CAPÍTULO 13 #2
Se sostuvieron retadores la mirada unos segundos.
—Mi señor, se encontraba con el lote que nos pedisteis vender —intervino el subastador conciliador.
—¡Pues no fueron ésas mis instrucciones, maldición! —bramó Dragut furioso.
Aferró con airosa posesividad mi brazo y me atrajo hacia sí. La tensión creció hasta el punto de que mi flamante dueño desenvainó su alfanje y el resto de los compradores se pusieron en pie alertas y ceñudos.
—Suéltala, Dragut, he pagado una buena suma por las tres, aunque yo sólo la quería a ella. Pero me han resultado conmovedoramente inseparables.
—No, recoge tu bolsa, Nasir, esto ha sido una triste equivocación. Esta mujer debe rendir cuentas a Solimán, y a mí. Debo llevarla a la corte de Constantinopla.
Nasir entornó su ambarina mirada, reflexivo, y oprimió su boca en una fina línea blanquecina.
—¿Qué debe testificar ante el gran sultán? —inquirió curioso.
—Debe confirmar su identidad —explicó lanzándome una mirada resentida—. Si mintió, será ejecutada; si dice la verdad, yo mismo te la devolveré.
Nasir frunció el entrecejo y suspiró profundamente.
—No voy a separarme de ellas —alegué con firmeza, clavando mis ojos en Dragut.
Las hermanas se acercaron a mí; Juana altiva, Dolores temerosa e insegura.
Dragut resopló impaciente y ofuscado.
—Esos caudales son fruto de mucho trabajo y cuanto traje para adquirir esclavas para mi casa —adujo Nasir pertinaz—, no puedo regresar con las manos vacías.
—Nada te impide llevarte a las otras dos —sugirió ladino Dragut, traspasándole el problema—, sólo la morisca tiene una deuda de honor conmigo.
Respecto al dinero, se te devolverá un tercio de esa bolsa, y si finalmente es quien dice ser, la dejaré en tu noble casa sin que pagues un solo dírham por ella.
Creo que te ofrezco una solución rentable.
Se hizo un prolongado silencio, que aproveché para cavilar sobre si debía insistir o no en llevarlas conmigo, pues mi único fin durante todo el viaje hasta Constantinopla no sería otro que escapar de las afiladas garras del capitán.
Por otro lado, el tal Nasir se me antojó un hombre de buen corazón: su mirada era limpia y su gesto noble.
Mi instinto me impelía a confiar en él. No obstante, ya me había fallado respecto a Pere.
Inmersa en mis cavilaciones, no reparé en que Juana avanzaba hacia Nasir con una determinante expresión.
—Regresaremos las tres o ninguna —afirmó con firmeza—. O vamos con ella, o mi hermana y yo nos mataremos a la menor oportunidad y te quedarás sin esclavas y sin caudales.
La miré demudada: conocía la lengua árabe.
Dragut alzó una ceja con asombro y cruzó sus fornidos brazos sobre su vasto pecho. Sonrió maliciosamente, divertido, aguardando la decisión de Nasir, cuyos ojos chispeaban enojados. Por fin, el hombre de ojos de miel inspiró profundamente y asintió resignado.
—Bien, en tal caso, si te llevas a mis tres esclavas, yo iré también con ellas. Y si la morisca finalmente es ejecutada, regresaré con las hermanas y mi tercio de la compra.
Cerré los ojos, lamentando mi mísera suerte. Aquel giro complicaría mi plan, pues ya no sólo tendría que sortear a un chacal, sino a dos.
—¿No es una travesía demasiado larga para custodiar tres esclavas? —inquirió Dragut, tan contrariado como yo.
—Soy mercader de sedas, ten por seguro que aprovecharé el viaje —replicó convencido.
Dragut claudicó, y el ambiente se relajó cuando ambos hombres estrecharon sus manos.
—Sin embargo —reanudó Nasir—, creo merecer una compensación por esta imprevista alteración de mis planes, ajena a mi voluntad.
—Creo que soy yo quien la merece —puntualizó Dragut—, dado que debo hacerte hueco en mi galera, pero en aras de mi buena voluntad escucharé tu deseo.
—La morisca será mi esclava hasta que se presente en la corte y, por tanto, podré disponer de ella como me plazca —declaró clavando una anhelante mirada en mí.
Dragut también me miró, pero irritado y cansado. Suspiró profundamente, y con un gesto hastiado rebuscó en su zurrón y extrajo varias monedas de plata que entregó a Nasir.
—Tu tercio —masculló en un tono que no admitía réplica—. Ella sólo será tuya cuando el sultán la absuelva y yo te la entregue en propiedad. Hasta entonces, yo la custodio. Puedes disponer de las hermanas a voluntad, ellas sí te pertenecen.
—En este documento figuran las tres —insistió el hombre disconforme.
Dragut bufó exasperado y su plateada mirada amenazó tormenta. Tomó el documento que Nasir le mostraba, lo giró mirándolo calculador y, chasqueando la lengua, comenzó a rasgar una tercera parte del pergamino. A continuación, le entregó el de mayor tamaño, ante la estupefacción de Nasir.
—¡Esto es una afrenta! —se quejó furioso. Sus ojos ambarinos se oscurecieron disgustados.
—En tal caso, sólo hay dos maneras de solucionarlo —expuso Dragut en tono sosegado, a pesar de que su mirada se había convertido en hielo—.
Una es que salgamos ahí afuera y lo arreglemos con acero, y la otra es que, ya que vamos a la corte, dejemos que sea el propio Solimán quien imparta justicia. Tú decides.
Nasir evaluó ambas propuestas. Su rictus se estiró tenso y crispado y su ceño se acentuó. No obstante, transigió a regañadientes, claramente conocedor de que su adversario era uno de los piratas berberiscos más feroces y temidos de la flota de Barbarroja, curtido en mil batallas.
—Y ahora, festejemos nuestras satisfactorias transacciones con una celebración a la altura. Nada como un buen vino especiado y hermosas mujeres para apaciguar los ánimos.
Dragut palmeó vigoroso, y un grupo de hombrecillos irrumpieron en la tienda portando jarras de vino y bandejas con suculentas viandas.
Tras ellos, en un desfile ordenado, asomaron cinco odaliscas, tan sólo vestidas con reducidos corpiños empedrados con joyas y velos de colores atados a sus caderas con un pañuelo anudado y decorado con hileras de cuentas de metal.
Y, ante nosotras, dio comienzo el espectáculo.
Los crótalos comenzaron a repiquetear y las bailarinas contonearon sus caderas con movimientos secos y rítmicos, atrapando la cautivada mirada de los presentes.
Los timbales y los flautines sumaron sus armónicos sonidos a la melodía, y los hombres empezaron a palmear solazados, admirando la sensual femineidad de las odaliscas mientras daban buena cuenta del ágape.
Nos condujeron a una esquina de la tienda y, allí, pasamos del todo desapercibidas, para nuestra fortuna.
Dragut se sentó cómodamente entre el resto de los hombres, disfrutando de la danza con semblante complacido. Nasir, en cambio, salió airado de la jaima tras dirigirme una última mirada frustrada.
Nos pasaron una bandeja con gruesos racimos de uva, dátiles, pan ácimo, quesos y cuencos con un delicioso guiso de cordero que me supo a gloria.
Saboreamos el mejor vino especiado que jamás había probado, aromatizado con canela, clavo, anís estrellado y corteza de naranja. Una delicia que paladeé gustosa.
Dragut alzó su copa hacia mí, recordándome que aquella dispensa corría de su cuenta, y me guiñó artero un ojo mientras levantaba la otra mano y la hacía girar con una sonrisa ladina prendida en sus voluminosos labios.
Otro recordatorio, observé sin mostrar emoción alguna, de que podía mejorar mi destino tanto como empeorarlo, según su capricho, pues, en verdad, él se había convertido en mi dueño en el mismo momento en que me había arrancado de Oropesa.
Desvié la mirada con gesto huraño y me centré en comer y beber aquellos manjares, evitando pensar en cómo lograría escapar de él.
Tras acabar la danza, las odaliscas acudían al regazo de quien las requiriera, o simplemente ellas elegían a quién seducir.
Una acabó en el regazo del avieso capitán, cobijando su rostro en el cuello del hombre, besándolo melosa.
Dragut agarró su larga melena bruna obligándola a encararlo y la besó ardiente, pero era a mí a quien miraba, de tal forma que, de alguna descabellada manera, casi sentí ese apasionado beso en mi boca.
Intenté romper el contacto visual, pero me fue imposible. Aquel maldito rufián logró su propósito, besarme sin que yo pudiera evitarlo, sin que pudiera abofetearlo y sin que pudiera responder en modo alguno, pues no era mi boca la que tomaba con tanto afán.
De nuevo, se jactó de su poder sobre mí. Y yo... yo sólo gruñí impotente.
No tardó en levantarse, tomando a la odalisca de la mano, dispuesto a liberar sus más bajos instintos. Pero, antes de salir con ella, la soltó y enfiló hacia mí.
Ignorando a las hermanas, se acuclilló a mi lado y aproximó la boca a mi oreja.
—Agradece que la use en tu lugar —susurró.
La cálida vibración de su voz hormigueó mi nuca—, pues mereces que descargue en ti lo que sólo tú provocas.
Mi ansia por someterte crece peligrosamente, condenada morisca, pero jamás he forzado a una mujer, y tú no serás la excepción, aunque el deseo me nuble.
Hoy estás muy hermosa, y será a ti a quien tome esta noche en mi mente.
Y esa fantasía se cumplirá, como que me llamo Dragut Aliosí.
Me limité a sostener su ardorosa mirada, esforzándome por no mostrar lo mucho que me afectaba su perturbadora cercanía. Se rascó suavemente una pequeña cicatriz que adornaba su sien izquierda y me guiñó un ojo.
—Sigue soñando —conseguí proferir.
Sonrió con altiva suficiencia y se puso en pie.
Salió de la tienda con la odalisca en brazos.