Epílogo
Cinco años después de la boda, Ewan Sinclair entró en el salón de desayuno y encontró a su hijo sentado dentro de la cesta destinada al correo de Glasgow, a su hija registrando los bolsillos del viejo Iain y a su esposa leyendo el Morning Post como si ninguna de aquellas circunstancias exigiera una intervención inmediata.
Gregor, con dos años, el cabello rojo encendido y los ojos celestes de Cathaline, había conseguido introducir el cuerpo entero en la cesta y ahora intentaba salir por el lado más alto.
Isobel, cuatro años, rubia con reflejos cobrizos y los mismos ojos verdes de Ewan, acababa de extraer un dulce del bolsillo interior del plaid de Iain.
El anciano la señaló con el bastón.
—Eso es un robo.
Isobel desenvolvió el caramelo.
—Lo has puesto donde podía encontrarlo.
—Lo he escondido.
—Mal.
Ewan se detuvo junto a la puerta y contempló la escena.
Cathaline llevaba un vestido de mañana color verde claro, el cabello recogido con una perfección que los niños ya habían intentado destruir dos veces y una taza de chocolate junto al periódico.
Ni siquiera levantó la vista cuando Gregor consiguió ponerse de pie dentro de la cesta.
—Recuerdo cuando Blairmuir era una casa de soltero —dijo Ewan.
Cathaline pasó una página.
—Eso demuestra que su memoria continúa funcionando.
—La echo de menos.
Isobel miró a su padre con la sabiduría de quien llevaba cuatro años estudiándolo.
—Papá miente.
Cathaline alzó por fin los ojos.
—Es hija suya.
Gregor se inclinó peligrosamente sobre el borde. Ewan cruzó la estancia, lo atrapó antes de que alcanzara el suelo y lo colocó bajo un brazo.
—¿Qué pensabas hacer?
—Subir.
—Eso ya lo habías conseguido.
—Más.
—¿Por qué los dos se parecen a mí?
Gregor señaló el aparador, cuya superficie se encontraba a una altura que ningún niño de dos años tenía motivos legítimos para alcanzar.
Ewan lo sentó en una silla y desplazó la cesta fuera de su vista.
El nacimiento del pequeño había provocado una carta de once páginas de los abogados relacionados con la sucesión de Glenmuir.
Ewan había leído la primera, había pasado rápidamente por las nueve siguientes y había utilizado el reverso de la última para anotar el precio de varios carneros.
Iain había celebrado la llegada del varón durante aproximadamente una hora. Después Isobel le robó un dulce, exigió que le contara una historia y consiguió que olvidara por completo el futuro del ducado.
La niña se instaló ahora junto a él.
—La historia del ciervo.
—Te la conté ayer.
—La contaste mal.
Ewan se acercó a Cathaline y tomó una rebanada de pan de su plato.
Ella le golpeó los dedos con el borde del periódico.
—Tiene una delante de su asiento.
—La suya parecía mejor.
—Es el mismo pan.
—Entonces no comprendo por qué se opone.
Cathaline dobló el periódico con una tranquilidad que él conocía demasiado bien.
—Porque es mío.
Ewan mordió la rebanada sin apartar los ojos de ella.
Cinco años de matrimonio no habían conseguido que lady Cathaline Sinclair dejara de parecer demasiado elegante para una mesa donde había mermelada en el codo de su hijo y una muñeca abandonada dentro de la fuente de fruta.
Tampoco habían alterado la satisfacción que Ewan sentía cada vez que la encontraba en aquella casa.
Conocía ya todas las versiones de Cathaline que Londres jamás había visto: la que necesitaba varios minutos antes de hablar por las mañanas; la que abandonaba libros abiertos sobre cualquier superficie; la que podía pasar una noche completa junto a la cama de un niño enfermo y presentarse al desayuno afirmando que no estaba cansada; la que fingía indiferencia mientras esperaba una carta de alguno de sus hermanos.
Y la que continuaba mirándolo como si todavía no hubiera decidido si besarlo o abofetearlo.
Aquella mañana parecía inclinarse por lo segundo.
Un criado entró con la correspondencia. Cathaline reconoció primero una letra grande y adornada sobre uno de los sobres.
—¿Otra invitación? —preguntó Ewan.
—No.
—¿Alguien invitándose solo?
—Peor.
El viejo Iain dejó de discutir con Isobel.
Cathaline abrió la carta.
—Lady Bexley regresará a Escocia en agosto.
—No —declaró el anciano.
—Traerá a su hermana.
—Cerrad el camino.
—Piensa quedarse tres semanas.
Iain miró a Ewan.
—¿Todavía tienes hombres suficientes para levantar un muro?
—Tengo piedras —respondió él—. Los hombres quizás se nieguen cuando sepan para qué es.
Isobel tiró del tartán del anciano.
—¿Quién es lady Bexley?
—Una inglesa.
La niña frunció el ceño.
—Mamá también.
Iain abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
Ewan tuvo la delicadeza de reírse solo cuando el anciano volvió hacia él una mirada hostil.
La puerta se abrió de nuevo y Audrey entró acompañada por Malcolm y por su hija Eliza, que ya era casi una adolescente.
Cathaline dejó la carta.
—¿Ya nadie llama antes de entrar?
Audrey se quitó los guantes.
—Te casaste con un Sinclair. Renunciaste a ese derecho.
—Por fin alguien lo admite —dijo Ewan.
Malcolm tomó la taza que un criado acababa de darle.
—En Glenmuir tampoco llaman.
—Porque es mi casa —replicó Audrey.
—Eso creía yo.
—Te permitimos vivir allí.
Iain golpeó una vez el suelo con el bastón.
—Demasiados Hamilton. Ese clan nos ha invadido con mujeres.
—Lleva años repitiéndolo —dijo Cathaline, sin hacerle caso.
—Y siguen llegando.
Mientras Audrey se sentaba, Cathaline tomó otro sobre. El sello verde llevaba el lobo de los MacKinnon.
—Es de Fiona.
Edward y Fiona no escribían de la misma forma.
Edward llenaba las hojas con una letra exacta, márgenes iguales y noticias colocadas en un orden que parecía haber sido aprobado previamente por un comité.
Fiona empezaba hablando del puerto, se desviaba hacia alguno de sus hijos y terminaba recordando que no había explicado la razón de la carta.
Cathaline leyó las primeras líneas y sonrió.
—Alec ha empezado a seguir a Edward por el despacho con un mapa debajo del brazo.
Al parecer, corrige las rutas que su padre dibuja.
Hamish ha descubierto que puede escapar de la niñera utilizando la puerta del almacén.
Lo encontraron dentro de una barca, intentando cortar una cuerda con una cuchara mientras su hermana le tiraba del pelo.
—Existe justicia en el mundo —dijo Ewan.
—¿Por qué?
—Edward creía que todo podía resolverse mediante disciplina.
Audrey sonrió.
—Todavía debe de creerlo.
—Dejadle conservar alguna ilusión mientras su esposa no para de darle hijos —murmuró Malcolm.
Cathaline descendió la mirada por la página y se detuvo.
—Fiona vuelve a estar embarazada.
Ewan dejó el pan.
—¿Otra vez?
—Solo tienen tres hijos.
—Estoy pensando en Edward —se lamentó Ewan.
—¿Por qué?
—Recuerdo cuánto apreciaba el silencio.
Cathaline dobló la carta.
—Dios castiga de formas misteriosas.
Malcolm se llevó la taza a los labios para ocultar una sonrisa.
Gregor había conseguido abandonar la silla y avanzaba ya hacia la ventana. Ewan lo interceptó con una mano antes de que alcanzara las cortinas.
—¿Otra vez?
—Subir —insistió el niño.
—Empiezo a detectar un patrón preocupante.
Cathaline observó cómo Ewan lo levantaba y lo colocaba sobre sus hombros. Gregor hundió ambas manos en el cabello rojizo de su padre y tiró con entusiasmo.
Ewan ni siquiera se quejó.
Cathaline bajó la mirada para esconder la ternura que le provocaba aquella escena. Él la descubrió de todos modos.
Siempre lo hacía.
Aquella tarde debían cenar en Glenmuir. Cathaline se encontraba delante del espejo, decidiendo entre dos pares de pendientes, cuando Isobel entró en el dormitorio con una horquilla entre los dedos.
Una pequeña piedra azul brillaba en uno de los extremos.
Cathaline se volvió despacio.
—¿Dónde has encontrado eso?
—En el cajón de papá.
Ewan apareció detrás de su hija.
—Estaba buscando una cinta.
—No había ninguna —aclaró Isobel.
—Eso no pareció disuadirla de registrar todo lo demás.
La niña alzó la horquilla.
—Papá dice que es suya.
Cathaline miró a su marido.
—¿Papá ha dicho eso?
Ewan se apoyó contra el marco de la puerta.
—He dicho que estaba bajo mi custodia.
—Desde Eilean Ròs.
—Un préstamo largo.
Cathaline cruzó los brazos.
—Entonces tendrá que devolvérmela.
—Jamás.
Isobel miró primero a uno y después al otro.
—¿Por qué la guardas?
Ewan entró en la habitación y se agachó frente a ella.
—Porque tu madre me la prestó cuando todavía era demasiado orgullosa para regalarme nada.
—Continúa falseando los hechos, señor Sinclair —dijo Cathaline.
—Tu madre también estaba enfadada conmigo.
Isobel asintió, como si aquella parte resultara mucho más verosímil.
—Mamá se enfada mucho.
—Debemos aguantarla.
Cathaline les dirigió una mirada que ninguno tuvo la prudencia de interpretar correctamente.
Isobel se acercó y trató de colocarle la horquilla entre los bucles. Quedó torcida y demasiado cerca de la sien.
—Perfecta —declaró la niña.
Ewan examinó el resultado.
—Podría mejorarla.
—No —respondieron Cathaline e Isobel al mismo tiempo.
Él llevó una mano al pecho.
—Empiezo a sentirme innecesario.
—Gregor intenta subir a la mesa del pasillo —informó la niña.
Ewan salió de la habitación sin formular otra queja.
Isobel besó a su madre en la mejilla y corrió tras él.
Cathaline esperó hasta que los pasos se alejaron. Después retiró la horquilla, la observó durante un momento y volvió a colocarla correctamente entre su cabello.
Cuando Ewan regresó, encontró a su esposa eligiendo los pendientes con la piedra azul correctamente prendida.
No comentó nada.
La forma en que la miró fue suficiente.
—¿Qué? —preguntó Cathaline.
—Estaba pensando que sigue siendo la mujer más hermosa que he visto.
Cathaline dejó uno de los pendientes sobre el tocador.
—Eso ha sonado sospechosamente sincero.
—Me estoy haciendo viejo.
Ella sonrió. Ewan apartó el cabello de su cuello y besó la piel bajo la oreja. Cathaline apoyó una mano sobre la suya.
—Creo que seremos cinco.
Él levantó la cabeza.
—Somos muchos más de cinco. Su familia nunca se marcha. Audrey ha dejado dos vestidos en esta casa y Malcolm ya dispone de una copa preferida.
—Ewan.
El tono hizo que la mirara de otro modo.
Cathaline tomó su mano y la llevó hacia la parte baja de su vientre. Bajo la seda todavía no había ningún cambio que pudiera percibirse, solo la sospecha que ella llevaba varios días guardando.
Ewan permaneció inmóvil.
—¿Otro?
—Creo que sí.
La alegría apareció primero en sus ojos y después se extendió por todo su rostro con una claridad que Cathaline no le veía desde el nacimiento de Gregor.
—Otro —repitió.
—No ponga esa cara.
—No puedo evitarlo.
—Todavía no estoy segura.
—No me importa.
Cathaline levantó una ceja.
—Eso carece por completo de sentido.
—Estoy casado con usted. Hace años que abandoné esa exigencia.
Ella soltó una risa, pero Ewan seguía mirando el lugar donde descansaba su mano. Se inclinó y besó el vientre de Cathaline sobre la seda del vestido.
El gesto fue tan espontáneo que le cerró la garganta.
Cuando volvió a ponerse en pie, ella tomó su rostro entre las manos.
—Espero que se parezca a mí —dijo Ewan.
—Tenemos una hija que manipula a un duque y un hijo que intenta trepar por las ventanas.
—Precisamente. Necesitamos equilibrar la familia.
—Gregor es pelirrojo.
—Eso demuestra que tiene buen gusto.
—Lo demás también es Sinclair.
—Calumnia. Isobel utiliza a Iain como si fuera un criado y Gregor se ofende cuando alguien le impide hacer lo que quiere. Son Hamilton.
Cathaline entrecerró los ojos.
—Cobarde.
—La amo, rubia.
—Eso no va a salvarlo.
—Nunca lo ha hecho.
Cathaline lo besó de todos modos, y Ewan decidió que, si aquel era el castigo, pensaba seguir provocándola durante muchos años.
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