CAPÍTULO 14 #2
Hundí los dedos en mi espeso cabello oscuro, recorriendo la parte superior de mi cabeza hasta casi la nuca, y resoplé preocupada.
No podía permitir que la locura de Luis me arrastrara. Tenía que combatirla y ahuyentarla, como fuera. Joder, no podía flaquear ahora, no tras tanta lucha detrás, tras tantas victorias conseguidas. No, por un desconocido que nada tenía que ver conmigo. ¿O quizá sí?
Bufé irritada conmigo misma y me centré en escribir el correo, escueto pero claramente desesperado.
Y en aquel momento comprendí que la reclusión y la inactividad comenzaban a repercutir en mi contra. Debía evitar pensar de más.
Cogí el teléfono y miré las llamadas recibidas: tres eran de Julia, dos de un número desconocido, cuyo origen, sin embargo, era fácil de averiguar.
A pesar de continuar con la rehabilitación, ya había solicitado la reincorporación a mi puesto de trabajo.
Otro mantra de psicología era el de recuperar cuanto antes la vida rutinaria para anclarnos al presente y alejarnos del incidente sufrido.
En mi caso, sólo habían sido dos: un puto atropello fortuito y el desafortunado encuentro con Luis.
Me preparé un té de hierbabuena y me dirigí hacia la bañera.
Nada como un buen baño aromático y humeante para evaporar preocupaciones.
La llené casi hasta el borde. La prieta espuma lamía los costados y parte de la pared de azulejos, tentadora y sedosa.
Deposité mi taza en una esquina de la bañera, me desnudé y me sumergí cuidadosamente.
Una vez dentro, me estiré y cerré los ojos exhalando un largo gemido placentero.
¡Dios, fue como si todo mi ser despertara a la vida!
El agua siempre había supuesto para mí un elemento de desconexión, era como entrar en otro mundo, uno lleno de paz, de placer, de meditación.
Un viaje recesivo al vientre materno, a ese universo único y protector donde sólo nosotros existíamos, donde la maldad no alcanzaba, donde podíamos flotar livianos, despreocupados, solos pero al tiempo abrazados por su suave y acogedora masa.
Nada como sumergirme en el agua para evadirme de la realidad, incluso hasta de la corporeidad, pues se podían alcanzar altos niveles de conciencia dentro de ella.
Favorecía los viajes astrales, las meditaciones y toda clase de prácticas espirituales, como el janzu , como si el líquido elemento fuera una puerta a ese otro mundo que transgredía las fronteras corpóreas e incluso la razón.
Un viaje a nuestro interior y, de ahí, a un exterior desconocido, pero accesible y modificable.
Suspiré nostálgica, hacía tiempo que no meditaba, y sonreí apenas, recordando que también Luis era aficionado a la misma práctica.
En verdad, la peculiaridad de los nexos que nos unían era tan apabullante que resultaba inquietante.
Tal vez las vivencias traumáticas forjaban individuos similares, curtidos en el dolor y expertos en la evasión.
Pero no lo creí realmente. Por desgracia, yo tampoco era muy amiga de apoyarme en casualidades, y la idea de que la aparición de Luis tenía un sentido aún oculto titiló ante mí, haciendo que me replantease mi decisión de alejarme.
¿Y si, en lugar de alejarme, enfrentaba lo que el destino parecía querer mostrarme a través de Luis?
Era arriesgado, mucho, si dejaba que me introdujera en su paroxismo psicótico, pero si permanecía tan firmemente incrédula como hasta ahora, aunque me prestara a lo que él necesitaba de mí, quizá me fuera revelado el motivo de su irrupción en mi vida.
No obstante, ¿cómo lidiar con el pujante impulso de alejarme de él? ¿Cómo sortear el temor a dejarme llevar por sus delirios?
Finalmente decidí no tomar una decisión precipitada y simplemente manejar la situación guiándome por mi instinto.
Cogí el vaso de té y le di un largo trago. Lo dejé en su lugar, cerré complacida los ojos de nuevo y me dediqué a disfrutar del baño, despejando la mente y centrándome únicamente en mi respiración.
Una agradable laxitud inundó mi cuerpo, un relajante sopor nubló mi mente y la paz llegó, otorgándome una liviandad reconfortante y evasiva.
Y, en mitad de aquella profunda relajación, una imagen cruzó por mi mente, huidiza pero clara...
... Alguien me esperaba fuera. Un hombre con una capa roja extendida delante de él. Sus ojos... grises..., su mirada felina..., su expresión... morbosamente hambrienta...
Aquel paño áspero y maloliente me envolvió, pero fue el calor que me traspasó su cuerpo lo que más me tensó. Me abrazaba... Me susurraba...
Me incorporé como un resorte, profiriendo un gemido asustado, sobresaltada y jadeante. El agua rebasó el borde de la bañera, chasqueando contra el suelo.
La sensación había sido tan vivida, tan real, que aún me cosquilleaba aquel susurro en mi oído, que aún sentía la rotundidad de aquel abrazo.
Me estremecí y me abracé las rodillas. Temblaba.
Tardé un rato en serenarme.
¿Qué demonios me había pasado? No estaba dormida, por lo que no era un sueño. Y, estando despierta, por muy aletargada que me encontrara, aquel episodio sólo podía catalogarse de visión.
«¡Por favor, joder, no! No, no, visiones, no...»
Refregué mi rostro con ambas manos y gruñí impotente.
¿Acaso era contagiosa la locura?
Sentí ganas de llorar, de gritar y de salir corriendo. Sin embargo, permanecí inmóvil, encogida sobre mí, asustada y angustiada.
Esos ojos grises, ese rostro me resultó vagamente familiar.
Un vibrante e irritante sonido me hizo dar otro violento respingo y mascullé una maldición.
Alguien llamaba a la puerta. Pero fue mi ventana interna la que se entreabrió.