CAPÍTULO 15 #2
—Un instinto, sí, que no atiende a razones —aclaró—.
En verdad, la intuición es el conocimiento, la comprensión o la percepción inmediata de algo sin la intervención de la razón.
Por tanto, es una habilidad innata sin explicación lógica o fundamentada, pero certera.
Nuestra mente le da prioridad, y la mayoría de las personas se dejan llevar por ella, y pobre del que la ignore.
Porque lo que realmente implica es un aviso, una alarma, un consejo o una respuesta, y no de nuestro subconsciente.
Aunque antes se llamaba así (a pesar de que nadie se preguntaba cómo ese subconsciente podía saber cosas que nos habían pasado), ahora está demostrado que proviene de nuestro yo cuántico.
Ese ser que, aunque conectado a nosotros, vive en otra realidad, se supone que en el futuro, por eso conoce lo que nos depararán nuestros actos.
Y por eso nos avisa de peligros, de gente peligrosa o de decisiones desacertadas.
Muchos dicen que es como una voz mental que nos detiene o nos alienta en función de una decisión.
Entorné suspicaz los ojos y, meditando su explicación, comprendí desconcertada adónde quería llevarme.
—Así pues, mi rechazo por ti, según tú, proviene de un mensaje de mi yo cuántico que me avisa de que no confíe en ti o me mantenga apartada porque puedes ser peligroso para mí.
—Pero no aquí ni ahora, sino en otra realidad.
—Y yo, claro está, tengo que creer eso.
—Tienes que creerlo para poder salvar tu presente y tu futuro, y quizá para poder cambiar el pasado.
—Mi presente y mi futuro dependen exclusivamente de mí, de las decisiones que tome y del rumbo que elija. Y, respecto al pasado, es lo más absurdo que he oído de ti hasta el momento, y te aseguro que estás en el top de mi ranking de locuras.
Dirigió una significativa mirada al volumen sobre psiquiatría todavía abierto sobre la mesa e inspiró paciente.
—Comprendo que me creas un puto psicótico, de hecho, es la reacción que yo tendría en tu lugar. Por eso, cuando termine mi relato, acataré tu decisión de que te deje tranquila, como presupongo estás deseando, y tendré que esperar a que seas tú la que acuda a mí.
Lo miré escéptica y me encogí de hombros.
—Eso sí sería inaudito, te lo garantizo.
—Lo harás —aseguró rotundo—. Cuando las evidencias te persigan como lo hicieron conmigo, la desesperación y el miedo te llevarán a mí.
—O al acantilado —aduje burlona.
La mirada grave y penetrante de Luis me erizó la piel durante un instante.
—Espera un momento. Según tu teoría, si el yo cuántico vive en el futuro —elucubré hilando en mi cabeza retazos de su historia—, y tú crees que fuiste Barbarroja, y me ciño a tus palabras, entonces tú, que vives en una realidad más adelantada, eres su yo cuántico.
—Sólo que no puedo conectar con él, con mi yo del pasado, para decirle lo que sé. He probado todas las técnicas posibles para conseguirlo, y no ha habido manera. Algo falla, algo no está bien, eso, o en mi otra realidad aún soy más testarudo que en ésta.
Lo observé unos segundos, quizá buscando en su expresión lo que en mi cabeza no terminaba de encajar.
—Hay algo que no entiendo —objeté recelosa—: si eres la misma persona en dos líneas temporales distintas, entonces son dos vidas distintas bien diferenciadas que no tienen por qué influir la una en la otra.
No tiene sentido que los actos de Barbarroja te repercutan, pues la suya es una vida concluida, se sabe hasta la fecha exacta de su muerte.
Luis exhaló un pesaroso suspiro, perdiendo la mirada a través de mi ventana, sumido en sus propias cavilaciones.
—En realidad, lo que la ciencia ha averiguado sobre el yo cuántico no se ajusta a lo que me ocurre a mí.
Quiero decir, en teoría, se trata de dos entidades que comparten un mismo cuerpo y una misma vida, eso explica la teoría de Jean-Pierre Garnier Malet.
Con lo cual, el yo futuro vive por delante del real, que es el corpóreo, días, semanas, meses.
.., depende, y al lograr conectarse con el del presente le susurra datos vitales que éste aprovecha para tomar decisiones beneficiosas para ambos.
En mi caso, nos hemos desligado en dos realidades que conviven paralelas, sólo que en épocas diferentes.
Vivimos vidas simultáneas, eso es lo más extraordinario de todo.
Lo contemplé perpleja, intentando asimilar aquella nueva información, consciente de que, incluso siendo una invención de su mente, era absolutamente fascinante.
—Por tanto —comencé, ordenando en mi cabeza todo lo que había entendido de su explicación—, tu caso transgrede toda base científica constatada hasta ahora.
—Mi caso va por delante de los estudios, nada más —especificó—.
Pero es cuestión de tiempo que las investigaciones en materia de física cuántica converjan justo en ese punto, pues el desdoblamiento del tiempo, que es la base teórica de Malet, es exactamente lo que me ocurre a mí.
Mi realidad se ha desdoblado en dos y, por fortuna o por desgracia, mi otra entidad es un famoso corsario berberisco del siglo XVI .
—Es realmente apasionante —reconocí—, si lograra creerte.
La luz de la ventana incidió en sus rasgados ojos verdes, aclarándolos.
Me recordaron al turquesa del mar bajo un sol cegador.
Quedé prendada en ellos, y a mi mente acudieron otros ojos.
.., unos que había visto recientemente, una penetrante mirada plateada tan felina como la suya.
.. Tragué saliva y rompí el contacto visual, evaporando aquella inquietante visión.
—No voy a pedirte que me creas —alegó repasando su mentón con la mano mientras en su rictus asomaba un veta ansiosa—, sólo que intentes algo.
—Bien, ya va siendo hora de que pongas tus cartas sobre la mesa.
Me esforcé mostrarme serena y expectante, cuando lo que en verdad me gritaba mi instinto era que saliera corriendo. Enlacé las manos en el regazo, más para sujetar el temblor en ellas que para aparentar tranquilidad.
—Te he visto junto a mí en esa otra vida —comenzó escudriñando mi expresión con evidente preocupación—.
Eres tú, aunque no exacta a como eres ahora.
Tu piel es más oscura, tus ojos más vivos, tu cabello es más largo y rizado, tu gesto es completamente diferente, diría que audaz, casi fiero.
Pero eres tú. Compartimos esa realidad, he tenido visiones que tú protagonizas.
Y, como ya te he dicho, aunque son como trozos de película rotos que no tengo modo de unir, excepto buscando datos precisos de la vida de Barbarroja, sé que eres importante para mí.
Y si tú existes en esta realidad actual, quiere decir que también puedes comunicarte con tu otro yo.
Y, no sé, quizá tú tengas más suerte y puedas darme la clave para que logre enlazar con él.
Me puse en pie e inspiré hondo, aquello ya me estaba superando de nuevo.
—O sea, que tu petición es que intente conectar con mi otro yo del pasado, nada más y nada menos.
Y, claro —apenas me di cuenta de que estaba alzando la voz conforme caminaba de un lado a otro de mi salón, pasando las manos por mi pelo en un gesto repetitivo, claro síntoma de que estaba perdiendo la paciencia—, seguro que es muy fácil, según tú.
Me detuve frente a él con los brazos en jarras, fulminándolo con la mirada.
—Tienes el jodido valor de pedirme que haga algo que tú no sabes hacer —acusé indignada.
Luis se puso en pie y aferró mis hombros. Yo me desasí hoscamente.
—Cálmate, ¿de acuerdo? Sí sé hacerlo. Sólo que, por algún puto motivo que desconozco, conmigo no funciona.
—Oh, claro, pues, en tal caso, ¿por qué no utilizar a alguna gilipollas que se preste? —farfullé ofuscada.
—Vamos a ver, Elisa, se supone que no crees una sola palabra de todo lo que te he contado, ¿no?
—Ni una —admití, apartando las últimas casualidades, que decidí lanzar al cajón de la sugestión.
—Bien, pues si no crees nada, ¿qué puede importarte que te pida que antes de dormir pronuncies una simple frase? No creo que esa minucia trastoque tu... apasionante vida de bibliotecaria.
—Eres un imbécil, ¿lo sabías?
—Uno bastante desesperado para correr el riesgo de que finalmente decidas lanzarme todos los jarrones de tu casa.
—Es lo que mi intuición lleva gritándome desde que te dejé entrar.
Luis avanzó un paso hacia mí. Yo lo retrocedí.
—¿Sabes lo que más odio de mi «yo pirata»?
Avanzó otro paso. Yo volví a retroceder.
—Este puto rechazo —agregó mirándome de forma extraña.
—Seguro que merecido, me provocas escalofríos —confesé, evitando indagar en el motivo de ese inevitable encono hacia él.
Tras una mirada grave e indefinida, alzó los hombros y suspiró resignado.
—Probablemente —se lamentó.
—¿Cómo tienes la seguridad de que eres o fuiste Barbarroja?
—Por detalles muy concretos de su vida que coinciden con mis visiones, y fundamentalmente porque el hombre que veo, aunque mis ojos no compartan el mismo color, soy yo.
El hombre de esa ilustración que copié de varias crónicas, a pesar de la barba que oculta buena parte del rostro y del cabello largo, soy yo.
Y, créeme, hasta consulté con un fisionomista.
Comparto rasgos, vivencias y recuerdos, y, tras elaborar mi propio mapa de vida, con recortes rotos, emergió mi identidad, una que me dejó en shock , te lo aseguro.
Sentí la necesidad de sacar del cajón el libro de Luis. Lo abrí buscando el grabado que tanto había llamado mi atención y al que se refería y, cuando lo encontré, me detuve a examinarlo concienzudamente.
—Es la misma ilustración que figura en varias crónicas —señaló acercándose a mí—. Pero a ésta le añadí detalles más personalizados.
—¿Como por ejemplo?
Se puso a mi lado, rozándome con su brazo.
—Ese rictus grave en el rostro, la dura línea de la boca y esa pequeña cicatriz en la sien izquierda.
Agucé la mirada y, en efecto, vi una línea irregular cruzándola.
Volví la cabeza hacia él para contemplar su rostro.
Estaba demasiado cerca del mío, aun así, me demoré en estudiarlo.
Sin la barba, sin aquella mirada fiera y sin aquel largo cabello, su aspecto era menos atemorizador.
Pero, sin duda, las marcadas facciones de Luis se vislumbraban en cada trazo.
Pómulos altos, frente despejada, nariz recta, mirada felina de ojos rasgados y profundos, y, aunque la barba ocultaba el mentón, éste se adivinaba definido y prominente.
La boca también se asemejaba, amplia y de labios voluminosos, aunque unidos en un gesto circunspecto y casi diría que angustiado.
—También enriquecí los detalles en el vestuario. Ese atuendo era el más común en él, sobre todo, cuando navegaba.
Sentí un desazonador escalofrío ante la minuciosa réplica en tinta de él mismo, un dato que me hizo ser más consciente de la gran implicación de Luis en aquel peliagudo desvarío.
—Nada me asegura que todo esto no sea más que un invento de tu mente. No puedo saber cómo fue Barbarroja en realidad. Dibujaste tus facciones en él, eso es cuanto puedo ver aquí.
—Y hasta aquí es donde alcanza mi poder de convicción. No dispongo de pruebas ni de ninguna herramienta que verifique cuanto digo. Pero, aun así, apelo a tu empatía, o a tu generosidad, para con un pobre loco.
Sentí su respiración agitada y su verde mirada atrapó la mía durante unos segundos. Cuando se desvió hacia mi boca, logré reaccionar.
Cerré el libro y se lo ofrecí.
—No tiene sentido que yo lo conserve. Hiciste un gran trabajo de investigación.
Ya me volvía cuando él aferró mi brazo y me detuvo.
Su mirada suplicante removió algo dentro de mí.
—Lo necesito, Elisa.
Exhalé el aire contenido y asentí.
—Pero antes, dime, ¿en qué puede afectar a tu vida?
Él murió, su vida ya corrió en otro tiempo.
En el supuesto caso de que logres pasarle información, ésta le beneficiaría a él, no a ti, en tu presente actual.
Por mucho que seáis la misma persona, vuestras vidas no pueden ser más dispares. Os separan cinco siglos, nada menos.
—El karma, Elisa —respondió—. Estoy pagando todos sus desatinos, todas las injusticias y las crueldades cometidas. Pero, sobre todo, debo redimirlo y liberarme a un tiempo. Nada puedo esperar de esta vida, nada bueno, si no logro hacerle ver que sus actos repercutirán en su yo futuro, en mí.
—¿Y si ya es demasiado tarde? Se supone que tenéis la misma edad, ¿no? Con lo cual, ya ha cometido más de una atrocidad.
Me sentí estúpida enfrascándome en una conversación tan surrealista, pero por algún motivo necesitaba desmontar su descabellada teoría.
—Sólo sé que tengo que intentarlo. Me estoy muriendo, Elisa.
Dejé escapar un gemido sorpresivo, agrandé estupefacta la mirada y sentí que me faltaba el aliento.
—Dime que es una broma de mal gusto.
Luis me soltó y bajó la mirada.
—Nada me gustaría más, te lo aseguro. Pero no lo es.
—Joder, yo...
No supe qué decir. Sólo supe que deseaba fervientemente seguir sin creerlo, pero, por algún motivo, quizá por su atribulada expresión, intuí que decía la verdad. Llevé una mano a mi pecho. Dentro comenzó a aletear una agitada mariposa con alas de hielo que esparció un frío intenso por mi interior.
—¿Qué frase he de decir?
Luis alzó de nuevo la vista; pareció azorado e irritado.
—Odio tu puta compasión, pero no me has dejado más alternativa, así que la sufriré si por fin aceptas ayudarme. Sin embargo, te pediría que al menos me la ocultes.
—Tengo corazón, joder —repliqué.
—Felicidades —musitó ácido.
Su rictus se había endurecido, asemejándose más si cabía al del pirata que decía ser.
—La frase —pedí, deseando zanjar aquel tema.
—Bien, ahí va... Bebe un vaso de agua antes de ir a la cama y, cuando estés a punto de dormirte, pronuncia mentalmente esta frase: «Isabet Llerán, sé que existes. Abre tus sueños a mí».
—¿Eso es todo? —inquirí impávida.
—Eso es todo.
—Esta noche lo pondré en práctica.
—Gracias —murmuró huraño y todavía molesto.
—No es ninguna molestia, en realidad.
—Claro, por eso me ha sido tan fácil convencerte —barbotó mordaz.
—Admitirás al menos que no es algo fácil de aceptar, y menos aún de creer.
—No lo es, y ya te dije que no espero que me creas; con pronunciar esa frase me sobra. Pero sí te pido encarecidamente que, si obtienes respuesta o comienzas a experimentar cosas extrañas, por favor, acudas a mí. Eso significaría que has conectado con ella, y es ahí donde debes pasarle mi petición.
—Creí que tu petición era esa simple frase que debo pronunciar.
—No, esa frase es, digamos, el cable de conexión. Si funciona, tendré alguna oportunidad; si no, te dejaré en paz.
Por primera vez vislumbré ante mí la inminente despedida de Luis.
Por supuesto que no funcionaría.
Entonces ¿por qué no sentí el alivio esperado?