La perla del agua
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PRÓLOGO
Mortecinos rayos lunares se filtraban por las profundas troneras de la torre, azulando apenas los irregulares bloques de mampostería de los muros, carcomidos por el tiempo.
Había apagado la linterna apresuradamente cuando descubrí alarmada que alguien más había atravesado la puerta de acceso de la planta baja.
Contuve el aliento y supe que estaba atrapada. La única vía de escape era esa entrada. Me asomé al ventanuco de la primera planta. Podría saltar, pero me arriesgaba a lesionarme, y en ese caso mi perseguidor me alcanzaría sin problemas.
Me mordí el labio inferior buscando la manera de encontrar el bloque marcado y salir de allí zafándome de aquel hombre.
Me pregunté cuánto tiempo llevaría siguiendo mis pasos; probablemente desde aquel aciago día.
El rastro de una sombra que había aparecido a raíz del accidente, el maldito día en que toda mi vida se desgarró en dos.
El eco de sus pasos sobre el pavimento de piedra rebotó en los muros, tensando todo mi cuerpo.
Apreté tan fuertemente el mango de la linterna que la piel de mis nudillos se estiró hasta perder todo color.
Intentando no hacer mucho ruido y palpando ansiosa los muros, me deslicé a ciegas buscando la escalinata que llevaba a la parte alta de la torre.
Lejos de las troneras, la negrura era absoluta, los muros tenían un grosor de casi tres metros y el único charco de plata lunar pintado sobre el pavimento era apenas un débil esbozo en una esquina, a unos metros de mi posición.
Avancé todo lo veloz que pude, empujada por los pasos y por una respiración entrecortada.
Estaba ascendiendo la empinada y angosta escalinata hacia la primera planta.
De pronto me detuve asaltada por un fogonazo clarividente: si subía a la última planta, que además era descubierta, estaría atrapada, sin escapatoria alguna. Sabía lo que buscaba aquel hombre, como también sabía que no dejaría cabos sueltos.
Mi única oportunidad era retroceder sin pérdida de tiempo y pegarme al muro donde se abría la escalinata, rezar por que no enfocara con el haz de su linterna en mi dirección y escabullirme escaleras abajo cuando él entrara en la sala.
Mi pulso se desbocó cuando vi el ambarino resplandor de una linterna asomar por el hueco, mordiendo la negrura del umbral.
Aceleré de puntillas y me adentré en la oscuridad con los brazos extendidos, en dirección a mi objetivo.
Palpé la rugosa frialdad de la piedra caliza y adherí mi espalda a ella.
Contuve el aliento cuando la luz emergente se hizo más intensa ampliando su ángulo.
El eco se abrió resonando en toda la sala, sobresaltándome.
Me ceñí más a la pared intentando mimetizarme con ella, procurando acallar lo más posible mi respiración.
Sentí la presencia antes de verla y me encogí por un segundo apretando la mandíbula.
Con el rabillo del ojo vislumbré una silueta que avanzó ligeramente.
Al cabo, se detuvo y comenzó al lamer cada rincón con la luz de su linterna.
Por fortuna comenzó por la esquina opuesta.
No perdí la ocasión e, impelida por el pavor y un conveniente chute de adrenalina de mi eficaz glándula suprarrenal, me abalancé por el hueco escaleras abajo, agarrada a la barandilla para evitar partirme la crisma.
El espacio era muy angosto, por lo que sólo una persona podía transitar por él.
Oír cómo sus pasos se precipitaban tras de mí aligeró mis piernas y desbocó mi corazón.
Aquellos malditos peldaños eran tan altos que temí acabar rodando por ellos.
Salté el último con un gruñido desesperado y crucé la puerta principal de la torre como una exhalación.
Un extraño zumbido pasó junto a mi oreja, me encogí instintivamente y salí al fresco aire nocturno.
Bajé a la carrera el camino empedrado, enfilando hacia la verja de entrada, que había abierto con unas cizallas.
Oí una imprecación entre dientes tras de mí y otro zumbido pasó rozando mi cabeza. ¡Me estaba disparando, joder! Ese sonido era un arma con silenciador. Asaltada por un pánico atroz, salí del sendero y comencé a zigzaguear entre las encinas circundantes.
Solté un grito aterrado cuando, de nuevo, un ya reconocido y pavoroso silbido surcó el aire a mi derecha e impactó contra un tronco que estaba a punto de sortear.
Un pedazo de corteza saltó como un resorte frente a mis ojos fragmentado en afiladas espinas, me encogí y desvié mi rumbo.
Descendí por la calle Almería en dirección al faro justo cuando una fina línea resplandeciente comenzaba a asomar tímida por el horizonte.
Y aunque, paradójicamente, ese atisbo de alba encendió un hálito de esperanza en mi interior, mi parte racional comprendió que actuaba en mi contra, mostrando con más claridad mi presencia al hombre que intentaba matarme.
El aire quemaba en mis pulmones, tenía la garganta seca y el pulso desbocado.
Mi única oportunidad era llegar al mar. Sería un blanco fácil si seguía la carretera y no alcanzaría el faro a tiempo, así que aceleré las zancadas y fijé la vista en el abrupto y angosto sendero junto al murete del faro, que descendía directamente hasta el acantilado.
Miré angustiada tras de mí y me sobresalté dejando escapar un aterrador resuello al descubrir horrorizada una silueta que me apuntaba con una pistola.
Me encogí sin dejar de descender atropelladamente.
Un sonido sordo me confirmó dónde había impactado la bala.
El pánico más absoluto me impulsó entre los riscos y a punto estuve de despeñarme cuando guijarros sueltos se deslizaron bajo mis pies, haciéndome perder el equilibrio por segundos.
Maldije entre dientes, con el corazón en un puño y el terror más primitivo circulando abrasivo por mi torrente sanguíneo.
Entre abruptos peñascos, logré aproximarme al borde, vislumbrando mi objetivo.
Me dirigí hacia el puesto de pesca número 38, marcado con cal sobre la roca, por llegar a tiempo.
Los trigueños cabellos de un sol adormecido flotaban en sinuosos mechones sobre el horizonte, mecidos por un mar calmo. La aurora despuntaba y mis posibilidades mermaban con cada rayo de luz.
Sentí la urgencia de mirar tras de mí, pero cada segundo era vital. Me asomé buscando un punto seguro donde lanzarme. Debía saltar con mucho impulso para sortear los riscos que asomaban afilados del mar, donde la espuma se arremolinaba empujada por engañosas olas amables.
Tomé una profunda bocanada de aire, flexioné las rodillas, cerré los ojos un segundo antes de saltar y me impulsé al vacío con el corazón rebotando alocado en mi cavidad torácica.
Caí al mar como un proyectil submarino.
Una miríada de burbujas engarzadas en un manto turquesa oscuro me envolvió, aturdiendo mis sentidos.
Por un agónico instante no fui capaz de mover un músculo.
La serena belleza de aquel apacible mundo acuático me subyugó peligrosamente.
Era como si atravesara un portal líquido hacia una dimensión desconocida.
Una acariciadora paz me acompañó al fondo, hasta que unas extrañas y sinuosas guedejas rojas se entrecruzaron molestas en mi campo de visión.
Parpadeé confusa, resiguiendo ensimismada con la mirada aquellas hebras escarlatas que flotaban como algas alrededor de mi cabeza.
Y justo en aquel instante una explosión de dolor y ahogo me dobló en dos.
Comencé a bracear y a patalear, boqueando como un pez. Proferí un grito sordo que sonó como un gorjeo lejano, y mi anterior quietud pereció en un estallido de pánico que me impulsó a la superficie como una exhalación.
Ese vigoroso empuje que insufla la más primigenia supervivencia me llevó a nadar hacia la rocosa costa del acantilado, anulando el miedo.
Pero, aunque la adrenalina me hizo creer por un instante que lo lograría, la debilidad comenzó a imponerse implacable, desdibujando aquella tentadora costa, alejándola, del mismo modo que alejaba la vida de mi exiguo cuerpo, con cada gota de sangre que se diluía en el mar.
Grité furiosa, aterrada y desesperada, golpeando el agua con los puños, rompiendo en llanto ante aquel inesperado final. Y, entre sollozos, el mar comenzó a tragarme.
A tan sólo unos pocos metros, la efervescente espuma se rizaba alborozada entre las impasibles rocas, que contemplaban indolentes mi derrota.
Miré por última vez aquel cielo teñido del desvaído oro de un alba incipiente y, mientras me embebía de aquel último aliento de vida, divisé una silueta asomada al borde del acantilado.
Una silueta que aguardaba paciente el destino que había elegido para mí, un destino que había comenzado a truncar mi vida tan sólo un año antes. Aquel día soleado en que hallé aquel libro de aventuras, un libro que cambió mi vida y decidió mi muerte.
Dicen que leer un libro es vivir otra vida; en mi caso, no pudo ser más cierto...