CAPÍTULO 16
A LGO ESTÁ DESPERTANDO
Tras tomar un gran vaso de agua, me fui a la cama con una misión en mente y mil incertidumbres mordisqueando mi modorra.
Pero, a pesar de que debía dejar que el sopor me envolviera para lograr pronunciar aquella frase en un estado de semivigilia, justo antes de dormirme, la confesión de Luis alejaba a patadas el sueño, sumiéndome en un estado ansioso y preocupado.
No podía apartar de mi mente su mirada cuando me reveló que se moría.
Y, aunque mi parte más racional, insensible y desconfiada me alertaba de que podía ser una simple treta para ablandarme y aceptar ayudarlo, mi intuición me gritaba que era verdad.
Y, al recordar su mirada antes de irse, esa profunda amargura que tildaba sus profundos ojos verdes, mi malestar se acentuaba.
Me revolví inquieta e intenté acomodarme. Suspiré profundamente dispuesta a dejar la mente en blanco y acabar con aquello de una maldita vez.
Cerré los ojos y me centré en la respiración. Inspiré lentamente llenando los pulmones y exhalé de manera pausada relajando cada músculo. Repetí una y otra vez el proceso hasta que todo mi cuerpo se destensó y poco a poco comencé a sentirme adormecida.
Entonces, en mi mente evoqué mi propia imagen, pero con las características que había descrito Luis de mi supuesta doble, e intenté visualizarla. Y en ese momento justo pronuncié aquella frase en un susurro estirado varias veces hasta que la negrura me arrastró.
* * *
Desperté sobresaltada, sudorosa y jadeante.
En mi, todavía adormecida, conciencia pendían sinuosas guedejas de un sueño inquietantemente real.
De hecho, hasta resonaban en mi cabeza las palabras de aquel hombre, el mismo que me había envuelto con la capa en mi visión durante el baño.
Esos ojos eran inconfundibles, y aunque el resto de su rostro no terminaba de perfilarse, sin duda era él.
Sacudí la cabeza para disipar el eco de aquella voz que todavía erizaba mi piel y refregué bruscamente mi rostro para terminar de despertarme.
... No tientes tu suerte, condenada morisca...
—¡Joder! —mascullé sobrecogida.
Ese tono grave y profundo, susurrado y amenazante, provocó un violento escalofrío que recorrió mi espina dorsal, haciendo que me pusiera rígida.
Me levanté y me encaminé hacia el balcón, cuyas puertas acristaladas abrí de par en par.
Amanecía.
Desde mi casa en la plaza de la Iglesia, en lo alto de la villa, gozaba de unas vistas espectaculares para poder admirar la magnificencia de un alba que prendía el horizonte de fuego y silueteaba las montañas de oro.
Dejé que el fresco aire de septiembre acariciara mi rostro.
Tomé una honda bocanada de aire que refrigeró mis pulmones y despejó mi mente, y salí al balcón aferrándome a la baranda.
Cuando posé la mirada en la calle, lo que vi un poco más allá mandó al carajo cualquier esperanza de arreglar la mañana.
En el banco justo enfrente de mi casa, en el lado opuesto de la plaza, una figura se acurrucaba inmóvil sobre los duros listones. A su lado, una potente Harley parecía velar su sueño: ¡había pasado la noche tumbado en aquel banco!
Me adentré en mi cuarto y me cubrí con una bata. Bajé la escalera hacia la planta baja como una centella, salí de mi casa y crucé la plaza como una exhalación hasta llegar junto a él. Sacudí su hombro y aguardé. Lo observé frotarse los ojos y rezongar molesto, parpadear y por fin mirarme confuso.
—¿Qué diablos se supone que haces durmiendo en un puto banco?
Se incorporó y permaneció sentado mientras se pasaba las manos por el pelo y terminaba de despertarse.
—¿Dormir en un puto banco? —masculló socarrón levantando la mirada hacia mí y alzando indolente los hombros.
—¿Y la razón es...?
—Me gusta dormir al aire libre —respondió extendiendo las manos en un gesto ingenuo, haciéndome resoplar.
—Y a mí comer cactus —farfullé mordaz—. Anda, ven, que te invito a un café y, si te portas bien, hasta te cedo una cama, no creo que hayas podido dormir mucho.
Se puso en pie y recogió su cazadora de piel negra, que había enrollado a modo de almohada.
—¿Estás segura de invitar a un capullo a tu casa? —inquirió enarcando una ceja y exhibiendo una sonrisa traviesa.
—No, por eso no me hagas pensarlo mucho.
Enfilé hacia ella, seguida por sus pasos.
—Tus muros colindan con la fachada de la iglesia de la Virgen de la Paciencia, pero veo que no te han contagiado esa virtud.
—También limitan con la fachada del museo Naturhiscope, y no por eso conozco toda la historia de Oropesa.
Abrí la doble puerta de madera con relieve de cuarterones y me adentré en mi casa, dejándolo pasar antes de cerrar.
—Creo que sabes de sobra dónde está el sillón. Te traeré un buen café, y espero que seas de tostadas: no tengo otra cosa.
No esperé a que me contestara. Me dirigí hacia la cocina, casi agradecida de tener otra cosa en lo que pensar y no en aquel sobrecogedor sueño, y encendí la cafetera.
—Vetusta —oí a mi espalda—, casi como tu sentido del humor.
Me volví para verlo observar mi cocina con semblante crítico.
—Sobria, como tu sentido de la gratitud —repliqué frunciendo el ceño.
Sonrió ampliamente en una mueca irónica. Acto seguido, tomó asiento en uno de los taburetes junto a la encimera que tenía bajo la ventana, en la que yo desayunaba cada día contemplando el horizonte.
—¿Qué debo agradecerte en concreto, este desayuno o que anoche me complacieras mentalmente?
La doble intencionalidad de sus palabras me hizo sonreír mientras colocaba las cápsulas en la cafetera.
—Eres un hombre fácil de complacer entonces. Una sola frase y quedas en éxtasis.
Luis rio al tiempo que abría sus largas piernas flexionadas y se reclinaba contra la encimera mientras observaba mis movimientos.
—Son más bonitas las vistas desde la ventana —sugerí incómoda con su atención.
—Creo que eso habré de decidirlo yo —adujo guiñándome un ojo.
Me encogí de hombros y me coloqué un largo mechón oscuro tras la oreja, simulando una indiferencia que no sentía.
Puse la radio, y los rítmicos acordes de la guitarra de Shawn Mendes en el estribillo de There’s Nothing Holding Me Back me arrancaron una animada sonrisa, adoraba esa canción.
Luis comenzó a palmear el taburete por debajo, inclinándose ligeramente y moviendo las punteras de sus botas al ritmo. Agitaba la cabeza siguiendo los acordes, y me miró esbozando una sonrisa cautivadora.
Sus labios pronunciaban con fluidez la letra de la canción, con tal soltura que resultó evidente que no era la primera vez que la cantaba.
Me volví a observarlo y mis pies imitaron los suyos. Entre nosotros floreció una divertida complicidad que se traslució en sonrisas luminosas.
Resultaba notoria la habilidad con que palmeaba el madero de su asiento, siguiendo con precisión cada acorde.
Su cuerpo acompañaba cada movimiento con una gracia innata y sugerente.
Desprendía un magnetismo tan arrollador, una masculinidad tan poderosa y sensual que me descubrí recorriéndolo con la mirada, absorbiendo cada detalle de su atractivo cuerpo sin tapujos.
Cuando la canción terminó y el locutor la ensalzaba, mis ojos se posaron en su boca, él se pasó la lengua por los labios, atento a mis reacciones.
Cuando logré mirarlo a los ojos, el fuego que vi en ellos me sobresaltó, sacándome de mi inusitado atrevimiento.
«¡Joder! —me dije—, parezco una adolescente en pleno festival hormonal.
» Aparté rauda la vista y me concentré en introducir unas rebanadas de pan en la tostadora.
Deseé que él rompiera aquel tenso silencio con alguno de sus comentarios sarcásticos, pero no lo hizo.
Por alguna razón, supe que tenía sus ojos fijos en mí, y aquella certeza me alteró todavía más.
Entonces me vino a la cabeza un detalle de nuestro primer encuentro.
La forma repetitiva de puntear con los pies, como si siguiera alguna melodía que resonara en su cabeza.
—¿Tocas la batería?
Oí cómo se ponía en pie y se acercaba a mí. Se puso a mi lado y, cuando la tostada saltó, la extrajo, la untó con la mantequilla que yo había sacado de la nevera y la acercó a mis labios. Mordí, y sus ojos apresaron mi boca con la avidez con que la mía masticaba el bocado.
La intimidad que se creó fue tan palpable que un cosquilleante hormigueo acarició mi piel como si fueran sus manos las que me recorrieran.
Tragué, y entonces fue él quien se llevó la tostada a la boca y mordió un buen trozo.
Tras engullir el bocado, quedaron migajas diseminadas por sus labios.
Me desconcertó tener que reprimir el impulso de limpiarlas con mi lengua.
De nuevo aparté la vista azorada y le acerqué su café mientras yo tomaba el mío.
El aterciopelado calor que descendió por mi garganta agravó el punzante ardor que ya abrasaba mis sentidos.
Aquellas emociones eran tan desconocidas para mí que no supe cómo gestionarlas.
—La toco.
Lo miré confusa y fruncí el ceño, hasta que él dibujó el gesto de manejar unas baquetas imaginarias.
Sonreí y asentí, tomando otro trago.
—Me impresiona tu capacidad de observación y deducción —agregó mordiendo de nuevo la tostada.
Tuve que esforzarme por no mirar su boca. Por el modo en que me miraba, supe que percibía claramente mis encontradas emociones y, aun así, continuaba tentándome.
—Hace mucho descubrí que observar revela muchas cosas de nuestro entorno, y, por tanto, es una gran arma de prevención. Conocer a la gente es primordial para poder actuar en consecuencia sin exponernos, pues podemos anticiparnos a según qué conductas.
Luis se volvió a mirarme y escudriñó curioso en mis ojos.
—Aun así, no siempre podemos evitar un ataque. Aun así, jamás será culpa nuestra, sino del agresor —repuso en tono acariciador.
Me agité nerviosa. La ventana a mis enterrados recuerdos volvió a entreabrirse. La cerré de un manotazo.
—¿Por qué la batería? —pregunté para desviar su atención.