La perla del agua CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

S AL EN LAS HERIDAS , ROCAS EN EL CORAZÓN

Tiritaba.

El frío mordía más que mi conciencia aquella noche, a pesar de que mis heridas latían dolorosas y amargas lágrimas quemaban mi rostro.

Había sido violada, golpeada y mancillada, recibiendo el mismo trato que Blanca, a la que abrazaba en aquella maloliente bodega como un náufrago se abrazaría a un tablón a la deriva, sólo que además luchaba contra el impulso irrefrenable de soltarlo, pues no lo merecía.

Y, a pesar de haber vivido el mismo infierno en aquella cubierta, rodeada de rufianes despiadados que mancillaron mi cuerpo y flagelaron crueles cada uno de mis sentidos, a pesar del repugnante y pegajoso fluido, que, mezclado con mi sangre, manaba de mi interior y empapaba mis muslos, a pesar de tener el rostro hinchado y lleno de cortes, a pesar del dolor y la humillación vivida, no fui capaz de derramar ni una sola lágrima.

Blanca, en cambio, liberaba su pena en un llanto inagotable que la dejaba todavía más exhausta de lo que ya estaba.

Cuando me lanzaron maltrecha hacia el fondo de la bodega, me arrastré quejumbrosa hacia ella con la intención de ofrecer algo de solaz a su sufrimiento, pero cuando logré abrazarla desde atrás y se arrebujó contra mí, descubrí que necesitaba ese calor con la misma desesperación que ella.

Y, así, combatí el frío. Un frío que en realidad no provenía de fuera, sino de mi vacía alma, que, exigua, agonizaba.

Y, a pesar de ansiar aquel calor que el contacto con ella me procuraba, supe que no mitigaría ni un ápice el helor que se extendía con tanta ponzoña como la lepra devorando un cuerpo.

Fue una noche larga, muy larga, y los escalofríos eran tan violentos que mis dientes rechinaban y gemía dolorida con cada estertor que sacudía mi agraviado cuerpo.

Entre agonizantes duermevelas, en aquel momento justo previo al amanecer, cuando la bodega estaba inmersa en la más absoluta negrura, algo desató mi instinto, haciendo sonar mis alarmas internas.

Blanca ya no lloraba, tampoco se movía. Y, aunque bien podía pensar que dormía exhausta, la tenue respiración sibilante que percibía, casi como un rasgado gemido apenas perceptible, fue suficiente para saber que algo andaba mal en ella.

Me aparté ligeramente para volverla hacia mí y palpé su rostro.

—Blanca..., ¿qué te ocurre?

Recibí un siseo quebradizo por respuesta, y en mi inspección descubrí que había algo dentro de su boca. Lo toqué angustiada y, por el tacto, supe que era un trozo de paño.

¡Se ahogaba!

Comencé a extraerlo con premura y, cuando despejé su boca de aquel trapo inmundo, oí además un gorgoteo extraño que me inquietó más.

Pasé las manos por su cara inflamada y cubierta de costras que empezaban a resecarse, y cuando descendí por su cuello, proferí una sonora imprecación al descubrir una pátina resbaladiza, tibia y pegajosa en un lateral.

¡Era sangre fresca! El aroma a herrumbre era inconfundible.

Recorrí con la yema de los dedos su resbaladiza piel, hasta que reparé en un pequeño orificio por el que brotaba la sangre.

Utilicé lo único que tenía a mano, aquel deshilachado paño.

Lo estiré como pude y lo rasgué a ciegas, intentando crear una tira que pudiera anudar en torno a su cuello.

Maldije aquella negrura, maldije a Dios y, sobre todo, a mí misma.

Cuando logré atarlo, tratando de no presionar demasiado pero sí lo suficiente para detener el sangrado, me percaté de que lo estaba haciendo entre sollozos.

—No puedes morirte... —gemí, ya rendida al llanto.

La acuné entre mis brazos, apartando a ciegas pegajosos mechones de su cabello de las mejillas y suplicando a quien quisiera escucharme allí arriba que la salvara.

Froté sus brazos y palmoteé sus mejillas, pero ella continuaba inerte, y con su cuerpo flojo entre mis brazos me tumbé de nuevo. Quizá si la muerte venía antes del alba, fuera tan piadosa de llevarnos a las dos...

* * *

Entreabrí los párpados, distinguiendo delgados filamentos de luz atravesando la penumbra, trazando líneas en los tablones del suelo, como si el sol pintara rejas a nuestro alrededor para recordarnos nuestro cautiverio.

Olía a podredumbre, a miedo, a angustia y a resignación.

El rumor de las olas chasqueando contra el maderamen del navío, los rotundos y huecos pasos tachonando la cubierta superior, las órdenes gritadas con vehemencia y el zumbido del viento ondeando el paño de las velas anunciaban una nueva jornada, que ya olía a terror y a incertidumbre.

Cuando intenté separarme de Blanca para comprobar su estado, oí un murmullo cuarteado y seco al despegar los restos de mi jubón jironado del de ella, al haber quedado adheridos por sangre reseca y restos de inmundicia.

Inspeccioné el lívido rostro de la castellana y contuve el aliento.

La zarandeé con suavidad y no dio señales de vida. Acerqué mi oído a sus labios y apenas percibí un leve aliento, tan débil que me resultó escasamente perceptible.

Volví a sacudirla y de su mano cayó algo en mi regazo.

Cogí un colgante que lucía una cruz tallada en hueso y maldije entre dientes.

La base acabada en punta estaba teñida de sangre seca.

Fijé mi atención en la rudimentaria mordaza con que había taponado la herida de su cuello y observé que era parte del bajo de su falda.

Y entonces lo comprendí todo, con un opresivo nudo atenazando mi pecho.

Había intentado quitarse la vida clavando aquella cruz en su cuello y se había metido un trozo de tela en la boca para impedir quejarse, o quizá para provocarse la asfixia. Y una vez más yo había interferido en su destino; no supe si para bien, a tenor de la vida que nos aguardaba.

* * *

Ninguna otra mujer fue vejada. Tan sólo Blanca y yo habíamos sido vilipendiadas tan cruentamente.

Aquella mañana, cuando nuestro guardián bajó a la bodega portando un cubo en cada mano, uno de agua y otro con gachas, se limitó a sacudir con la punta de su pie el cuerpo de Blanca para comprobar si respiraba.

—¡Está viva, perro inmundo!

Por toda respuesta, me lanzó un puntapié en el costado que me dobló en dos.

—Está casi muerta, y como no mantengas esa boca cerrada pronto le harás compañía.

Me miró furioso y se alejó hacia el fondo, donde el resto de las mujeres se apiñaban asustadas. Repartió cazos con agua fresca y volcó en las manos ahuecadas de las prisioneras una porción de aquella masa blancuzca que ellas se apresuraban a devorar.

Cuando pasó por mi lado pareció titubear, mirándome con desdén.

—Faltamos nosotras —increpé más altanera de lo debido.

El hombre, de orondas formas y mugriento aspecto, posó su escrutadora mirada en Blanca y, negando con la cabeza, chasqueó la lengua.

—Tu amiga pronto será pasto de los peces, no voy a malgastar comida en ella. Comparte la tuya si te place —masculló introduciendo el cazo en el cubo de las gachas.

Ahuequé las manos esperando mi ración, pero en lugar de depositarla en ellas, dejó caer el puñado de gachas en los tablones del suelo con una sonrisa malévola.

Me precipité hacia el montón grumoso esparcido a los pies del hombre e intenté reunirlo con las manos para tomarlo en ellas, pero se escurría entre mis dedos. Terminé agachada comiendo del suelo como una alimaña famélica al tiempo que cogía restos de gachas y los guardaba en mis puños.

Oí la risa del carcelero y, cuando ya se iba, lo llamé.

—¡Mi agua!

El hombre se detuvo justo al pie de la escalera que subía a cubierta. Agarró el cubo del agua, se acercó de nuevo y volcó todo su contenido sobre mi cabeza.

—Su agua, mi señora —se mofó carcajeándose.

Lo fulminé con la mirada, pero no me detuve mucho en maldecirlo. Tomé los largos mechones de mi cabello empapado, los alcé y los retorcí para beber las gotas que caían en mi boca; gotas que rezumaban la suciedad y la sangre que cubrían mi cuero cabelludo, pero líquido, al fin y al cabo.

Me arrastré hasta Blanca, entreabrí sus labios y dejé que mi cabello goteara en ellos.

Procuré extraer hasta la más ínfima gota de agua, y luego, abriendo los puños, donde albergaba míseros restos de comida, la introduje en su boca.

Era una cantidad tan escasa que apenas supondría un aporte de alimento adecuado para mantenerla con vida, pero era cuanto podía hacer por ella.

Que no despertara era sin duda una mala señal, pero al menos seguía respirando.

Cada nuevo día, nuestro carcelero repetía su rutina, comprobaba si Blanca estaba viva y me dejaba mi ración en el suelo. Una ración que tenía que pelear.

Que nuestro rincón estuviera más apartado del resto, que el intenso olor de la sangre las atrajera o que el cuerpo inerte de Blanca despertara su curiosidad nos convertía en el foco de sus ataques: las ratas eran cada vez más temerarias y ya no se conformaban con acecharnos o con esquilmar mi porción de gachas de entre los tablones del suelo.

No, ahora su objetivo éramos nosotras, en particular, Blanca.

Hasta para aquellos animales inmundos, resultaba patente que la muchacha agonizaba.

Ya había matado a dos, con la puntiaguda cruz de hueso, y entre los chillidos y los gruñidos de mis atacantes peludos, las mujeres del fondo se arrinconaban temerosas entre gritos de espanto.

Sólo dos de ellas se aprestaron a ayudarme cuando me vieron patear y manotear rezongando furiosa para ahuyentarlas.

—Si te muerden, estás perdida —advirtió una de ellas—: portan la peste.

No teníamos mucho con que pelear, pero entre las tres logramos mantenerlas a distancia.

—Resulta admirable tu tesón por mantenerla con vida, Isabet —murmuró una de ellas.

Juana y Dolores eran vecinas de la villa e hijas de Andrés Monfort, el alfarero.

—No hay nada admirable en mí, te lo aseguro —proferí, dejando que aquel puñal en mi conciencia se hundiera un poco más.

—¿Qué hacías en la villa tan temprano? —inquirió Juana—. Cuando te vi con ellos, subías la cuesta del castillo.

Las observé largamente, preguntándome qué harían si supieran la verdad.

—No pasaste la noche en la alquería de los Llerán, ¿no? —insistió mirándome suspicaz.

—No, me quedé en los acantilados llorando hasta que me dormí.

No era una mentira, tan sólo una verdad incompleta. Y si algo tenía claro era que, para poder ser de alguna ayuda, debía estar viva. No las creía capaces de un linchamiento, pero no necesitaba más enemigas. Ya me tenía a mí misma.

—Verte ahí, luchando denodadamente por la mujer que te relegó de la vida de Pere es, cuando menos, insólito.

—Ella no usurpó mi lugar —respondí, comprendiendo en aquel momento, libre ya de la ira que había embotado mi juicio, que sólo hubo un culpable en mi desdicha—.

Yo nunca tuve lugar en la vida de Pere, y mucho menos en su corazón, pues, de haberlo tenido, jamás me habría suplantado con tanta ligereza.

Podría decirse que Blanca fue tan víctima como yo de los caprichos de un hombre voluble y sin honor.

Ambas me contemplaron con expresiones muy diferentes: Juana con recelo y extrañeza, y Dolores con estupefacta admiración.

—¿Por qué permaneces tan alejada de nosotras? Juntas, al menos, nos damos calor y nos reconfortamos.

La respuesta a esa pregunta era que me sentía indigna de compartir su compañía, que la culpa me ahogaría todavía más, que ver su miedo y su desesperación incendiaba de manera virulenta aquella culpabilidad que me roía con tanto enojo las entrañas.

La respuesta era que prefería las ratas a contemplar la oscura cara de mi alma.

—Aquí estáis a expensas de las ratas. Entre las demás, no se atreverán a atacaros. Si te duermes, y lo harás, irán a por vosotras.

Suspiré profundamente y acepté resignada, admitiendo que debía transigir en favor de Blanca. Quizá contemplar mi alma era el primer paso para redimirme.

—Apenas puedo ponerme en pie —confesé—, mucho menos arrastrar el cuerpo de Blanca hacia allí.

—Lo haremos nosotras.

Ambas hermanas se afanaron para deslizar a la castellana junto al grupo de mujeres sentadas en el suelo de la bodega, aferrándola de los brazos.

De inmediato, le hicieron hueco, y algunas, despojándose de lo prescindible, comenzaron a arroparla con sayas arrancadas y algún mantonet bordado de alguna dama de más abolengo.

Dolores volvió a por mí y me ayudó a ponerme en pie. Me dolía todo el cuerpo.

—¿Por qué no os habéis acercado hasta ahora? —inquirí tratando de coordinar cada paso entre quejidos que intentaba sofocar apretando los dientes. Aquella mueca me recordó que tenía el labio inferior partido.

—Temíamos una represalia si os ayudábamos.

—Ya, claro, nunca viene mal que haya dos juguetes con los que se entretengan, para evitar que os presten demasiada atención.

Mi reproche hizo que Dolores bajara la vista.

También logró que me sintiera miserable al saber que yo era la menos indicada para recriminar nada.

Sentí sal en mis heridas y rocas en mi corazón, pero, sobre todo, un infinito rencor, y no sólo hacia mí, sino hacia aquellos piratas y, en especial, hacia el horrible hombre que los gobernaba.

Cuando me acercaron al grupo, percibí más de una mirada de desagrado, de desconfianza y de rechazo. Quise pensar que tal vez era tan sólo una ilusión que la culpabilidad dibujaba en mi mente, pero mi parte más racional reconoció aquellas emociones porque ya las había vivido.

Decidí no prestarle mayor atención y me coloqué junto a Blanca, apoyando su cabeza en mi regazo.

De pronto, un sonido nos paralizó.

El reconocible graznido de las gaviotas surcó aquel cielo que llevábamos días sin ver. Navegábamos cerca de la costa, quizá habíamos arribado a nuestro incierto destino.

Entre el crujido del maderamen, los angustiados murmullos de las mujeres y el chasquido de las largas palas de la galera zambulléndose en el mar, un rasgado gemido resaltó sobre aquellos sonidos, captando toda mi atención.

Deslicé la vista hacia la mujer que acunaba en mi regazo.

Blanca de Zúñiga tenía sus grandes ojos azules clavados en mí.

Y en aquel instante hice algo que pensé que sería incapaz de repetir tras aquel trágico día. Sonreí.

—¿Dón... de es... tamos? —logró balbucear.

—Me temo que acabamos de llegar a Argel.