CAPÍTULO 5 #2
Julia puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza esbozando una sonrisa paciente.
—Preguntaré si pueden adelantarte la comida: te saltaste el desayuno, trasnochadora —murmuró saliendo del cuarto.
Extraje el libro del pirata y lo ojeé por encima.
Pensé en aquel hombre de la biblioteca y mi inusitada curiosidad por él.
Probablemente daría por extraviado aquel volumen y habría desaparecido para siempre.
Sin embargo, no me pareció justo que se quedara sin un libro de su autoría, pues era obvio que debía de significar mucho para él.
Tal vez era un proyecto importante, o tan sólo una afición; sea como fuere, era suyo, y lo menos que podía hacer era buscarlo de algún modo, quizá por redes, para hacerle saber que estaba en mi poder.
Porque a veces podía ser muy arpía, pero mi sentido de la justicia era elevado y recto.
Julia regresó triunfal portando una bandeja con un plato cubierto, un botellín de agua y un yogur. Me arrebató el libro y lo metió en el cajón de la mesilla.
—El doctor Muñoz se ha pasado muy temprano, pero como dormías no quiso despertarte. Volverá cuando acabe su ronda. Además de guapo, es un encanto, ¿no te parece? —Suspiró con gesto prendado.
—No está mal —admití con marcado desinterés.
—¿Qué tiene que tener un hombre para que logre llamar tu atención?
—La suficiente inteligencia como para dejarme en paz —respondí clavando una mirada ansiosa en el plato.
Puso los ojos en blanco y depositó la bandeja en la mesilla. Acto seguido, levantó la tapa, mostrando la insulsa estrella principal: un consomé.
—Eso sí que es una buena patada en el culo —mascullé resignada.
—No te quejes, muchacha consentida, debes empezar por dieta blanda para que tu estómago recuerde cómo digerir.
Respiré profundamente y asentí de mala gana.
—Si mis pulmones recuerdan cómo respirar, no entiendo por qué don Estómago necesita clases. Pero, en fin, que el bueno de Carter entre en mí —bromeé resoplando frustrada—. Anda, levanta ese sarcófago dichoso y alza al faraón.
Una vez sentada y con el consomé a tiro, me aboqué al plato como si no hubiera un mañana. No importó que no llevara sal, ni que estuviera aguado, ni tan siquiera algo amargo.
—Veo que te gustan las patadas —se mofó Julia, disfrutando del espectáculo cavernícola que estaba dando.
—Bueno, me han dado unas cuantas, acostumbrada estoy, pero este mejunje está horrible —confesé rebañando el plato prolijamente—. ¿De qué narices está hecho? ¿De achicoria?
Me detuve un instante sorprendida ante aquel comentario. Mi amiga también me miró con extrañeza.
—¿Desde cuándo conoces tú la achicoria?
—De nunca, creo que es la primera vez que pronuncio esa palabra. Tampoco estoy muy segura de lo que es. Ni sé por qué la he mencionado.
—Quizá la hayas oído en alguna peli, o la leíste y te acaba de venir a la cabeza —sugirió.
—Es posible —contesté tapando el relamido plato—. Espero que esta tarde me pongan un buey para merendar como poco.
Julia me miró fijamente. Su expresión siempre atenta, alegre y aguda se suavizó en una mueca tierna, casi conmovida.
—Anda, ven.
Abrí los brazos, y ella se cobijó en ellos y me estrechó con fuerza.
—Tenía tantas ganas de oír tus bromas...
Su tono emocionado me contagió y liberé todo el cariño que sentía por ella.
En ese instante, la puerta se abrió y un carraspeo logró separarnos.
El apuesto doctor Muñoz nos observaba risueño.
—Amor y alimento son la mejor medicina —musitó complacido—, aunque seguro que puedo hacer algo por ti.
—Por lo que me ha contado, ya ha hecho bastante —repliqué devolviéndole la sonrisa.
Se acercó a la cama con aplomo y mirada escrutadora. Retiró la mesilla a un lado y se inclinó sobre mí para examinarme.
—Todo está perfecto —dijo al cabo.
Se sentó a mi lado cubriendo mis piernas con la sábana en un gesto paternal.
—Tu cuerpo ha sanado rápido, y aunque te esperan tres meses de rehabilitación intensiva, como te dije, puedo asegurar que no te quedarán secuelas. Cómo lográis regresar del coma es uno de los misterios de la medicina.
—Seguramente sea un recurso que el cuerpo tiene a mano para evitar un exceso de sufrimiento. O una especie de reseteo interno, o tal vez incluso una indecisión.
—¿Una indecisión? —inquirió curioso.
—Quizá el alma evalúa si le merece la pena volver o no.
El doctor Muñoz agrandó impresionado sus bonitos ojos castaños y me sonrió abiertamente, mostrando su perlada y perfecta dentadura.
—Interesante reflexión, y muy posible —aceptó pensativo—.
No hace mucho leí un libro fascinante sobre confesiones de pacientes que regresaban de comas profundos llamado Al otro lado del túnel , del doctor José Miguel Gaona.
Te lo recomiendo, muestra diferentes teorías y experiencias con un punto en común.
—Yo no recuerdo haber visto la famosa luz al final del túnel, doctor Muñoz.
—De igual forma, puede resultarte interesante.
Él me observó largamente sin perder su sempiterna sonrisa, lo que consiguió inquietarme.
—¿Hay algo más que deba saber?
—Eeeh, no, no, sólo esperaba por si deseabas preguntarme algo más.
Pareció nervioso e inseguro repentinamente. Se puso de inmediato en pie, adoptando una pose y una expresión más profesionales.
—De momento, no —aseveré—, pero seguro que se me ocurre algo.
—En tal caso, estaré a tu entera disposición.
Asentí con una sonrisa agradecida, y él me devolvió el gesto atusándose su espeso pelo castaño claro.
—Pasaré mañana a verte. Por cierto, ¿qué tal tu primera sesión?
—Odio las paralelas.
Rio abiertamente. Tuve que admitir que era muy atractivo.
—Más motivo para desear perderlas de vista cuanto antes.
—Tengo muchos motivos para querer perder todo esto de vista.
—No lo dudo, pero te aseguro que yo gano mucho sin bata.
Reí la gracia, aunque en su mirada detecté cierta profundidad que me desconcertó.
—Estoy segura, doctor Muñoz.
—Simón —prefirió.
—Simón —repetí para su agrado.
Tras una última sonrisa que bien podría haber barrido en un casting televisivo de pasta dental, salió de la habitación con porte algo rígido.
—Pues tengo la impresión de que tú no le eres indiferente al bueno de Simón.
—Vaya, lo creía más listo.
Julia torció el gesto y puso los ojos en blanco.
—Bueno, espero que no le pongas pegas al siguiente.
—¿Al siguiente?
—Sí, a mí me tiene embobada. Además, no ha faltado un solo día desde el accidente. Fue uno de los testigos presenciales.
Con pícara mirada y sonrisa expectante, miró el reloj justo cuando unos golpes sonaron en la puerta.
—Adelante.
No me pasó por alto el tono ansioso de Julia, ni la desacostumbrada agitación de la que apenas hacía gala. Intrigada, miré hacia la puerta, que comenzó a abrirse lentamente.
De todas las personas que podrían haberla atravesado, jamás habría adivinado de quién se trataba.
Unos penetrantes y rasgados ojos verdes se abrieron sorprendidos al verme sentada en la cama.
Compartí su genuino asombro y ambos permanecimos estupefactos unos segundos sin saber qué decir.
El enigmático Luis Roig avanzó hacia mí mientras Julia aprovechaba para dejarnos solos.
—Hola, primo —atiné a decir tratando de sonar indiferente.
—Hola, prima —respondió.
—A no ser que me esté saliendo barba roja, no entiendo qué haces aquí.
La carcajada profunda y clara que brotó de su garganta rebotó por toda la habitación, pintando de chispeantes colores sus blancas paredes.
Miré subrepticiamente el cajón donde estaba el libro. Estaba segura de que su presencia allí se debía a él.
—Creí que, en lugar de arrojarte por algún acantilado, habías optado por hacerlo sobre un capó, y me sentía culpable.
—Creíste bien —afirmé socarrona.
Él alzó una ceja mordaz y se sentó en el sillón, cruzando indolente sus largas piernas.
—Sabía que lo conseguirías —afirmó con cierto orgullo en su tono.
—Gracias, y si no lo hubiera conseguido quizá Julia te habría ayudado a mirar en mi bolso.
Frunció el ceño confuso. Me incliné y abrí el cajón.
—Ahí lo tienes.
—No estoy aquí por mi libro, ni he venido a hablar de él: no soy Umbral.
Esta vez fui yo la que rio con ganas.