La perla del agua CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

U N NUEVO DESPERTAR

El regular pitido de la máquina de constantes vitales, el inconfundible olor a alcohol y la incómoda cama sobre la que reposaba fueron suficientes pistas para esclarecer mi paradero.

Visualizar en mi mente escenas sueltas, que fueron uniéndose hasta recordarme incluso cómo había volado por encima de aquel coche, terminó de confirmar mi sospecha. Abrí los ojos para ratificar que, en efecto, estaba en el hospital, presumiblemente, el de Castellón.

Parpadeé repetidas veces para aclarar mi borrosa visión y miré a mi alrededor. Lo primero que descubrí fue que era de noche; lo segundo, que no estaba sola, y lo tercero, que no sentía las piernas.

Intenté mover los dedos de los pies y, para mi completo alivio, lo conseguí, pero algo impedía que las piernas me obedecieran. Quizá mis músculos estaban debilitados..., porque, ¿cuánto tiempo llevaba allí?

Unos difusos cercos negruzcos rodeaban mi visión, cerrándola progresivamente. Luché contra el pesado sopor, pero de manera gradual mi entorno comenzó a desdibujarse. Estaba demasiado débil para poder mantener los ojos abiertos y me rendí de nuevo...

* * *

Cuando volví a abrirlos, la luz era diferente.

Intenté apartar la molesta neblina que se empeñaba en emborronarme la vista y ladeé el cuello hacia los rítmicos pitidos que emergían de los monitores que me rodeaban.

De mi cuerpo salían cables diversos y estaba sondada.

Alcé con gran esfuerzo el brazo y apenas si logré levantarlo unos centímetros.

Respiré profundamente y me pregunté por qué estaba sola.

Estaba en un hospital, pero la habitación no era común y corriente.

Era más bien un habitáculo compartimentado por paneles.

A mi derecha había un gran ventanal con cortinas, en ese momento descorridas, por donde un sol cobrizo otorgaba al ambiente un toque cálido que suavizaba la frialdad de la estancia.

A pesar de encontrarme embotada y bastante aturdida, necesitaba respuestas. El sopor seguía ahí, latente y posesivo, pero mi determinación por combatirlo se había redoblado.

Intenté alzar la cabeza, y ese simple gesto me resultó agotador y frustrante. Gruñí impotente y el monitor de la frecuencia cardíaca aumentó su ritmo. Un pitido largo y alarmista quebró la monótona y regular melodía del resto de los sonidos que ya conocía.

Casi de inmediato, la puerta se abrió y dos enfermeras se abalanzaron sobre mí con semblantes gratamente asombrados.

Abrí la boca, pero la voz no me salió, y mis labios pronunciaron palabras inaudibles.

Una de las enfermeras se inclinó sobre mí esgrimiendo una dulce sonrisa y, cogiéndome la mano, intentó tranquilizarme.

—No fuerces la voz, tendrás la garganta reseca. Llevas mucho tiempo sin articular palabra. Poco a poco.

Quise preguntar cuánto, pero, en efecto, mis cuerdas vocales se negaban a trabajar. Suspiré hondamente y asentí, dejando que revisaran todos los cables que me conectaban a aquellas ruidosas máquinas.

—Dentro de un momento el doctor Muñoz acudirá para explorarte. Le alegrará ver que por fin has salido del coma, estás ingresada en la UCI. También avisaremos a las dos personas que han venido a visitarte cada día, tus primos.

Alcé las cejas sorprendida: no tenía primos. Aunque pude imaginar que uno de mis pseudoprimos era Julia.

—De momento, cierra los ojos, seguro que estás algo mareada.

Lo estaba, pero también ávida de información.

Mientras las enfermeras comprobaban mi estado y apuntaban sus impresiones en su informe, pensé en aquel día de nuevo. Sentí un escalofrío al revivir el atropello.

Todo había sido muy rápido y muy lento a la vez.

Y, de algún modo extraño, había quedado grabado en mi memoria vestido con detalles curiosos: el sonido de un claxon, el chirrido de una silla roja de plástico de la terraza del bar al desplazarse bruscamente, el ladrido de un perro, el grito de una mujer.

El color marrón rojizo de la fachada del establecimiento, el penetrante aroma del café, y hasta la pizarra ofertando un menú variado de cuatro primeros y cuatro segundos a elegir por diez euros.

También una moto negra, una Harley, estacionada junto a la terraza, además de un número flotante, el 1111, que vagaba luminoso chocando indolente en los confines de mi memoria, en una oscuridad densa que lo resaltaba.

Todos ellos eran datos precisos que mi mente había retenido sin ninguna razón aparente, uniéndolos a una vivencia dramática, una clara señal de que ésta atrapa detalles que a menudo son inapreciables en nuestra conciencia más inmediata pero que quedan grabados en el subconsciente, quizá almacenados por si son necesarios en algún momento.

Y en aquel instante me cuestioné el motivo por el cual mi mente ahora me los mostraba. ¿Serían importantes?

Al cabo, apareció un hombre joven, de expresión amable y mirada dúctil, con una nívea bata blanca y un estetoscopio colgado al cuello como si luciera un glamuroso fular.

Alargó una mano hacia mi hombro y lo presionó en un gesto que pretendió ser reconfortante y tranquilizador.

—Bienvenida de nuevo al mundo, Elisa. Soy el doctor Simón Muñoz.

Debo hacerte una exploración neurológica para comprobar tus reflejos y tus reacciones ante los estímulos y luego te pondré al día sobre tu diagnóstico y los procedimientos efectuados.

—Me regaló una sonrisa profesional, aunque cálida, y yo simplemente asentí.

»Bien, empecemos, primero deberás seguir la luz.

Recordé la mítica frase de una famosa película de mi niñez pronunciada por la médium de Poltergeist : «Caroline, ve hacia la luz», y sonreí tibia. Al menos eso sí supe hacerlo.

Extrajo una pequeña linterna del bolsillo de su bata, la encendió y la acercó a mis pupilas. La movió de izquierda a derecha, de arriba abajo, la acercó y la alejó.

—Perfecto. Ahora enséñame los dientes, necesito ver cómo responden los músculos faciales.

Se los mostré en una mueca caricaturesca y él asintió complacido. Después comenzó a palpar mi rostro, presionando en algunos puntos.

—¿Sientes mis dedos?

Asentí.

A continuación, sacó de su otro bolsillo un martillo de reflejos y, destapando mis piernas, me flexionó las rodillas y las golpeó con el extremo de goma. Ambas respondieron al estímulo como se esperaba, para mi completo alivio.

Luego dirigió la vista a la enfermera que aguardaba expectante junto a nosotros y recitó en tono mecánico su diagnóstico:

—Exploración neurológica normal: pupilas isocóricas y normorreactivas, pares craneales normales. No hay pérdida de fuerza ni de reflejos. Cuando pueda ponerse en pie se le hará el Romberg. Vamos con la exploración cognitiva.

La enfermera tomó nota de cada palabra con semblante pétreo.

—¿Puedes hablar, Elisa?

—Me temo que no, doctor —respondió la estirada enfermera—, tiene la garganta reseca y quizá inflamada.

—Abre la boca, y di «Ah».

Obedecí y, con la linterna, me exploró.

—Traigan un vaso de agua, por favor.

Una de las enfermeras se apresuró a cumplir la orden como una centella, entregando al doctor un vaso de plástico con agua.

Incorporaron ligeramente mi cama con un mando que colgaba del tubo fluorescente que había sobre mí y el médico me acercó el vaso los labios.

—Bebe muy despacio, Elisa.

Sentí cada trago como aterciopeladas caricias en mi garganta. Creo que nunca me había sabido tan delicioso un vaso de agua. El frescor alivió la aspereza que latía molesta y carraspeé suavemente.

Me terminé el contenido a tragos cortos y le entregué el vaso a la enfermera.

—¿Puedes decirme tu nombre completo?

—E... li... sa Bel... trán.

Mi voz sonó rasposa y quebradiza, pero sonó.

El médico sonrió y continuó con las preguntas.

Tras responder de manera entrecortada a mi fecha de nacimiento, profesión y otros datos sobre mí, él asintió de nuevo complacido.

—¿Recuerdas el accidente?

—Sí, per... fec... tamente.

Volvía a carraspear y miré ávida el vaso vacío.

—Iremos introduciendo líquidos de manera paulatina, y alimentos. Después retiraremos el suero fisiológico y la sonda vesical para control de la diuresis. De momento has de conformarte con ese vaso de agua. Tu estómago puede rechazarlo, lleva mucho tiempo sin trabajar.

—¿Cuánto...?

Tras un largo suspiro y una mirada condescendiente, cogió el informe de la enfermera y comenzó a leer.

—Fuiste víctima de un atropello, la policía tiene abierto el caso porque el conductor se dio a la fuga.

Pero los datos te los facilitarán ellos.

A mí sólo me concierne el estado crítico en el que llegaste.

Te trajeron a urgencias con fractura craneal, fractura de la tercera costilla izquierda, que, por desgracia, te provocó un neumotórax, y fractura abierta en la diáfisis femoral izquierda.

Hace un mes te retiramos la escayola y el hueso, y los tejidos sanan adecuadamente.

Entraste en coma mientras eras intervenida en quirófano.

Llevas tres meses así, y te esperan otros tres de rehabilitación intensiva para recuperar tono muscular y, naturalmente, la movilidad de la pierna intervenida.

Llevas un clavo, eso, y dos cicatrices: una en el muslo y otra en el costado; tuvimos que drenarte el pulmón perforado.

Aunque lo que más nos preocupaba era el cráneo.

Hasta que despertaras no podíamos saber el grado de afectación de la lesión.

Pero veo que no hay secuelas aparentes, y, tras las pruebas y los escáneres que presupongo y espero favorables, podremos decir que has tenido suerte.

Permanecí en silencio un largo instante, asimilando toda aquella información. Podría haber muerto; en realidad, había estado muerta, sumida en una profunda oscuridad, aletargada y debatiéndome entre ambos mundos. Sentí vértigo y unas repentinas náuseas agitaron mi vacío estómago.

Tres largos meses de mi vida sumidos en la negrura, en aquella batalla silente e invisible que mi cuerpo había librado por su cuenta mientras mi mente se agazapaba en un rincón de mi alma, esperando poder volver, o quizá apagarse para siempre.

—Debes de estar agotada, por hoy te dejo descansar —concluyó palmeando el informe—.

Mañana pasaré a verte, voy a mandarte las pruebas pertinentes.

Te traerán una silla de ruedas para que salgas cuanto antes de esa cama, después un andador, y en pocos días quiero verte recorriendo estos pasillos por ti misma.

—Gracias por... to... do, doctor Muñoz.

—Esto es lo más gratificante de mi trabajo: ver la evolución y la mejora de mis pacientes y firmar altas. Recibir, además, gratitud es todo un plus.

Sonreí cuando abarcó mi mano y la presionó cariñoso.

Tras un cordial gesto de despedida, salió de la habitación con su bata blanca ondeando tras él, como si fuera la capa de un superhéroe, y, en efecto, lo era.

Los buenos médicos salvaban a la gente con su pasión, conocimientos, dedicación y esfuerzo.

La vocación en cualquier profesión lo era todo, y resultaba patente que aquel hombre la sentía.

Respiré profundamente y cerré los ojos.

Las palabras del doctor Muñoz se repitieron en mi cabeza, en una suerte de letanía silenciosa que se incorporaba a mis registros mentales más inmediatos.

Un nuevo dato que agrió la boca de mi estómago refulgió por encima del resto: el conductor se había dado a la fuga.

.. «¡Maldito cabrón!», me dije mientras aquel ya familiar sopor volvía a tirar de mí.

Esta vez, no opuse resistencia.

* * *

En apenas tres días, y tras los óptimos resultados de mis pruebas, me pasaron a planta.

Por suerte para mí, la habitación era individual, y a mi lado dormitaba «mi prima».

Sonreí ante el ingenio de mi querida Julia, mi gran amiga, mi única familia, mi confidente y mi compañera de fatigas.

Sólo permitían la visita de dos familiares a la UCI, y durante muy corto espacio de tiempo, además.

Y ella no se había arriesgado a que la rechazaran sólo por no compartir parentesco conmigo.

Todavía no había tenido ocasión de interrogarla respecto del segundo primo, principalmente porque, entre mis continuas duermevelas y mis traslados a diagnósticos, apenas había podido verla ni cruzar palabra.

Aquella tarde, recién instalada en planta, ya había comenzado la dura rehabilitación. Las malditas paralelas me habían dejado exhausta, tanto que apenas probé la cena y me dormí en cuanto me tumbé en la cama, dejando caer las muletas al suelo.

Tan sólo la luz anaranjada de emergencia situada sobre la puerta iluminaba tenuemente la estancia, lo suficiente para poder apreciar la silueta de Julia acurrucada incómoda en el sillón.

Tenía la firme determinación de impedirle quedarse conmigo; no tenía ningún sentido que se quedara si no estaba sondada.

Lo habría hecho, de saber que se quedaría, pero había llegado cuando yo ya dormía.

No obstante, sonreí sintiendo su cercanía y, aunque roncaba como un elefante de la sabana, me sentí feliz de tenerla a mi lado.

De repente, me invadió el irrefrenable impulso de abrazarla, de oírla y de sentir su contacto.

Yo no era una persona cariñosa ni buscaba el calor de la gente mediante gestos físicos, al contrario.

Sin embargo, esos días confusos de pruebas, de sentirme más una marioneta que una persona, de reprimir inusitados accesos de llanto o de estrangular la angustia que todavía moraba en mi cuerpo por el trauma vivido me descubrieron la necesidad que sentía de volver a ser la de antes, de recuperar parte de la mujer que fui, y Julia era mi enlace directo con aquella Elisa de antes del accidente.

—Julia —musité suavemente.