CAPÍTULO 6
H ABLEMOS CLARO
—Bien —comencé mientras intentaba inútilmente adecentar mi pelo, sin saber muy bien por qué me preocupaba de algo tan superficial, y más sabiendo que mi rostro era una mezcla entre Samara Morgan y la monja de El conjuro en aquel momento—, tienes toda mi atención.
Tres meses esperando que resucite un zombi debe de esconder una buena razón de peso.
Luis me observó frunciendo ligeramente el ceño en una mueca entre divertida y curiosa.
—Sin gafas pareces hasta humana —adujo mordaz.
—¿De veras? —repliqué caricaturizando una sonrisa tirante—, yo también me alegro de eso, y de que ya no exista la Santa Inquisición: tengo toda la pinta de salir malparada de un auto de fe.
Luis volvió a reír. Se inclinó hacia delante y se secó las palmas de las manos en las rodilleras de sus vaqueros desgastados.
—Una bruja humana y condenadamente graciosa.
—Desembucha o me pongo las gafas.
Alzó las manos en señal de rendición y chasqueó la lengua divertido.
—Eso es una amenaza, y no la del cambio climático.
Crucé paciente los brazos bajo el pecho y lo miré expectante.
—¿Qué quieres de mí?
—Ayudarte.
—¿A...?
Luis pareció titubear. Sus dedos se crisparon en sus rodillas, su marcado mentón se tensó visiblemente y sus labios se sellaron contenidos.
—A descubrir quién te atropelló. Yo lo vi todo, estaba en la terraza del bar, justo frente a tu coche.
—Creo que eso es deber de la policía, no mío —aclaré incrédula—, ni tuyo —apostillé seca.
—Ese tipo fue a por ti, no fue un accidente.
Alcé las cejas sorprendida por aquella revelación.
Y, de repente, aquella pieza que no terminaba de encajar en la versión que Julia me había dado del atestado policial refulgió titilante en mi cabeza.
Yo no cruzaba despistada, a decir verdad, miré muy bien a ambos lados de la calzada; simplemente, aquel coche apareció de la nada y se me llevó por delante. Aquel flamante flash relumbró con inusitada intensidad.
—¿Cómo lo sabes?
—El vehículo que te atropelló estaba aparcado unos metros detrás del tuyo, salió del estacionamiento cuando te vio aparecer y enfiló hacia a ti acelerando cuanto pudo.
Fruncí el ceño y lo miré recelosa e irritada.
—¿Y puedo saber por qué no has dicho todo eso a la policía? ¿Sabías que la ocultación de pistas es un delito?
Luis asintió grave; en su rictus pude ver preocupación, pero también inquietud y cuidado en medir bien sus palabras. Se pasó las manos por su abundante cabello negro y resopló largamente.
—No es lo mismo una investigación por atropello accidental, aunque el culpable sea un ladrón de coches, que un caso de intento de homicidio en grado de tentativa.
—Parece que estás muy versado en temas legales.
Perfiló una media sonrisa cínica y suspiró profundamente, con pesadez y casi desidia.
—Lo estoy —admitió escueto.
—Ahora sólo falta que me sueltes que eres abogado criminalista y que quieres llevar mi caso.
—No soy nada de eso. Y deberías dejar de lado las bromas: éste es un tema serio.
—Entonces explícame de una puñetera vez de qué va todo esto —barboté impaciente.
Sus ojos relampaguearon un instante. Era tan patente la lucha que libraba en su interior que mi desconfianza creció al mismo ritmo que mi malestar.
—Sólo te diré que no quiero ni me interesa una mierda que me involucren en un caso de intento de homicidio. Estoy fichado, estuve en la trena, y no quiero problemas. Es todo.
Entorné la mirada suspicaz mientras mi mente buscaba cabos sueltos a cada una de sus palabras.
—¿Y por qué no te alejaste del lugar del atropello en lugar de colaborar diciendo que viste el coche dándose a la fuga?
—¿Porque no soy un cabrón desalmado? —replicó ofendido—. Tampoco lo pensé en aquel momento, me quedé bastante en shock al ver cómo la estirada bibliotecaria volaba por los aires ante mis ojos por culpa de un tipo que sí lo es.
Se pasó las manos por el rostro refregándolo burdamente y volvió a mirarme buscando en mí una comprensión que no llegó.
—Pero hasta ahí debe llegar mi implicación en esto. Una cosa es que aporte detalles que sirvan para encontrar al culpable de un homicidio imprudente, y otra...
—Y otra, que se abra un caso mucho más peliagudo para ti por tus antecedentes —completé sin alisar mi ceño.
—Exacto, premio a la señorita sin gafas.
—Pero... tu buena voluntad te obliga a que me adviertas de que hay un tipo que esperó paciente para matarme intencionadamente, para que tenga cuidado, ¿no es así?
Y, de ese modo, tu conciencia se libera del peso de la culpabilidad y puedes coger tu libro, tu moto y tus asuntos y largarte por fin de aquí.
—¿Cómo sabes que tengo una moto?
Dirigí la vista a sus manos. Mi teoría se confirmaba al observar que el bronceado de su piel silueteaba con notoria precisión unos guantes de moto.
Y, por si eso no bastara, la insignia de una Harley asomando del bolsillo delantero de sus vaqueros en un llavero podría considerarse como prueba concluyente.
Siguió mi mirada y sonrió guiñándome un ojo.
—Muy sagaz, querida Watson.
—¿Y tú cómo sabías cuál era mi coche?
—Eres jodidamente lista —alabó con franca admiración.
Descrucé los brazos y me apoyé en la almohada sin dejar de mirarlo. Comenzaba a estar cansada, pero debía llegar al fondo de ese asunto.
—Bien, vale, tú ganas —cedió resignado—. Te vi llegar en él aquella tarde. Estaba sentado justo en la misma terraza cuando aparcaste allí. Por supuesto, aún no sabía que eras la bibliotecaria. Yo estaba tomando un café y haciendo tiempo hasta la apertura.
—Y, claro, mis gafas te llamaron la atención.
—Es posible —admitió dejando que sus ojos vagaran por mi rostro un buen rato—.
Y, ahora que caigo, no las necesitas en realidad, ¿verdad?
Tienes vista de lince. Apuesto a que las usas sólo para que te den más autoridad, o quizá para esconderte tras ellas.
También ocultas esa larga melena oscura en un moño estirado.
Sí, te ocultas —asintió para sí—. ¿Por qué?
Seguro que la respuesta no te la saca ni la Santa Inquisición bajo tortura.
—La respuesta no te incumbe, tampoco yo, así que ya puedes soltar amarras.
Has cumplido lo que llevabas tres largos meses esperando.
—Hice una pausa ante otra pieza que se resistía a encajar y volví a la carga—: Por cierto, ¿era necesario que vinieras todos los días a visitarme?
Con decirle a Julia que te avisara si yo despertaba era suficiente.
—Me gustaba mirarte. —Hizo una pausa intencionada y añadió—: Y sigue gustándome.
Su respuesta me desarmó. No fui capaz de sostener su penetrante mirada, y simplemente cerré los ojos dando por terminada la conversación.
—Cierra al salir, ¿quieres?
—No voy a ningún lado.
Abrí los ojos de nuevo y lo miré contrariada y molesta.
—No tienes nada más que hacer aquí. Te agradezco tu preocupación y tu aviso.
—Tengo mucho que hacer aquí —replicó determinado.
—¿Como por ejemplo...?
—Protegerte —respondió rotundo.
—¡Oh, por Dios...! —bufé exasperada—. Si vas a erigirte en mi paladín, casi prefiero que me atropellen otra vez.
La mirada furiosa de Luis centelleaba lanzándome rayos invisibles pero punzantes que consiguieron que lamentase mi desafortunado comentario.
—Eres una borde insufrible, seguro que te lo dicen mucho.
—Con Rottenmeier creo que lo engloban, sí.
—Debieron de joderte bien en el pasado —aventuró poniéndose en pie— para que te parapetes tras ese escudo cínico y ofensivo con el que sales al mundo. Pero, ¿sabes?, no todos somos unos cabrones desalmados.
—Pues, mira, a mí ya me han pillado dos.
—Y no imaginas cuánto lo lamento, pero voy a decirte algo, tu Rottenmeier no me va a espantar.
—¡Qué suerte la mía! —me mofé con dureza.
—Mañana volveré, te guste o no.
—No te necesito.
Luis, que ya alcanzaba la puerta, se volvió para lanzarme una mirada condescendiente y una sonrisa tan confiada que me malhumoró en grado sumo.
—Me necesitas, y más de lo que crees.
Y salió dando un sonoro portazo.
Gruñí enfurruñada, y justo en ese instante otra imagen refulgió clarividente en mi cabeza. Aquella Harley situada junto a la terraza del bar era su Harley.