Capítulo final #2
La besó con el fervor permitido frente a tantas personas.
La iglesia se llenó de aplausos, alguna risa y la voz de Iain asegurando que el beso podía haber sido más escocés, observación que MacNair respondió ordenándole guardar silencio delante del reverendo.
Tardaron casi una hora en conseguir cinco minutos a solas.
Cathaline encontró a Ewan en la galería de Blairmuir, junto a las ventanas que meses atrás había declarado demasiado pequeñas.
El salón de baile estaba preparado para la celebración, pero los invitados continuaban todavía en el jardín, ocupados con brindis y una discusión entre Tavish y Richard acerca de cuál de los dos había bebido primero.
Ewan cerró las puertas cuando ella entró.
—Mi esposa.
Cathaline sintió que aquellas dos palabras le recorrían la piel.
—Está disfrutando demasiado.
—Sí, y no voy a negarlo —Se acercó y tomó su rostro entre las manos. Cathaline vio que la diversión desaparecía de sus ojos antes de que hablara—. La amo.
Cathaline sintió una emoción tan intensa que durante un instante no encontró respuesta. Acarició con los pulgares la barba rojiza que cubría su mandíbula.
—No necesitaba decirlo, lo sé.
—Quería decirlo de todas formas.
—Yo lo amo, Ewan.
Él cerró los ojos.
La reacción fue tan breve como reveladora.
—Dígalo otra vez.
—No abuse.
—Pienso pasar el resto de mi vida consiguiendo que lo repita.
Cathaline besó primero una de sus mejillas y después su boca.
—Entonces tendrá que vivir muchos años.
—Ese era el plan.
La celebración se prolongó hasta que el sol empezó a descender detrás de las montañas.
Cathaline había permitido que las primeras piezas conservaran el aire elegante que esperaba de una boda, pero nadie en Blairmuir había fingido que aquello era una casa inglesa.
Después de los valses llegaron los violines, las melodías escocesas y un reel que los Sinclair reconocieron en cuanto sonaron los primeros compases.
Audrey bailó con Malcolm y consiguió que el duque sonriera en público dos veces, hecho que lady Beatrice habría considerado digno de publicarse.
Douglas y Mairi abandonaron la pista antes de terminar una pieza porque Harriet había decidido esconder flores dentro del chaleco de Iain, mientras Edward acompañaba a Fiona con un cuidado que habría resultado imposible no advertir.
El embarazo de ella todavía no era muy avanzado, pero empezaba a notarse bajo el vestido, y Cathaline sorprendió a su madre contemplando más de una vez aquella pequeña curva con una emoción que intentaba disimular.
Douglas y Mairi tenían a Harriet y, después de tantos años, nadie esperaba ya seriamente la llegada de un hijo varón.
Por eso, aunque nadie se atreviera todavía a decirlo demasiado alto, el niño que esperaba Fiona había despertado una esperanza inevitable dentro de la familia: si era varón, la siguiente generación Hamilton tendría por fin un heredero masculino para continuar la línea ducal.
Fiona, por supuesto, parecía bastante menos impresionada por semejante posibilidad que todos los demás.
—Como vuelva a mirarme así, lady Eliza, empezaré a sospechar que espera que produzca un duque antes del postre.
Eliza tuvo la decencia de parecer culpable.
—Solo estaba pensando que estás muy hermosa.
—Eso ha sonado exactamente como una mentira inglesa.
Edward ocultó una sonrisa.
—Ya conoce a mi familia.
Fiona le dio un pequeño golpe con el abanico.
—Su familia lleva meses intentando conocer mi vientre antes que al niño.
Cathaline observó cómo la celebración cambiaba de ritmo.
Los ingleses más prudentes se apartaron para mirar; los más valientes intentaron seguir los pasos.
Tavish se negó rotundamente a participar en un vals, pero apareció en cuanto comenzaron las danzas de su tierra, y Ewan no tardó en encontrar a Cathaline entre los invitados.
—Ahora sí parece una boda —murmuró él.
—Hasta hace un momento también lo parecía.
—Hasta hace un momento parecía Londres con mejores montañas.
Cathaline arqueó una ceja.
—Qué suerte que me haya casado con usted para corregirlo.
Ewan le ofreció la mano.
—Venga, rubia.
—No sé bailar eso.
—Entonces será la primera vez que tenga que confiar en mí sin discutir.
Cathaline miró la mano que le tendía.
—No abuse de su suerte.
Alexander tomó a Eliza entre sus brazos con la misma familiaridad de quienes habían compartido media vida, cinco hijos y demasiadas crisis para preocuparse por las miradas.
Morna y MacNair discutieron sobre la cantidad de pastel que debían guardar. La señora Grant las escuchó durante cinco minutos antes de llevarse dos bandejas y resolver el asunto sin consultar a ninguna.
Cathaline se movió entre todos sintiéndose observada, abrazada y reclamada por personas que habían recorrido Inglaterra, islas y montañas para estar allí.
Aquella noche, cuando solo quedaba la familia alrededor de la mesa, Eliza miró a sus hijos con una mezcla de satisfacción y melancolía.
—Audrey en Glenmuir, Douglas en Brodick, Edward en Eilean Ròs y ahora Cathaline en Blairmuir. Por lo menos todavía me queda Richard.
Richard dejó de mover la copa.
—En realidad...
Toda la mesa se volvió hacia él.
Eliza frunció el ceño.
—No me gusta cómo ha empezado esa frase.
Richard se irguió.
—He recibido una comisión.
Alexander dejó los cubiertos.
—¿Qué comisión?
—He sido nombrado oficial en el 9.º de Lanceros Reales de la Reina.
Cathaline miró a su hermano. Douglas fue el primero en comprender.
—El regimiento está en la India.
—Sí.
—Y participa en la campaña afgana —añadió Edward.
—Sí.
La duquesa de Hamilton palideció.
—¿Desde cuándo sabes esto?
—Desde hace meses. He superado los requisitos y debo incorporarme pronto.
Alexander se quedó completamente inmóvil.
—¿Y no se te ocurrió mencionarlo?
Richard miró a su padre.
—Sabía exactamente qué ocurriría si lo hacía.
—Está ocurriendo ahora.
—Pero ya tengo la comisión.
Douglas apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Piensas marcharte a una guerra?
—Pienso cumplir con mi regimiento.
—Ningún Hamilton ha necesitado ir a una guerra para demostrar nada —dijo el duque de Hamilton, molesto.
Richard apretó la mandíbula.
—También soy Cavendish.
La frase dejó quieta a su madre.
—Llevo Hamilton por usted —continuó Richard, mirando a su padre—, pero también llevo la sangre de la familia de madre. Varios hombres de su casa han servido. No soy únicamente una cosa.
—Tienes veinte años —dijo Eliza.
—Precisamente.
Cathaline lo contempló. Richard había tomado una decisión, había trabajado en secreto para alcanzarla y estaba dispuesto a afrontar el precio.
Su historia acababa de empezar.
Alexander no lo aprobó aquella noche.
Y seguramente nunca lo haría.
—Hablaremos mañana —dijo él.
Richard sostuvo su mirada.
—Sí, padre.
El silencio posterior fue más grave, pero no destruyó la alegría de la boda. Solo recordó a todos que incluso las familias unidas tenían problemas.
Tres días después, el señor MacLeish, abogado de los Sinclair en Edimburgo, llegó a Glenmuir para revisar las capitulaciones matrimoniales, los fideicomisos de Cathaline y varios documentos relativos a Blairmuir.
La reunión empezó con rentas, propiedades y cláusulas que Ewan comprendía mucho mejor de lo que Cathaline había supuesto meses atrás. Terminó en un asunto que nadie parecía desear discutir.
MacLeish colocó una hoja distinta sobre el escritorio.
—Debemos actualizar también la declaración de la línea sucesoria del ducado.
Malcolm se reclinó en su asiento.
—No veo la necesidad.
—Las cartas patentes limitan la dignidad a la línea masculina Sinclair establecida. A falta de un hijo varón de Su Gracia, el señor Ewan Sinclair figura actualmente como heredero presunto.
La expresión de Malcolm se endureció.
—Tengo una heredera.
El abogado escogió las palabras con cautela.
—Tiene una hija, Su Gracia, y lady Eliza podrá recibir cuanto dispongan los acuerdos patrimoniales. Pero las cartas patentes no le permiten heredar el ducado.
—Para mí es mi heredera.
Audrey apoyó una mano sobre el brazo de su marido.
—Malcolm.
—No me interesa lo que decidió un hombre muerto hace generaciones.
—A mí tampoco —dijo Audrey—. Pero es la realidad y debemos aceptarla.
Malcolm la miró.
Audrey sostuvo sus ojos con amor.
—No significa que amemos menos a nuestra hija. Eliza no vale menos porque un documento antiguo no sepa qué hacer con ella.
MacLeish inclinó la cabeza.
—No hablaba de su valor, Su Gracia. Solo de la sucesión.
Cathaline miró a Ewan. El abogado continuó explicando que, tras él, la línea podría recaer en los hijos varones nacidos de su matrimonio. Las palabras fueron correctas, impersonales y completamente legales.
Aun así, Cathaline sintió por primera vez el peso real de aquella posibilidad.
No era únicamente la esposa de Ewan.
Los hijos que tuvieran podían acabar vinculados al futuro de Glenmuir.
Ewan reparó en su expresión antes de que terminara la reunión.
Aquella noche, en Blairmuir, cerró la puerta de su dormitorio y se giró hacia ella.
—No quiero que mires nuestra cama y veas un ducado —la tuteó.
Cathaline soltó una risa a pesar de sí misma.
—Eso sería difícil. El ducado es considerablemente más grande.
Ewan sonrió, pero la seriedad permaneció en sus ojos.
—Quiero hijos contigo porque serán nuestros. No porque un abogado necesite escribir un nombre en una línea.
Cathaline se acercó.
—¿Quiere hijos conmigo?
—Muchos.
—¡Dios mío!
—Dos.
—Sigue negociando.
Ewan rodeó su cintura.
—Una niña rubia que aterrorice a Iain.
—Eso ocurrirá aunque sea morena.
—Y un muchacho que no herede todo lo malo de ambas familias.
Cathaline apoyó las manos sobre su pecho.
—Para eso necesitará un padre más prudente.
—Entonces estamos perdidos.
La besó despacio y Cathaline sintió cómo la inquietud empezaba a disolverse. No había títulos ni líneas sucesorias en aquel abrazo.
Solo la posibilidad de unos hijos que llevarían los ojos de uno, el carácter del otro y suficiente sangre Hamilton y Sinclair para agotar a toda Escocia y media Inglaterra.