CAPÍTULO 10
H UELLAS INQUIETANTES EN LA LUNA
Me estaba replanteando si haber accedido a ir al Mai Tai Cocktail Bar aquella noche había sido buena idea.
En septiembre, el turismo había descendido considerablemente, pero todavía atestaba los locales del paseo Marítimo del Mediterráneo de mi querida Oropesa.
Julia y yo nos encontrábamos sentadas en la terraza del club saboreando nuestras bebidas: yo, una deliciosa piña colada, y ella un mojito.
Habría tenido una vista espectacular del mar si no hubieran dejado de transitar viandantes ociosos frente a mis ojos. Por alguna razón, y a pesar de que mis piernas no habían recuperado completamente su tono muscular, sentí el irrefrenable impulso de nadar de noche en el mar.
El mar siempre había ejercido un poderoso influjo sobre mí, y más aún de noche.
Sumergirme en sus negras aguas teñidas de la plata de la luna me imbuía de un extraño misticismo, me vivificaba y me regeneraba, convirtiéndose en una especie de ritual en el cual me desprendía de mi cáscara mundana para liberar mi alma y diluirla entre las aguas, dejando que su caricia sanara heridas, arrastrara mis recuerdos y me cubriera de una nueva piel, más dura, más impenetrable.
Y si algo podía elevarme a un nivel superior era presenciar una tormenta en alta mar.
Aquel fenómeno, que para la mayoría resultaría aterrador, en mí despertaba un magnetismo tan intenso que siempre que el cielo se cubría y rugían los truenos, mi piel se erizaba y mi corazón se descompasaba, logrando que mis pies me condujeran sin remedio alguno al mar.
Tenía un lugar favorito donde liberar aquella subyugante fascinación: el rompeolas en la playa del Torreón en Benicàssim.
Solía escapar a aquel lugar en las noches de tormenta, embriagándome de aquella virulenta belleza, impresionada ante tan majestuoso poder, ante la apasionada fuerza de dos elementos, que luchaban denodados por unir sus pieles.
El mar encrespado alzando desesperado sus espumosas crestas para acariciar aquel inalcanzable cielo, y éste, a su vez, rugiendo su impotencia mientras descargaba sus luminosos filamentos para atrapar en ellos a su otra mitad en un abrazo imposible.
Era como contemplar la ansiedad de un reencuentro imposible entre dos amantes separados por el destino.
—Estás muy pensativa esta noche.
Suspiré hondamente y tomé mi copa, removiendo su contenido con la vistosa pajita azul.
—Pensaba en lo mucho que me gustaría darme un baño en el mar.
Julia frunció el ceño, y su expresión maquinadora fue tan evidente que me arrancó una sonrisa tierna. Si le pidiera la luna, ella haría lo posible por bajarla para mí. ¡Dios, cuánto la quería!
—Bueno, aún estás débil, pero hoy has dejado las muletas atrás y, aunque algo inestable y tambaleante, yo diría que te manejas sin ellas muy bien. Y para nadar no te son tan imprescindibles. Además, seguro que el doctor Muñoz te lo prescribiría de saber que te gusta.
—Quitando que parezco una borracha tras salir de un after hour , logro caminar, sí —apostillé dando a continuación un largo trago.
—Quitando que no has pisado nunca un after hour y que no has probado una gota de alcohol, deberías usar el símil de marearte en alta mar, como aquella vez en aquel barco de paseo que recuerdo...
—No me mareé —contradije—, me dio una bajada de tensión.
—Ya, ya, a cualquiera se nos baja la tensión con aquel mar picado.
—No fue el mar —insistí resoplando.
—Desde luego, no fue el mar lo que estropeó mis bonitos zapatos aquel día.
Le dediqué una mirada irritada y ella sonrió condescendiente.
—Las bajadas de tensión producen náuseas y mareos.
—Los huracanes en alta mar también —acicateó alzando su mojito.
Estiré una sonrisa mordaz al tiempo que fruncía el ceño.
—Por las bajadas de tensión en plena tormenta marítima —ensalzó ella a modo de brindis.
—Por las amigas quisquillosas —respondí chocando mi copa con la suya.
Ambas reímos y bebimos solazadas.
—¿Sabes, Julia?
—Dime, trasto.
—No hay mejor medicina que tú, y pienso autoprescribírmela muchos años.
Los ojos oscuros y vivaces que me miraban a través de unas gafas de pasta negra se humedecieron.
—Sólo tú consigues que pase de la risa al llanto en décimas de segundo.
—Quizá por eso debería recibir buena parte de los beneficios de la marca de máscara de pestañas waterproof que usas gracias a mí.
Acababa de sacar un clínex de su bolso, que extendía a golpe de seca sacudida, cuando se detuvo y resopló revolviendo su rubio flequillo ladeado.
—Bufff, no sé si secarme la lagrimilla, sonarme los mocos o hacer una pelota con él y tirártelo.
—Mejor ondéalo para llamar al camarero, creo que ya es hora de pedir la cuenta y largarnos.
Su expresión se trocó en un rictus desconcertado y, tan avispada como siempre, siguió la dirección de mis ojos.
—Lo voy a ondear, sí, pero para decirle que se acerque. La fulminé con la mirada y negué con la cabeza admonitoria.
Y, cumpliendo su amenaza, agitó aquel pequeño trozo de papel con tal entusiasmo que, si no hubiera sido por el cariño que le tenía, la habría estrangulado allí mismo.
Alcé resignada la vista al cielo y resoplé notoriamente.
Luis Roig, con su casco de moto colgado del antebrazo, avanzó hasta nuestra mesa con una cautivadora sonrisa curvando sus carnosos labios.
—¡Vaya, qué coincidencia! —mintió descaradamente.
Apartó una silla y tomó asiento entre nosotras tras dejar el casco en la silla vacía de enfrente. Miró al interior del local, ambientado con una azulada luz tenue, y luego a nosotras.
—Me gusta, tiene... estilo.
—Así que... pasabas por aquí, ¿no?
Me guiñó un ojo y cruzó indolente las piernas, reclinándose en el respaldo de mimbre.
—Sí —admitió descarado—, pasaba porque tenía que pasar.
Dirigió una mirada cómplice a Julia y comenzó a tabalear en su muslo.
—Ya veo, ya, ¿otro astronauta que lanzas al espacio, Julia?
—Por eso se ha traído el casco —bromeó la muy arpía.
Ensanché una sonrisa cínica y alcé mi copa de nuevo.
—Por los vuelos espaciales que terminan en agujeros negros y por las brujas que vuelan sin escoba.
—Chinchín —concedió ella alzando su mojito mientras estrangulaba la risa.
—Yo también quiero brindar —intervino Luis disfrutando de mi incomodidad.
Alzó el brazo para llamar a la camarera y ésta acudió presta.
—Una gran jarra de cerveza —pidió con una distendida sonrisa.
La chica lo miró y se embobó más de la cuenta hasta que logró asentir con una risita nerviosa.
Luis simuló no percatarse del evidente arrobamiento de la camarera y volvió a centrarse en mí.
—¿Otro?
Alzó las cejas con disgustado asombro y, acto seguido, miró reprobador a Julia. Ella se encogió de hombros con gesto divertido.
—Cuantos más lanzamientos, más posibilidades hay de que alguno alcance la luna.
—Suerte que soy el más rápido.
—Espero por tus conquistas que no en todo —ataqué.
—No, no en todo, hay muchas lunas que lo testifican.
Puse los ojos en blanco y comencé a impacientarme.
—Dejémonos de pamplinas, ¿qué demonios quieres? ¿Aún no te ha quedado claro que no quiero volver a verte?
—He hecho algunas averiguaciones por mi cuenta —adujo con inesperada gravedad.
—Creo recordar que te liberé de tu responsabilidad hacia mí.
—Cierto, otra cosa es que yo quiera liberarme.
En aquel momento apareció la camarera y dejó frente a él una jarra de cerveza grande y fría tras dedicarle una luminosa sonrisa.
Sus ojos chispearon cuando repasó descaradamente y por entero el cuerpo de Luis.
Llevaba una simple camiseta negra con el logo de AC/DC en blanco, y unos ajustados y desgastados vaqueros que moldeaban unas piernas largas y bien formadas.
Lo cierto es que era algo que yo misma podría ponerme, para disgusto de Julia.
—Gracias —murmuró él.
La chica dejó al lado el platillo con la cuenta, le guiñó un ojo y se alejó contoneándose coqueta.
—¿Por qué?
Mi pregunta lo pilló a medio trago de su cerveza. Sus rasgados ojos verdes se clavaron en mí con una mirada intrigante. Cuando terminó, relamió la espuma que había quedado en sus labios. Aquel gesto me atrapó.
—Voy a contarte algo sobre mí. Es la mejor manera de que me entiendas, seguramente también la única —comenzó.
Miré a Julia, que decidió perder su atención en su teléfono móvil. Por algún motivo, supe que ella ya conocía esa historia. Noté la garganta reseca y una extraña sensación ominosa en el pecho. Acerqué los labios a mi piña colada y sorbí por la pajita.
—Hace muchos años, maté a mi hermano pequeño.
Aquella revelación me atragantó y tosí abruptamente.
Luis me ofreció varias servilletas de papel y aguardó paciente a que me recompusiera.
—Joder..., vaya comienzo...
—Sin duda lo es.
Indagué en su mirada, pero me topé con un hermetismo emocional que me desconcertó. Estaba claro que necesitaba alzar un muro para poder contarme lo que supuse una trágica y dura historia.
Tomé una profunda bocanada de aire. Tuve la certeza de que su confesión me robaría el aliento.
—Continúa.
—A los dieciocho años incurrí en mi primer delito por conducción temeraria bajo el consumo de estupefacientes, ya sabes..., malas compañías. Me ficharon y me condenaron a tres meses de prisión y me retiraron el carnet durante dos años.
Bebió otro largo trago y su mirada se oscureció.