La perla del agua CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

A brIENDO COMPUERTAS

Un ondulante y vibrante sonido taladró mis oídos, despertándome sobresaltada. Me recordó al ululato árabe, zaghareet , creo que lo denominaban, y me incorporé aún aturdida refregándome los ojos.

Miré embotada a mi alrededor y descubrí que todo estaba en silencio, velado por esa serena quietud posterior al alba, cuando la luz ya ha evaporado las sombras pero todavía no ha despertado al mundo.

Y allí, en aquella paz, donde sólo se oían los primeros trinos de las aves, donde el silencio aún imponía su breve dominio y donde mis sentidos ya habían despertado completamente, aquel zumbido permanecía en mis oídos como una alarma, inquietándome.

Me recliné de nuevo, cerrando los ojos y tapándome los oídos, a pesar de saber que el ulular procedía de mi interior.

Intenté conservar la calma diciéndome que quizá en el cuarto contiguo tuvieran la tele encendida, o que quizá fuera alguna radio, pero en el fondo sabía que las enfermeras no permitirían a aquellas horas que nadie pusiera tan alto el volumen.

Respiré hondo y el sonido bajó de intensidad; mi inquietud permanecía, sin embargo. Era una desconcertante sensación opresiva, casi angustiosa, como si algún peligro inmediato me amenazase y esa certeza hubiera disparado inyecciones de adrenalina en mi torrente sanguíneo.

Algo andaba mal.

Abrí los ojos y posé la mano en mi pecho. Mi corazón latía desbocado. «¡Mierda!»

Alargué el brazo y presioné el pulsador de llamada.

Al cabo, una enfermera apareció con semblante torvo y mirada somnolienta.

—¿Qué necesitas?

—No me encuentro bien.

—Sé más concreta.

—Tengo taquicardia, y no dejo de oír una especie de ulular en mi cabeza.

Frunció el ceño componiendo un gesto profesional y cogió el tensiómetro. Me lo ajustó al brazo ciñendo la cinta de velcro y pulsó el botón de encendido.

Tras el zumbido de hinchado, aparecieron unos números en el panel.

—Los parámetros son normales, y tu pulso cardíaco también. Seguramente será sólo una sensación provocada por alguna pesadilla.

—¿Y el sonido?

—A veces oímos pitidos en los oídos por algún cambio de presión, pero lo apuntaré en el informe para que te examine el doctor Muñoz en su visita de hoy.

—Hoy me dan el alta.

—Vendrá de igual modo.

Habían pasado dos semanas tras mi despertar, pero me quedaban dos meses y medio de rehabilitación, por lo que acudiría diariamente al hospital para las sesiones.

Ansiaba regresar a mi casa, a mi anterior vida, y, sobre todo, olvidar el accidente y todo lo que había traído consigo.

Fundamentalmente, la insidiosa revelación de Luis Roig: que alguien había intentado matarme.

Era por completo absurdo e inverosímil. Bien era cierto que yo no era la chica más popular del lugar, nada más lejos de la realidad, de acuerdo, pero no había ningún motivo sustancial para aquel sinsentido.

¿Matarme? ¡Por Dios, era de locos! ¿Quién en su sano juicio querría borrar del mapa a una aburrida bibliotecaria?

Repasé mentalmente los posibles móviles que pudieran impulsar a alguien a deshacerse de mí.

A mi memoria acudieron la multitud de novelas negras leídas hasta la fecha y los programas de actualidad sobre casos policiales verídicos, y todos coincidían en que todo crimen se fundamentaba en tres motivos: por sentimientos pasionales, por dinero o por odio.

En ningún caso hallé un vínculo que justificara mi muerte a favor de mi asesino.

No tenía pareja, no tenía dinero y no tenía enemigos, al menos, declarados.

Y, escudriñando en mi mente, tampoco hallé ninguna discusión digna de mención con algunos de mis convecinos.

Yo sólo era la pobre solterona amargada que gustaba de pasar desapercibida.

Lo que sí sabía era que debía informar a la policía del asunto y exigir protección hasta que encontraran al hombre que me había atropellado.

Y, si no podía implicar a Luis, tendría que mentir y testificar en comisaría que yo había visto cómo el coche había salido del aparcamiento y se había lanzado premeditadamente contra mí.

Resoplé y palmoteé mi almohada, mulléndola. Debía tranquilizarme, porque era más que probable que aquel maldito ulular que aún oía fuera un signo de ansiedad. Una alarma de mi mente, saturada, agotada y preocupada.

Habían estado a punto de matarme, maldita sea, imprequé para mis adentros, y no podría reanudar mi vida con esa aterradora sombra tras de mí.

Miré la mesita auxiliar, donde el libro de Luis destacaba sobre aquella blanca superficie, y alargué la mano hacia él.

Había empezado a leer el libro de Barbarroja, y me había impactado el realismo con que documentaba sus vivencias, y no sólo eso, sino el peculiar toque personal con que lo describía el narrador.

Era como si hubiera presenciado en primera persona cada suceso.

Podía compararlo con algún libro de Gómara, el cronista que sí vivió junto al pirata alguna de sus hazañas, quizá encontrara semejanzas e incluso párrafos copiados, aunque no lo creía, pues, a tenor de lo que llevaba leído, dudaba que un monje del siglo XVI utilizara el mismo lenguaje que usaba Luis, bastante más actual.

Con cada capítulo leído, mi imagen sobre Barbarroja se debatía entre dos emociones: el rechazo y la admiración.

Había comenzado por su niñez. Su padre había sido un modesto alfarero, en Mitilene, en la isla griega de Lesbos; su madre fue una humilde cristiana griega.

Fue el segundo de cuatro hijos varones y dos hermanas de las que poco se sabe.

Su padre, Yakup, compró un bote para comerciar con sus productos, y fue así como todos sus hijos se hicieron marineros y, más tarde, se convirtieron en piratas para combatir la actividad corsaria de los caballeros de San Juan, más conocidos como la Orden de Malta, en la isla de Rodas.

Sin embargo, sólo dos de ellos destacaron del resto.

El mayor, Aruj, el primer y originario Barbarroja, que fue apodado así por el color de su barba.

En este punto, el autor había incluido una acotación afirmando su propia teoría respecto al apodo: el pirata comenzó a ser llamado Baba Oruc , Papá Aruj , por sus cuidados paternales sobre todo musulmán necesitado, y de la deformación de ese apelativo surgió Barbarroja ; ambas teorías eran plausibles.

El otro hermano que destacó y adoptó el temible apodo de su hermano al morir éste, aunque su barba fuera oscura y no roja, fue Jeireddín, con lo cual, aquella ilustración pertenecía sin lugar a dudas al segundo hermano, como también la historia que se contaba entre sus páginas.

El verdadero nombre de Jeireddín era Hizir ben Yakup, en turco. Sus grandes operaciones marítimas y su alianza con el sultán lo convirtieron en el terror de los mares, en el azote otomano de los cristianos y en la pesadilla del emperador Carlos V.

Fue un hombre sagaz, avezado estratega y leal con sus hombres, a los que cuidaba y protegía sin usar el despotismo ni el temor para hacerse respetar. No obstante, letal e implacable con los enemigos.

Un episodio que llamó mi atención fue el cariz personal que tomó una de sus muchas empresas.

En 1534, Barbarroja asaltó Fondi, cerca de Nápoles, con un objetivo en mente: capturar a Julia Gonzaga, una joven viuda de belleza legendaria, y entregarla al harén de Solimán, no sin probarla antes, naturalmente (un dato curioso para una biografía, demasiado personal para su conocimiento, pensé al leerlo).

Por lo visto, un renegado guio a los dos mil turcos enviados por Jeireddín hasta la casa de Julia, pero ésta, según la leyenda, logró escapar por muy poco cabalgando en la noche, «medio desnuda», a lomos de un caballo.

Al parecer, el pirata se obsesionó con ella y estuvo buscándola durante mucho tiempo.

Me resultó curioso que fuera una mujer lo único que se le había resistido al gran Barbarroja. Sonreí para mis adentros. «Bien por Julia.»

Tras unos breves y suaves golpes en la puerta, su homónima entró en el cuarto, portando un macuto y una entusiasta sonrisa.

—Te he traído algo de ropa de tu casa. Hoy es el gran día.

Observé cómo, toda afanosa, abría la bolsa de viaje y me mostraba las prendas.

—¿Sabes? Tienes un gusto pésimo. Tu armario da ganas de llorar.

—Pues no lo perfumo con cebolla.

Puso los ojos en blanco y amplió la sonrisa.

—No es necesario, se me saltan las lágrimas ante la falta de color y de variedad. Por amor de Dios, no tienes ni un miserable vestido, ni una falda. Todo vaqueros y camisetas, y a lo sumo pantalones de tela y alguna blusa insulsa. Tú no eres tan aburrida.

—Justo por eso, debo contrarrestar mi chispeante sentido del humor con mi indumentaria —murmuré jocosa, guiñándole un ojo.

—Al menos, no he tenido que pensar qué te traigo, lo he elegido al azar.

Sacó una camiseta que me encantaba de «Juego de tronos», mi serie favorita, con el emblema de Dracarys y a Drogon , el dragón negro de Daenerys Targaryen, escupiendo fuego.

También sacó unos vaqueros desteñidos que estiró frente a mí, mirándolos con tanta desaprobación que si los pobres pantalones tuvieran sentimientos se habrían tirado ellos solitos por la ventana.

—Pues has acertado de lleno, es mi camiseta preferida.

—Desde luego, no somos amigas porque compartamos gustos.

Le eché una ojeada alzando la ceja divertida. Ella llevaba un bonito vestido azul con lunares blancos sin mangas y entallado a sus sinuosas curvas y unas vistosas sandalias de suela de cuña plateadas. En efecto, no podíamos ser más dispares estéticamente.

Julia, que reparó en que la estaba examinando, se volvió lentamente alzando coqueta los brazos, trazando un círculo completo para lucir su atuendo.

—Muy femenina —dictaminé admirando cómo la rotunda seguridad que tenía en sí misma la vestía mucho más que la ropa que llevaba.

—Lo soy —rubricó orgullosa—. Lo somos —rectificó—, sólo que tú prefieres ocultarlo.