La perla del agua CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Llegamos al borde opuesto, donde la sombra del aligustre ennegrecía la ribera ocultándonos del destello lunar.

Mientras salía de la poza, pensé que lo más sensato era escondernos en aquel oasis, buscar una madriguera, o confeccionarla.

Y, puesto que allí no había rocas, ni grutas, ni árboles con oquedades considerables, sólo cabía la posibilidad de cavar un hoyo en la tierra y meternos dentro cubriéndonos con hojas de palmera.

No fue necesario explicar nada. Cuando me vieron recorrer en cuclillas el terreno, se limitaron a seguirme. Al mirar hacia atrás descubrí que otras dos mujeres se nos habían unido.

Elegí un suave declive arenoso junto al tronco de una palmera y comencé a excavar con los dedos. Comprendiendo el plan, el resto eligió su propia madriguera.

Inmersa en mi apremiante labor, no reparé debidamente en el estruendo belicoso que llegaba hasta nosotras, incluso me pareció reconocer un desconcertante entrechocar de aceros.

Lo que sí me sobrecogió fue el abrupto silencio que se hizo a continuación.

Mientras cavaba, mi mente intentaba discernir lo que estaba ocurriendo. Mi inquietud se acrecentó.

Una voz rugió entre el palmeral, erizándome la piel. Una voz que me resultaba ya sobradamente familiar.

Sudaba, jadeaba y miraba hacia la poza con el corazón atronando en mi pecho. A mi alrededor, las mujeres comenzaban a desesperar. El tiempo apremiaba.

Limpié con el antebrazo el sudor que perlaba mi frente y observé el agujero excavado. Sería suficiente. Cogí varias hojas de palma, me cobijé hecha un ovillo en él y me cubrí con ellas.

En aquel momento, y oyendo cómo las demás jadeaban entre sibilantes sollozos rasgados, supe que, si descubrían a una de ellas, nos encontrarían a todas.

Y ya no estábamos a merced de unos indolentes bereberes, no. El hombre que nos buscaría era mucho más sagaz y tenaz.

Tendida de costado y abrazada a mis rodillas, pensé en la emboscada que se habría desarrollado en el campamento poco después de nuestra huida, pues no albergaba ninguna duda de que el capitán y sus piratas debían de haber estado acechándonos para atacar por sorpresa, aguardando el momento oportuno.

Y así había sido, nada más vulnerable que un grupo de hombres desarmados y desnudos enfrascados en los placeres de la carne.

Era condenadamente astuto, el sibilino Dragut.

Y, como era natural, no cejaría hasta recuperar la última de sus posesiones.

De repente, un fogonazo clarividente me hizo abrir los ojos de golpe.

Cinco mujeres solas, desnudas y perdidas en aquel mar de dunas, eran cinco cadáveres. Y aquellos agujeros nuestras tumbas.

Aparté las hojas de palma y salí del precario escondrijo, notando en mi piel aún húmeda, velada con una fina capa de arena, el frío de la noche.

Sentí ganas de llorar de impotencia.

Otro dedo de esa mano providencial del capitán.

—Salid de ahí. Los piratas han venido a rescatarnos.

Un murmullo de hojarasca, resoplidos y rostros contrariados me enfrentaron al cabo.

—¡Ellos van a vendernos como esclavas! —me increpó Manuela, una de las mujeres que nos habían seguido.

—O esclava o cadáver —respondió Juana, asimilando la nueva situación.

La mujer se abrazó a su vientre y sollozó desconsolada. Fue cuando advertí la suave protuberancia que lo moldeaba.

—Debes vivir por tu hijo —musité posando mi mano en su trémulo hombro.

—Nadie comprará a una mujer encinta —masculló derrotada.

—No veo por qué no —repuso Juana—, pagarían por un esclavo y se llevarían dos.

Manuela intensificó sus sollozos y miré reprobadora a Juana.

Dolores intentó consolarla abrazándola. La otra mujer, Adela, se abrazó a sí misma y nos observó con el miedo brillando en su mirada.

—No tenemos otra opción. Regresemos nadando al campamento —propuse aspirando una última bocanada de libertad.

—Yo no voy a volver —anunció Adela.

Me acerqué a ella y la miré ceñuda.

—Lo harás, por tu propio pie o por mi mano —amenacé—, lo que decidas. Pero no dejaré que te pudras en este maldito desierto.

Sostuvo un breve instante mi mirada hasta que finalmente cedió a mi determinación.

—Las damas castellanas primero —proferí imitando el ademán galante de un caballero a modo de chanza.

Juana, que iba delante de mí, se rezagó para ponerse a mi altura.

—¿Por qué te has erigido en nuestra protectora?

—No tengo nada mejor que hacer —contesté encogiéndome de hombros.

Sonrió ante mi mordacidad y entornó su aguda mirada para contemplarme curiosa.

—Yo, en cambio, creo que hay un motivo de peso.

—Lo hay en realidad —acepté, simulando una ligereza que no sentía—: cuanto más rebaño, más pasa desapercibida una oveja.

—Por mucho que te empeñes en balar, tu apariencia de lobo no cambiarás.

Esta vez fui yo la que sonrió ante su despierto ingenio. Juana me guiñó un ojo y volvió a adelantarse.

Debía cuidarme de ella, pues podía representar una amenaza para mí.

Había sospechado desde el principio de mi comportamiento tan inusitadamente altruista con Blanca, y, de nuevo, mi actitud protectora le chirriaba.

Y aunque su astucia resultaba evidente, tuve la sensación de que sabía más de lo que aparentaba.

Algo que podría usar en mi contra a la menor oportunidad. Pero, en tal caso, ¿a qué aguardaba?

Tomé una profunda bocanada de aire cuando llegué a la ribera, seguí a mis compañeras de desgracias entre los tupidos cañaverales hacia la laguna y me introduje en ella.

Nadé sin prisas, atrapando en mis sentidos aquella relajante sensación del sedoso abrazo del agua dulce, y miré la hermosa luna llena. Le habría aullado, sí, y lo haría cuando obtuviera mi libertad.

Salimos en fila de la poza.

Frente a nosotras, las mujeres habían sido cubiertas con capas, y los piratas registraban las pertenencias de los berberiscos. Seguramente algunos habían huido, pero muchos yacían inertes y sangrantes desperdigados por el campamento.

Frente a mí se alzó una capa, sostenida por dos grandes manos. Sobre ella, un rostro taimado y complacido.

No me pasó desapercibida su libidinosa mirada acariciando mi desnudez.

—Casi voy a lamentar que te cubras con ella —arguyó Dragut con los ojos entornados—. Aunque, por lo que he observado estos días, ya es más tuya que mía.

Me apresuré hacia el resguardo del paño para huir de su escrutinio, sin percatarme de que, en realidad, me estaba ciñendo a su pecho, momento que aprovechó para cerrar sus brazos en torno a mí, atrapándome en ellos como se apresa un gorrión en una red.

Me puse rígida en el acto y, ante mi asombro, comenzó a frotarme la espalda con una delicadeza inaudita, casi con ternura, gesto que me inquietó más que una esperada bofetada.

—Llegará un día en que seas tú la que busque mi abrazo, intrépida morisca.

—Antes cae la luna a la poza —aduje airada.

Dragut me volvió entre sus brazos encarándome al lago y señaló su superficie.

—Ya cayó, Isabet.

La luna reflejada en las negras aguas me miró burlona.

Bufé desdeñosa.

—Todo depende de cómo se miren las cosas —susurró en mi oído—. Yo ahora soy un demonio para ti, hasta que me mires desde otro lado.

—Del único lado que desearía mirarte es de pie sobre tu tumba.

Su vasto pecho se sacudió con una risa seca y contenida.

—Si supieras lo mucho que me excita tu rebeldía, la contendrías.

Volví mi rostro para toparme con su dulzón aliento.

—Si supieras cuánto ansío tu muerte, me matarías.

Chasqueó la lengua y negó con la cabeza. El calor que manaba de su pecho se irradió por mi espalda, destensándola a mi pesar.

—Sé cuánto la ansías, y en la misma medida lograré que ansíes otras cosas de mí. Como yo de ti.

—Sí —convine—, ansiarás no haberme conocido.