CAPÍTULO 10 #2
—Un chaval joven en la trena es un caramelo —prosiguió—, y no sólo por lo que estarás ya imaginando, sino porque nos captan mafias.
El miedo te hace aislarte, pero eso es peligroso, pues muestra debilidad.
Y la única manera de sobrevivir entre chacales es convertirte en uno de ellos, o al menos fingir que lo eres.
No era mucho tiempo, tan sólo tres meses, así que comencé a gruñir como un perro rabioso, a hacerme el chulito sacando pecho y fingir que no tenía miedo, aunque por las noches me cubriera con la almohada para llorar como un crío pequeño.
Pero esa actitud dura y desafiante, aunque mantuvo a raya a muchos alimañas carcelarias, atrajo la atención de un narcotraficante, que decidió probarme.
Así que, un día, en el patio, un tipo me atacó clavándome una navaja en el costado.
Un grupo de unos cinco presos se aunaron para formar un parapeto que ocultara mi agresión.
Herido, me defendí como pude. Podría haber gritado y pedido auxilio, los vigilantes del patio me habrían oído y la habrían detenido.
Pero sabía que, si lo hacía, encontrarían el momento de pillarme a solas y matarme.
Aquello no era más que una prueba de mis arrestos y mis habilidades, así que liberé mi instinto y me defendí en el más completo silencio.
»Luché como un león enjaulado, preso de la furia y la desesperación, y logré derribar a mi oponente, arrebatarle la navaja y ponérsela en el cuello.
El hombre se rindió. Pero ni la piedad ni el perdón son virtudes aceptables para cualquier delincuente que se precie, y cuando miré jadeante al narco que lideraba aquel grupo, supe al punto lo que debía hacer.
»Con la punta de la navaja, rasgué la piel de la mejilla de mi atacante mientras le tapaba la boca trazando un corte largo desde el pómulo hasta el mentón y luego le escupí.
No acerté a hablar y sofoqué un escalofrío.
—De veras que no entiendo por qué compartes esto conmigo. Te juro que no necesito una explicación tan terriblemente exhaustiva, yo...
—La necesitas, por favor, deja que termine.
En su ruego, percibí una necesidad tan imperativa que me limité a asentir.
—Luego me puse en pie —continuó frunciendo el ceño de manera sombría y casi amenazadora— y me encaré con el narco.
César, se llamaba. Lo miré fieramente a los ojos y le dije que no volviera a ponerme a prueba si no quería perder a uno de sus hombres.
Hasta yo mismo me sorprendí del desconocido tono que manó de aquella amenaza.
Aquél no era yo, o eso creí pensar, pero lo era.
Hizo una pausa, se pasó la mano por el espeso y alborotado cabello negro y, tomando aire, reanudó su narración.
—Y así fue como me gané el respeto de hombres abyectos y me lo perdí a mí mismo y a mi familia.
Dejó escapar un resuello apesadumbrado y apretó levemente los labios en un gesto duro y contenido.
—En la calle, me amenazaron con hacer daño a mi familia si no trabajaba para ellos, y lo hice. Hasta que no pude más.
Por su expresión, mis tripas se encogieron y me agité en mi asiento.
—Aproveché el traslado de trabajo de mi padre a otra ciudad para cortar por lo sano y simplemente desaparecí.
Yo ya no me drogaba, aunque sí había traficado para ellos, y creí que podría empezar de nuevo.
Que tenía otra oportunidad de labrarme un futuro distinto.
Esa esperanza murió aquel maldito día, en aquella jodida fiesta.
Sentí una tenaza en la garganta y un nudo en el estómago.
—Tenía que llevar a mi hermano al instituto al día siguiente, pero fui tan gilipollas de acudir a aquel club con la que era mi novia, la noche anterior.
—Y volviste a drogarte —aventuré turbada.
—No, me drogaron —aclaró tragando saliva.
Descruzó las piernas, abrió las rodillas, se reclinó en el respaldo descansando la nuca en el borde y se quedó un largo instante mirando al cielo. Luego cerró los ojos y dilató aquel tenso silencio.
Julia lo observaba con un gesto tan afectado y triste como angustiado era el mío.
Las manos de Luis, apoyadas en sus muslos, se crisparon, una única muestra del maremágnum de emociones que batallaban dentro de él y contra las que luchaba para mantenerlas bajo control. Inhaló profundamente y abrió de nuevo los ojos con la vista clavada en el firmamento.
—Me echaron una ampolla de éxtasis en la bebida. Y no soy de los que sueltan su copa, pero tenía a una bonita rubia incendiando todos mis sentidos en aquella barra, mi chica en aquel entonces, y, bueno, entre algunos de nuestros fogosos besos, algún cabrón vertió la droga en mi bebida.
»Amanecía y nos largaron del local. Luego echamos un buen polvo en el asiento trasero de mi coche y logré dormir un rato, lo suficiente para pensar que el par de cervezas que me había bebido las había eliminado ya de mi torrente sanguíneo.
Pero cuando la llevé a casa me encontré embotado, confuso y mareado.
Creí que era sueño, pero ya eran casi las ocho, con lo que, tras dejar a Óscar en el instituto, pensaba dormir toda la mañana.
En aquel entonces, estaba en primero de carrera, quería licenciarme en Física, un logro de mi reinserción.
Recogí a mi hermano de quince años y éste me dijo que debíamos pasar a por su amigo, que su padre estaba de viaje. Y eso hice. Matías subió detrás.
El nudo se estrechó, y mi malestar se acrecentó, a pesar de conocer ya el desenlace de aquel viaje.
—No..., no son necesarios los detalles, de veras, esto no puede hacerte bien, y yo no...
—Me incorporé a la Nacional a más velocidad de la debida —continuó ignorando mi intervención—.
Pero me encontraba realmente mal, y quería dejarlos cuanto antes.
Los chicos bromeaban y reían, y cuando comenzó a emborronarse mi visión periférica, empecé a sacudir la cabeza y a apretar los dientes en un estúpido intento por alejar aquel maldito sopor.
Frente a mí, la línea continua comenzó no sólo a desdibujare, sino a zigzaguear como si jugara conmigo.
Los sonidos en el habitáculo del coche se distorsionaron, primero enlenteciéndose en un tono grave, casi burlón, y luego se estiraron agudos, convirtiéndose en una especie de alarido enloquecedor que perforó mis tímpanos.
Y entonces ocurrió, en el kilómetro 11 de aquella carretera, solté el volante para taparme los oídos, pensando que me sangraban.
El coche perdió el control y nos estrellamos contra la mediana.
Dimos varias vueltas de campana, y en mi psicodélico mundo, vi luces giratorias, oí gritos y vi a cámara lenta una nube de esquirlas de vidrio flotando a mi alrededor como pequeños insectos revoloteando curiosos.
Miré a Óscar, que en aquel momento atravesaba como si fuera un hombre bala la fragmentada luna delantera.
En mi estado, ni le había recordado que se pusiera el cinturón.
Yo sí lo llevaba, y además de eso, el airbag reventó contra mi pecho, inmovilizándome contra el asiento, mientras el coche continuaba su danza mortal.
Volvió a cerrar los ojos, sus dedos ya eran garras clavadas en sus muslos.
—Mi hermano pequeño y su mejor amigo murieron en el acto.
Yo fui acusado de homicidio imprudente, y al tener antecedentes me cayeron diez años de prisión, y otros dos por conducción temeraria bajo el consumo de drogas, aunque cumplí sólo seis por buen comportamiento.
Fue un juicio rápido, como veloz fue mi ingreso en prisión.
Allí ya no estaba César, tampoco sus hombres, pero me dejaron una nota en la celda.
No quería preguntar, cerré con fuerza los labios, pero mi curiosidad me traicionó.
—¿Qué ponía?
—«Me la puso dura tu novia en aquella barra.»
Solté el aire contenido e intenté respirar para liberar un poco de la opresión que sentía en el pecho.
—El éxtasis que habían encontrado en mi sangre era el mismo que yo vendía para ellos. Nadie escapa de la organización sin pagarlo muy caro. Y caro lo pagué.
—Luis...
Alargué una mano y la posé sobre la suya en un fútil intento por aliviar lo que imaginaba estaba reviviendo. Debió de ser atroz, y por cómo su rictus se contraía, supe que aún lo era.
Entonces abrió los ojos y, con el ceño fruncido, volvió a mirar la noche clara y punteada de estrellas que nos contemplaba impertérrita.
—¿Saliste indemne del accidente?
Despejó su frente, y vi una larga cicatriz paralela a la línea de su cuero cabelludo.
—No, no salí indemne, incluso si ese considerable pedazo de cristal no se hubiera clavado en mi frente formando un alero sobre mi rostro.
Destrocé a mi familia, mis padres se separaron, ninguno me habla.
.., ni que decir tiene de la familia de Matías, rotos por el dolor.
Debería haber sido yo el que muriera, habría sido lo justo, no ellos.
Aunque, en realidad, morí en aquel coche.
Mi alma lo hizo. Mi vida se desintegró en mil pedazos como lo hizo aquella luna delantera.
—Siento tanto lo que ocurrió...
Entonces me miró y ahondó en mis ojos de manera tan penetrante que me puse rígida, incómoda, en el asiento.
—De nada vale lamentarse.
—¿Y por eso te has erigido en mi protector? ¿Para redimir tu alma?
—No: debo protegerte porque te necesito.
Agrandé asombrada los ojos y lancé una mirada subrepticia a Julia, que estaba reutilizando su clínex para contener las lágrimas que arrasaban sus ojos.
—¿Me necesitas a mí?
—Así es.
—¿Tiene algo que ver Barbarroja en esto? —adiviné de pronto.
—Tiene mucho que ver, pero no he terminando mi historia. No te estoy contando todo el serial de desgracias que es mi vida para que sientas piedad y te desprendas de tu borde Rottenmeier y así convertirme en tu paladín y lavar mi conciencia o equilibrar mi karma. No. Es mucho más complejo.
—Tienes toda mi atención.
—Disculpad, pero me caigo de sueño. ¿Podrás llevar tú a Elisa a casa? —espetó Julia sofocando un bostezo.
Apuñalé a mi amiga con la mirada. A cambio, recibí un encogimiento de hombros.
—¿Qué tal si seguimos nuestra conversación en otro lugar? —propuso Luis.
—Si no es urgente, podemos quedar los tres mañana —sugerí yo.
—Yo mañana no puedo, tengo mucho trabajo —declinó Julia sonriente—. Además, tú sigues de baja y mañana es sábado, no tienes rehabilitación. Puedes trasnochar lo que quieras.
Entorné los ojos y la taladré con la mirada. La muy arpía lo tenía todo maquinado. Había lanzado de un empujón al astronauta a mi luna y cerraba la puerta de la cápsula para huir en ella. Gruñí mentalmente.
De todas formas, cuanto antes acabara con eso, antes me libraría de Luis.
No podía estar más equivocada.
Julia se levantó, dejó dinero sobre la mesa, que yo volví a meter en su bolso, me dio un beso, alborotó mi pelo y salió de la terraza del Mai Tai rumbo a su coche.
Cuando Luis levantó su ticket para pagar una cerveza que apenas había probado, vi unos números escritos con bolígrafo detrás.
—Creo que la camarera te ha dejado su teléfono en el ticket —advertí.
Lo giró y esbozó una sonrisa tibia. No mostró sorpresa, ni vanidad, tan sólo indiferencia.
—Veo que te pasa a menudo.
—No me quejo, pero no es mi tipo.
Pensé que su tipo serían las rubias explosivas.
Cuando la chica acudió a cobrarnos, Luis pagó las tres consumiciones, ignorando mi negativa, y se puso en pie, dispuesto a ayudarme.
No me pasó desapercibida la mirada resentida de la camarera al ver cómo él rodeaba mi cintura y me llevaba hacia la salida, dejando allí el ticket con su dignidad herida tras él.
—¿Adónde vamos?
—Al rompeolas de la playa del Torreón, en Benicàssim. Es mi lugar favorito.
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
Miré a aquel hombre y supe que era de los que dejaban huella. No miré a mi luna, por temor a ver unas perfiladas e inquietantes huellas en su superficie.
En el paseo descubrí que podía caminar con cierta estabilidad.
—Puedo andar sola, gracias.
—He dejado mi moto en una calle transversal al paseo, quiero creer que soportarás mi contacto hasta llegar a ella.
—No es eso —mentí—, simplemente no es necesario.
—¿Me vas a hacer que pelee por todo en lo que se refiere a ti?
—Sé que no estás muy acostumbrado al desdén, y debe de picar.
—Resulta refrescante —reconoció prodigando una sonrisa seductora que me recordó lo cerca que estaba su boca de la mía.
El rechazo regresó y contuve las ganas de apartarme de él.
—Espero que no te vayan los retos —amenacé.
—A lo mejor me vas tú.
—A lo mejor me pillo un taxi y te mando al carajo.
Luis rio y afianzó su mano en mi cintura.
El rechazo se tambaleó en favor de un traicionero y cálido hormigueo en mi estómago.
Cuando llegamos a su potente y llamativa Harley negra, el número de su matrícula despertó un recuerdo y mi pulso se aceleró.
1111.