CAPÍTULO 13
E NTRE VELOS , ARDIDES Y PROMESAS
Mercado de esclavos de Cabilia, reino de Argel
Un nutrido grupo de coloridas jaimas se diseminaba entre aquel alto palmeral al abrigo de una árida cordillera.
Más allá, algunas casas de adobe se apiñaban en la falda de una escarpada montaña, al amparo de su sombra.
Me sorprendió descubrir un estrecho riachuelo cascabeleando entre las rocas, procedente de algún manantial subterráneo y evidente fuente de vida de aquel bullicioso centro de actividad comercial.
A pesar de ser un sitio de paso, se veía bastante asentado, con lo que supuse que varias de las caravanas bereberes que pasaban por allí se afincarían durante cortas temporadas.
Mercachifles tocados con vistosos turbantes y voces estridentes cantaban sus productos ensalzando sus virtudes.
La sibilante música de un flautín se enroscaba en la seca brisa palmeando los toldos de las jaimas.
Se me secó la garganta al ver algunas abiertas en un porche sujeto con postes donde exhibían mujeres sobre una palestra.
El berrido de los camellos abrevando en el riachuelo se entremezclaba con piafares, rebuznos e incluso los balidos de varias cabras en una sinfonía bucólica discordante que se sumaba a la algarabía de aquel confín del mundo.
Y, tras el silencio del desierto, aquella explosión de sonidos resultaba molesta, casi irritante.
El carromato se detuvo y nos sacaron del interior para conducirnos a una de las jaimas de lona escarlata, flanqueada por altas palmeras. Dentro nos esperaban varias mujeres bereberes en torno a dos grandes tinas humeantes de las que manaba un penetrante aroma floral.
Las mujeres, de rostros oscuros y ajados y maneras bruscas, nos impelieron a desnudarnos y a repartirnos en ambas cubas.
De nuevo inmersa en el agua, me embargó aquella sensación plácida, que otorgó algo de solaz a mi ánimo.
Me recosté cuanto pude, teniendo en cuenta que compartía baño con otras cuatro mujeres, y cerré los ojos un instante, decidida a paladear el baño.
Aspiré profundamente inhalando aquel perfume intenso y acompasé mi respiración viajando con la mente a otro lugar.
A lo lejos, la vibrante melodía de un laúd logró opacar la algazara del exterior, logrando intensificar aquel breve momento de gozo personal.
Cuando abrí los ojos, descubrí otros puestos en mí, más concretamente, en mis senos, que asomaban altivos por el borde del agua, donde la espuma ascendía para besar mis erguidos pezones.
Juana apartó presta la mirada al saberse descubierta, y yo me hundí más para ocultarme a su vista.
Su inusitada atención me desconcertó, pero fue el brillo que capté en sus ojos antes de reparar en que yo había abierto los míos lo que realmente me inquietó.
Me había parecido ver un destello anhelante en ellos.
Si antes ya me desazonaba, aquella condenada mirada me desasosegó hasta el punto de alejar mis piernas de ella, evitando todo contacto.
Nos lavaron el cabello, nos secaron con suaves lienzos y nos untaron en perfumados afeites.
Nos cepillaron el pelo hasta dejarlo reluciente, maquillaron nuestros ojos con kohl y nos cubrieron con hermosas túnicas de seda tornasolada.
Para mí eligieron una de color rojo, y me tocaron con un velo del mismo tono, sujeto a mi cabeza por una diadema dorada.
Durante los preparativos, sentí los ojos de Juana fijos en mí, pero sabiamente cubiertos con un velo inexpresivo que no borró de mi mente el fuego que ya había visto en ella.
Una vez listas, nos sentamos sobre almohadones en una alfombra que había visto tiempos mejores y nos ofrecieron ricas viandas y un apetecible té caliente con hierbabuena.
Tras una larga espera, la luz comenzó a decaer hasta convertirse en apenas un hilo dorado bajo la lona roja de la tienda. Cuando de la entrada asomó un hombre y nos hizo señas para que saliéramos, Dolores cogió mi mano temblorosa y me miró mordiéndose el labio inferior claramente asustada.
—Todo irá bien —susurré tranquilizadora.
Juana pasó un brazo por encima de los hombros de su hermana y la ciñó a ella.
—No dejaré que nos separen —murmuró decidida. Aunque era a mí a quien miraba.
Salimos justo cuando el crepúsculo incendiaba el horizonte, regalándonos una imagen tan hermosa que me detuve para absorberla.
Resultaba curioso que, cuanto más efímera se volvía la vida, más se paladeaba cada instante.
Sólo siendo plenamente consciente de la vulnerabilidad de nuestra existencia se podía valorar cada sensación con la suficiente intensidad, pues aquellos breves momentos de disfrute los iba almacenando como pequeñas perlas en mi particular arcón, uno que podía cerrarse en cualquier momento.
—No será el último que veas —animó Juana con una sonrisa consoladora.
—Sí hoy.
Mi respuesta la hizo mirarme con orgullosa admiración.
Su sonrisa se amplió, aunque no llegó a sus ojos.
En ellos, el miedo y la angustia rielaban a partes iguales.
Yo todavía asimilaba que finalmente Dragut había decidido venderme en lugar de enfrentarme a su sultán.
Algo que agradecí, pues en la corte de Solimán sólo me aguardaba la muerte en cuanto se desenmascarara mi ardid.
Nos introdujeron en una tienda mucho más grande, con dos altas cúpulas puntiagudas y un interior más profuso en mobiliario y decoración.
Varios hombres con chilabas blancas y kufiyas del mismo color estaban cómodamente recostados entre grandes cojines.
Delante de ellos había repartidas varias mesitas taraceadas con forma hexagonal donde había vasitos de metal junto a una ornamentada jarra a juego.
La mujer que nos guiaba nos empujó suavemente al centro y nos alentó a caminar en círculos.
Varias luminarias que colgaban del techo proyectaban en su calado figuras geométricas a nuestro alrededor.
Varillas de incienso esparcían un penetrante y pesado aroma, aunque no logró opacar el olor del miedo que se respiraba entre las trémulas mujeres que paseaban siendo devoradas por miradas ladinas y lujuriosas.
La mayoría mantenían la mirada baja; yo, en cambio, recorrí con mirada hostil el rostro de aquellos hombres, enarbolando un gesto desafiante.
Uno de ellos, de mediana edad y almendrados ojos del color de la miel de romero también maquillados con kohl, barba cuidada, piel canela y labios carnosos, me siguió con la mirada, claramente cautivado con mi actitud.
Continuamos paseando lentamente en círculo y, al cabo, la mujer guía nos detuvo y nos colocó en fila. Acto seguido, tomó la muñeca de Adela y la adelantó para dar comienzo a la subasta.
Los hombres empezaron a lanzar sus ofertas en dírhams de plata.
No todos los allí presentes pujaron, y finalmente, Adela fue entregada a uno de ellos, que se limitó a asentir conforme y, tras un aspaviento desdeñoso, su criado se aprestó a llevársela. La última y aterrada mirada de Adela antes de ser sacada de la jaima se me clavó en el pecho como un puñal.
Contuve el aliento cuando otra de las mujeres fue puesta en venta.
En mi interior comenzó a crecer una bola de rebeldía y furia que burbujeó en mi sangre como el acero fundido en una fragua.
Poco a poco, la hilera de mujeres iba menguando y mi rabia aumentando.
Cuando le llegó el turno a Manuela y ésta me miró suplicante, tuve que apretar los dientes y repetirme que nada podía hacerse por enmendar lo que mi orgullo había provocado. Aunque la tremenda repercusión del gran error cometido me estaba devastando, justo en el peor momento.
El hombre que dirigía la subasta resaltó su estado, y por un instante los compradores titubearon indecisos. El hombre de los ojos color miel fue el único que pujó. Manuela fue vendida a él y sacada de la tienda, imaginaba que a la jaima privada de su reciente dueño.
Sólo quedábamos Juana, Dolores y yo, y las tres nos dimos la mano en señal de mutuo apoyo. Las hermanas Monfort me miraron con expresiones diferentes, yo les regalé un gesto de fuerza, aunque por dentro mi interior se derrumbara lenta y agónicamente.
Tomaron la mano de Dolores, pero ni Juana ni yo la soltamos, avanzando las tres al tiempo. El hombre intentó separarnos, pero nosotras forcejeamos.
—Vamos juntas —pronuncié en árabe.
Aquello sorprendió a los compradores, que fruncieron el ceño desconcertados.
El que dirigía la subasta nos miró irritado, negó con la cabeza, y la vara que había estado usando para encauzar la puja la descargó sobre nosotras para intentar separarnos.
Juana y yo cubrimos con nuestros cuerpos a Dolores, que sollozaba asustada, recibiendo todos los azotes pero sin despegar nuestras manos enlazadas.
El dolor era lacerante, y sentí cómo rasgaba la seda de mi túnica y mi piel, hasta que una voz grave y estentórea detuvo los golpes.
—¡Treinta dírhams de plata por las tres!
Oí una maldición velada, alcé la vista y vi al hombre de los ojos color miel abalanzarse hacia el subastador, arrancarle la vara y partirla en dos con las manos.
Ningún otro comprador pujó por nosotras, con lo que la transacción terminó en el acto.
—Os será entregado su escrito de propiedad por estas tres mujeres cuando realicéis el desembolso.
Nuestro nuevo dueño desanudó una bolsa que llevaba atada a su fajín y se la entregó, tendiendo la mano para recibir su documento. El subastador, aún contrariado por el arrebato del comprador, rellenó un pergamino que lacró y se lo entregó ceñudo.
En aquel preciso instante, un vendaval atravesó la lona de entrada, trayendo consigo la fresca brisa nocturna.
La rotunda presencia de Dragut irrumpió en el centro de la tienda mirando a los presentes irritado.
Cuando reparó en los surcos sangrantes de mi atuendo, su gesto se encolerizó y su mirada despidió un fuego que amenazó con incendiar la lona que nos protegía de la noche.
—¡La morisca no está en venta! —rugió con semblante fiero.
El hombre de los ojos melosos se adelantó alzando su documento de propiedad.
—Tarde, me pertenece.