La perla del agua CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Tomé asiento frente al monitor y comencé a teclear en el buscador de archivos. Recorrí con la mirada la gran variedad de libros que coincidían con los parámetros de mi búsqueda y comencé a apuntar en una ficha el número de referencia para su localización.

—Hay un cronista en particular que parece haber conocido muy bien a Barbarroja —murmuré sin despegar los ojos de la pantalla—. Un tal Francisco López de Gómara.

—Perfecto, veo que hay mucha información —musitó complacido.

Terminé de apuntar las referencias y le entregué la ficha.

—Dudo que le dé tiempo a consultarlos todos hoy —aduje, no sin cierto tono contrariado en la voz.

El hombre alzó una ceja y sonrió mordaz.

—Míralo por el lado bueno: así tendrás más oportunidades para echarme.

Compuse una sonrisa exagerada que debió de caricaturizar mi expresión, y con la barbilla asentí a modo de despedida.

—Tu simpatía me abruma —bromeó guiñándome un ojo.

Miró la ficha, chasqueó la lengua y se volvió buscando los pasillos correspondientes a las referencias anotadas en ella.

De repente se giró y, cómo no, me pilló observando su marcha.

—Baja la guardia, Elisa, no tengo pensado prenderle fuego a la biblioteca.

—Señorita Beltrán —apostillé recalcitrante.

El hombre mantuvo su sonrisa de suficiencia y agitó la ficha acompasando el movimiento con la negación de su cabeza.

—Odio los formalismos, tanto como odias tú que te tutee, con lo que tendrás que conformarte con que no prenda fuego a tu reino, Señorita Rottenmeier .

Entorné los ojos y apreté los labios con disgusto, obligándome a bajar la vista hacia mi escritorio; que conociera mi apodo encendió mis mejillas, activando una peligrosa e inestable bola de fuego en mi interior.

Respiré hondo y cerré momentáneamente los ojos, apelando a mi más estricto autocontrol para evitar mandarlo a la mierda.

Oí sus pasos alejándose, y con ellos se marchó también mi inexplicable incomodidad.

No supe discernir por qué un simple desconocido despertaba en mí aquel inusitado rechazo, y aunque no me caracterizaba por mi amabilidad precisamente, ese hombre, con su sola presencia, acentuaba mi ya de por sí acritud natural.

Intenté centrarme en mi trabajo mientras hacía barridos visuales por encima de las gafas para vigilar a los presentes, pero indefectiblemente terminaba buscándolo.

Unas veces lo encontraba en cuclillas en un pasillo repasando con su dedo índice los lomos de una hilera de libros con el ceño algo fruncido en gesto concentrado, y otras sentado a su mesa, pasando páginas sumido en la lectura.

Resultaba evidente que buscaba algo en particular, pues no dejaba de deambular por los pasillos eligiendo un libro tras otro.

Había algo en su forma de moverse que captaba poderosamente mi atención.

Sus zancadas eran ligeras y elásticas, con esa peculiar elegancia felina que lo asemejaba a un gran y temible puma negro.

Su cabello oscuro, sus ojos verdes y rasgados, y su rostro anguloso, de mandíbula cuadrada, hacían que se pareciera hasta en el físico a aquel depredador.

Por fortuna, estaba tan ensimismado en su tarea que no reparó en mi atención, lo que me permitió dar rienda suelta a mi curiosidad poniendo en marcha mi experimentada capacidad deductiva.

Mi mente analítica, curtida en toda una vida de lectura detectivesca, descubrió que el dorso de su mano y sus nudillos estaban un par de tonos más pálidos que los dedos, que su cabello algo descuidado y ligeramente revuelto, junto a las marcadas rodilleras de sus vaqueros desgastados, se correspondían con el perfil de un motero.

También me fijé en un particular gesto que repetía: abría y cerraba a menudo los largos dedos de las manos, estirándolos hasta arquearlos ligeramente, como un pianista entre pieza y pieza; quizá lo fuera, aunque no era usual que ambos perfiles conjugaran.

Otro detalle que me llamó la atención fue que la puntera de su bota derecha no dejaba de moverse, como si siguiera el ritmo rápido de alguna canción.

Quizá fuera un tic, aunque su porte era sereno y no parecía ser la clase de tipo nervioso incapaz de mantener la atención mucho tiempo en una cosa.

Al contrario, era observador y desprendía agudeza y templanza.

También había demostrado en nuestro particular pulso que tenía sentido del humor y que no era lo que se dice domable.

No supe muy bien por qué, pero lo percibí fundamentalmente como un hombre solitario y hermético.

Aquélla, sin duda, era la sensación que más predominaba a medida que lo observaba.

Sí, me repetí, había algo misterioso en él, como una titilante marquesina que lo destacaba por encima del resto.

Su rostro era de facciones duras, su mirada recelosa y, sin ser extremadamente guapo, resultaba bastante atractivo, aunque a mí en particular me provocara desconcertantes escalofríos. Era la primera vez que alguien despertaba en mí aquellas inusitadas sensaciones.

Sacudí la cabeza decidida a alejar a aquel hombre de mis pensamientos y me enfrasqué en el tedioso registro. Había perdido la noción del tiempo cuando un familiar carraspeo me sobresaltó de nuevo.

El hombre me miró burlón y dejó en el mostrador la pila de libros que llevaba. Dibujó una sonrisa pícara y tamborileó sobre la madera.

—¿Se lleva algún libro en préstamo? —pregunté mirándolo por encima de las gafas con gesto sobrio—. Le recuerdo que sólo puede llevarse tres y tiene un plazo de quince días para su devolución.

—No me llevo ninguno, prefiero regresar mañana y así dejar que sigas analizándome. Da la impresión de que necesitas un incentivo para venir a trabajar.

De nuevo forjé una sonrisa forzada que terminó en una mueca indefinida, pero mis ojos lo fulminaron.

—La verdad es que no sé qué haré con mi vida cuando termines tu investigación —mascullé ácida—. Suerte que tengo cerca muchos acantilados por los que tirarme.

Él estiró los labios en una sonrisa abierta y divertida, y dio una palmada sobre el mostrador.

—Bueno, pues en mi afán por salvarte la vida, regresaré mañana —bromeó distendido, disfrutando con la clara represión bajo la que lograba mantener a raya mi genio.

Nos sostuvimos la mirada un instante en un curioso duelo por contagiar la emoción del contrario, él manteniendo su sempiterna sonrisa desafiante, y yo mi ceño y mi semblante adusto.

—¿No me acompañas a la puerta? —musitó burlón.

—Sólo si tú me acompañas al acantilado —respondí sin mutar un ápice mi hierática expresión.

El hombre se carcajeó sin dejar de mirarme, intentando sofocar la risa cubriéndose la boca.

Agité la mano dibujando un patente gesto de despedida, bastante desdeñoso, y él asintió limpiándose las lágrimas.

—Tranquila, Elisa, el capullo abandona el edificio.

Me guiñó el ojo y salió con ese paso decidido y ágil que de nuevo atrapó mi mirada.

No fue hasta que oí la puerta cerrarse cuando dejé escapar un resoplido aliviado.

Pero ¿por qué? —me planteé—, ¿por qué ese hombre me incomodaba?

, ¿por qué me ponía en guardia?, ¿por qué todo mi ser reaccionaba contra él, queriéndolo lejos?

Suspiré profundamente y cogí su ficha. Posé mis ojos en su sesgada caligrafía y me encontré repasando su nombre con la punta del índice: Luis Roig.

Fruncí el ceño inmersa en mis inquietudes respecto a él y, cuando alcé la vista hacia el lugar donde había estado sentado, descubrí que se había dejado un libro sobre la mesa.

Me puse en pie y me dirigí hacia allí, dispuesta a colocarlo en su lugar. Pero cuando lo tomé en mi mano advertí que no pertenecía a la biblioteca.

Era un libro de corsarios berberiscos, cómo no.

Lo abrí por la mitad y lo ojeé por encima.

Me llamaron la atención los grabados, y en particular uno de un pirata gobernando el timón de su nave.

El detalle en aquel grabado era exquisito y minucioso.

Aquel hombre reflejaba un halo de seguridad en sí mismo tan poderoso que atravesaba el papel.

Su apariencia no era la de un pirata convencional.

En su cabeza lucía un turbante claro que contrastaba con los mechones oscuros que el viento moldeaba a su capricho.

Llevaba una gran camisola de mangas abullonadas abierta en el pecho y, sobre ella, un chaleco suelto.

Un ancho fajín ceñía su cintura y unas botas altas enfundaban unas calzas oscuras.

Su porte era regio y su expresión, amenazante y fiera.

Llevaba una barba larga y, sin embargo, no ocultaba unos rasgos bien cincelados, armoniosos, aunque contundentes.

«Facciones patricias, ropajes moriscos, curiosa mezcla», pensé todavía embebida en el subyugante influjo de aquella ilustración.

Abajo, un nombre: Jeireddín Barbarroja .

Pero aquel rostro no era árabe, ni su cabello parecía rojo, pues, aunque el grabado era en negro sobre pergamino, la intensidad del trazado no dejaba lugar a dudas sobre la profunda oscuridad de un tono azabache.

Aquella imponente figura atrapó poderosamente mi atención, despertando mi curiosidad sobre aquel curioso personaje.

Sin lugar a dudas, saber que había estado allí, en Oropesa, y que había sido la pesadilla de todo el Mediterráneo y la mano derecha del temible sultán turco Solimán el Magnífico lo convertía en una especie de leyenda fascinante.

«¿Quién fuiste en realidad?», pensé fijando mis ojos en los definidos detalles de su rostro.

Suspiré y me descubrí repasando con el índice la ilustración.

Sacudí la cabeza aturdida y cerré el libro.

Intrigada, comprobé que no tenía editorial ni ningún distintivo sobre su procedencia.

Y, ante mi absoluta impavidez, descubrí el nombre de Luis Roig como autor de aquel volumen.

Decidí guardarlo para devolvérselo al día siguiente, y con esa intención me dirigí a mi puesto, pero en lugar de depositarlo en el cajón de mi escritorio, me encontré introduciéndolo en mi bolso.

La intención de leerlo había surgido antes incluso de que yo misma fuera consciente de aquel deseo inesperado.

Decidí no cuestionarme aquella súbita decisión y rendirme al aguijón de la curiosidad más inaudita.

Había llegado la hora de cerrar.

Recogí mis cosas, apagué las luces desde el panel de fusibles, bajé las persianas de las ventanas y salí cerrando con llave.

Enfilé la calle Goya hacia la plaza de España, donde tenía aparcado el coche, enfrente del bar Salva. Aunque solía ir a trabajar caminando, aquel día había quedado a cenar con mi gran amiga Julia en su villa a las afueras del pueblo, cerca de un espectacular mirador.

Sonreí pensando en la maravillosa velada que me esperaba mientras cruzaba la calle, sin ver el vehículo que se precipitaba sobre mí.

Sentí cómo mi cuerpo era catapultado por encima de un capó oscuro y rodaba desmadejado en el aire hasta caer con un golpe seco en el asfalto.

Todo sucedió a cámara lenta, angustiosamente lenta.

Incluso podría asegurar que oí el crujido de mis huesos quebrándose por el impacto y la calidez espesa de la sangre cubriendo mi piel como un paño mortuorio.

Luego llegó la oscuridad, densa, pegajosa y terriblemente fría.