CAPÍTULO 1
U N EXTRAÑO EN MI REINO DE PAPEL
Lancé una reprobadora mirada al grupo de estudiantes adolescentes que murmuraban jocosos tratando en vano de sofocar sus carcajadas. Ya los había amonestado varias veces, componiendo mi gesto más severo y mi tono más amenazador; no obstante, continuaban sus burlas.
Me ajusté las gafas sobre el puente de la nariz y suspiré largamente, tratando de aplacar la frustración ante el incumplimiento de la más importante norma de toda biblioteca: el silencio.
Chité por enésima vez y estrangulé un gruñido decidida a tomar la única medida efectiva ante aquella flagrante falta de respeto: la expulsión. Me puse en pie y avancé hacia ellos con porte envarado y gesto adusto.
Los muchachos agacharon casi al unísono la cabeza para enterrarla en la pila de libros abiertos diseminados por la mesa; algunos tenían el rostro congestionado por las risas contenidas.
Me planté frente a ellos y carraspeé para atraer sus miradas sobre mí.
—Recoged vuestro material y abandonad la sala —pedí en tono tirante y con expresión inflexible.
—No volveremos a molestar, lo prometemos —replicó una de las chicas con mirada arrepentida.
—Tarde, se han agotado los avisos —tercié señalando la puerta.
La experiencia me había enseñado que, si se cedía ante aquel ruego, lo único que se conseguía era que te perdieran el respeto. Y, en aquel reino de papel y silencio, yo era la encargada de hacer cumplir las normas.
El grupo de chicos me lanzó una mirada irritada, y algunos resoplaron resignados. La chica que había hablado se encogió de hombros y comenzó a recoger tras regalarme un ceño resentido.
No me moví ni un centímetro de mi posición mientras los observaba impasible con los brazos cruzados bajo el pecho.
Cuando el último de ellos se puso en pie y se colgó la mochila a la espalda, los seguí hacia la salida para cerrar la puerta tras ellos.
Oí con claridad entre una frase barbotada con rencor la palabra amargada , un adjetivo que solían usar mucho en lo que a mí se refería, entre otros similares, naturalmente.
Mi fama de agria, estirada y sargento solía reducirse a un apodo: Señorita Rottenmeier, así me llamaban.
La típica solterona que sobrepasaba la treintena, estricta, sobria y rara, cuyo único disfrute era la soledad y los libros.
Éstos habían sido mi único refugio, la manta que me abrigaba en invierno y la brisa que me refrescaba en verano.
El abrazo que alejaba la soledad y la pasión de un amante inexistente.
El susurro de un buen consejo o la inquietud de una profunda reflexión.
Las emociones no sentidas en carne propia, o las vidas que nunca viviría.
Todo eso era un libro para mí, para alguien que se cobijaba en la soledad desde aquel trágico día.
Para alguien que había decidido aislarse del mundo y protegerse de él.
Suspiré lentamente y me volví para encaminarme a mi puesto cuando me topé con la mirada censuradora de unos profundos e inquietantes ojos verdes.
Ya había reparado aquella mañana en aquel extraño hombre que había ocupado una mesa junto a la ventana y tecleaba concentrado en el ordenador del centro.
Nunca lo había visto por allí, y podía asegurar que se trataba de un forastero, pues no era el tipo de hombre que pasara precisamente desapercibido, y menos en aquel pueblo tan pequeño.
Acentuó su ceño reprobador y sus labios se apretaron quizá reprimiendo decirme algo. Su excesiva atención y su mohín disgustado me agitaron, y aceleré mi paso hasta volver a parapetarme detrás de mi mesa en la recepción.
Evité mirarlo y me escondí tras la pantalla de mi monitor fingiendo consultar unos datos. Pero sentí de forma tan tangible su mirada sobre mí que me removí inquieta en mi asiento y tragué saliva incómoda.
Dejé pasar unos minutos antes de atreverme a lanzar un vistazo en su dirección.
El hombre ya no estaba en aquella mesa, sino frente a un anaquel en particular, escudriñando concienzudamente los lomos de unos libros.
No pude evitar deslizar la mirada por su cuerpo.
Era delgado, fibroso y muy alto, pero lo que más llamó mi atención fue ese halo misterioso que lo envolvía, un curioso contrapunto a la contundente seguridad que manaba de cada uno de sus gestos y que lo hacía resaltar de su alrededor.
Una llamativa mezcla entre un peculiar misticismo etéreo y una mundanal rotundidad.
Su cabello era negro, abundante y peinado hacia atrás, pero rebelde, a juzgar por el modo en que algunos mechones pugnaban por escapar de su sitio.
Por detrás cubría su nuca, con las puntas rizándose ligeramente hacia arriba, como si retaran a que unos dedos tenaces las domaran.
Tan absorta me encontraba en mi escrutinio que no me percaté de que yo también era objeto de uno similar.
Me puse rígida y aparté sofocada la mirada, pero no sin antes percibir un marcado gesto travieso preñado de diversión en la expresión del hombre.
Alcé la barbilla y fingí dedicar mi atención a la pantalla de mi ordenador mientras desplazaba el puntero del ratón de manera errática trazando absurdos círculos.
Tuve que esforzarme en mantener los ojos en la página de archivos de la biblioteca, donde unos instantes antes actualizaba el registro de novedades, pues mi mente no dejaba de volar hacia aquel extraño desconocido.
Tras lo que creí un paréntesis prudente, me permití volver a buscarlo con la mirada, pero ya no estaba en aquel pasillo. Tan absorta me encontraba recorriendo la sala que no me apercibí de la figura que estaba apoyada en el alto mostrador de mi izquierda.
Un intencionado carraspeo logró captar por fin mi atención.
Cuando dirigí la vista hacia allí, mis ojos se agrandaron y mi gesto reveló traidor la inesperada impresión de tenerlo junto a mí.
Y, por si no hubiera sido suficientemente comprometida mi reacción, de mis labios escapó una suerte de exhalación sorpresiva que puso la guinda.
Habría puesto los ojos en blanco tras un bufido exasperante si ese gesto no me hubiera coronado como la pardilla del año. Por supuesto, tenía que ser él.
Por su expresión era fácil adivinar lo divertido que le parecía mi desconcierto, y en su socarrona mirada advertí que era muy consciente de que lo había estado buscando.
Para colmo de males, decidió apoyarse indolente sobre la despejada superficie del mostrador y acercó su rostro al mío. Sus penetrantes ojos verdes me escudriñaron divertidos.
—Necesito un libro —murmuró fijando su mirada en mis labios.
Supe lo que se proponía, y tras la impresión inicial yo ya me había repuesto lo suficiente para mostrarle mi lado más mordaz.
—Menos mal, porque es lo único que puedo ofrecerle —argüí irónica acomodando las gafas en el puente de mi nariz con gesto seco.
El hombre alzó una ceja y sonrió de medio lado con suficiencia mientras negaba lentamente con la cabeza.
—Estoy seguro de que hay más cosas que puedes ofrecerme, pero de momento sólo quiero un libro.
Lo fulminé con la mirada y oprimí los labios en una mueca furiosa que no me molesté en ocultar.
—Lo único que le ofrecería con mucho gusto sería la salida —repliqué indignada.
Él pareció estrangular una sonrisa, pero la sombra de ésta refulgió con insultante picardía en sus ojos.
—Sí —adujo clavando su afilada mirada en mí—, ya he visto que tienes cierta inclinación a echar gente del centro.
Pero, como funcionaria pública, soy yo quien paga tu sueldo, y por tanto.
.. —dirigió la mirada a la placa identificativa que llevaba prendida en mi blusa—, Elisa, exijo que me atiendas debidamente en lugar de evadir tus funciones.
Sentí cómo la sangre se agolpaba en mis mejillas y la ira burbujeaba en mis venas incendiando mi ánimo. Cerré los puños y mi boca se transformó en una fina línea blanquecina.
—Vaya, veo que, tras esa capa de hielo, se esconde todo un volcán. Interesante.
—Lo único interesante aquí es ver a un capullo en una biblioteca.
Esta vez abrió los ojos con asombro y, tras un segundo de incertidumbre en el que me pregunté si mi réplica podría tener consecuencias en mi expediente, el tipo estalló en carcajadas.
Observé impasible cómo incluso le lagrimeaban los ojos y cómo su risa resonaba por la sala en un cascabeleo alegre llamando la atención de los presentes, que lo miraron, intrigados algunos, reprobadores otros.
—¿Le importa reírse en la calle?
Eso intensificó su risa y redobló mi intención de librarme de él.
Salí de detrás del mostrador y me acerqué a él, indicándole la salida con un gesto apremiante.
—No, no, Elisa —logró mascullar sofocando sus risotadas, no sin esfuerzo—, conmigo no te resultará tan fácil.
—Le pido, por favor, que abandone la biblioteca —murmuré severa.
Sostuvo mi mirada con firme determinación y negó con la cabeza.
—Y yo, que seas más profesional y dejes de lado tus reservas personales con alguien que sólo respondía a un sarcasmo innecesario con otro. Si no te gustan las pullas, no las lances.
Fruncí el ceño y respiré hondo tragándome mi orgullo.
Estaba claro que no se iría sin oponer resistencia, y en verdad no podía obligarlo simplemente con mi ruego. Así pues, me crucé de brazos y lo miré irritada.
—¿Qué libro busca? —inquirí con mi tono más agrio.
Pude ver contrariada cómo su expresión relumbraba triunfal.
—Cualquiera que hable de los piratas berberiscos del siglo XVI , en especial, de Jeireddín Barbarroja : biografía, leyendas, todo lo que tenga que ver con él.
También necesito saber si hay registros históricos de algún cronista de la época sobre el ataque y el saqueo por parte de la flota de Barbarroja a la villa de Oropesa en 1536.
Su detallada demanda me hizo observarlo con suma atención. Percibí un tinte ansioso en su faz que me desconcertó, acentuando mi curiosidad por aquel individuo.
Asentí cortante y me dirigí a mi puesto de trabajo más tensa de lo que había salido de él.