La perla del agua CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

U NA LUNA ENTRE LAS DUNAS

Tras ser desembarcadas entre pesadas argollas sujetas al cuello que nos unían en una ordenada y renqueante fila, fuimos empujadas como si fuéramos fardos.

Nos condujeron a un carromato enrejado tirado por dos bueyes, donde permanecimos hacinadas y asustadas, flageladas por un sol castigador y claveteadas por sucias miradas interesadas durante buena parte de la mañana.

El traqueteo casi llegó a ser soportable, pues al ser tantas no había espacio para chocar entre nosotras.

Mi única preocupación era que Blanca fuera sepultada, pues apenas lograba mantener la conciencia mucho tiempo.

Y, ayudada por las hermanas Monfort, logré situarnos en una esquina, de manera que yo, aferrada a las rejas de ambos lados, protegía el cuerpo de la castellana con el mío.

Sudaba copiosamente, y la cabeza comenzó a dolerme. El cansancio, el hambre y el miedo empezaron a hacer mella en mí, y mi vista apenas si lograba enfocar el nuevo mundo que me rodeaba. Parpadeaba sin cesar para aclararla y trataba denodadamente de prestar atención a mi alrededor.

Atravesamos una ciudad portuaria bulliciosa, salpicada de callejuelas estrechas formadas por rudimentarias casas de adobe.

Varias mezquitas jalonadas de saeteras punteaban el cielo de altivos minaretes mientras una amable brisa ondeaba la bandera de la media luna, insignia del sultán Solimán el Magnífico, también llamado el Gran Turco .

Cúpulas abovedadas de palacetes asomaban entre cuadrangulares edificaciones.

Una construcción rectangular amplia y de una sola planta, con numerosos ventanales protegidos con celosías que imaginé sería la madraza.

Todas aquellas obras arquitectónicas vestían de formas diversas aquella ciudad tan variopinta.

Entramos en una gran plaza plagada de tenderetes con coloridos toldos que exhibían sus mercancías, la mayoría alimentos diversos, especias y frutas extrañas. También había puestos de telas, algunas de las cuales brillaban tornasoladas bajo el intenso sol del mediodía, cautivando mi atención.

La lengua de mi raza, melódica y envolvente, resonaba por doquier, y allí, entre mis congéneres, rodeada de rostros acanelados, similares al mío, de túnicas bordadas, aljubas y turbantes, y del sonido de algún laúd engarzado al cascabeleo de los timbales, me sentí tan extranjera como las cristianas que me acompañaban.

Y no porque las rejas y las cadenas marcaran una tintineante diferencia, sino porque la raza no unía, ni la sangre.

Lo que unía era la gente que te quería, el lugar que te veía crecer, sentir y envejecer, las vivencias que grabamos de cuanto nos rodea, eso es lo que convierte un sitio en tu hogar, nada más.

Y mi hogar, a pesar de los recelos, los sinsabores y los desengaños, era Oropesa, pues, pese a las desavenencias, Leocadia me quería, y yo a ella.

Pese a las peleas y los desdeños, yo quería a los muchachos con los que me crie, y ellos me guardaban un gran afecto.

Y, pese al repudio de Pere, yo lo quise y, en algún momento, él también a mí.

Y, para bien o para mal, yo pertenecía a aquella villa, y en aquel momento me prometí regresar a ella, aunque mi destino allí fuera la muerte por traición.

No fue hasta salir de la ciudad cuando reparé en que estaba fuertemente fortificada. Grandes muros se alzaban imponentes con sus barbacanas, sus adarves y sus matacanes, similares a los que había visto en Valencia, cuando fui con Leocadia buscando un buen prestamista.

Nos detuvimos frente a unos colosales portalones de recia madera oscura tachonados por remaches de acero que se hallaban abiertos pero flanqueados por una hilera de guardias armados con picas.

Uno de ellos nos inspeccionó frunciendo el cejo y, tras un breve instante, rodeando el carromato, pasó el extremo de su pica por los bajos del transporte. Tras su comprobación, pareció satisfecho y regresó a su sitio.

Un caballo negro, regio y brioso se adelantó y su jinete saludó cordial a los guardias, trabando alborozada conversación.

Hasta mí llegó aquella risa, profunda y escalofriante, que ya conocía. Y una afilada punzada de puro odio me atravesó.

Clavé los ojos en aquella capa bermellón y deseé convertir mis pupilas en dardos envenenados.

Al cabo, el capitán retrocedió hasta el carromato y detuvo su nervuda montura frente a mí.

Volqué todo mi encono sobre él, y mis nudillos palidecieron al tensar con tanta fuerza mis dedos en torno a los barrotes.

—Guarda tu fiereza para tu futuro amo, la vas a necesitar, morisca.

Le escupí con toda la saña que pude reunir y gruñí presa de la furia.

—Habrá que adecentarte un poco, así no sacaré ni un maravedí por ti, eres poco más que un despojo enmarañado.

Luego clavó su mirada en Blanca y chasqueó la lengua contrariado.

—Me temo que no aguantará el viaje a Cabilia —sentenció pensativo—. Puesto que te has erigido en su protectora, te agradará saber que la llevaré en una de las literas cubiertas, poniendo a su disposición a uno de mis médicos. Por una mujer como ella puedo sacar una buena bolsa de oro.

—Lo único que me agradaría realmente sería rebanarte el cuello y oírte agonizar.

El hombre rio como si mi amenaza fuera una mera chanza.

—Bien, ya veremos cómo defenderé mi vida cuando te tenga enfrente y sin esos barrotes. Hasta entonces, esconde los dientes y cierra la boca o te la secará el viento del desierto.

Espoleó el lomo de su palafrén y trotó ligero hacia el final de la comitiva.

Fue entonces cuando descubrí que el nuestro no era el único carro con prisioneros.

Estupefacta, vislumbré una larga fila. También había carretas cubiertas, imaginaba que repletas de los botines de sus saqueos.

Los berberiscos montaban sus corceles como vigías de aquel desfile de desdichadas almas que partían hacia sus terribles destinos.

No tardó en llegar a nuestra altura la litera prometida, con cuatro gigantes porteadores de piel de ébano, probablemente, de origen nubio.

Blanca fue trasladada hasta ella y, para mi completo alivio, volvió a abrir los ojos, aunque el cegador sol se los cerró raudo.

Y, así, la caravana partió rumbo al desierto.

* * *

El calor, opresivo, seco e implacable, impregnó cada poro de mi piel, absorbiendo hasta el más recóndito resto de humedad que pudiera albergar.

Había sudado buena parte de mis líquidos corporales, y la escasez de agua que nos servían no lograba reponerlos debidamente.

Acurrucada en un rincón, junto a Juana y Dolores, me sumergía en continuas duermevelas, mareada, extenuada y sedienta.

—Creo que voy a arrugarme, cuartearme y evaporarme de un momento a otro. Y mis cenizas se las llevará este viento que sale del mismísimo infierno.

Abrí un ojo y miré a Juana, que resoplaba sofocada.

—Pues yo creo que antes me quedaré ciega —gruñó Dolores—. Ni cerrando los ojos logro huir de este condenado fulgor.

Resultaba doloroso mirar el desierto. Los rayos solares reverberaban en la dorada y fina arena, que proyectaba hacia arriba una especie de incandescencia luminosa.

Sobre las sinuosas dunas, que parecían de oro molido, pendía una neblina deslumbrante y difusa que se arremolinaba entre ellas, creando la ilusión de ser reptadas por una serpiente traslúcida y fluctuante.

Era la flama de un calor tórrido y abrasador que se convirtió en nuestra más dura tortura.

Arranqué tres tiras de mis sayas y pasé dos a las hermanas.

—Vendaos los ojos —aconsejé, aplicando mi consejo.

De tal guisa logré dormitar buena parte del trayecto. Y, paradójicamente, fue un frío gélido el que me despertó de un buen mordisco.

Desanudé mi venda, descubrí mis ojos y parpadeé para descubrir un paisaje de belleza subyugadora. En las ondulantes dunas, ahora teñidas de un añil intenso, la plata de la luna arrancaba destellos nacarados en la arena, que titilaban bajo un cielo estrellado y límpido.

La magnificencia de aquel evocador entorno me robó el aliento un instante.

La luna llena se me antojó más grande de lo usual, más refulgente y más majestuosa.

Y, allí, sobre las dunas, como una grandiosa perla engalanando un opulento pecho de terciopelo negro, presidió aquella noche, teñida de un misticismo casi romántico.

Sobre la loma de una duna más prominente, una figura se recortaba sombría mirando al horizonte. No estaba a mucha distancia, pero tampoco lo suficientemente cerca para que pudiera reconocer su identidad. No obstante, su porte arrogante y su corpulencia me la desvelaron.

Era él, el maldito capitán.

Me pregunté qué hacía allí, en mitad de la noche.

Quizá admiraba la belleza nocturna de un desierto que se tornaba de árido a mágico tan sólo con vestirse de nácar, o quizá simplemente estaba inmerso en sus pensamientos, tramando alguna nueva fechoría.

A buen seguro era lo segundo, pues no podía presuponerse semejante sensibilidad a una bestia inhumana.

Permaneció un buen rato inmóvil. Yo lo observaba curiosa mientras mis dientes castañeteaban y mi boca expulsaba vaharadas neblinosas.

Comencé a frotarme los brazos con vigor en un fútil intento por entrar en calor, cuando un susurro me sobresaltó arrancándome un gruñido irritado.

—¿Puedo hacer algo por ti, Isabet?

El capitán me sonrió condescendiente con un gesto mordaz en su rostro.

—Sí, coge la daga que llevas al cinto y clávala en tu corazón.

Su sonrisa se amplió divertida y negó pausado mientras se desprendía de su capa bermellón con una cinta negra cosida en los bordes.

—Ahora mismo, creo que necesitas más esto. Vas a quedarte sin dientes si no entras en calor y...

—Ya, ya, y no valdré un mísero maravedí —completé refunfuñando.

Exhaló una especie de risa sofocada que sonó más a gruñido risueño.

—Veo que comenzamos a entendernos.