CAPÍTULO 2
T EJIENDO UNA VENGANZA
Grité y grité con todas mis fuerzas al pie de aquel acantilado.
La rabia más demoledora restallaba en mis venas con la fiereza cortante de un látigo en mi piel. La ira, descontrolada y flamígera, ascendía a borbotones hasta mi cabeza, embotando mi juicio y centrando todo mi ser en un único pensamiento: «Venganza».
Sí, me dije, todos iban a pagar mi repudia pública.
Apreté con fuerza los puños y los dientes, y gruñí como un animal herido.
Poco después, y tras ese arrebato furibundo, mis rodillas cedieron, caí sobre la piedra caliza tachonada de matojos y me rendí a un llanto desconsolado.
Yo lo amaba, ¡amaba a Pere, me había entregado a él!
, y el dulce sueño de convertirme en su esposa, despuntado con nuestros esponsales apenas dos años atrás, había muerto aquella noche con el anuncio de la ruptura de nuestro compromiso y la presentación en sociedad de su flamante prometida, aquella castellana sobria, de noble linaje y dulce talante, Blanca de Zúñiga.
Tragué saliva, que me supo tan amarga como el tónico de achicoria que mi tía solía prepararme para las dolencias estomacales, y liberé un roto sollozo que viajó en la brisa nocturna, aunque no se llevó ni una minúscula porción de mi pena.
—¡Maldito seas por siempre, Pere! ¡Vas a pagar por esta infamia, lo harás, juro ante este cielo estrellado que lo harás, condenado traidor! —aullé a la noche.
En mis oídos aún crepitaban sus palabras, como el cascabeleo de una víbora a punto de lanzar su ataque.
Aquella vil justificación picoteaba implacable en mi cabeza, acentuando mi llanto.
Su enlace con la casa Zúñiga favorecía los intereses de su familia, reforzando además su posición de acercamiento al rey y ampliando sus dominios territoriales con las posesiones que adquiriría de mano de su futura esposa.
Y que su padre, el señor de la villa de Oropesa, el ilustre Joan de Cervelló, lo había impelido a aquel «forzado sacrificio», muy a su pesar.
«¡Patrañas!», estallé ante el sangrante y tierno recuerdo.
Si me hubiera querido lo suficiente, ni su padre ni el mismísimo Satán podrían habernos separado.
No obstante, Pere, con fingido pesar en el semblante, en un oscuro rincón del patio de armas del castillo, me había implorado comprensión ante el nuevo destino impuesto.
Que la noble castellana fuera, además, hermosa y de carácter sereno y sumiso era un aporte que, según él, no aliviaba su congoja.
Gruñí rabiosa y clavé las uñas en la sarga de mi falda ante la remembranza de aquel oprobio.
Pues, tras el varapalo bajo la luz de la luna, tras arrastrarme herida hacia el salón principal para pedir a mi tía Leocadia regresar a casa, descubrí cómo aquellas palabras se perfilaban como burdas injurias al reparar en la mirada lujuriosa y ansiosa de Pere clavada en Blanca.
¡La deseaba!, y el muy perro, además, exhibía una ofensiva sonrisa complacida que se me había incrustado en el corazón como una flecha envenenada.
No obstante, aquel malnacido aún no conocía el carácter de una morisca ultrajada. Atravesé el salón y, delante de todos los gentilhombres y notables de la villa, le estampé un bofetón que resonó en los muros de aquel salón silenciando a los presentes.
Fui sacada en volandas por los guardias del castillo y lanzada con rudeza sobre los duros adoquines de la entrada, seguida por los lamentos y los lloros de la buena de Leocadia.
No acepté su consuelo y corrí dolida sin rumbo, acuchillada por el desprecio y la burla de mis convecinos y por el contundente puñetazo del amor no correspondido.
A mi mente acudieron recuerdos de encuentros furtivos, de besos robados, de mi virginal entrega y de sus promesas rotas. Miradas, gestos, caricias... y las noches en vela soñando el día en que me convertiría en su esposa.
Gruesas lágrimas serpenteaban por mis mejillas y goteaban por mi barbilla, llevándose consigo cada instante vivido y dejando en su lugar un vacío desolador que oprimía mi pecho con un dolor pulsante.
En aquel instante, sumida en mi tormento, descubrí que no sólo no me había querido, sino que, además, mi condición de morisca, por muchos bienes que poseyera, había actuado en detrimento para el enlace.
A pesar de la conversión a la nueva fe, la renuncia no sólo a nuestra religión, sino también a costumbres y ropajes, el recelo hacia nuestra raza, por muy mezclada que estuviera con sangre castellana, despertaba suspicacias continuas.
Y las murmuraciones contra nosotros crecían de manera alarmante.
Ya hasta nos acusaban de ayudar a los piratas berberiscos, y, en especial, a Caramaní, a saquear nuestras costas a cambio de favores y oro.
Mi tía siempre mascullaba que, más pronto que tarde, el rey acabaría por expulsar a los moriscos de sus dominios, y que debía estar preparada para buscar un hogar en otro sitio.
Y ahora eso anhelaba, escapar de allí, viajar muy lejos y olvidar que un día entregué mi corazón al peor pirata de todos, el que robaba, mentía y sacrificaba a quien tanto lo amaba.
Una imagen destelló en mi cabeza, el rostro de Blanca de Zúñiga, de sonrisa inocente y mirada tímida. Y el odio se sumó al dolor, y mis entrañas rugieron hambrientas de un pago justo. Iba a impedir esa boda, no sabía cómo, pero no me marcharía sin obtener las merecidas represalias.
Y, en aquella oscura noche, me pareció vislumbrar lejanos destellos dorados. Allá, frente a mí, en la negra silueta de los farallones que conformaban las islas Columbretes, titilaban varios puntos de luz.
Parecía una pequeña flota de bajeles que quizá aguardaban al amparo de la ensenada que ofrecían los islotes para pasar la noche, para proseguir travesía, o quizá...
Abrí con desmesura los ojos y entreabrí la boca para exhalar un gemido alarmado...
¿Y si se trataba de los piratas berberiscos?
A mi mente acudieron los comadreos temerosos de viejos marinos de la villa, explicando cómo los piratas solían cobijarse al amparo de la illa Grossa, la isla mayor del archipiélago, con forma de herradura, ideal refugio para emboscadas, y donde los rufianes del mar se pertrechaban para atacar al amanecer decididos a saquear y a capturar esclavos que vendían en el reino de Argel.
Reprimí un escalofrío al tiempo que una idea comenzaba a madurar en mi cabeza. Y sonreí malévola al preguntarme cuánto pagarían en Argel por una bella y virginal castellana de noble cuna.
Miré al horizonte, entornando los ojos y agudizando la vista. Ya no veía aquellos minúsculos puntos, ¿y si lo había imaginado?
Después de un instante, aparecieron de nuevo, pero se perdieron tras la negra silueta de un puntiagudo escollo rocoso. No, mis ojos no me engañaban, era una flota sin duda.
Miré hacia la torre del Rey. Allí estarían los vigías, y si veían aquellas luces darían la voz de alarma. Aguardé expectante, sintiendo un opresivo nudo en el estómago fruto de la lucha interna que zarandeaba la decisión de cometer aquella locura.
De repente, un pensamiento se inmiscuyó rotundo en mi mente, lanzándome otro desafío.
Desde aquellos islotes bien podían atacar cualquiera de las villas que punteaban la costa, ¿y si se dirigían a Burriana, Xilxes o Vinaròs?
Aquella incertidumbre fue el impulso que me lanzó a poner en práctica aquel descabellado plan, y que Dios se apiadara de mi alma.
.. pero ¿cuál se haría cargo de mi destino: el dios impuesto o el renegado?
Me limpié las lágrimas con un gesto hosco y sorbí ruidosamente cualquier rastro de sollozo aletargado.
Apreté los puños y cerré los ojos para rememorar todas las veces que había sido despreciada por aquellos que convivían a mi alrededor.
Yo era morisca, sí, pero hasta mi nombre había cambiado por integrarme en una sociedad que no era la mía, en un reino que no era el mío y en una familia que me había acogido tras la muerte de mi madre.
Y nada había sido suficiente para ellos, quizá porque mi cabello era más oscuro, mis ojos más negros y mi piel más dorada, quizá porque me veían como enemiga encubierta, quizá por envidia, quizá por precaución.
Tanto daba ya, mis ilusiones yacían a mis pies, tan en ruinas como mi corazón.
Ellos y sólo ellos me habían convertido en enemiga, y ahora así me sentía, morisca, hija de Alá, sierva del Corán y de sus enseñanzas, como los tripulantes de aquellos bajeles corsarios que tramaban ya un inminente ataque.
Y, tras desprenderme de todo vestigio cristiano, de todo yugo de sumisión y de la muchacha que me habían impedido ser, caminé hacia la alquería de los Llerán, mi residencia, esa que no me dejarían heredar por no poseer consanguineidad, esa donde moraban los verdaderos dueños, los verdaderos sobrinos de Leocadia, la viuda más rica de la villa.
Herederos castellanos, más zafios, perezosos y lerdos que yo, pero castellanos.
Sin embargo, sin esposo que gestionara mis posesiones, no tenía derecho a ellas, recordé con una mueca desdeñosa.
Y esposo no tendría ya, ni quizá futuro en el que pensar si los corsarios asolaban la villa.
Algo que ya no me preocupaba, ciertamente.
No tardé mucho en llenar una jarra de barro cocido con buen vino de mesa, ni en espolvorear el remedio de Leocadia para conciliar el sueño: jugo de adormidera. Me anudé el ánfora a la espalda y deshice mis pasos, rumbo a la torre.
Ascendí el sendero, esperando oír en cualquier momento el hueco sonido de los cuernos avisando del ataque, pero todo parecía en calma. El destino parecía favorecer mis pasos, una señal de que hacía lo correcto, pues si no deseaba que cumpliera mi venganza, oportunidades tenía para detenerme.