Capítulo final #3
A la mañana siguiente, Cathaline encontró a Audrey en el jardín observando a la pequeña Eliza y a Harriet correr detrás de un perro.
—¿Te duele? —preguntó.
Audrey no fingió no comprenderla.
—A veces.
Cathaline tomó su mano.
—Lo siento.
—Yo no —dijo Audrey.
Su mirada volvió hacia la pequeña Eliza, que seguía jugando a pocos pasos de ellas.
—Quise tener más hijos. No voy a fingir que no. Pero nunca miro a mi hija pensando en los que no llegaron.
Cathaline apretó sus dedos.
Audrey volvió la cabeza hacia ella y la expresión se le suavizó.
—Y tú no empieces a contar niños que todavía no existen.
—No estaba haciéndolo.
—Cathaline.
Ella soltó el aire.
—Está bien. Quizás un poco.
—No tienes que demostrar nada a nadie. Ni a Malcolm, ni a mí, ni a los Sinclair. Eres mi hermana, eres la esposa de Ewan y ya formas parte de esta familia aunque no nazca un solo niño en los próximos diez años.
Cathaline bajó la mirada hacia sus manos unidas.
—No voy a negar que me siento algo presionada.
—Lo sé.
—Y supongo que eso me molesta más porque no quiero que nada ensucie la idea de tener hijos con él.
Audrey sonrió.
—Entonces no dejes que un abogado lo consiga.
Cathaline soltó una risa baja.
—Eso ha sonado bastante a ti —Cathaline la abrazó con fuerza y Audrey le devolvió el abrazo sin decir nada durante unos segundos—. ¿Sabes qué es una de las cosas que más me gusta de haberme casado con Ewan? —murmuró Cathaline.
—Me temo que vas a decírmelo.
Cathaline sonrió contra su hombro.
—Que ya no tendremos que pasar media vida despidiéndonos.
Audrey se apartó lo suficiente para mirarla.
—Eso sí me gusta.
—A mí también.
Volvieron a abrazarse, y esta vez Cathaline pensó que quizás aquella fuera una de las partes más hermosas de todo lo ocurrido: después de tantos años viendo a Audrey marcharse hacia Escocia, ahora ella también tendría un camino que siempre terminaba cerca de su hermana.
Eleanor había llegado a Blairmuir algunos días después de la boda, sola y con una expresión que Cathaline no le conocía.
Había dado una explicación vaga sobre una visita pendiente y la conveniencia de aprovechar que todavía quedaba parte de la familia reunida en Escocia, pero ni siquiera ella pareció convencida por sus propias palabras.
Cathaline le había hecho un par de preguntas durante la cena.
Eleanor respondió con educación, desvió ambas y terminó hablando de cualquier otra cosa.
Eso bastó para que Cathaline comprendiera que insistir solo conseguiría cerrarla más.
Su amiga estaba cansada, algo más pálida de lo habitual y demasiado atenta cada vez que alguien mencionaba viajes o regresos. Cathaline decidió esperar.
Cuando Edward, Fiona y Tavish se dispusieron a regresar hacia Eilean Ròs, parte de la familia los acompañó hasta el puerto. Eleanor había insistido en ir también, aunque desde que divisaron los primeros mástiles se mantuvo más callada.
Se apartó del grupo y terminó junto al extremo del muelle, contemplando las embarcaciones sin acercarse demasiado al borde.
Tavish la vio desde lejos y fue hacia ella. Llevaba el kilt MacKinnon y el cabello rojo agitado por el viento.
—La última vez le dije que la llevaría en mi barco.
Eleanor no apartó los ojos del agua.
—Lo recuerdo.
—Salgo mañana. Podría acompañarme durante una parte de la travesía.
La expresión de ella cambió.
Fue algo pequeño, apenas una rigidez en los hombros, pero Tavish la vio.
—No puedo.
Él creyó primero que hablaba de compromisos familiares.
—Volveríamos antes de que su tía...
—No puedo subir a un barco.
Tavish dejó de sonreír.
—¿Se marea?
—No.
—Entonces...
Eleanor volvió el rostro. Había algo en sus ojos que Tavish no le había visto nunca y, sin saber todavía qué lo había provocado, sintió una aversión inmediata hacia quienquiera que hubiera sido responsable de aquel cambio.
—He dicho que no puedo.
Tavish permaneció quieto.
—Está bien.
La respuesta pareció desconcertarla.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperaba?
—Que preguntara por qué.
—Quiero saberlo —El viento levantó el borde de su tartán—. Pero no necesito saberlo hoy.
Eleanor lo observó durante unos segundos antes de alejarse.
Tavish no intentó detenerla.
Hasta entonces había pensado en ella como una dama inglesa demasiado orgullosa, inteligente y capaz de convertir cualquier conversación en una disputa. Por primera vez, no sintió curiosidad por descubrir cómo hacerla enfadar.
Quiso saber qué había ocurrido para que Eleanor se mostrara tan triste.
No obtuvo la respuesta aquel día.
La tarde continuó entre despedidas, equipajes y promesas de volver a verse pronto. Poco a poco, los carruajes fueron desapareciendo por el camino y Blairmuir recuperó una calma que, después de tantos días de familia reunida, resultó casi extraña.
Al caer la noche, la casa había quedado casi en silencio.
Cathaline se sentó delante del espejo mientras Ewan retiraba una a una las horquillas de su cabello. Había mejorado desde Eilean Ròs, aunque todavía tiraba demasiado de algunos mechones.
—Más despacio.
—Estoy siendo cuidadoso.
—Eso dijo la primera vez.
Una pequeña piedra azul brilló entre sus dedos.
Cathaline la reconoció.
—Todavía la tiene.
—Nunca dije que pensara devolverla.
—Era un préstamo.
—He decidido prolongarlo.
Ewan colocó la horquilla sobre el tocador y dejó que el cabello rubio de Cathaline cayera libre sobre sus hombros. Después se inclinó y besó la pequeña marca junto a su clavícula.
Cathaline encontró sus ojos en el espejo.
—¿Cuándo supo que me amaba?
Ewan apoyó las manos sobre sus hombros.
—No sé cuándo empezó. Sé cuándo dejé de poder mentirme.
—¿Cuándo?
—Cuando escuché que podía casarse con Mowbray y descubrí que prefería atravesar Inglaterra antes que quedarme sentado durante la cena.
Cathaline sonrió.
—Eso fue bastante estúpido.
—Enamorarme de usted no ha sido mi etapa más sensata.
—¿Se arrepiente?
Ewan la hizo volverse hacia él.
—Ni un solo día —Le acarició la mejilla—. La primera vez que la saqué del río creí que el peligro había terminado. Tardé años en comprender que acababa de encontrar mi perdición.
Cathaline rodeó su cuello con los brazos.
—Tiene una idea extraña de la perdición.
—Es la única con la que pienso dormir cada noche.
—Eso ha sonado poco romántico.
—Puedo intentarlo otra vez.
Cathaline lo besó antes de que lo hiciera.
Ewan la estrechó contra su cuerpo y, cuando se separaron, apoyó la frente sobre la suya.
—La amo, rubia.
—Lo sé.
—Eso no es una respuesta.
Cathaline sonrió.
—Yo también lo amo.
Los ojos verdes de Ewan se iluminaron con la misma alegría que ella había visto la primera vez que pronunció aquellas palabras.
—Otra vez.
—No abuse.
—Tenemos toda la vida.
Cathaline volvió a besarlo.
Había sido la perdición del highlander desde el río.
Y Ewan no pensaba desperdiciar un solo día intentando salvarse.