CAPÍTULO 11 #2
Luis la alzó ante mis ojos. Tenía forma de perla, aunque de mayor tamaño, casi transparente.
Parecía de cristal, con algún trazo nuboso en su interior, como si la atravesaran retazos algodonados.
Resultaba cautivante mirar las cambiantes tonalidades que destellaban en ella en función de como él la girara.
—Es una perla de cuarzo transparente, o cristal de roca —respondió.
—Es muy hermosa.
—El cristal de roca es la variedad de cuarzo transparente más pura que existe, por su prístina transparencia.
—Su tono adquirió ese rasgo de elocuencia típico de un docente acostumbrado a dar conferencias—.
Posee características muy peculiares que lo convierten en un mineral único.
Dos de las que más llaman la atención y que posiblemente le han otorgado la fama de «mágico» son sus propiedades piroeléctricas, al activarse cuando se le aplica cierto voltaje, y su llamativa termoluminiscencia, es decir, que emite luz cuando es calentado.
—Interesante —aduje prendada de sus conocimientos.
—En la época de los antiguos griegos se creía que este tipo de cuarzo era agua congelada tan poderosamente que nada ni nadie podía descongelarla. De hecho, ha sido utilizado desde tiempos inmemoriales para la adivinación en forma de bolas de cristal.
Fijó su vista en mí para cerciorarse de mi completa atención. Pareció complacido y continuó:
—Además, entre sus propiedades más místicas se considera que ayuda a canalizar toda clase de energías, activándolas.
Es ideal para armonizar cuerpo y mente, encontrando el equilibrio entre ambos.
Ayuda a autocurarnos y autorregenerarnos en todos los aspectos.
Equilibra los chakras y protege de ambientes y situaciones peligrosos.
Yo lo uso fundamentalmente para meditar.
Físico, motero y místico. Aún me quedé corta en mis conjeturas aquel día en la biblioteca, un día que me parecía ya tan lejano.
Sentí una aguda punzada de nostalgia, pues de algún modo supe que mi vida jamás volvería a ser la de antes, a raíz de ese hombre, del atropello y de la historia que estaba a punto de oír.
—Parece una perla de agua materializada.
Luis asintió y la acarició reflexivo con las yemas de los dedos. Su gesto era ausente y su mirada se sumergió en aquel plácido horizonte con tan desgarrador anhelo que me asustó.
—¿Qué clase de casualidades? —pregunté regresando al tema.
Un suspiro largo.
—En principio, un número: el 11. Luego comenzó a repetirse: las 11.
11 horas, el 1111 de la matrícula de mi moto, el 111,1 de una factura de luz.
.., todo muy reincidente. Detalles en los que comencé a reparar, pero que decidí vestir de meras casualidades.
Luego empecé a tener fuertes intuiciones admonitorias, como si estuviera en grave peligro sin estarlo, pero mi desasosiego permanecía.
Y, por último, imágenes claras justo momentos antes de dormir, pero imágenes de un mundo familiar y extraño a un tiempo.
—Quizá era ese sueño de vigilia —conjeturé—. No olvides que la primera fase del sueño, la REM, dura...
—110 minutos —completó negando con la cabeza—. Otro once.
—¿También está implicado el sueño REM? —inquirí con demasiada mordacidad.
Entonces, Luis se volvió hacia mí, lanzándome una mirada resentida.
—¿Crees que me resulta fácil intentar explicarte en una conversación lo que yo tardé años en comprender? —reprochó susceptible.
—Lo siento —argüí sincera.
—Puedo asegurarte que yo fui el primero en cuestionar todo lo que voy a contarte. Pasé por todas las etapas, y no sé cuál fue la más dura, si el rechazo, la duda o la aceptación. Creo que la última.
Su rictus abatido y resignado me despertó cierta compasión. Sentí el impulso de posar mi mano en su hombro, lo contuve a tiempo.
—Intentaré mantener la mente abierta, prometido. ¿Qué visiones tenías?
Me miró de soslayo y respiró profundamente.
—Comenzaron siendo esporádicos flashes justo antes de dormir que no siempre recordaba al despertar, hasta que descubrí que el flash en cuestión estaba íntimamente relacionado con mi ánimo al despertar.
Por ejemplo, si el flash era que yo corría por un desierto, amanecía agotado y con calambres en las piernas.
Si era plácido, amanecía exultante. Si estaba comiendo, hambriento, y así.
Con el paso del tiempo, algunos flashes se alargaron y comencé a ver imágenes inconexas, y luego algo más secuenciadas, pero breves, muy breves.
Y por fortuna, porque algunas eran sobrecogedoras.
—¿Te veías a ti mismo?
—No era yo como me concibo hoy; era yo, pero con matices diferentes: mis ropas, mi apariencia era de otro tiempo. Un yo de otra época.
Luis escudriñó ceñudo mi rostro, chasqueó con marcada frustración la lengua y tomó aire de nuevo.
—Por cómo me miras, temo que te lances al mar para escapar de un lunático.
Acabo de recordar nuestro duelo de ingenio en la biblioteca y tu pulla de los acantilados.
—Sonrió apenas para suspirar nuevamente—.
¿Acaso piensas que no percibo el rechazo que te provoco?
¿Te has preguntado de dónde nace? —Alzó la mano para detener una posible respuesta y agregó—: Ya llegaremos a eso.
De momento creo que es mejor regresar a la ciencia y exponer teorías de renombrados físicos.
Sin duda necesito su respaldo para conseguir a tus ojos algo de credibilidad.
—Hace frío para un baño nocturno y aún no estoy en condiciones de nadar, seguro que es más seguro el lunático.
Le guiñé un ojo cómplice, decidiendo darle un voto de confianza. La historia, a pesar de inverosímil y surrealista, era importante para él, y, según decía, también para mí. No perdía nada escuchándola hasta el final.
—¿Has oído hablar del desdoblamiento del tiempo?
—Vagamente.
—Bien, pues es una teoría del reconocido físico francés Jean-Pierre Garnier Malet.
La creó en 1988, pero no fue aprobada por la comunidad científica hasta 2006.
En ella viene a decir más o menos que hay dualidad en todo, en el universo y en nosotros mismos, con lo cual tenemos un doble cuántico, pero en otra línea temporal.
La física cuántica es la ciencia que estudia los fenómenos desde el punto de vista de la totalidad de las posibilidades.
Todos estamos hechos de partículas, y esa teoría demuestra que, si se divide una partícula en dos y ambas se alejan, incluso cambiándose de galaxia y de tiempo, lo que le pase a una le ocurrirá a la otra, porque están conectadas. Repito: es ciencia, y está avalado.
Me miró aguardando alguna reacción por mi parte. Pareció conforme con mi atenta y grave expresión y asintió para sí.
—Asistí a varias conferencias del físico español Juan Ignacio Cirac, doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid, galardonado con numerosos premios, entre ellos, el Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, una eminencia en la materia cuántica, y lo postulan hasta para el Nobel.
También hice una tesina para el catedrático en física cuántica José Ignacio Latorre sobre mecánica cuántica y entrelazamiento que fue muy laureada por mis colegas.
Y con esto quiero destacar mi preparación académica y la seriedad con que me tomo esta profesión, para que comprendas la minuciosidad con la que analicé y desmenucé todos y cada uno de mis.
.., llamémosles, episodios extraños. Quizá pienses que, dado que me ocurrían a mí, mi ética profesional se veía contaminada por una comprensible subjetividad, incluso tal vez creas que por la sugestión.
Pero déjame decirte algo: sé lo que es huir de la locura, me enfrenté a ella en la cárcel y le tengo más terror que a la misma muerte.
Por eso, mis conocimientos fueron mi escudo ante ella y con los que combatía aquellos fenómenos.
Hasta que un día descubrí que, paradójicamente, sólo la ciencia daba explicación a todo aquel maremágnum extrasensorial que había asaltado mi vida con tanta impunidad.
Y en el momento en que dejé de luchar conmigo mismo, la clarividencia fue penetrando en mi mente, llenando de luz la oscuridad.
Exhaló un profundo y pesado suspiro y volvió la cabeza para mirarme de nuevo. En sus ojos vi un ruego implícito; en su rictus, un preocupado temor y en la tensa línea de su boca, una veta angustiada.
—Aún hay muchas lagunas negras que debo despejar, muchas hipótesis que barajar, y mucho aún por investigar, pero ahora es momento de poner a prueba mi última teoría, y para eso te necesito a ti.
Mis ojos se engarzaron en los suyos, su gravedad manó de él como una sinuosa niebla que comenzó a envolverme, cubriéndome con ella.
Algo en mi interior me ancló a aquel momento, a aquella expectante expresión, a aquel hombre que a mi juicio sólo decía insensateces, que además me producía un desazonador rechazo, pero que al mismo tiempo me atrapaba incomprensiblemente.
No supe si culpar a mi insaciable curiosidad o a mi estúpida intrepidez, pero, tras tragar saliva, y anulando aquel juicio que me impelía a salir corriendo, pregunté:
—¿Y qué es exactamente lo que necesitas de mí?
—He intentado por todos los medios contactar con.
.. mi otro yo, con mi otra realidad, pero no lo he conseguido y.
.. y todo lo que él haga en esa vida me repercute a mí en ésta.
Debo avisarlo, debe saber que existo, debe escuchar la valiosa información que tengo acerca de su futuro, para que pueda evitar las fatales consecuencias de sus decisiones, para que sea consciente de que todo lo que hace se volverá contra él y, por ende, contra mí.
—Sigo sin entender qué pinto yo en esto, suponiendo que acceda a ayudarte.
—Te vi en una de mis visiones, hasta sé cómo te llamas en esa otra realidad.
Casi se me desencaja la mandíbula. La mano de Luis se posó en la mía, pero no para aliviar el derechazo, sino para evitar que huyera despavorida.
Intenté tranquilizarme y aguardar a que concluyera aquella locura. Serené mi respiración, decidida a enfrentar lo que restaba.
—Y el hombre que no cree en las casualidades, por casualidad , se topa con ese rostro en un pequeño pueblo costero, curiosamente, junto al que se crio.
—Si supieras lo dura que me la pone tu agudeza, seguro que la contendrías.
—Si supieras las ganas que tengo de empujarte al mar y largarme de aquí, no dirías esas gilipolleces.
—Aparte de físico, también soy un capullo, ¿recuerdas? —apostilló con una sonrisa socarrona.
En ese momento descubrí que lo que pretendía era distender el ambiente, romper esa atmósfera opresiva que ya me estaba sepultando. Le devolví la sonrisa, aunque no logré adoptar la ligereza que pretendía con aquella salida de tono:
—Contesta, capullo.
—Te he estado buscando —reconoció sin despegar sus ojos de los míos—, tengo un amigo en la policía que se encarga de dibujar retratos robots.
Lo estuve incordiando con los datos que recordaba de tu cara y, tras varios intentos fallidos, apareció un rostro que se aproximaba bastante al tuyo.
Confié esperanzado en que el buscador de imágenes de Google me ayudara en el caso de que estuvieras en la red, pero fue otra base de datos la que dio contigo.
Cerré los ojos contrita y tragué saliva.
«El pasado siempre vuelve», me lamenté. Pero en aquel entonces aún no era consciente de hasta qué punto...
—Al parecer, no soy el único que ha tenido problemas con la justicia.
—Llévame a casa —exigí poniéndome en pie con dificultad—. Por hoy es cuanto puedo aguantar.