La perla del agua CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

E L ROMPEOLAS

No pude evitar sentir una incómoda vaharada aprensiva en mi estómago ante su historial conductivo, pero si algo podía atestiguar es que se manejaba con una experimentada habilidad y soltura, reduciendo en las curvas y respetando las señales casi de manera rigurosa.

Desde mi posición no veía el cuentakilómetros, pero estaba segura de que marcaría el mismo número que aconsejaban las indicaciones de tráfico.

En el trayecto reflexioné sobre la fortaleza que debía de haber necesitado para salir adelante.

No todo el mundo podría haber superado un trauma así.

A pesar de no ser responsable directo de la muerte de su hermano y del amigo, la culpa debió de masacrarlo por dentro, también la ira y la impotencia, convergiendo en un dolor tan abominable que resultaba meritorio que hubiera podido reanudar su vida.

Aunque algo me decía que en realidad la había llenado de parches y que esos parches en ocasiones se desprendían abocándolo directamente al infierno. Y yo sabía lo que era eso.

Detuvo su moto en la calle La Corte esquina con El Pouet.

Me quité el casco, se lo tendí y desmonté.

Luis encadenó los dos cascos al respaldo y, de nuevo, rodeó mi cintura para enfilar nuestros pasos por la calle El Pouet hasta la avenida Ferrandis Salvador, que era como se llamaba el hermoso paseo marítimo.

Esta vez no puse impedimento a que me llevara, por muy íntimo que fuera ese gesto. Sabía que dábamos la impresión de ser una pareja más dando un romántico paseo nocturno por la playa, pero no me importó. Me sentía débil, y agradecí su sostén y el calor que desprendía su cuerpo.

Cruzamos el paseo rumbo a la torre de San Vicente y, adyacente a ésta, nos introdujimos en el sendero tableado que conducía al rompeolas.

La brisa marina acariciaba mi rostro, depositando un poso salado en mis labios y la tersa frescura del aliento del mar en mi piel.

El lugar estaba agradablemente desierto. Nos guiaban unas discretas luces de posición amarillentas insertadas entre los tablones del suelo. Nuestros pasos y el murmullo de las olas contra el rompeolas era lo único que quebraba el silencio.

Me encontré arrebujándome contra el costado de Luis y frotándome los brazos para entrar en calor, a pesar de que yo llevaba una ligera chaqueta de punto roja sobre mi camiseta de tirantes.

De pronto él se detuvo, se desprendió de su cazadora de cuero marrón y me la ofreció.

—Gracias, pero estoy bien así.

—Póntela, la brisa marina es muy fresca hoy y aún estás convaleciente.

Asentí y me ayudó a ponérmela. Luego se esmeró en subirme pródigamente la cremallera, aunque en un gesto lento que aprovechó para mirarme a los ojos.

Su penetrante mirada me secó la garganta, a pesar de estar casi en penumbra. No fui capaz de eludirla.

Volvió a rodearme la cintura con su brazo derecho y me ciñó a su costado. Parecimos amoldarnos a la perfección, como la maquinaria dentada de un reloj suizo. Aquella observación me irritó, pues, aunque una parte de mí se encontraba a gusto a su lado, otra me gritaba que saliera corriendo.

El calor residual adherido al interior de su cazadora me abrazó mucho más íntimamente que él.

Fue tan placentero que no pude reprimir un pequeño escalofrío.

Me encogí en la prenda, paladeando aquella cosquilleante sensación.

Froté mi barbilla en el cuello alzado y su aroma me envolvió en una tersa crisálida.

Aquella fragancia varonil y fresca, con un punto cítrico, matizada con su propio olor corporal, me embaucó.

La sentí como un beso en la punta de la nariz.

La parte con deseos de huir de él aumentó.

Llegamos al rompeolas.

Me dejé guiar.

Mi pecho retumbaba a cada paso, descubriendo que se encaminaba al mismo lugar donde yo solía sentarme para sumergirme en mis mundos, y a veces en el mar, en noches como ésa. No podía ser, me dije..., o quizá sí, quizá todo fuera casualidad.

Cerré los ojos un momento para controlar mis emociones. Aquél era mi refugio, mi lugar, mi secreto, donde liberaba mis demonios y renacía. Un lugar que ahora él profanaba sentándose en la misma piedra, tendiendo su mano hacia mí con aquella maldita mirada atrapante que la luna teñía de plata.

Vencí mis deseos de marcharme, estrangulé arduamente mi rechazo y me senté a su lado, acomodando mis piernas entre las salientes rocas.

Ante nuestros ojos, el más bello espectáculo del mundo. Un mar calmo, oscuro y majestuoso, titilante de reflejos, donde la luna abría su sendero de nácar hacia el horizonte.

Ninguno pudo hablar. Ambos nos sumimos en aquellas aguas, buscando esa paz que el mundo nos robaba en cada aliento.

—A veces imagino que recorro ese sendero reluciente sobre el mar y me pierdo en ese horizonte —susurró él.

Sabía lo que significaba ese deseo, por muy romántico que lo vistiera. Yo había deseado lo mismo. Y hasta lo había puesto en práctica.

Por algún motivo, quizá por la expresión ausente de su mirada, o quizá por el rictus triste de su gesto, aventuré que hasta eso compartíamos.

—Creí que eras forastero.

—Y yo que tú eras miope.

Me encogí de hombros.

—Todos tenemos nuestros secretos. Y tú, por alguna misteriosa razón, te has empeñado en desvelarme los tuyos.

—También te desvelaré la razón —alegó pasando ambas manos por su pelo, acompañando el gesto de un resuello indefinido.

—Adelante —animé.

—Viví toda mi vida en Benicàssim —comenzó perdiendo de nuevo la mirada en el mar—.

Pero cuando me dieron la carta de libertad y salí de la prisión de Albocàsser con los bolsillos vacíos, sin familia ni amigos, un corazón roto y un alma atormentada, decidí largarme lejos, a un lugar que no me recordara mi vida anterior.

Elegí Cucayo, un pueblo perdido cántabro, tan hermoso como alejado del mundo.

Un impresionante balcón a los picos de Europa, con espectaculares paisajes de montaña.

Allí alquilé una habitación y comencé a trabajar en lo que pude.

Encontré paz a ratos, y olvido en los somníferos, el trabajo y una única determinación.

—Y es la que te trajo a mí, ¿verdad? —aduje convencida—. Porque viniste a buscar información sobre Barbarroja cuando ya habías escrito sobre él, y además citas fuentes en tu libro que fingiste no conocer, lo que deja muy claro que tu visita a la biblioteca fue una burda excusa para conocerme.

—Premio a la señorita sin gafas —concedió guiñándome un ojo.

—Fue allí donde escribiste el libro, ¿no es así? En Cucayo.

—Sí, fueron meses de investigación. Recopilé toda clase de información sobre él, leí a cronistas de la época y formulé mi propia versión de la vida del afamado corsario.

—¿Por qué Barbarroja?

—Porque él y yo somos la misma persona.

Abrí la boca asombrada y lo miré esperando ver en sus ojos ese brillo mordaz que acompañaba a sus bromas, pero no lo hallé. La parte que quería correr ganó y me dispuse a ponerme en pie. Él me detuvo aferrando mi muñeca y obligándome a regresar a mi posición.

—No estoy loco ni soy peligroso. Sé que lo que estoy a punto de contarte va a contradecir esta afirmación, pero yo mismo te dejaré en casa cuando haya terminado mi relato, no antes.

Su voz sonó firme y dura. Su mirada ratificó aquella determinación.

—Antes de entrar en materia, debo decirte que en prisión terminé la carrera de Física Teórica y me especialicé en física cuántica a raíz de una serie de circunstancias coincidentes, o hechos recurrentes, que empezaron a perseguirme hasta que decidí prestarles atención.

—La física es una ciencia que estudia las propiedades de la naturaleza, comprobando científicamente cada uno de los datos que sustentan las teorías: tu afirmación contradice todas las leyes de la física y de la realidad —rebatí contrariada.

—También se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra y se acusaba de herejía a quien dijera lo contrario —recordó paciente—.

No me considero Copérnico, pero sí un hombre de ciencia que mira hacia ese lado al que se teme mirar.

Hasta hace muy poco, incluso se consideraba esoterismo lo que hoy son fenómenos explicables y comunes: la luz, sin ir más lejos.

La mayoría de los descubrimientos más importantes de la historia ocurrieron de manera fortuita, para los creyentes hasta milagrosa.

Hizo una pausa y sacó una piedra extraña del bolsillo de sus pantalones. Comenzó a hacerla girar entre los dedos.

—Pero la verdad es que no existe el azar como tal, ya que todo es puesto en nuestro camino por un motivo.

Y no como algo invariable, al contrario, sino para que actuemos y modifiquemos nuestra propia realidad.

Son nuestras decisiones las que condicionan nuestro futuro, y para tomarlas es necesario conocer todas las variables, o al menos intentarlo para minimizar el margen de error.

Y eso es lo que he descubierto, eso es lo que me despertó, lo que me hizo reaccionar y tomar las riendas de mi destino, abriendo mi mente hacia ese abismo insondable e inexplorado al que tanto nos aterra asomarnos.

Hacia lo desconocido, lo imposible o lo impensable.

—¿Y te iluminaste en prisión?

Me miró con el ceño fruncido.

—No soy un puto iluminado —arguyó ofendido—, pero sí alguien que sabe que las casualidades no sólo no existen, sino que son señales claras que parpadean en nuestras narices para transmitirnos información.

—¿Y esa información te llevó a...?

—No te precipites —interrumpió—, deja que vaya guiándote hasta que llegues a tu propia conclusión cuando termine mi exposición, no antes.

Pronunció con marcado énfasis su última y reiterada coletilla y volvió a mirar al frente. Entre sus dedos, aquella piedra giraba captando el reflejo lunar en su pulida superficie, otorgándole unas hermosas iridiscencias opalescentes.

—¿Qué piedra es ésa?