CAPÍTULO 2 #2
Pero ni la guardia rechazó mi vino ni nadie oteaba el horizonte con la atención debida.
Tampoco sucedió nada que impidiera que yo descendiera el pedregoso sendero que llevaba a la costa y que agitara una antorcha en el borde.
Tracé círculos hasta que la brea se consumió, y después me senté paciente, indiferente a mi destino pero deseosa de ofrecer el de mis vecinos.
El sueño me rindió, y no fue hasta que un tenue halo de luz incidió en mis párpados cuando desperté sobresaltada. Me refregué el rostro y me puse en pie para avistar el horizonte.
Lo que vi ante mí detuvo mi corazón en seco. No supe si de alborozo triunfal o de puro temor.
Una flota de veinte galeras surcaba el mar rumbo a la durmiente villa de Oropesa.
Apenas rompía el alba, agrisando la negrura de una noche esquiva ya, y en aquellas horas tempranas tuve el primer pensamiento lúcido de un día que se presentaba trágico: debía hacerles saber que yo era amiga.
Arranqué los bajos de mi saya y, con el madero de la antorcha, improvisé una bandera que comencé a agitar para atraer su atención sobre mí.
Mi segundo pensamiento lúcido fue que seguramente estaba a punto de ser atravesada por la flecha de una ballesta.
No obstante, continué tenaz, con la firme determinación de arrebatarle a Blanca a Pere.
Y no por ocupar su lugar, ya no, sino tan sólo para escarmentar a aquel bellaco despiadado y vil aliviando mi despecho y resarciéndome de todos y cada uno de los agravios sufridos hasta entonces por mi condición.
En aquel momento, gobernada por el odio y el resentimiento más acerbos, no fui capaz de adivinar hasta qué terrible punto iba a cambiar mi destino.
Las galeras arribaron a aquel tramo de costa buscando puntos de desembarco, donde colocaron tablones para acceder a tierra.
Mi pulso se aceleró cuando descubrí una figura atemorizante e imponente al mando del timón.
A aquella distancia, más cerca de lo aconsejable, no supe discernir si aquel hombre tenía puestos sus ojos en mí o en la torre situada más arriba de mi posición.
Pero el efecto fue el mismo: mi piel se erizó, y un abrupto escalofrío recorrió mi espina dorsal como si reptara por ella una serpiente.
Tragué saliva y vacilé. Mis más primitivos instintos me gritaban que corriese lejos, pero permanecí inmóvil, aparentando fútilmente fingir una serenidad y una confianza que no sentía.
Los piratas llegaron hasta mí, y en sus sucios rostros de lastimosas dentaduras y aliento fétido vislumbré con angustiosa claridad un brillo libidinoso que me hizo retroceder trastabillando hacia atrás.
Sentí cómo unos brazos nudosos, como ramas de árbol, se aferraban a mi cintura, y cómo una mano huesuda y mugrienta, como raíces retorcidas, ponía frente a mis ojos una aserrada daga que me inmovilizó de pavor.
El filo descendió lentamente hacia mi garganta al tiempo que una voz seca y rasposa susurraba una amenaza que entendí a la perfección.
Fue la primera vez que lamenté conservar mi lengua nativa, mamada de la reducida población morisca de la villa.
Tragué saliva ante el cumplimiento obsceno de violarme y cortarme en pedazos después para dar de comer a los peces, y me encomendé a ambos dioses, suplicando encontrar el modo de evitar tan cruel destino.
¡No, no podía morir, y menos por mi propia venganza! El miedo dio paso a la ira y ésta sacudió mi ingenio y azuzó mi lengua como la fusta de un hidalgo en el lomo de su corcel.
—¡Aparta tus sucias manos de mí, mentecato insolente! Soy tan infiel como vosotros y voy a ayudaros a cobraros un buen botín.
Aquellas palabras en árabe, matizadas con tono altivo y ofensivo, consiguieron al menos desconcertar a mi captor.
Pude sentirlo titubear, y aproveché para erguir mi postura y cuadrar hombros con el fin de conferir más aplomo a mi actitud firme y decidida.
—¡Déjame pactar con tu capitán, tengo información crucial para él!
Hasta mi posición llegaron tres hombres más, que me acorralaron armados con sus alfanjes con expresiones feroces y sonrisas pérfidas.
El pulso retumbó alocado en mi sien y, mientras me afanaba por mantener una actitud desafiante, un torrente de voz gutural y profunda llegó hasta la explanada de roca, deteniendo en seco a los hombres que me rodeaban.
La orden fue clara: «Esa presa es mía».
En ese instante supe que mi plan se tornaba en mi contra y que escapaba de un mal destino para enfrentarme a otro peor.
Los berberiscos se apartaron cuando su capitán llegó a mi altura y se pusieron tras él, expectantes y casi perversamente divertidos.
Cuando el dueño de aquella estentórea voz se aproximó, supe dos cosas sobre él: una, que no era el temible Barbarroja, pues su cabello era tan oscuro como el mío, y dos, que no era turco, ya que sus ojos eran de un gris acerado, y su piel, aunque bronceada, denotaba un origen blanquinoso, además de unas facciones más finas y armoniosas, aunque de expresión dura.
Fuera quien fuese, amedrentaba. A buen seguro sería uno de los secuaces de Barbarroja.
Clavó su penetrante mirada en mí, y sofoqué un escalofrío.
—¿Quién demonios eres y qué puedes ofrecerme aparte de tu virtud y tu vida?
Su tono glacial y seco me golpeó como si me hubiera zarandeado.
—Ya os lo he ofrecido —respondí intentando no tartamudear—, me he encargado de la guardia, para que disfrutéis de un ataque por sorpresa.
La mirada plateada del hombre se entornó suspicaz, fijada en la silente torre del Rey.
—Los dormí con jugo de adormidera —expliqué, perdiendo mi tambaleante confianza en cada palabra pronunciada—, y lo hice para que robéis cuanto os plazca y os llevéis a una noble castellana de alta alcurnia y belleza sin igual por la que a buen seguro sacaréis un suculento beneficio: Blanca de Zúñiga.
El hombre alzó una de sus oscuras cejas al tiempo que dibujaba una sonrisa sardónica en sus labios. El brillo pendenciero de sus ojos me cortó el aliento. Luego abrió la boca y dejó escapar una burda risotada que compartieron sus hombres.
Los latidos de mi corazón se desbocaron presos del pánico. Un hilillo de sudor se deslizó sinuoso por mi nuca. Mis rodillas retemblaron y mi garganta se secó.
Comenzó a rodearme casi rozándose conmigo, clavándome aquella mirada amenazadora como lo haría un depredador con su presa. Estaba disfrutando de mi pavor, regocijándose en él, como preludio del festín que pensaba cobrarse.
—Déjame pensar cómo hacerte pagar que me hayas privado de parte de la diversión de saquear en medio de un pandemónium, rodeado de alarmas, gritos y terror.
Me puse rígida y, esta vez sí, el escalofrío me sacudió con violencia.
—Yo... yo pensé que... —balbuceé mortificada.
—La envidia o quizá la venganza te anularon el raciocinio, muchacha —prosiguió con aquel tono gutural y rasgado que sentí como un filo en mi piel—.
Debes odiar mucho a esa castellana para exponerte así.
Y no sólo a ella, porque acabas de condenar a todos los aldeanos.
Nos dirigíamos a otro lugar, pero tus señales con la antorcha llamaron mi atención.
Y, por supuesto, no pienso irme con las manos vacías ni la espada limpia.
Las comisuras de sus labios se estiraron en una mueca perversa que me secó la garganta.
—Has decidido participar en el asalto, pues que así sea. Nos guiarás y presenciaras cómo aniquilo tu bonita villa y cuanto conociste. Y, después, compartirás el mismo destino que la mujer de la que pretendes librarte.
Mis peores temores se hicieron realidad, y sentí como si una mano helada estrujara mi corazón, deteniendo mis latidos.
El capitán aferró mi brazo bruscamente y me impelió a ascender el angosto sendero abruptamente.
Me retorcí inútilmente presa del pánico, mientras mi mente pensaba a toda prisa en la manera de cambiar mi destino.
—¡Soltadme! —gruñí suplicante, entre jadeos—. ¡Os he ayudado, debéis dispensarme un trato de favor! Estáis en deuda conmigo.
Otra carcajada fue su respuesta, ésta más seca y cínica.
—Por cómo hablas, es fácil adivinar tu posición por muy morisca que seas. Vas a llevarme a tu alquería, o prenderé fuego a toda la villa.
—¡No! —repliqué angustiada—. Mi padre fue súbdito del sultán —mentí intentando ordenar las atropelladas ideas que surcaban mi mente como lanzas errantes en mitad de una batalla—.
Tuvimos que fingir la conversión para poder servirle desde dentro, murió porque fue descubierto como informante de Solimán.
Las mentiras salieron de mi boca con tal fluidez y seguridad que hasta yo misma me vanaglorié de mi inventiva.
Un empujón me lanzó hacia la explanada de la torre, trastabillé y logré evitar caer agarrándome a los matorrales que punteaban el sendero.
—Subid a la torre y prendedle fuego, que no quede piedra sobre piedra, y que nadie salga vivo de ahí —ordenó él rotundo.
Dos piratas se volvieron rumbo a la torre esgrimiendo un gesto impaciente y sanguinario.
El capitán me miró de reojo antes de aferrar de nuevo mi magullado brazo y tirar de mí.
—¡Soy vuestra aliada, maldita sea! —exclamé retorciéndome rabiosa.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Abdul Wahib —respondí tragando saliva y sosteniendo su escrutadora mirada.
Pareció detenerse a cavilar un breve instante, antes de obligarme a proseguir el camino.
—Voy a advertirte de algo, muchacha, escucha con atención.
Te voy a dar la oportunidad de retractarte, pues si todo lo que me has confesado es una sarta de patrañas, tu destino seguirá siendo ser vendida como esclava.
En cambio, si insistes con esa historia, yo mismo te llevaré ante Solimán, y si descubro que me has mentido, disfrutaré rebanando tu cuello. Piensa bien antes de hablar.
Aquella proposición no me engañó, supe en aquel instante que, si confesaba mi argucia, me lo rebanaría allí mismo. Así pues, no vacilé y me apresuré a reafirmar mis palabras.
—No tengo nada que pensar, os hablo con la verdad. ¿Creéis acaso que si me sintiera cristiana y súbdita del rey os entregaría a mis convecinos?
El hombre deslizó su recelosa mirada por mi cuerpo, frunciendo el ceño y apretando el mentón.
—Luces buenas prendas, estás bien alimentada, y tus modales y tu lenguaje son de buena cuna.
No te han tratado mal y, sin embargo, los odias, tu lealtad al sultán supera incluso la de Barbarroja.
Eso, o tu inquina por la castellana es más grande que la torre que está a punto de arder.
—Me guiñó un ojo con gesto socarrón y aceleró las zancadas—. Empiezo a sentir franca curiosidad.
Corrí unos pasos para adelantarme a él y atravesarme en su camino, a pesar de ser presa de su férrea mano.
El hombre se detuvo tan cerca de mí que tuve que hacer verdadero acopio de valor para encarar su dura mirada.
—No mates a los que me dieron cobijo, al resto no me importa —supliqué.
—¿Y qué puedes ofrecerme a cambio?
Que posara su penetrante mirada en mi boca me agitó inquieta.
—Un castillo —conseguí balbucear.
—¿Y qué te hace pensar que no puedo tomarlo por mi cuenta?
—Está bien pertrechado y fortificado —aduje pensando con rapidez—. Dudo que dispongáis del tiempo necesario para organizar un asedio sin que las tropas del rey acudan en su auxilio. No, vuestros asaltos son fulminantes y sorpresivos.
Su sonrisa sempiterna se amplió y sus ojos refulgieron interesados.
—¿Y piensas usar de nuevo la adormidera? —se mofó.
—No, pienso ofreceros al rehén por el que os abrirán la puerta.
Alzó una ceja curioso y me contempló desconfiado.
—La única manera de saber si dices la verdad es enfrentándote a ella. Llévame a ese castillo, y aprisa, el fuego pronto los alarmará y no quiero perderme la fiesta.