Capítulo final
La mañana de su boda, Cathaline despertó antes que Blairmuir.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando la claridad pálida que empezaba a filtrarse entre las cortinas.
La casa seguía en silencio, pero no tardaría en llenarse de pasos, órdenes, flores trasladadas de una habitación a otra y familiares convencidos de que cualquier detalle podía convertirse en una emergencia.
Dentro de una hora sería la esposa de Ewan Sinclair.
La idea le produjo un golpe cálido bajo el pecho, una felicidad demasiado grande para caber dentro de la quietud de aquella habitación.
La puerta se abrió sin que nadie llamara y la pequeña Eliza apareció en camisón, seguida por Audrey.
—Te dije que esperaras —la reprendió su madre.
—He esperado.
—Durante medio pasillo.
La niña corrió hasta la cama y apoyó las manos sobre el colchón.
—Hoy te casas con tío Ewan.
—Eso parece.
—¿Y vivirás aquí?
—Sí.
Eliza reflexionó sobre la respuesta.
—Entonces podré venir a dormir contigo.
Audrey cerró la puerta.
—No.
—Tía Cathaline no ha dicho que no.
—Tía Cathaline se casa precisamente para dejar de compartir su dormitorio con niñas que traen ranas entre las sábanas.
Cathaline se incorporó.
—Tu madre comprende perfectamente mis motivos. Pero igualmente podrás venir a dormir conmigo cuando lo desees.
Una hora más tarde, la habitación había dejado de pertenecerle.
Su madre, Mairi y Fiona entraban y salían con cajas, flores y quejas.
Su madre permanecía cerca del espejo, fingiendo supervisar el velo cuando en realidad llevaba varios minutos contemplando a su hija.
Audrey discutía con la doncella acerca de la posición de los pliegues del vestido, mientras la señora Grant y MacNair mantenían una disputa en el pasillo sobre el orden en que debían salir los carruajes hacia la iglesia.
—Los de la familia de la novia primero —sostenía Grant.
—La familia de la novia ocupa tres casas —replicó MacNair—. Si esperamos a que terminen, Sinclair llegará a la iglesia con nietos.
Morna entró durante la última prueba del velo, contempló el vestido y frunció el ceño.
Cathaline llevaba seda marfil, con un corpiño largo ajustado a la cintura y una falda estrecha en la parte delantera que se abría en una cola sostenida por pliegues de encaje.
Las mangas llegaban hasta sus muñecas y el escote alto estaba bordado con pequeñas perlas.
Audrey había prendido junto al ramo una cinta estrecha del tartán Sinclair, casi oculta entre rosas blancas y brezo.
El cabello rubio se alzaba en bucles elaborados bajo el velo. En su mano izquierda, el zafiro de compromiso brillaba rodeado de diamantes.
Morna la examinó desde la cabeza hasta el borde del vestido.
—Demasiado encaje.
—Gracias —respondió Cathaline.
—No era un elogio.
—Yo me lo he tomado como tal.
La anciana se acercó, acomodó con dos dedos una parte del velo que nadie más había considerado incorrecta y retrocedió.
—Ewan va a olvidar cómo se habla.
Cathaline sonrió.
—Eso sí ha sido un elogio.
—Tendremos que aguantarnos unos a otros, empecemos bien.
Su madre llegó hasta ella cuando las demás empezaron a recoger cajas y horquillas. Eliza Hamilton no lloraba con facilidad. Había criado cinco hijos, sobrevivido a escándalos, viajes, matrimonios escoceses y una cantidad considerable de decisiones tomadas sin consultarla.
Aun así, sus ojos brillaban porque era su hija pequeña la que estaba casándose.
—Estás hermosa.
Cathaline le tomó la mano.
—Procura no decirlo delante de Audrey. Cree que ha sido mérito suyo.
—Lo ha sido en parte.
—Madre.
Eliza rio y besó su frente con cuidado de no alterar el velo.
—Tu padre espera abajo.
Cathaline miró una última vez a la mujer del espejo.
Lady Cathaline Hamilton.
Pronto... lady Cathaline Sinclair.
Ewan llevaba casi media hora vestido cuando Richard anunció que estaba nervioso.
Se encontraban en la biblioteca de Blairmuir, rodeados por una cantidad de hombres que cualquier persona razonable habría considerado innecesaria para ajustar un tartán.
Malcolm revisaba por tercera vez el broche que sujetaba el plaid de Ewan.
Douglas permanecía junto a la ventana. Edward observaba desde una butaca.
El duque de Hamilton, de pie junto a la chimenea, no parecía intervenir, aunque nada escapaba a su atención.
Tavish había apoyado un hombro contra una estantería y contemplaba la escena con la satisfacción de quien no era el hombre que estaba a punto de casarse.
Ewan llevaba el kilt Sinclair, medias altas, chaqueta negra de ceremonia y el tartán verde profundo y azul oscuro cruzado sobre el pecho. Su cabello rojizo estaba recogido en la nuca y la barba corta había recibido una atención que él consideraba excesiva.
Richard lo estudió.
—Está nervioso.
—No.
Edward inclinó la cabeza.
—Sí.
Ewan lo miró.
—Empiezo a echar de menos cuando hablaba poco.
—Nunca ha hablado poco —dijo Douglas—. Solo elegía mejor cuándo hacerlo.
—Creo que tanto tiempo con los MacKinnon lo han empeorado.
Iain apareció junto a la puerta con una pequeña daga envuelta en paño. Avanzó hasta Ewan y se la tendió.
El mango era de brezo oscuro, adornado con plata envejecida.
—La llevó tu abuelo.
Ewan tomó el arma.
—¿En su boda?
—No. En una pelea.
Ewan examinó la hoja.
—Eso resulta bastante más Sinclair.
—También ganó.
—Me tranquiliza.
Iain señaló una de sus medias.
—Ahí.
Ewan guardó la daga ceremonial mientras Malcolm terminaba de sujetarle el broche.
—Deja de moverte —ordenó el duque.
—No me estoy moviendo.
—Llevas haciéndolo desde que entramos.
—Según Richard, estoy nervioso.
—Según todos —puntualizó Edward.
Malcolm apoyó una mano sobre el hombro de su primo. No hizo ningún discurso. No le dijo que lo consideraba un hermano ni recordó los años en que ambos habían crecido bajo el mismo techo.
No necesitaba hacerlo.
—Ya está —dijo.
Ewan sostuvo su mirada.
—Gracias.
Malcolm apretó brevemente su hombro antes de apartarse.
El duque de Hamilton esperó hasta que los demás empezaron a abandonar la biblioteca. Cuando Ewan se dispuso a seguirlos, el duque habló.
—Sinclair.
Ewan se volvió.
—Su Gracia.
Alexander miró hacia la puerta por la que acababan de desaparecer sus hijos.
—No acostumbro a felicitar a un hombre por llevarse a una de mis hijas.
—Empieza de una forma prometedora.
—Pero estoy satisfecho con este matrimonio.
La respuesta arrancó de Ewan cualquier réplica ingeniosa.
Alexander continuó:
—Sé lo que ha hecho por Cathaline. También sé lo que ella ha hecho por usted. Mi hija no necesita un hombre que la domine ni otro que se limite a admirarla desde el otro extremo de una sala. Necesita a alguien capaz de seguirle el paso.
—Lo intento.
—Continúe haciéndolo.
Ewan asintió.
—La amo.
La expresión de Alexander se suavizó un poco.
—Lo sé. Por eso continúa vivo después de anunciar un compromiso sin preguntarle.
Ewan estuvo a punto de sonreír.
—Su indulgencia resulta conmovedora.
—No abuse de ella.
—¿Puedo deducir que soy su yerno favorito?
—No se lo diga a Malcolm.
Ewan rio.
Alexander se acercó y le tendió la mano. Ewan la estrechó.
—Audrey fue la primera Hamilton que llegó a estas tierras para quedarse —dijo el duque—. Cathaline será la segunda. Cuídelas bien, Sinclair.
—Malcolm se ocupa de Audrey.
—Eso cree él —Ewan soltó otra risa. Alexander lo acompañó hacia la puerta—. Ahora vaya antes de que mi hija decida que ha tardado demasiado y venga a buscarlo.
—No descartaría esa posibilidad.
—Yo tampoco.
La pequeña iglesia de piedra se encontraba a menos de una milla de Blairmuir, entre abedules y campos cubiertos por el verde intenso del verano. Los Sinclair llenaban un lado de los bancos; los Hamilton, los MacKinnon y los pocos invitados escogidos para la ceremonia ocupaban el otro.
Cathaline no había invitado esta vez a media sociedad londinense.
Después del baile, no sentía ninguna necesidad de repetir el espectáculo ni de convertir su boda en una continuación de la temporada.
Había querido a su familia, a los amigos que realmente importaban y a quienes formaban parte de la vida de Ewan.
Solo había hecho una excepción.
En uno de los últimos bancos, discretamente instalado junto al pasillo, se encontraba un redactor del Morning Post .
Audrey había levantado una ceja al descubrir su nombre en la lista.
—Pensé que no querías Londres en la boda.
—No lo quiero.
—Has invitado a un periódico de Londres.
Cathaline había continuado escribiendo.
—He invitado a un hombre.
—Que escribirá para todo Londres.
—Precisamente.
No necesitaba cien testigos de la capital.
Uno que supiera escribir sería suficiente.
Cuando se abrieron las puertas, Ewan dejó de oír cualquier cosa.
Había visto a Cathaline cubierta de seda y diamantes, mojada por la lluvia, furiosa en una biblioteca, despeinada junto al mar y desnuda bajo la luz de su habitación. La había sostenido inconsciente entre sus brazos y había despertado después con ella dormida contra su pecho.
Nada lo preparó para verla caminar hacia él.
Cathaline avanzaba del brazo de Alexander, envuelta en marfil, con el velo cayendo sobre su cabello rubio y los ojos celestes fijos en Ewan. No miraba a los invitados ni parecía escuchar el murmullo que recorrió la iglesia.
Lo miraba a él.
Ewan tuvo que recordar que debía respirar.
A medio camino, Cathaline sonrió.
No la sonrisa perfecta que ofrecía a la sociedad.
La suya.
La que contenía amor.
Cuando alcanzaron el altar, Alexander tomó la mano de su hija y la colocó sobre la de Ewan. Antes de apartarse, habló en voz lo bastante baja para que solo ellos pudieran oírlo.
—La dejo bajo su protección.
Ewan cerró los dedos alrededor de los de Cathaline y ella aceptó.
La ceremonia fue sencilla.
Las palabras parecieron adquirir un peso distinto cuando Cathaline las pronunció. Ewan deslizó una alianza de oro junto al zafiro y sintió que sus propios dedos temblaban al hacerlo. Cathaline lo notó, pero tuvo la misericordia de no comentarlo.
Cuando los declararon marido y mujer, Ewan alzó el velo.
—Señora Sinclair —murmuró.
Cathaline levantó una ceja.
—Señor Sinclair.