CAPÍTULO 9 #2
Desvié la mirada incómoda, ahuyentando los inoportunos recuerdos de mi pasado. Julia se percató al instante de aquel visible cambio en mi gesto y se apresuró a cambiar de tema, adivinando lo que me había contrariado.
—¿Sigues sin querer ver a Luis?
—Ya te conté nuestra conversación: cree tener conmigo una responsabilidad por el mero hecho de haber presenciado el atropello.
Y, además, se siente culpable por no respaldarme como testigo en la intencionalidad del delito.
Pero, en realidad, lo que desea es largarse de aquí y escapar de las garras de ese maldito suceso que presenció y que lo ata a mí.
—¿Y por qué no dejas que limpie su conciencia de ese modo?
—¿Protegiéndome? —farfullé desdeñosa.
—Visitándote —repuso—. Parece un tipo interesante, es sexy, misterioso e inteligente, una gran distracción para cualquiera. Y más para ti.
Fruncí el ceño, crucé los brazos bajo el pecho y la miré de soslayo.
—¿Tan desesperada me ves?
—Al contrario, cada vez eres más arisca y hermética con los hombres. No todos son como...
—Con la gente —puntualicé interrumpiéndola. Mi ceño admonitorio puso una barrera de prohibido el paso a su irritante insistencia. O, al menos, lo intenté.
—No puedes vivir al margen del mundo —persistió temeraria, sentándose en la cama y cogiendo mi mano entre ellas.
—Ya lo hago —le recordé, acentuando mi cejo fruncido.
Julia inhaló paciente una profunda bocanada de aire y guardó silencio mientras meditaba qué vía podía seguir sin que se topara con más muros. Conocía sobradamente esa mirada calculadora, y me preparé para su próximo movimiento.
—A veces me siento como Armstrong —masculló al cabo, mirándome fijamente.
Alcé intrigada las cejas y me encogí de hombros desconcertada.
—Soy la única persona que ha pisado tu luna.
Agrandé los ojos impávida ante aquella insólita afirmación.
Julia mantuvo su gesto grave.
Nos sostuvimos largamente la mirada hasta que ambas estallamos en carcajadas.
—A veces tú eres más como la perrita Laika —bromeé entre risas—: no dejas de ladrar que abra mi luna a más astronautas.
—¡Oh, Dios!, creo que voy a mearme encima —barbotó ella.
Reímos hasta lagrimear. Julia palmeaba la cama y yo me doblaba sobre mi vientre. Los hipidos entrecortados de la peculiar risa de mi amiga impidieron que dejara de reír, a pesar de que el doctor Muñoz entraba en aquel momento.
—Ahí viene otro astronauta al que no dejas salir de la cápsula espacial —añadió ella entre silbantes hipidos hilarantes.
Aquel comentario nos sumió en otro acceso de risa más intenso que el anterior.
El médico nos miró divertido, contagiado por nuestras ininterrumpidas carcajadas.
—¡Joder, para! —exclamé cubriéndome el rostro con la sábana. Oírla reír era contagioso, pero verla me superaba.
—Si albergaba alguna duda sobre tu recuperación, acabas de despejarla —murmuró regocijado el doctor Muñoz.
Cuando logré controlar la risa, me destapé y lo miré todavía con aquella temblorosa sonrisa previa a la carcajada que intentaba denodadamente estrangular, pendiendo de mis labios.
Me conminé a diluir aquella descontrolada hilaridad apretando los labios, aunque el hormigueo en los hoyuelos de mis mejillas continuaba igual de efervescente.
Los ojos del médico pasaron de mis ojos a mis labios, demorándose en ellos con una expresión indescifrable, a pesar de que en su rostro permanecía aquella complacida y aséptica sonrisa.
Me relamí algo nerviosa y desvié la mirada para toparme con el gesto cómplice de Julia.
Puse los ojos en blanco.
—Bien, Elisa. —El doctor Muñoz se acercó y se sentó al borde mi cama con una pasmosa y natural familiaridad—.
Los resultados de tus últimas pruebas son inmejorables.
—Derramó la vista sobre el informe que traía consigo y asintió satisfecho—.
En cuanto termines la rehabilitación, recuperarás tu vida tal como la dejaste, sin secuelas de ningún tipo —concluyó cerrando el portafolios.
Sonreí, pero el gesto no alcanzó mis ojos.
No me engañaba: mi vida no podía ser la de antes.
No, cuando aún debía digerir que habían intentado matarme, y que, por si eso no fuera suficiente, además el culpable vagaba libre, matando esta vez con éxito mi ansiada tranquilidad, envenenándome con un miedo insidioso y sibilino que me impediría vivir en paz.
El médico cogió mi mano entre las suyas y, aunque el contacto me violentaba, no la retiré.
—Es normal que sufras pesadillas y estados quizá de congoja o accesos de llanto durante algún tiempo, pero esos episodios se irán desdibujando a medida que asimiles lo ocurrido y te sumerjas en la rutina diaria —advirtió con un cálido deje fraternal—.
Me comentó la enfermera que despertaste con un sonido en tu cabeza.
—Un ulular —precisé—. Comenzó de manera intensa y se fue apagando hasta desaparecer, nunca me había ocurrido.
—Hoy sales de aquí, Elisa. Por fortuna, regresaste del otro lado, pero ahora te queda enfrentarte al mundo.
Tu mente ha estado desconectada tres meses, tu cuerpo también, y ahora debes fortalecerlo y volver al juego.
Eso genera un estrés que quizá no registres conscientemente, pero que comienzas a liberar.
Debes reanudar tu vida tras esos meses fuera de ella.
Y mi consejo es que lo tomes como el regreso de un viaje muy largo, que no intentes ponerte al día enseguida, sino que te lo tomes con tranquilidad.
Ten paciencia contigo misma para adaptarte a tu alrededor.
Ese ulular es tan sólo una alarma de tu cerebro ante el miedo o la presión al exterior, que ahora ves como algo desconocido.
A Dios gracias, no has pasado mucho tiempo en coma, otros despiertan después de años, y el acople a sus vidas les ocasiona alteraciones emocionales y psíquicas importantes. Has tenido suerte, después de todo.
«Suerte relativa», me dije, ya que mi suerte seguía en un cubilete de dados agitada por un maldito desconocido al que le molestaba que yo respirase por alguna razón.
No obstante, asentí agradecida y dócil.
—Gracias, Simón, prometo tomármelo con calma.
—Aceptaría de buen grado un café fuera de aquí —confesó mirándome a los ojos—. Aunque te citaré para las revisiones, me gustaría ver cómo te manejas ahí fuera.
Por encima del hombro del médico, unos pasos más allá, Julia asomó la cabeza para asentir rotundamente mientras con sus labios perfilaba las palabras: «Por favor».
Claudiqué.
—Me encantaría, creo que tienes mi teléfono.
Simón estiró las comisuras de los labios en una luminosa curva triunfal. Acto seguido, se puso en pie con la ligereza que da apuntarse un tanto y me tendió la mano.
—Te llamaré dentro de unos días.
Y salió con paso ligero y porte altivo.
—No va a pisar mi luna —adelanté con determinación ante el inminente entusiasmo de Julia—. Sólo le he abierto la compuerta de la cápsula, pero lo tendré en la escalera hasta que sea digno de pisarla.
—Mejor —convino ella—, no queremos que caiga en uno de tus cráteres.