástil.

—Intenté conservar cuanto pude las tradiciones de mi raza, pero como morisca tuve que adaptarme a la tierra que me vio nacer, y para integrarme acudía a la parroquia para asistir a misa.

Y, verdaderamente, he descubierto que Dios sólo hay uno, se llame como se llame, y que el resto es sólo palabrería, superchería y excusas para someter a los pueblos en general, sean del color que sean, y a las mujeres en particular.

Me habría gustado verle la cara, pero tuve que imaginarla a tenor de su silencio.

—Tus gentes te tacharían de sacrílega impía y te excomulgarían, aunque dudo que te importe; las mías te lapidarían.

—En tal caso, reniego de Alá.

La ligereza en mi tono lo hizo reír.

—Astuta, valiente y desafiante..., será un milagro que llegues a anciana.

—Las sumisas viven infelices hasta el fin de sus días —apostillé—. Prefiero morir joven.

—Sin duda eres una mujer fascinante. Y tendrás suerte conmigo, soy tolerante con opiniones y dogmas diferentes de los míos.

Además, poseo una gran biblioteca en mi hacienda que seguro hará las delicias de tu curiosidad y colmará tus inquietudes intelectuales, tu viva inteligencia resulta excitante.

Podremos debatir sobre muchas cuestiones filosóficas y teológicas.

—Necesitaré algo más que suerte para poder conversar tranquila contigo en esa tentadora biblioteca.

—¿A qué te refieres?

—A que, si comparezco ante Solimán, estoy muerta.

Otro silencio, esta vez acompañado de un vaivén más sobrecogedor. El nivel del agua ya nos llegaba hasta las pantorrillas.

—¡Maldita sea! —imprecó contrariado—. ¡Mentiste a Dragut sobre tu identidad!

—Tuve que hacerlo, necesitaba una baza para evitar que me matara allí mismo.

—Dragut no mata mujeres, las vende. Se lucra de ellas.

—¿Crees que estar rodeada de piratas y con una daga apoyada en mi garganta me permite pensar otra cosa? Usé mi ingenio como pude y, dada mi comprometida situación, logré salir bien parada, aunque no por mucho tiempo, me temo.

Aguardé la reacción que buscaba, rezando por que su interés por mí fuera mayor que su temor por Dragut.

Oí por encima de los sonidos de aquella escalofriante tempestad un hondo resoplido que me supo a victoria.

Contuve el aliento. Y, mientras Nasir continuaba debatiendo consigo mismo, me topé con la astuta mirada de Juana.

Fue fácil leer en su expresión un claro mensaje: o todas o ninguna.

Asentí para tranquilizarla. Y no es que Juana estuviera realmente preocupada, pues sabía que, si las dejaba tiradas, hallaría el modo de devolverme el golpe.

Por no recordar que podía traicionarme en cualquier momento, pues conocía mis planes a la perfección.

Y, como si Nasir leyera mi mente, arguyó:

—Deduzco que ya ingeniaste una manera de evitar el temido encuentro con el sultán.

—Sólo se me ocurre escapar en cuanto pongamos un pie en tierra, colarnos en algún jabeque y regresar a Argel.

—Dragut me buscaría para rebanarme el cuello —objetó.

—No, si yo escapo antes y tú muestras tu desagravio para después encontrarnos en algún punto...

—Se enteraría de que estás en mi casa y nos lo rebanaría a ambos.

—Bien —acepté fingiendo resignación—, parece que mi destino es que me lo rebane Solimán, al menos quedas fuera de peligro. Discúlpame, Nasir, he sido egoísta en mi desesperación por escapar de una condena a muerte.

Me mordí el labio inferior, anhelando que mi último gancho funcionara.

Fuera la tormenta arreciaba y los crujidos de las vapuleadas tracas me sonaron a lamentos agonizantes.

Ríos de agua se filtraban por los enjaretados, inundando la sentina y parte de la bodega de carga.

El viento silbaba entre los maderos, y la progresiva oscuridad nos abocaba a un ensordecedor infierno de agua.

A mi derecha, los gimoteos de Dolores se mezclaban con las plegarias de Juana.

Detrás, el silencio de un hombre que seguramente rezaba fervoroso a su Alá.

Envidié aquellos consuelos, aquellos asideros de fe o de llanto a los que se aferraban, pero nada había en lo que yo creyera lo suficiente para encomendar mi alma o mi angustia.

Y en aquel momento me sentí más sola y desamparada que nunca.

En aquel momento comprendí que, a pesar de que la religión fuera una herramienta del hombre para someter a su prójimo, había algo mucho más trascendental que escapaba a cualquier mandamiento, y era la fe.

La fe en Dios, en ese ser supremo que desde el más allá velaba por nosotros y que, incluso tras la muerte, nos arroparía entre sus brazos otorgándonos o el descanso eterno o un paraíso lleno de luz y bienaventuranzas.

Así, dejarse acoger por la muerte adquiría otro significado, uno mucho menos angustioso que pensar en la nada como la conclusión de una existencia.

Y ahí, sumida en mis profundas reflexiones, descubrí que en verdad no sabía quién era realmente, que jamás me había enraizado realmente a nada, que ser libre de pensamiento, corazón y obra también tenía un precio, el desarraigo con el mundo que me rodeaba.

Pues ya era tarde para creer que algún dios pudiera apiadarse de mi alma, era tarde para confiar que me aguardaría edén alguno, ya que no lo merecía, y en la justicia sí creía.

Mejor no creer en nada, me dije, que atormentarme con ser recibida en el infierno para el pago de mis pecados.

Había aniquilado a todo un pueblo, su sangre teñía mi alma como un estigma.

Y toda culpa se pagaba, de un modo u otro, y yo me entregaría a ese castigo, no sin antes tener algo que atestiguar a mi favor en mi juicio final: devolver sanas y salvas a las hermanas Monfort y a Blanca a su hogar.

De repente, el barco escoró peligrosamente hacia estribor y el pánico nos invadió. No fui capaz de imaginar el enorme riesgo que correrían los hombres allí arriba, pero mi mente se detuvo en uno en particular.

—¡Dios mío, ayúdanos! —gritó Dolores desesperada.

Un gruñido largo y quejumbroso se estiró en aquella penumbra, erizándonos la piel. Contuve el aliento, convencida de que el barco se quebraría sin remedio. Aquel espeluznante sonido eran los estertores agonizantes de las cuadernas, que resistían sufridas el envite de un mar castigador.

El agua acumulada se desplazó hacia el escoramiento cubriéndome hasta la cadera, también toda la carga que no estaba sujeta se estrelló contra el lado opuesto, desestabilizando la nave.

Cuando ya consideré un hecho que volcaríamos, el casco regresó a su posición y lo sentí virar, como si el capricho de las olas fuera a girarnos como una veleta sin control.

Tras un tenso y angustioso instante, regresamos al movimiento originario, al balanceo de proa a popa, como si cabalgáramos intrépidos a lomos de espumosos corceles. Y, al cabo, el galope pareció tornar a un trote más tranquilizador.

Sólo entonces pude exhalar el aire retenido y respirar, en lugar de jadear asustada.

—Ese maldito lo ha conseguido —masculló Nasir con franca admiración y denodado alivio.

Ese maldito, al parecer, manejaba el timón con la misma habilidad que la boca, e imaginaba que dominaba más artes. Intenté recordarme que una de ellas era su dominio del alfanje y de toda clase de argucias.

—¡Es Dios quien nos ha protegido alejando la tormenta! —profirió Dolores en un grito jubiloso.

—Sí, pero en el tiempo en que se decidió a alejarla, esos hombres de ahí arriba han luchado por su vida y han conseguido enfrentar la tempestad. Sin su pericia, la indecisión de Dios nos habría costado cara —repliqué devolviendo el mérito a quien creí justo que debía poseerlo.

—Llevas mucha razón, Isabet, y por el infierno que han tenido que vivir a la intemperie, no me cabe duda de que se ha perdido más de un alma —concordó Nasir—. Aunque, si la tormenta llega a durar más, dudo que lo hubieran logrado.

—Aun así, ellos no se habrían rendido —argüí—, pues cuando la muerte acecha, el instinto de supervivencia late con fuerza. Yo tampoco pienso rendirme.

Y no lo haría, me ayudara Nasir o no. Aquella declaración de intenciones le dejaba claro que intentaría escapar a cualquier precio, y que no sólo perdería mi propiedad, sino también la de las hermanas, pues, por avatares del destino, nuestras vidas se habían enlazado.

Juana entornó su astuta mirada en un gesto cómplice, confirmándome aquello.

El temporal amainaba y pareció que en cubierta se hacía la calma. Pero se me antojó una calma tensa y desazonadora.

—Algo está pasando —murmuré más para mí misma.

Miré hacia arriba. Una tenue luz se filtraba entre los tablones, listando la penumbra. Se oyeron voces sofocadas, en lugar del esperado ajetreo para recomponer los daños o ayudar a los heridos.

Pero, tras ese tenso silencio, el caos se desató. Esta vez no eran los elementos, esta vez era el odio...