CAPÍTULO 14
Aquélla era la quinta llamada de teléfono que ignoraba ese día.
Dejé que el bip-bip-bip se esparciera por mi salón, rompiendo la paz que tanto me estaba costando encontrar.
Cerré los ojos y cubrí mi rostro con el cojín que abrazaba, maldiciendo no haber desconectado también el teléfono fijo. El móvil llevaba dos días apagado, tras enviarle a Julia un rotundo mensaje: «Necesito un par de días».
Sentada en mi butaca preferida, había pasado gran parte del tiempo mirando por la ventana, sin ver más que desgarradoras imágenes del pasado.
Recuerdos que había cubierto con grandes y pesadas lonas negras, dejando que el polvo las envolviera hasta hacerlas desaparecer.
Pero no mirarlas no implicaba que no estuvieran, y estaban, y Luis había sacudido peligrosamente la esquina de aquel manto, levantando un polvo que hacía lloriquear mis ojos y me impedía respirar con normalidad.
Que hubiera indagado en mi historial, en mi jodido pasado, había abierto una delicada ventana a un mundo que había decidido desterrar de mi memoria. Y, no, no podía permitirlo.
Y allí estaba, recluida en casa, ignorando el mundo exterior, centrada en una sola cosa: cerrar puertas entreabiertas, asegurar lonas con fuertes cabos y apuntalar ventanas. Y, hasta tener de nuevo el absoluto control, no podía reanudar mi vida.
Inspiré el reconfortante aroma del suavizante impregnando el algodón del cojín donde enterraba mi rostro y comencé una cuenta regresiva de diez.
Con cada número, mi respiración se sosegaba y mi mente ejecutaba mis precisas órdenes: clausurar esa parte de mi vida, convenciéndome de que nunca había existido.
Y funcionaba.
Tras tanta terapia con el psiquiatra del centro, que insistía en desnudar mi alma y enfrentar mis miedos para poder liberar mis traumas, descubrí que sólo una cosa podía ayudarme a llevar una vida relativamente normal, y era olvidar.
Pues revivir una y otra vez aquellos espantosos momentos me había llevado casi al borde de la locura, y eso que no les había dado voz siquiera.
¿Qué sentido tenía hablar una y otra vez sobre ello, más que la de hallar un tormento infinito?
¿Cómo liberar o desbloquear, como él lo llamaba, mi trauma, sino borrándolo de mi memoria?
Pues no se podía viajar al pasado para evitar lo sucedido.
Así que abandoné la terapia convencional buscando lo que yo misma consideré mi salvación y le pedí a mi psiquiatra que, mediante hipnosis, borrara mis recuerdos.
Consiguió reprogramarme, sumiendo en sombras esa parte de mi vida y enseñándome técnicas que llevar a cabo si la lona se descorría accidentalmente.
Y lo había hecho, y de qué horrible manera.
Dos noches infernales pobladas de pesadillas espantosas marcaban ahora mi rostro, donde se dibujaba la crispación tensando mis facciones y la clara sombra de las ojeras oscureciendo mi mirada en un cuadro que no era capaz de mirar mucho tiempo.
Aquella Elisa no era la que yo tanto me había esforzado por crear.
El sonido cesó y aparté el cojín de mi cara.
Respiré profundamente tres veces y abrí los ojos.
Lo primero que vi los agrandó, acelerándome el pulso.
El reloj digital que había en una estantería del mueble marcaba un número que me robó el aliento: las 11.11 horas.
Sacudí la cabeza y me dije que hasta la maldita casualidad parecía burlarse de mí, nada más. No podía dejar que la sugestión de lo que Luis me había contado interfiriera justo ahora, en plena crisis. No, me dije.
Y si había logrado reflexionar sobre algo durante mis dos días de encierro había sido acerca de su insólito testimonio sobre realidades paralelas y dobles cuánticos.
Definitivamente, Luis había acabado más tocado de la cabeza que yo, no supe si en la cárcel o justo tras el fatal accidente, pero resultaba evidente que había creado un mundo imaginario mucho más excitante para poder dejar de atormentarse con su conciencia.
Sí, aquello era de manual. Luis rehuía la realidad porque dolía demasiado, y mientras su mente anduviera ocupada con otra cuestión, una bastante rebuscada, lo liberaba de la culpa y de su tormento particular.
Si mi psiquiatra pudiera tratarlo, su diagnóstico sería sin duda psicosis, o, lo que es lo mismo, un estado mental en el que se produce una escisión o pérdida de contacto con la realidad.
Sonreí mordaz, podría hacer un máster de Psiquiatría con la cantidad de libros leídos sobre el tema, si en verdad creyera que funcionaban.
En aquel momento mi mente captó un detalle incuestionable.
Luis y yo compartíamos traumas personales, huíamos de la locura como podíamos, aunque él había cruzado la tan temida raya sin ser apenas consciente de ello.
Y, siguiendo aquella línea de pensamiento, me percaté de otro matiz que nos unía: ambos habíamos huido de profesiones creativas.
A mi cabeza acudió un párrafo leído en uno de los tantos manuales de psiquiatría que había devorado: «Existen muchos estudios sobre la vinculación de la creatividad artística con la locura.
De hecho, un gran número de artistas de todo tipo, escritores, músicos y pintores de fama mundial, han padecido toda clase de enfermedades mentales.
Y es este llamativo vínculo común lo que ha despertado el interés de afamados psiquiatras.
Resulta que la genialidad está íntimamente ligada con el pensamiento divergente, el encargado de buscar soluciones alternativas a cualquier problema, y esa visión tan amplia del mundo en general los convierte en seres atormentados, pues ven más allá de lo que podría ver un individuo que no está imbuido de esa extraordinaria percepción del mundo.
Una percepción que los inunda de ideas, pensamientos e inquietudes creativas, pero que, a la vez, los condena a pagar una arriesgada deuda: la cordura. ..».
Escalofriante para quienes huíamos con tanta desesperación de la locura, lo que conllevaba contener y estrangular cualquier expresión artística.
Yo, por mi parte, había apartado mi afición por la pintura.
Y, como apostaba a que Luis había llegado a la misma conclusión, me pregunté qué faceta artística habría reprimido él.
Luis, de ciencias; yo, de letras. Todo muy... racional.
Paradójicamente, él era la persona más parecida a mí en cuanto a vivencias y superación, y justo por eso debía alejarme sin pérdida de tiempo.
Pero ¿cómo?
No era un hombre que aceptara una negativa, ni que se rindiera a la primera de cambio. Me había envuelto en sus visiones psicóticas, y además decía necesitarme para poner en práctica una de sus insensatas teorías. Y ahora mi máxima prioridad era escapar de él.
No obstante, sus delirios sí habían traído algo positivo a mi vida.
Ahora estaba segura de que su versión de lo ocurrido en mi accidente era falsa: mi atropello había sido accidental.
Lo había inventado para tener la excusa de acercarse y usarlo a su conveniencia.
Ésa era la razón por la que no había testificado ante la policía, y no sus antecedentes.
Una preocupación menos, pero un problema más.
Debía conseguir apartarlo de mi vida como fuera.
Y, de repente, otra cuestión relumbró sobre el resto.
¿Por qué yo? ¿Habría estado siguiéndome con anterioridad?
¿O quizá presenciar mi accidente, de algún modo, me había puesto en su punto de mira?
Pero no, eso último no encajaba, pues ya en la biblioteca se había dejado su libro sobre Barbarroja y. ..
¡Un momento, eso era! No lo había olvidado, no: lo había dejado aposta.
Quería que yo lo leyera, seguramente esperando que, de algún descabellado modo, conectara con aquella historia.
Lo que significaba que él, en efecto, me había estado buscando o, lo que resultaba más obvio, un día me vio y su mente enajenada me lanzó de golpe a aquel mundo de caos que gobernaba su psique.
¡Vaya suerte de mierda, la mía! Y, razonando sobre todo aquello, la fatal conclusión no de ese momento, sino de mi vida en general, era ésa: una jodida suerte de vida.
Tragué saliva e inspiré hondamente, alejando a manotazos mentales los fogonazos que acudían insidiosos en atropellado carrusel sobre el curso de mi compleja existencia.
Decían, y las evidencias científicas lo demostraban, que cuando estaba en riesgo nuestra vida, o condenada ya, pasaba ante nuestros ojos una especie de película sobre ella.
Y eso era así porque, según numerosos estudios, el fenómeno podría ser causado por las partes del cerebro que almacenan recuerdos autobiográficos, como el córtex prefrontal, la corteza medial temporal o parietal.
Esas partes no son susceptibles a la pérdida de oxígeno y sangre durante lesiones graves, lo que significa que sus funciones son unas de las últimas del cerebro en sufrir. Las últimas que se apagan.
Pero yo no había estado en riesgo mortal y, sin embargo, esa condenada película sobre diversos estadios de mi vida se había sucedido con dolorosa frecuencia hasta que logré cubrirla con mi salvadora lona. Una lona ahora inestable por las locuras de un psicótico traumatizado.
Lamenté en el acto aquel último pensamiento. Luis era un hombre tan atormentado como yo, y en tal caso quizá preferiría que lo ofendiera a que lo compadeciera, me consolé puerilmente. No obstante, no evitó mi malestar por haber tenido esa cruel observación sobre él.
Me levanté con la certeza de que esa vez necesitaba ayuda, y me dirigí a mi portátil. Mi pobre MacBook Pro necesitaba ya una merecida jubilación, pensé mientras tomaba asiento.
Encendí el ordenador decidida a enviar un e-mail al psiquiatra que me había tratado, el doctor Ramos, para pedirle cita. Cuando entré en mi Gmail, lo primero que vi agitó de nuevo esa serpiente que reptaba capciosa en mi estómago. Tenía 11 mensajes sin leer.
—¡Joder! —farfullé dando un puñetazo sobre la mesa.