CAPÍTULO 12
U N OASIS DE PERDICIÓN
Para mi más absoluto estupor, los piratas comenzaron retroceder ante el fiero empuje bereber.
Los superaban en número y arrojo, y Dragut se vio obligado a batirse en retirada, abandonando en su huida toda la hilera de carromatos repletos del botín con el que pensaba mercadear. Nosotras incluidas.
Cuando pasó al galope junto al lateral de mi carro, capté una mirada subrepticia en nuestra dirección, una mirada que, aunque fue rauda, escondía una determinación. Lo maldije por abandonarnos a nuestra suerte.
Las mujeres se abrazaban unas a otras, y a mí me abrazaron dos. Dos hermanas que conocía desde hacía años y que, sin embargo, habían bastado unos pocos días para que floreciera en ellas el afecto por mí, como lo hacían los claveles en primavera.
Con sus cálidos y trémulos cuerpos arrebujados contra el mío, reflexioné sobre lo mucho que condicionaban los avatares las relaciones.
Una situación tan extrema y precaria como la nuestra innegablemente unía al compartir un mismo destino.
Siempre que se mantuviera oculta la verdad que, sin duda, convertiría esos brazos en garras en torno a mi cuello.
Quizá era ese candente recordatorio de mi asustadiza conciencia lo que mantenía mi afecto a salvo, bien escondido en algún reducto de mi pecho, ante el temor de depositarlo en posibles verdugos. O quizá por no considerarme merecedora de recibirlo ni darlo, dado el caso.
Era cobarde para confesar mi pecado, pero no tan miserable como para no recibir un castigo. Aunque fuera yo quien lo dictara.
Y, pese a que mi premisa era vivir para enmendar en lo posible la atrocidad causada por mi despecho, reconocía que el miedo a las represalias ayudaba vergonzosamente a aquella empresa.
Los errores se pagaban, pues sólo así se aprendía de ellos, y a tenor de la delicada situación en la que me hallaba, era fácil aventurar que, si no moría, sería condenadamente sabia.
El carretero había bajado atropelladamente y había echado a correr a trompicones, desapareciendo despavorido entre las dunas.
Y, justo en ese instante, el vibrante grito bereber se alzó victorioso montando a lomos de una brisa tórrida que revoloteó en torno a nosotras erizándonos la piel, arrancando de la arena un fino polvo dorado que se posaba sobre los vencedores como si los condecorara con galones moteados y refulgentes bajo aquel sol deslumbrante.
Los primeros jinetes llegaron hasta nuestro carromato para vanagloriarse de su victoria con ademanes jactanciosos, consistentes en emitir un alarido irritante y alzar su cimitarra al cielo envuelta en gritos alborozados.
—¿Qué será de nosotras? —barruntó Dolores angustiada.
—¿Acaso lo sabíamos antes? —respondí ocultando mi temor—. Quizá mejore nuestra suerte, o quizá tanto dé la mano que ciña nuestras cadenas.
—O peor —adujo Juana—, quizá esta mano no quiera cadenas que ceñir.
—¿Crees que nos liberarán? —inquirió Dolores, ingenuamente esperanzada.
Nos miramos largamente. Habíamos llegado a la misma y aterradora conclusión. Ninguna contestó. Juana se limitó a encogerse de hombros, aunque su expresión se oscureció.
A pesar de las altas temperaturas que nos asolaban con más implacable saña que el destino que nos regía, un abrupto escalofrío me recorrió. Miré la capa del capitán enrollada en torno a mis pies y sentí la absurda necesidad de cubrirme con ella para ocultarme al mundo.
Al menos, la litera donde reposaba Blanca también había desaparecido. Albergué la esperanza de que a ella le fuera mejor que a mí.
Uno de aquellos asaltantes con turbante se encaramó al carromato y lo recondujo al sendero de tierra más firme y apelmazada por el que la caravana había estado traqueteando hasta entonces.
Una vez más fuimos dirigidas a un destino incierto, sin más aspiración que la de poder ver un nuevo día.
* * *
Vimos tres nuevos días hacinadas en aquel carro infecto, haciendo nuestras necesidades sobre la paja esparcida por los tablones y siendo alimentadas con un emplasto a base de sémola sobre una oblea de trigo.
Me dolía cada músculo del cuerpo por la reducida movilidad y, por si aquello no fuera suficiente, el inclemente sol nos cocía en aquel renqueante recipiente de barrotes de hierro.
Comencé a tener alucinaciones y a pasar más tiempo dormida que despierta.
Había usado la capa para remeterla por el calado techo del carromato, consiguiendo así que nos procurara sombra ante la fiereza del sol del mediodía.
Y, bajo aquel improvisado toldo, nos apiñábamos prefiriendo sudar por la cercanía de nuestros cuerpos que exponernos a quemaduras e insolaciones.
Por las noches, la destrababa para cubrirnos con ella.
Aquella capa comenzó a esbozarse en mi mente como un dedo de esa otra mano que el capitán había mencionado respecto de cambiar mi odio, quizá ahora por gratitud.
«Tengo dos manos», había dicho, y quizá aquel burdo paño lo confirmara.
Suspiré profundamente antes de volver a rendirme a Morfeo. Sin duda, empezaba a delirar.
* * *
Anochecía.
El sol se deshilachaba entre las aserradas hojas de las palmeras, besando tímidamente la rutilante superficie de una sinuosa poza.
Nunca había visto un oasis, aunque sí había leído sobre ellos.
Y ninguna palabra en ningún idioma era capaz de hacer justicia a la belleza de aquel aislado vergel, rodeado de una vasta extensión de arena.
La profusa vegetación se postraba hacia el agua, mostrando dócil su pleitesía. Cañaverales y juncos se apretaban en la ribera de la amplia charca, como el mostacho de un bigote circundando una boca.
Aquella explosión de vida en mitad del árido desierto imprimió un atisbo de ánimo en mí, pues si aquel oasis había logrado emerger del persistente goteo de algún pozo subterráneo, ¿por qué mi fe no podría alimentar con tanta abundancia una esperanza ya transida, resucitándola?
Y no fe en ningún credo ni en ningún dios, sino fe en mí, en mi fortaleza, en mi tenacidad y en el convencimiento de que todavía podía recuperar las riendas de mi destino.
El carromato se detuvo y los hombres comenzaron azarosos a montar un campamento bastante rudimentario: apenas una hoguera, alfombras sobre las que tumbarse y una lona extendida en la horquilla de un arbusto para dar cobijo al que parecía el líder.
Tras asentarse, algunos de ellos se desnudaron y se introdujeron alborozados en la tentadora laguna.
Yo, como cada crepúsculo, recogía la capa del techo para cubrirnos a las hermanas y a mí, cuando los descubrí mirando entre burdas risotadas en nuestra dirección.
Una punzada desazonadora me atravesó y me afané en extender sobre nosotras aquella prenda, acurrucándonos en la esquina opuesta a la puerta, temiéndome lo peor.
Mi inquietud se acrecentó cuando oí pasos que se aproximaban.
—No dejaré que vuelva a pasar —susurré entre dientes.
Juana frunció el entrecejo y se tensó alerta. Dolores gimió asustada cuando la cancela se liberó con un estridente chirrido que erizó mi piel más de lo que ya estaba.
El oasis ya se azulaba bajo una noche clara y luminosa, y lo que nos dejaba ver eran unos demonios desnudos y sonrientes que alargaban los brazos para sacar a las mujeres del carro.
Los gritos, las súplicas y los llantos rompieron la quietud de la noche, convirtiendo aquel pequeño trozo de paraíso en un infierno de terror.
—Quizá sea nuestra oportunidad de escapar —murmuró Juana con gesto ansioso.
—Debe serlo —aseguré afincando en mi mente aquella posibilidad—. Lo logre o no, escaparé de este horror, pero no volverán a ultrajarme.
Dolores liberó un sollozo y miró contrita a su hermana. Juana alargó la mano hacia nosotras. Las unimos, enlazando además una mirada determinada.
Cuando nos tocó el turno y nos dejamos arrastrar al exterior, todavía envuelta en la capa, fuimos empujadas hasta la poza.
Pronto comprendí el motivo: apestábamos. No abusarían de nosotras hasta habernos aseado. Nos obligaron a desnudarnos, pero, mientras lo hacía, inspeccioné el oscuro lago. Le di un golpe con el codo a Juana señalando subrepticiamente el borde contrario. Ésta asintió y emuló el gesto con su hermana.
Por la indulgencia en su vigilancia, advertí que a ninguno de aquellos hombres se les pasaba por la imaginación que pudiéramos escapar.
La razón resultaba obvia. Fuera de ese oasis estaba la nada, un terreno hostil e inhóspito que aseguraba la muerte a todo aquel que fuera ajeno a él.
Sólo que la muerte era con creces mejor opción que el sometimiento y la tortura.
El agua estaba tibia, agradable al tacto, sedosa y seductora.
La luna la salpicaba de plata, otorgándole un velo místico, y no pude reprimir un gemido placentero cuando me introduje hasta el cuello en ella.
¡Dios, fue como si todo mi ser despertara a la vida!
Braceé simulando un paradero errático, y aunque mi mente se centraba en mi objetivo, mi cuerpo paladeaba hambriento el gozo de aquel baño.
No duró mucho.
Los hombres, impacientes, decidieron no esperar mucho más y se adentraron en la poza eligiendo a su presa.
Aquél era el momento.
Miré a las hermanas Monfort y asentí. Otras dos mujeres se percataron de nuestra complicidad y se acercaron a nosotras huyendo de las bestias que ya chapoteaban avanzando en su caza de hembras.
Me zambullí y buceé hasta que me ardieron los pulmones.
Y, cuando emergí, comencé a nadar rauda hasta la orilla contraria, donde la vegetación era más espesa.
A mi espalda oía gritos y salpicaduras de agua, que estaba siendo tan vilipendiada como las mujeres que habían atrapado para desatar su lujuria.
A mis flancos, Juana y Dolores nadaban con la misma desesperación que yo.