CAPÍTULO 16 #2
—Fue mi modo de aliviar presión, furia y dolor.
Descargaba en ese instrumento toda la rabia acumulada contra mí hasta acabar agotado física y mentalmente; además, lograba evadirme.
La música fue mi gran terapia. También descubrí que tengo oído musical y ritmo, con lo que adquirí cierta destreza.
Algunos fines de semana toco junto a un grupo de rock, de manera ocasional, nada relevante.
—¿Te habría gustado convertirlo en tu profesión o la física pesó más?
Apuró el café y metió su taza y la mía en el fregadero.
—Ser músico es una profesión bastante inestable, sólo la considero una liberación esporádica. En cambio, me volqué en la física porque necesitaba respuestas y sabía que en ella las encontraría, y así ha sido.
—¿Alguna vez se te pasó por la cabeza que tu pasión por la música pudiera desanclarte de la realidad, que podría abrir una puerta arriesgada en tu mente?
Luis alzó las cejas mostrando cierto asombro, luego entornó los ojos y me estudió con más interés.
—Vaya, sé a lo que te refieres. Y que me lo preguntes indica que tú sufriste del mismo temor —respondió.
Volvió a sentarse en el taburete y palmeó el que tenía a su lado, alentándome a sentarme junto a él—.
Verás —prosiguió una vez que yo tomé asiento a su lado.
Posó los pies en el travesaño inferior del mío y se inclinó ligeramente sobre mí, como si fuera a contarme un secreto—, había ocasiones en que, sumido en mi éxtasis musical, perdía la cabeza por completo.
Gritaba, maldecía y desvariaba, y debo confesar que he roto más de una batería.
Jamás podría haberme dedicado de forma profesional a algo que me desgastaba tanto emocionalmente.
A algo que, en efecto, arañaba mi alma, un alma tan rota que había días que me faltaban las fuerzas para seguir adelante.
Acercó su rostro al mío. La gravedad de su mirada me estremeció.
—Dios, hay tantas cosas que nos unen, Elisa, tantas, que por eso me temes.
Soy una especie de reflejo de tus miedos.
Un espejo en el que te aterra mirarte y que cubriste con una sábana hace muchos años.
Pero déjame decirte algo: los muertos que tienen cosas que decir saldrán a la superficie por muchas capas de tierra con que te empeñes en enterrarlos.
De una manera u otra, resurgen, más furiosos y vengativos que nunca, y entonces sí acaban contigo.
Olvidarlos no es la solución, lo único que los hace desaparecer es enfrentarlos.
Llevas mucho tiempo postergando esa batalla.
También yo intenté olvidar, reanudar mi vida, pero es inútil.
La culpa es la tortura más inhumana y cruel que existe, nos descarna, nos consume, hasta destruirnos por completo.
Ninguno de nosotros podrá recuperarse y lograr recomponer su vida si antes no derrota la culpa.
Es como un maldito estigma que se debe borrar.
Sentí la yema de su dedo en mi mejilla, dibujando una caricia errática por mi piel. No fue hasta que despegó los dedos de mi rostro y los vi húmedos cuando descubrí mi propio y silente llanto.
—Llorar es bueno, es la lluvia del alma —susurró afectado.
—No para mí, yo...
Me puse en pie y salí de la cocina. El nudo de mi garganta me impedía respirar. No, no podía dejar que aquel hombre derrumbara mis muros.
En aquel momento sonó el teléfono del salón. Me enjugué las lágrimas con el antebrazo y respiré hondo antes de descolgarlo.
—¿Diga?
—Hola, Elisa, soy yo, Simón.
—¿Simón? —inquirí confusa.
Una pausa y un chasquido reprobador.
—El doctor Muñoz —aclaró en un leve tono desencantado.
—Ah, perdona, me pillas algo embotada —me justifiqué.
—Te llamaba para invitarte a un café hoy. Quiero ver cómo te desenvuelves fuera del formal terreno clínico. Y seguro que es mucho más distendido para ti contarme tus progresos y más divertido para mí comprobar tu evolución. ¿Qué te parece?
—¿Un café?... Eeeh..., bien, bien. Lo prefiero, por supuesto. ¿Dónde quedamos?
—Pasaré a recogerte a las cuatro, ¿te viene bien?
—Claro, hasta la tarde entonces, Simón.
—Hasta dentro de un rato, Elisa.
Fue fácil apreciar regocijo en su tono. Colgué evitando pensar en el motivo real de aquella invitación.
—El buen doctor no pierde el tiempo.
Me volví para encontrar a Luis apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho con aire indolente, a pesar de que en su gesto se perfilaba una pincelada de desagrado.
—Digamos que es una cita médica fuera del centro.
Esbozó una media sonrisa sardónica y sacudió la cabeza mirándome con suficiencia.
—No te pega el papel de ingenua.
—No lo soy, acabo de decirte lo que es para mí. Lo que signifique para él es problema suyo.
—Me temo que va a necesitar algo más que una seductora sonrisa y el estetoscopio colgado del cuello para romper tus escudos.
—Tampoco creo que lo consigan unas baquetas, una sonrisa pendenciera o una historia rocambolesca.
Posó la mano derecha sobre su pecho y se encogió como si le hubiera disparado.
— Touché ... —gimió con aguda teatralidad.
—Eso te pasa por meterte donde no te llaman.
Se encogió de hombros y se acercó a mí con las manos en los bolsillos y actitud prudente.
—¿Volverás a hacerlo esta noche?
—Sí, prometí ayudarte y lo haré. Pero con una condición.
—Adelante.
—Deja de acosarme.
—¿Eso es lo que crees que estaba haciendo en ese jodido banco?
—Es justo lo que parece.
Frunció irritado el ceño y asintió molesto.
—Pues no, joder, no te estoy acosando.
—Si no tienes dónde quedarte, puedo buscarte un lugar...
—Tengo amigos en Benicàssim, descuida —interrumpió enojado—, y no te molesto más. Gracias por el desayuno y por atender los desvaríos de un pobre loco.
Cogió su cazadora de cuero negra del perchero y se dirigió a largas zancadas hacia la puerta principal.
—Luis, espera, yo no... no quería ofenderte...
Ya cerraba la puerta cuando se detuvo y se volvió hacia mí.
—Es un mal menor, te lo aseguro —rezongó adusto—. Pero insisto en recordarte algo importante: si experimentas sucesos extraños, por favor, acude a mí.
Y salió con vehemencia, evidentemente airado.
En aquel preciso instante sentí el impulso de seguirlo y confesarle que ya los había experimentado, pero mi férreo sentido de protección continuaba negándolos.
Así que permanecí inmóvil, mirando aquella recia puerta y rezando internamente por que aquello cesara, convirtiéndose así en una mala jugada de mi mente.
No obstante, esa intuición, como una molesta y estridente vocecita interna, me gritó en aquel momento que volvería a sufrirlos.
No bien ese pensamiento terminaba de afianzarse en mi mente, una prueba irrefutable de que desgraciadamente aquello era sólo el principio: algo titiló ante mis ojos como una marquesina.
Un número, una fecha en el calendario: el 11 de septiembre.
«Maldita sea...» La misma fecha en que años atrás mi vida entera se había derrumbado entre sangre, lágrimas y dolor.
El día en que estallé...