La perla del agua CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

M I OTRO PRIMO

—Pssst..., Julia —repetí alzando la voz.

Ella cambió la posición, pero continuó bufando inmersa en su sueño.

Sacudí su mano con la mía, y el rítmico ronquido se cortó de golpe en favor de un gruñido quejicoso.

Entreabrió somnolienta los ojos y bostezó largamente. Cuando enfocó la vista y la deslizó hacia mí, su mirada se agrandó impávida y de sus labios escapó un gemido sorpresivo.

—¡Santa Virgen de la Paciencia! —exclamó poniéndose en pie e inclinándose emocionada sobre mí.

Atinó a encender el tubo fluorescente situado encima de mi cama y me observó preocupada.

—Tú y tus vírgenes —musité con sorna.

Julia me sonrió entre lágrimas y se abrazó a mí con fuerza.

—Si sigues apretándome así, ni tus vírgenes podrán salvarme.

Se apartó de mí mirándome ceñuda, pero al cabo soltó una sonora carcajada.

—Estar al borde de la muerte no ha suavizado tu carácter, trasto.

Sonreí divertida ante la mención de mi apodo particular.

Así me llamaba ella cuando la hacía objeto de mis bromas.

Julia era la única persona en el mundo con la que liberaba mi humor más socarrón y travieso, una faceta que sólo le mostraba a ella.

Al resto les dedicaba un humor más incisivo y afilado.

—Tranquila, ni la muerte me quiere —proferí sardónica.

—No te atrevas a bromear con eso o volveré a abrazarte.

Esta vez fui yo la que rio y abrió los brazos para recibirla de nuevo.

Julia se cobijó en mi pecho y, como siempre sucedía, quizá porque era más pequeña que yo, quizá porque yo sentía un irrefrenable sentimiento protector hacia ella, terminé siendo yo quien acabó acunándola y ofreciéndole consuelo.

Sentí cómo sus lágrimas mojaban mi camisón de hospital, y acaricié su corto cabello con mechas susurrándole que todo estaba bien. Ella se desahogó hasta liberar todo el miedo y la preocupación sentida por mí.

—Chis, mi niña, he regresado, y pienso dar mucha guerra —aseguré alzándole la barbilla y mirándola con gesto tranquilizador.

—Te llevo trece años, pero me encanta que me llames así —replicó sorbiendo sonoramente por la nariz.

Intenté incorporarme, pero mis fuerzas no acompañaron la intención.

Gruñí frustrada, y Julia cogió un mando que había sobre la mesilla, a mi izquierda, y me lo entregó.

—Gradúa la posición en la que te sientas más cómoda, no seas bruta.

Miré el artefacto como si hubiera caído del espacio exterior, hasta que mis neuronas comprendieron el básico manejo.

Puse los ojos en blanco y resoplé reprendiéndome mentalmente por mi torpeza inicial.

Presioné la flechita superior y la cama comenzó a incorporarse poco a poco.

Cuando adopté la posición deseada, me incliné ligeramente para depositarlo en la mesilla.

Reparé en un espejo de bolso redondo y abierto sobre la superficie, y lo cogí para mirarme.

Había perdido peso, estaba tan pálida como aquellas ásperas y rígidas sábanas de hospital, y unos cercos oscuros rodeaban mis ojos, que parecían más grandes dado que mis mejillas habían menguado notablemente.

—¡Dios santo, qué mal me sienta el blanco, creí que era un color de morenas! —bromeé resoplando ceñuda.

—Desde luego, no ha vuelto otra en tu lugar ocupando tu cuerpo —murmuró jocosa.

—¿Quién iba a querer ocupar este desastre? ¿Me has visto? Si parezco la niña de The Ring .

Julia soltó una abrupta carcajada. Luego, casi en el acto, se tapó la boca y encogió los hombros, mirando expectante hacia la puerta.

—Como nos haya oído Miss Simpatía, es capaz de echarme.

—¿Miss Simpatía? —inquirí divertida.

—Sí, esa arpía vestida de blanco que se hace pasar por humana, la jefa de enfermeras.

Sofoqué una carcajada. Sabía a quién se refería.

—Si atraviesa esa puerta voy a desear regresar a mi pozo —murmuré risueña.

—Pues me obligarás a sacarte de él, Samara Morgan —afirmó con firmeza.

Ambas reímos todo lo silenciosamente que pudimos.

—Veo que te impactó la peli —mascullé masajeando el cosquilleo que burbujeaba en mis mejillas, fruto de la contención.

—Tanto que no veo el momento de cortarte el pelo.

No pude más. Reí hasta que mi garganta se quejó dolorida. Comencé a toser y Julia me acercó un vaso de agua.

Bebí con ganas, lo que provocó que me atragantara. Tosí varias veces hasta que me mareé y me recliné sobre la almohada.

—Estás muy débil —me regañó mi amiga con preocupación—. Tu maldito sentido del humor hace que me confíe, pero acabas de salir de un coma. Va a llevarte un tiempo adaptarte de nuevo a tu vida de trasto.

—Mi maldito sentido del humor ha sido siempre mi chaleco salvavidas —regruñí ceñuda, aunque le dediqué una sonrisa traviesa—. Y ya sabes que muy paciente no soy.

—Vaya si lo sé... Aún recuerdo la vez que llamaste a tu compañía de fibra óptica y despotricaste en cuanto te pasaron con incidencias tras cinco minutos de hilo musical. Parecías una gorgona.

—Joder, aún resuena en mi cabeza aquella canción infernal.

Julia se ajustó sus gafas de montura de pasta negra y me miró recriminadora.

—Pues ahora yo misma me ocuparé de que seas paciente —amenazó con determinación.

—¿Desde cuándo duermes con las gafas puestas?

Ella resolló simulando impaciencia, pero no pudo estrangular una chispeante sonrisa.

—Desde que no recuerdo que las llevo puestas.

Cogió el mando y devolvió mi cama a su posición original.

—Anda, crúzame los brazos sobre el pecho y ponme un cetro entre ellos a lo Tutankamón —me quejé guiñándole un ojo.

—Eres un trasto encantador —repuso entre risas.

—Un trasto inútil aún —me lamenté huraña.

Julia me fulminó con la mirada y yo alcé una mano en son de paz.

—Vale, vale, seré paciente, tan paciente como Howard Carter esperando a Lord Carnarvon todo un año para abrir la tumba de Tutankamón.

—Seguro que, en el otro lado, Anubis te devolvió a la Tierra de una buena patada en el culo —arguyó Julia, arropándome diligente con la sábana—. Haz el favor de dormir o nos echarán a las dos.

—Así, hazme un peeling de paso... Aunque con lo que raspan estas condenadas sábanas bien podrías limarme las uñas —gruñí recalcitrante.

—Te amordazaré con ellas si no te callas y descansas.

—Si no te parecen mucho tres meses de descanso...

—¡A callar! —ordenó con firmeza.

Su ceño y sus labios fruncidos con disgusto consiguieron rendirme, y respiré profundamente antes de cerrar los ojos.

No tenía sueño, pero sí me encontraba mareada.

—¿Han encontrado al tipo que me atropelló? —pregunté, y me apresuré a añadir—: Sigo con los ojos cerrados, ¿eh?

—Pero no la boca, debes desc...

—Quiero saberlo —insistí tenaz.

—Se dio a la fuga, encontraron el coche porque hubo testigos presenciales, pero era robado.

Lo más curioso de todo era que recordaba esos precisos detalles del entorno del accidente, pero no lograba recordar siquiera el color del coche robado, a pesar de haberlo visto.

—La teoría de la policía es ésa —agregó quitándose las gafas y guardándolas en su estuche—: había robado el vehículo y circulaba con él cuando te atropelló.

Seguramente cruzaste sin mirar, él iría nervioso y no supo esquivarte.

Siguen sin saber quién fue, pero aseguran que lo encontrarán.

Suelen ser reincidentes, y además están acudiendo a informantes de la zona, antiguos delincuentes que colaboran con ellos.

Tuve la inquietante impresión de que algo no terminaba de encajar en mi inconcluso y difuso recuerdo.

A pesar de haber rescatado detalles sueltos e inconexos, algo en esa teoría me chirrió.

Escudriñar en mi mente me aturdió lo suficiente para decidir olvidar por el momento el tema, hasta encontrarme más lúcida y recuperada.

Un pulsante y regular latido doloroso floreció en mi sien y se extendió a la parte alta de mi cabeza. Debí de hacer un mohín que alarmó a Julia.

—¿Qué te ocurre?

Abrí los ojos e intenté sonreír despreocupada.

—Nada que me devuelva a Anubis, puedes tranquilizarte. Sólo es un dolor de cabeza.

—Un dolor de cabeza de alguien que acaba de salir del coma —apostilló inclinándose sobre mí para presionar con insistencia el llamador.

—Los he tenido peores. No llames a la Bruja del Oeste, quiero soñar bonito.

—Si nosotras no dormimos, ella tampoco.

Y me guiñó cómplice un ojo.

Oí la puerta gruñir en sus goznes y pasos firmes acercándose. Cerré de nuevo los ojos.

Julia informó de mi malestar, y una voz seca y apelmazada, recién sacada del sueño, gruñó con irritación que traería un analgésico.

Sentí una caricia sobre mi pelo y un beso en la frente.

—No te atrevas a volver a dejarme o la próxima patada te la daré yo —susurró en mi oído.

Sonreí apenas, mientras el sueño que creía no tener comenzaba a cubrirme como un pesado y cálido manto, arrastrándome a una nueva negrura, esta vez más liviana...

* * *

Desperté con el sol de la mañana agujereando la persiana, tachonando de pequeños orificios dorados el suelo del cuarto.

Parpadeé repetidas veces acostumbrando mi visión a la radiante luz diurna.

Debíamos de estar en agosto ya, y me pregunté quién estaría ocupando mi puesto en la biblioteca. Y, como si un flash atravesara mi cabeza, abrí los ojos y los clavé en el techo, recordando un detalle.

¡El libro de Barbarroja que llevaba en mi bolso!

—Buenos días, Samara.

Julia, a mi lado, daba buena cuenta de un zumo de naranja en brik.

—Buenos días, mami —le devolví la broma, y ella sonrió sin dejar de sorber.

—¿Te apetece algo?

—Sí, saber dónde está mi bolso.

Alzó las cejas sorprendida y lanzó el brik arrugado a la papelera.

—En la taquilla que hay en el aseo. Tus ropas quedaron inservibles, sólo salió indemne el bolso.

—¿Te importaría traérmelo?

—Claro que no.

Y se levantó rauda en su busca.

De repente, mis tripas rugieron como si dentro de mi vientre hubiera una concentración de Harley.

Julia regresó con el bolso y me lo entregó.

—Lástima que no sea comestible —me lamenté mientras lo abría.

—¿Tienes hambre?

—Eso, o el de La matanza de Texas me está abriendo desde dentro con su motosierra.