CAPÍTULO 15
I NTUICIONES
Esperé paciente a que la inoportuna visita se largara.
Pero, por cómo llamaba, sacándome de quicio, supe que no se iría, como también supe su identidad.
Acompañó su insistencia en el timbre de llamada con golpes en la puerta, al tiempo que perjuraba que la echaría abajo si no le abría.
Acordándome de toda su estirpe, y jurando en arameo, salí de la bañera y me cubrí con el albornoz.
Me calcé con mis chancletas de toalla y me apresuré a la puerta con el cabello goteando y aún cubierto de espuma.
Abrí con furiosa vehemencia para encontrarme con la preocupada mirada de Julia y la verde mirada ansiosa de Luis. Hice ademán de cerrar, pero él trabó su pie en el quicio y yo simplemente bufé irritada y solté la puerta, dejándolos entrar.
Clavé en Julia una mirada resentida, y, cruzándome de brazos, me enfrenté a ellos.
—¿Buscáis que me dé un infarto? —increpé ceñuda.
—¿Tienes idea de lo angustiada que he estado? —se defendió mi amiga.
— Hemos estado —puntualizó Luis.
—Te avisé de que necesitaba dos días —repliqué ignorándolo a él.
—Han pasado cuatro —respondió Julia, mirándome desazonada.
Abrí los ojos demudada.
—¿Cuatro? ¿No es posible? Yo... yo sólo recuerdo haber amanecido dos mañanas...
—Porque habrás dormido prácticamente todo el tiempo —barajó Luis, tomando asiento en mi butaca.
—¿Alguien te ha dado permiso para sentarte? —recriminé, tan enojada como confusa.
—No, tampoco para entrar, y aquí estoy.
Esbozó una sonrisa descarada y cruzó indolente las piernas. Me guiñó un ojo y me recorrió con la mirada.
—¿Vas a echarme?
—Ganas no me faltan.
—Lo que te falta es fuerza para largarme a empujones, ¿no?
—Y a ti lo que te sobra es desfachatez.
—Me sobran y me faltan más cosas —reconoció.
—A mí, en cambio, sólo me sobras tú.
Encogió el rictus, como si lo hubiera golpeado y luego dibujó su sempiterna sonrisa mordaz.
—Guau, nena, buen derechazo.
Se frotó la mandíbula y abrió la boca varias veces en un gesto socarrón que terminó de impacientarme.
—No es momento de que saques tu lado capullo a relucir, si no quieres que te lance a la cabeza lo primero que encuentre a mano. No estoy de humor para tus payasadas.
Luis se volvió hacia mi amiga, que nos miraba reprobadora.
—¿Ves, Julia? Te dije que debía traer mi casco.
—No, lo que debes hacer es llevar tu cabeza a él y largarte por donde has venido.
—No, hasta que termine lo que he venido a hacer.
—Me importa una mierda lo que hayas venido a hacer. Ya te escuché y no quiero saber nada más de toda esa locura que me contaste.
—No me dejaste terminar la historia...
—No es necesario, no me interesa lo más mínimo.
Comencé a caminar de un lado a otro, exasperada y furiosa, con los brazos cruzados bajo el pecho y mascullando entre dientes. Hasta que me detuve frente a Julia, que permanecía inusitadamente silenciosa.
—¡Por Dios, Julia! ¿De veras has oído su historia y lo crees?
—Lo único que creo de veras es que él pretende ayudarte y protegerte —se defendió algo confusa por mi reacción.
La fulminé con la mirada y bufé frustrada.
—¿En serio? —Pasé ambas manos por mi pelo, intentando serenarme—. No me lo puedo creer. Tú me conoces más que nadie, por amor de Dios, sabes lo peligroso que es desanclarme de la realidad que tanto me ha costado conseguir. Te juro que no entiendo que lo apoyes.
La miré dolida, y ella bajó la vista y se mordió el labio con gesto apesadumbrado.
—No voy a obligarte a nada, Elisa —intercedió Luis poniéndose en pie y avanzando hacia mí.
Mi primera reacción fue dar un paso atrás, pero logré mantener mi posición doblegando aquel acuciante impulso.
—Ya me estás obligando a escucharte.
—No creo que sea un gran tormento, sólo te pido algo de tu tiempo y una pizca de empatía, joder —replicó incisivo.
Sostuve su mirada suplicante, aunque en su ceño permanecía un atisbo resentido.
—Haremos algo: te escucharé si me prometes que acatarás la decisión que tome al terminar tu historia. Respecto a eso de que puedes protegerme... —miré condenatoria a Julia—, ya me tengo a mí misma, gracias.
Luis me observó largamente, su gesto se agravó y pude ver cómo en su mente analizaba minuciosamente su discurso para conseguir lo que yo ya me había negado a darle: mi credibilidad.
—¿Te importaría dejarnos solos, Julia? —pidió esgrimiendo una agradecida sonrisa.
Ella me miró a mí dubitativa.
—Tranquila, no llevo casco, pero tengo la cabeza dura si la Rottenmeier se decide a abrírmela con un jarrón —murmuró Luis socarrón.
—Ve, Julia —animé—, tengo muchos jarrones, pero me gustan más que su cabeza.
Mi amiga sonrió más tranquila y asintió conforme.
—Tengo que hacer algunas compras, volveré dentro de un rato. Espero que su cabeza siga intacta, no tengo edad para ir por ahí enterrando cadáveres.
Luis amplió su sonrisa y pude ver un sincero brillo afectuoso en la mirada que le dirigió a Julia. Mi amiga, por su parte, tampoco ocultó el aprecio que aquel hombre había despertado en ella. Resultaba evidente que, tras mi ingreso en el hospital, había germinado entre ambos una bonita amistad.
Salió, cerrando tras de sí, pero no sin antes dedicarnos un gesto admonitorio señalándonos con el dedo índice.
—¿Puedo saber cómo has conseguido que Julia te crea? Es la persona más pragmática y racional que conozco.
—Julia no conoce esa parte de la historia, sólo la que te conté en el hospital.
—Ya decía yo... Si supiera el resto, sería ella la que te echaría de mi casa a golpe de jarrón.
—No lo creo, es más... comprensiva y razonable que tú.
—Pues aún carezco de más cosas, de paciencia, por ejemplo. Así que dispara.
—¿Qué tal si te pones algo de ropa y te secas el pelo antes?
Abrí los ojos extrañada y lo miré confundida.
Luis me dedicó una sonrisa tirante, clavando sus ojos en la abertura de mi albornoz, que en el fragor de mi enojo se había entreabierto dejando ver el nacimiento de mis senos y parte de mi vientre.
—Me gustaría exponer mi teoría y mi petición con claridad y centrarme en los detalles, y dudo que lo consiga con unas vistas tan... atrayentes. Ya sabes, por muy físico que sea..., soy hombre, y el raciocinio se nos anula cuando otra cosa se despierta.
Me cerré hoscamente el albornoz y tomé rumbo a mi habitación. Ya llegaba al pasillo cuando una petición en voz alta me hizo gruñir nuevamente:
—¡No te pongas las gafas!
* * *
Minutos después aparecí con unos sencillos vaqueros, una camiseta roja y unas cómodas sandalias a juego, el pelo todavía húmedo recogido en una cola alta y, por supuesto, mis gafas de pega.
Lo encontré ojeando el libro sobre trastornos psicóticos que había estado consultando y había dejado sobre la mesita junto al sillón.
—¿Ya tengo diagnóstico, doctora?
Alzó la vista con mirada traviesa, dibujando en sus mullidos labios una mordaz sonrisa ladeada.
—Lo que tienes es mi atención, y lo que no creo que tengas es arreglo.
Luis amplió su sonrisa y me guiñó un ojo.
—¿Para qué? Soy perfecto así —bromeó.
—No me hagas perder más el tiempo, ¿quieres?
—Como querer, querría hacerte perder otras cosas, pero visto el caso que me haces... —señaló mis gafas y puso los ojos en blanco—, lo veo complicado. Aunque, ahora que lo pienso, esas gafas te dan un punto sexy bastante morboso.
—Sé lo que intentas —adiviné en el acto—, que me las quite, usando mi oposición a tus gustos.
Chasqueó la lengua y se rio divertido.
—¿Si te digo que me resulta atractiva tu inteligencia, te vas a lobotomizar? No, ¿verdad? Acepta entonces que puedas gustar a quien detestas y no por eso voy a abalanzarme sobre ti.
—Yo no te detesto.
—Pues lo finges de puta madre.
Nos miramos largamente. Al final, me quité las gafas, las dejé en la mesita y ocupé el sillón de enfrente.
—Empecemos por ahí —adujo tabaleando en los brazos de la butaca—, ¿por qué motivo sientes ese rechazo por mí?
—¿Qué tal si vamos de una vez al tema que nos ocupa? —inquirí exasperada.
—Ya estamos en él —afirmó entornando su verde mirada y clavándola en mí—. Contesta.
Cavilé un instante, buscando un motivo de peso que justificara aquel rechazo. Sin duda había sido en la biblioteca, a raíz de nuestro primer contacto.
—En nuestro primer encuentro te comportaste como un verdadero capullo engreído.
—Lo hice porque tú ya te perfilaste como una jodida Rottenmeier ácida y cortante. Pero, piensa bien, antes de que yo me acercara a tu mostrador, tu mirada era recelosa y disgustada, ¿por qué?
—Pues no sé, simplemente no me gustó tu pinta. Hay veces que se siente feeling o aversión por alguien y no se sabe muy bien por qué. Quizá nos dejamos guiar por la intuición o...
—Ahí está —interrumpió él con un gesto triunfal—. Intuición . Ésa es la palabra —aseveró adoptando una expresión concentrada—. Ahí está la clave de todo, Elisa, en nuestra intuición. ¿Y sabes qué es realmente la intuición?
—Una especie de percepción de nuestros instintos más primarios —respondí.