La perla del agua CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Leocadia comenzó a vociferar en el pasillo, y pronto, Juan, Diego y Rafael abrieron sus puertas con expresiones somnolientas y confundidas.

—¡Barbarroja! —exclamó la mujer por toda explicación.

Y ellos, sin más dilación, corrieron despavoridos escaleras abajo.

Leocadia regresó a su cuarto y yo la seguí con la única intención de sacarla de allí sin pérdida de tiempo. Le encontré tendida en el piso, bajo la cama, trasteando con uno de los tablones del suelo.

—¡No hay tiempo que perder! —urgí angustiada.

Corrí a la ventana que daba a la parte principal de la alquería con el corazón en un puño. Todo parecía tranquilo, lo que no alivió mi angustia.

—¿Qué demonios haces, mujer?

Leocadia emergió de debajo de su lecho arrastrando un cofre.

—No pienso permitir que ese condenado pirata esquilme mi fortuna.

La ayudé a ponerse en pie y, entre las dos, alzamos el pesado cofre rumbo a la escalera.

En el exterior, los muchachos despertaban a los sirvientes entre gritos alarmados, y varios de ellos ya corrían rumbo a la salida como si los persiguiera el diablo.

Ya atravesábamos la puerta de la casona en dirección al patio cuando el relincho de varios caballos nos hizo clavar la vista en el arco de entrada de la finca.

Lo que allí vi me cortó la respiración.

Eran cinco jinetes. Uno de ellos, de penetrantes ojos grises, paseó su dura mirada por el patio mientras desenfundaba la espada. En otra montura, la familiar figura de Pere, maniatado delante de uno de esos desalmados, explicó cómo habían llegado a la alquería tan rápido.

Maldije para mis adentros y pensé con rapidez. Nuestra única posibilidad era correr hacia el sótano que había en el cobertizo, tras la casona.

Solté el cofre, obligando a Leocadia a hacer lo mismo, y ya la cogía de la mano para tirar de ella hacia el interior cuando un grito agudo me sobresaltó. Procedía de mi tía, que, con ojos llorosos y rictus congestionado por el terror, contemplaba la escena que se desarrollaba en el patio.

Dos berberiscos, armados con alfanjes, descargaban el curvo y afilado filo de sus aceros sobre Juan y Diego, que se enfrentaban a ellos con unas guadañas de labranza mientras alentaban al pequeño Rafael a escapar.

No tuvieron ninguna oportunidad.

Sus cuerpos sangrantes se desplomaron como fardos de trigo. Juan cayó inerte, pero Diego todavía se movía, aunque en violentos espasmos que pronto concluirían, a tenor de la gran herida abierta que segaba su cabeza.

Desde donde estábamos se podía apreciar cómo del interior de su cráneo brotaban unos espesos goterones junto con pedacitos de una materia más densa y rosada. Contuve una arcada al reparar en que eran sus sesos los que perlaban su rostro.

Leocadia, temblorosa, se postró de rodillas en actitud derrotada e inclinó la cabeza sumida en desconsolados sollozos.

Y, aunque la pena y el horror, junto con la culpa, me aplastaban, y el llanto abrasaba mis ojos emborronando mi visión, sofoqué la rabia y el dolor mordiendo el lateral de mi puño y gruñendo como una alimaña.

Rota, pero movida por una desbordada furia, aferré el brazo de mi tía y la arrastré al interior, rumbo a las cocinas.

Recé para que al menos Rafael lograra salvar su vida.

Oí muy cerca los atronadores cascos de las monturas, mientras escalofriantes lamentos y los gritos pidiendo ayuda se sucedían rompiendo la acostumbrada serenidad del alba, ya teñida de rojo.

Llegamos a la puerta trasera, la abrí y miré a ambos lados rogando que aquellos salvajes no nos interceptaran. Era un trecho corto, pero arriesgado.

Corrí tirando de mi tía, que se dejaba llevar como una floja muñeca de trapo.

Alcancé el cobertizo sin que nadie nos detuviera.

Estaba atestado de aperos de labranza, maderos para reparar la valla, grandes tinajas, herramientas diversas y fardos de cañizo bien atado para reparar el tejado.

La compuerta de madera se abría al fondo de la construcción, y, sin perder un instante, fui hacia ella, la abrí y alenté a Leocadia a bajar la escalera hacia el sótano, que usábamos como despensa.

—Todo irá bien, aquí no nos encontrarán.

Ella me miró sin ver, tuve que empujarla prácticamente hasta el hueco.

No obstante, cuando llegó allí, se quedó rígida e inmóvil.

Comenzó a agitar la cabeza en una negación repetitiva, su boca se abría y se cerraba trémula, su mirada permanecía perdida.

Aquel gesto ausente me provocó escalofríos.

Sin duda, la impresión la había trastornado hasta hacerle perder el juicio momentáneamente.

La aferré por los hombros y la sacudí con fuerza.

—¡Tía, maldición, tienes que bajar al sótano!

Ella seguía negando, y la impotencia se sumó a aquel tropel de emociones que ya me desgarraban con la fuerza de un tifón.

Gruñí furiosa y calibré ceñuda, mirando la oscura oquedad, la posibilidad de empujarla sin que se partiera la crisma.

—Por favor, te lo ruego, debes salvarte —supliqué llorosa—, tienes que...

—¡Sal de tu guarida, condenada morisca del infierno, o incendiaré cada palmo de terreno!

Aquella voz...

Cerré los ojos un instante, resignada y extenuada. Dejé escapar un profundo suspiro y asentí para mí en un abatido gesto de rendición.

Me acerqué a Leocadia y la abracé con fuerza, sepultando mi lloroso rostro en su hombro. Amargos sollozos se acumulaban lacerantes en mi garganta, pero logré contenerlos. Ya habría tiempo de liberar mi tormento.

Susurré un sentido perdón en su oído y la senté en una esquina. No me miró; probablemente ni siquiera retendría mi despedida. Continuaba perdida en su mundo, en esa burbuja donde su mente debía de haberse encerrado para alejar el dolor.

La miré por última vez. Parecía más anciana, toda esa vitalidad gruñona, esa mirada decidida y sagaz se habían esfumado, dejando en su lugar a una mujer frágil, trémula, opacada y ausente.

El corazón me dolió doblemente, pues si lograba salir de aquel letargo protector, la realidad la golpearía con mayor dureza. Y más cuando supiera quién había sido la verdadera culpable de aquella atroz tragedia.

Deposité un beso en su frente y, tras limpiarme las lágrimas, cubrí aquel rincón con los fardos de cañizo para ocultar su presencia.

Salí del cobertizo y rodeé la casona para enfrentar mi destino.

Ver el patio cubierto de cadáveres, la sangre esparcida tan impunemente y la algarabía de los corsarios que ya saqueaban la propiedad revolvió mi estómago, pero de puro odio.

Comencé a buscar el cuerpo de Rafael deseando no hallarlo. Fue lo único que me fue concedido.

Un corcel trotó hasta mí y se detuvo con un irritante relincho ante la brusca sacudida de las riendas del jinete que lo gobernaba. El maldito capitán me contemplaba desde lo alto de su montura con una expresión furiosa en el semblante.

—Cada cosa que haces empeora la situación. No había visto una venganza tan rápida en toda mi vida. Aunque ya te lo advertí: si me hubieras dejado matarlo, quizá tu familia seguiría con vida. Esta alquería está en las afueras, dudo que me hubiera adentrado tanto para saquearla.

Dirigió una mirada a Pere, que continuaba sobre el caballo, contemplándome con el mismo odio con el que yo observaba al capitán.

—Pero ahora tú puedes cobrarte la tuya —espetó entornando la mirada escrutador—.

Es fácil adivinar que fue el despecho el que movió tus hilos.

Y que éste es el hombre que antes adorabas, o quizá aún, y que la mujer de la que quieres librarte, por ende hermosa y castellana, suplantó tu lugar en su corazón. ¿Erro en mi suposición?

No respondí, sino que tan sólo me limité a mirarlo mientras me centraba en imaginar todas las formas horribles con las que me gustaría matarlo.

—Veo que no. Así pues, morisca despechada...

—Isabet —proferí en un exabrupto furioso.

El hombre enarcó una ceja con gesto asombrado. No obstante, una sonrisa extraña curvó sus labios.

—Isabet —repitió, y, en su boca, mi nombre sonó tosco y sucio—, tienes más carácter y valor que muchos hombres de mi tripulación.

Pocos se atreven a alzarme la voz, y menos aún a mostrarse altaneros cuando sus vidas dependen de mi humor.

Sin embargo, mi admiración no supera al desprecio que siento por los traidores, y tú lo eres.

Aun así, te doy la oportunidad de tomar represalias contra tu antiguo prometido.

Dime dónde está la alquería de Blanca de Zúñiga, no tengo más tiempo que perder, partiremos sin dilación.

—No.

—¿No? —Alzó ambas cejas con genuino asombro y, al cabo, compuso un intrigado ceño—. ¿Ya no la odias? —agregó desconcertado.

—Ni la mitad de lo que te odio a ti.

Sonrió complacido, como si mi encono fuera motivo de orgullo para él.

—Vaya, hasta los modales has perdido. Bien, la encontraré de todos modos.

Bajó del caballo con elegante parsimonia y, sin abandonar la sonrisa, se acercó a mí y me abofeteó con tanta fuerza que caí al suelo con la mejilla ardiente y el corazón moribundo.

—¡Apresadla!

Fui amordazada, subida a una montura como un vulgar fardo y llevada hasta la costa, donde las galeras aguardaban el botín mecidas por la suave marea de la mañana.

Junto con un nutrido grupo de mujeres, entre lamentos, llantos e inútiles plegarias a un dios que las había abandonado, me encerraron en las bodegas del navío.

Allí, en Oropesa, moraba entre los muertos la mujer que ya nunca sería, ni para mí misma, Isabet Llerán, la morisca que todos recordarían con desprecio, la traidora.

Allí, en aquella oscura y húmeda bodega, nació una nueva mujer con un único objetivo: sobrevivir y vengar aquel día, y quizá, sólo quizá, lograr redimirme.

Eso si lograba vencer la culpa que me atenazaba tan cruelmente.

* * *

Las largas palas de la galera chapoteaban al sumergirse en la plácida superficie de un mar turquesa, impulsando la nave hacia un destino ignoto y lejano. A Oriente, a un mundo nuevo y aterrador, al pago a mis pecados.

Delgados filamentos solares se filtraban por los maderos del techo, iluminando apenas aquel reducto infecto.

Las mujeres se habían apiñado en un extremo abrazándose entre sí, buscando calor y consuelo.

Todas dimos un respingo cuando el mamparo superior se abrió de golpe y un cuerpo maltrecho cayó por él.

Sólo yo me acerqué a la mujer que gemía dolorida por el porrazo.

Sus ropas estaban desgarradas, mostrando parte de sus pechos y sus piernas.

El alabastro de su piel destacó en la penumbra, también su dorado cabello, ahora alborotado y sucio.

Cuando me miró con sus grandes y atormentados ojos azules, contuve un sollozo.

Había sido golpeada, y los moretones y las magulladuras inflamaban sus finos rasgos.

Tomó mi mano entre las suyas y comenzó a llorar.

No pude más que abrazarla y llorar con ella.

Blanca de Zúñiga derramó en mí su pena, sin saber que yo la había provocado.

Y en aquel abrazo, en aquel instante, me hice una promesa: cuidaría de ella, no por rescatar mi alma, que ya no tendría absolución alguna, sino por mitigar algo la culpa que carcomía ya mis entrañas y roía mi alma.

El mamparo se abrió de nuevo, y supe que era mi turno.