CAPÍTULO 8 #2
Me pasó la capa entre los barrotes, y yo la tomé con urgencia y me envolví en ella. Su calor corporal impreso en el paño me rodeó en el acto. La sensación fue tan placentera que no pude reprimir un gemido quebrado que hasta sonó lujurioso.
—Y veo que te complacen mis abrazos.
Me arrebujé en la capa y lo miré despectiva.
—Me complace la capa —precisé cortante.
—Yo desprendo más calor que ese rudo paño.
—No me abrazaría a ti ni rodeada de hielo.
—Si algo me precede es mi fama de conseguir imposibles —masculló jactancioso—. Nada se me resiste.
—Naturalmente, la fuerza y el miedo son muy convincentes. No hallo mérito alguno en eso.
—Posees una lengua afilada, una agudeza admirable, valor y fortaleza, pero ni una pizca de sentido común.
La sumisión es un valor indispensable en tu nueva condición de esclava; sin ella, yacerás bajo la ira de tu amo, que o te abandonará a tu suerte o te golpeará hasta matarte.
Ambos tristes destinos para alguien que tiene tanto que ofrecer.
—Mi destino se truncó el día que te cruzaste en mi camino.
—No, muchacha, tú me llamaste a tu encuentro. Y yo acudí.
—Maldigo ese día por siempre —proferí en un siseo rabioso.
—Deberías maldecir tu arrebato vengativo, tu incontrolable despecho o tus traicioneros impulsos, y no al destino. Asume tus errores, es la única manera de enmendarlos o no repetirlos.
Lo fulminé con la mirada y mis dedos se cerraron con más fuerza en los bordes de la prenda con que me arrebujaba.
—Siento tu odio desde aquí —reveló en un profundo tono grave—, pero al igual que cambia el desierto según el astro que lo rija, cambia un corazón según la mano que lo toque.
—La tuya ya me condenó —escupí resentida.
—Tengo dos manos —recordó alzándolas y guiñándome un ojo.
Y, tras una sonrisa misteriosa, se alejó rumbo a la tienda que habían montado sus secuaces.
Gruñí para mis adentros y me acurruqué bajo el grueso manto, que para mi completo disgusto olía a él.
Era un aroma algo particular, y reconocí que atrayente.
Ligeramente almizclado, con cierto toque a resina, sal y sándalo, también detecté un tenue matiz afrutado, cítrico.
Inhalé con más fuerza y me pregunté por qué demonios no olía a rayos, como debería.
Dudaba que el aseo personal fuera costumbre en un marino, y más en un hombre de su calaña.
El cansancio me venció y, entre aquel exótico aroma, sumida en pensamientos encontrados, logré conciliar el sueño.
* * *
Un reiterado cántico ondulante y alarmista nos despertó.
—¡Es el silbido bereber! ¡Nos atacan! —oí exclamar al carretero.
Miró hacia atrás esperando órdenes o refuerzos con semblante angustiado, contagiándonos su ansiedad.
El sonido era arrastrado por la brisa del desierto, engañándonos con una cercanía ilusoria, pues no había rastro de jinete alguno.
Oteé las sinuosas lomas que silueteaban el horizonte sin lograr divisar nada, pero la palpable tensión que nos invadía se convirtió en una presencia en sí, rotunda e inquietante.
El sonido de una cabalgadura trotando hasta nosotras dejó escapar algún grito asustado entre las mujeres.
Eran dos jinetes: el capitán y otro hombre de gigantescas hechuras, fiero rostro de tez de morena surcado por numerosas cicatrices y cabeza rasurada.
Nuestro carro era el primero de la fila, el más expuesto, y ambos se detuvieron a conversar un poco más adelantados, pero lo suficientemente cerca para que pudiera oírlos.
—Son los insurgentes de la tribu de Ben Alcadi, estoy seguro. Debería haberlo matado cuando tuve ocasión —se lamentó el capitán. Su voz grave y ya familiar para mí sonó rabiosamente contenida.
—No te atormentes, Dragut, lo vencimos y nos juró fidelidad, pero es muy posible que sea olvidadizo, además de belicoso y estúpido.
Su nombre era Dragut, uno de los capitanes más temibles de Barbarroja.
—Soy el representante del sátrapa de la provincia de Argel —adujo indignado y con determinación—, nombrado por el mismísimo sultán Solimán, y, como gobernador, voy a unificar a los reyes insurrectos del interior, aunque sea uniendo sus cabezas en una maldita pica, eso te lo prometo, Caramaní.
De nuevo, ese particular sonido ululado se alzó entre las dunas y, sobre ellas, apareció una amenazante hilera de guerreros bereberes tocados con blancos turbantes y montando ligeros corceles, todos con las manos en alto enarbolando su curvo acero y silbando aquel pintoresco grito de guerra.
Un unificado alarido dio inicio a su avance.
Otro feroz rugido, esta vez más cerca y apremiante, desmembró la ordenada caravana, y las carretas se dispersaron. Nuestros captores emergieron a caballo espada en mano y galoparon hacia su adalid.
—No quiero más prisioneros —fue su única orden.
Y, casi al unísono, galoparon para enfrentar aquella horda de escandalosos guerreros, alentados por el coraje de su capitán.
El carromato se ladeó para intentar retroceder y en aquel momento vi cómo las dos líneas de combatientes se encontraban entrechocando sus espadas.
Dragut derribó con feroz habilidad a su oponente y se cernió sobre los siguientes, manejando habilidoso su palafrén con una mano, al tiempo que descargaba mandobles certeros con la otra, derramando la sangre de sus enemigos.
Fue la primera vez que me pregunté si mi destino podía ser peor de lo que ya era.
Si finalmente los corsarios morían en aquella contienda, ¿qué sería de nosotras?
Si de algo estaba segura era de que no nos liberarían, y quizá tampoco se expondrían a vender algo que pertenecía al gran Barbarroja y, por ende, al sultán.
Así pues, sólo pude barajar la única respuesta posible: nos matarían.
Y, de nuevo, la Providencia se elevó estampando en mi rostro un sonoro y doloroso bofetón.
Rogué en mi fuero interno por que el malnacido de Dragut y sus huestes corsarias se alzaran con la victoria. Y me consolé diciéndome que yo acabaría con su vida, más adelante, a la menor oportunidad.