CAPÍTULO 3
E NTRE FUEGO , SANGRE Y LÁGRIMAS
Fue fácil sacar a Pere del castillo.
Una simple nota diciendo que esperaba un hijo suyo fue suficiente para hacerle atravesar el muro exterior que lindaba con la villa y hacerle llegar a un recodo penumbroso a esas horas del amanecer.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando dos hombres se le abalanzaron y lo apresaron a punta de daga.
—Ahí tenéis a vuestro rehén, el hijo del señor de la villa.
—¡Perra traidora! —siseó Pere antes de ser amordazado.
Su mirada cargada de odio y de rabia me flageló durante un largo instante. No fui capaz de sostenerla, y al desviarla culpable, me topé con la mirada escudriñadora del capitán.
Una amplia sonrisa dio paso a la siguiente orden, vociferada con ardoroso entusiasmo:
—¡Que comience la diversión!
Y, acto seguido, un desordenado y bullicioso tropel de fieros corsarios berberiscos irrumpía por grupos en casas, caballerizas y almacenes, saqueando, matando e incendiando por doquier, como si una ola de fuego y sangre se alzara sobre la villa, sepultando bajo su furia las almas que sollozaban suplicantes antes de ser sacrificadas con implacable crueldad.
Apenas era capaz de contemplar semejante horror. Con los ojos desorbitados y el corazón encogido ante la magnitud de mi venganza, cubrí mi boca temblorosa y negué con la cabeza mientras gruesos lagrimones recorrían mis mejillas.
¡Aquello no podía estar pasando! Yo... yo..., no era eso lo que yo había perseguido. Tan sólo quería que robaran y se llevaran esclavos, no aquel maremágnum atroz donde la parca segaba vidas, como hacía unas semanas los jornaleros lo hacían con el trigo, a destajo.
—¡Nooo...! ¡No, no, no..., nooo...! —grité enfrentándome al capitán, que observaba con semblante complacido la matanza que se libraba a nuestro alrededor.
Quise suplicar, pero mi desesperación desató mi furia y comencé a golpearlo en el pecho cerrando los puños en un intento fatuo de derribarlo.
Le bastó una sola mano para atrapar mis muñecas y ceñirme a él rodeando mi cintura con su otro brazo.
Dejé escapar un gruñido frustrado y me revolví como una lagartija acorralada.
—Chis... Esto era lo que querías, muchacha, disfruta del espectáculo.
Y me giró abruptamente, apresando mis hombros para que contemplara aquella vil carnicería.
Caras conocidas sucumbían entre gritos y llantos al curvo acero de cimitarras y alfanjes.
Tan sólo indultaban a los niños, que abrazaban los cuerpos sangrantes y exiguos de sus progenitores rotos por sollozos desconsolados, y a las mujeres jóvenes, a las que maniataban y arrastraban como si fueran fardos entre gritos desaforados de puro terror.
Aquellas gentes habían compartido buena parte de mi vida y no merecían aquel fin, por muchos desplantes recibidos.
Y fue en aquel momento cuando comprendí que acababa de condenarme al peor de los infiernos.
Que mi conciencia sería mi verdugo, a pesar de que en mi religión matar al infiel otorgaba la entrada al paraíso.
Y también en aquel momento supe que, en mi conversión y comparecencia a las misas semanales, donde desde el púlpito se recordaban los mandatos del dios cristiano, éstos de algún modo habían calado en mí.
Pues sentí despertar en mi corazón el temor al juicio final de su dogma, donde me aguardaba el pago por mis pecados.
Y las palabras del padre Anselmo fustigaron mis oídos con torturas más horrendas que las que presenciaba entre regueros de lágrimas arrepentidas.
Di un respingo cuando sentí en mi oído el roce de la boca del hombre.
—No hay traición más vil que la que recae en quien te ofreció techo, comida o paz —susurró destilando desprecio en su tono—. Éste es el resultado de tu resentimiento, de tu deslealtad y del negro corazón que late en tu ingrato pecho.
Me revolví de nuevo, lacerada por cada una de sus palabras, que supe tan ciertas como la sangre que caía sobre cada adoquín y se extendía por las juntas serpenteando calle abajo como una perezosa culebra escarlata.
—Ahora, voy a tomar este castillo. Tú decides la vida de este joven. La tuya la decidirá el sultán; mientras tanto, serás mi esclava.
Me enfrentó a Pere, que, de rodillas y amordazado, lloraba impotente el infame ajusticiamiento de su pueblo.
Cuando alzó la mirada hacia mí, la aversión más desgarradora me apuñaló de parte a parte.
—Quiero que viva —musité desolada.
—He de recordarte —añadió el capitán en tono tirante— que el enemigo que se deja con vida es un paso que te acerca a la muerte, pues no dudo de que no descansará hasta vengar tamaña traición.
En los ojos del hombre que tanto había amado vi con pavorosa certeza que así sería. Me dolía el corazón, el alma me pesaba y ya ni siquiera me importaba lo que fuera de mi cuerpo.
—Quiero que viva —repetí derrotada.
—Que así sea —espetó dirigiéndose a los dos hombres que lo custodiaban.
Llamó a otros dos que en aquel momento arrastraban a dos mujeres del pelo, y, tras maniatarlas burdamente al tiempo que las golpeaban, acudieron prestos.
—Llevaos a la morisca a las bodegas de mi galera, junto al resto. Debo buscar a una tal Blanca de Zúñiga.
Un fornido rufián avanzó dispuesto a apresarme, pero el capitán me soltó antes de que los brazos de su secuaz se cerraran en torno a mí, y entonces vi mi oportunidad.
Me deslicé veloz hacia un lado y comencé a correr calle abajo como alma que lleva el diablo. Oí un estentóreo rugido tras de mí y me encogí esperando que una mano apresara mi capa, evaporando así mi única oportunidad de escapar.
Sabía que en línea recta pronto me darían alcance, y que sólo tendría alguna posibilidad si lograba despistarlos doblando recodo tras recodo y serpenteando por las callejuelas hasta el sendero que atravesaba parte de los cultivos de arroz hasta llegar a mi alquería.
Alargué las zancadas y, aunque el aire me quemaba los pulmones, logré llegar abajo, a la plaza donde se bifurcaban cuatros senderos. Tomé el que conducía a mi hogar sin atrever a mirar atrás.
La alquería de los Llerán era la más alejada si tomaba el atajo por detrás del huerto de los Moncada y, además, los altos maizales me ocultarían a la vista.
Tras un buen rato a la carrera, tuve la sensación de que nadie me seguía, y me sentía tan exhausta que me obligué a detenerme un instante apoyada en mis rodillas, jadeando y con ganas de vomitar.
En efecto, nadie me seguía, pero hasta mí todavía llegaban los lamentos, los sollozos y los gritos aterrados.
Un picante olor a humo y un intenso y desagradable hedor a carne quemada repuntaron en mi garganta, revolviendo el contenido de mi estómago.
Me arqueé doblada por una violenta arcada y vomité las migas de la cena sobre mis pies.
Me refregué la boca con el antebrazo y tomé una profunda bocanada de aire para poder continuar. Debía llegar antes que los piratas, y sacarlos de la hacienda a tiempo.
Pensé en Leocadia, que, a pesar de nuestras continuas pullas y desacuerdos, era lo más parecido a una madre que había conocido.
En mis «primos», hijos de otro hermano de Leocadia, un hombre que nunca conocí y que murió sirviendo al rey Carlos en las guerras contra los francos, mozos insolentes y zafios, pero soportables.
Mi madre se había criado como hermana de Leocadia, pues había sido acogida en la alquería como sirvienta desde muy niña, y, tras ganarse el cariño de los Llerán a pesar de su origen morisco, fue repudiada al enamorarse de otro infiel, Abdul, que había adoptado el nombre cristiano de Álvaro.
Y aunque fue expulsada de la finca, regresó sola, desamparada y embarazada, suplicando que la dejaran quedarse hasta que yo naciera, pero murió en el parto y Leocadia no tuvo corazón para abandonarme.
Ninguno de ellos merecía aquel fin, y menos por mi culpa.
De mi padre nunca supe nada, en verdad dijeron que se marchó para engordar las huestes turcas, pero nadie supo jamás nada de él.
Y ahora, allí, en mitad de aquel camino, la grotesca consecuencia de mis actos me fustigó implacable, zarandeando no sólo mi cuerpo, sino también mi espíritu, que buscó dentro de sí la entereza suficiente para alejar el insidioso malestar y correr como una liebre entre la maleza.
Apreté los dientes y aceleré las zancadas, saltando entre peñascos y sorteando la retama que obstaculizaba mi avance.
La urgencia se amalgamó con el pavor más prístino, e, ignorando cómo mi corazón galopaba exhausto en mi pecho, cómo mis músculos temblaban doloridos y cómo mis nervios alfileteaban cada fibra de mi ser, logré alcanzar el camino de entrada a la alquería entre los arrozales.
Un sol, aún somnoliento, derramaba su dorado sopor sobre la superficie del agua por donde asomaban los crecidos tallos del arroz, bruñéndola. Una suave brisa matinal los mecía como si una mano invisible los peinara caprichosamente.
Aquella familiar estampa terminó de hundir más en mi pecho el puñal de la traición que yo misma había desenvainado.
Atravesé el portalón que daba al patio como una centella y me precipité a zarandear la delgada soga que sacudía la campana con la que el capataz interrumpía los descansos de los jornaleros.
Impelida por el apremio, solté la cuerda y me adentré en la casona rumbo a la escalera que llevaba a las habitaciones.
Jadeante, irrumpí en el cuarto de Leocadia, que ante el portazo se incorporó del lecho como un resorte. Sobresaltada, me miró impávida con la mano posada en el pecho, intentando aliviar aquel abrupto despertar.
—¿Qué... qué diantres sucede, Isabet?
—¡Aprisa, hemos de salir de la hacienda y escondernos, vienen los piratas!
Mi tono apremiante y mi descompuesta expresión fueron más eficaces que mis palabras, pues el beatífico rostro de la mujer se tornó lívido, y en sus ojos relampagueó un brillo alarmado al tiempo que dejaba escapar de sus labios un gemido estrangulado y temeroso.
—¡Los muchachos!
Se puso en pie con una agilidad desacostumbrada y salió del cuarto como una exhalación.