La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 19 #5
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Capítulo 19 #5

Había esperado que entregarse a un hombre se pareciera a una rendición. En cambio, mientras escuchaba el corazón de Ewan bajo la mejilla, comprendió que no había perdido nada.

Había escogido.

Y él seguía allí, como si aquella elección fuera el regalo más extraordinario que había recibido en su vida.

La edición del  Morning Post  que relataba el baile de Blairmuir llegó a Glenmuir a la mañana siguiente, antes que ellos.

Cathaline apareció tarde al desayuno.

Ewan también.

No entraron juntos; aquello habría resultado demasiado evidente. El problema fue que llegaron con menos de dos minutos de diferencia.

Audrey levantó los ojos de la taza y miró primero a su hermana, después a Ewan y finalmente otra vez a Cathaline.

Mairi repitió la inspección. Douglas continuó comiendo sin comprender nada, mientras Malcolm entendió lo suficiente para decidir que el contenido de su plato merecía una atención absoluta.

Los duques de Hamilton, gracias a Dios, todavía no habían bajado.

Cathaline sintió una gratitud profunda hacia la misericordia divina.

—Buenos días —dijo.

Audrey sonrió con una dulzura sospechosa.

—Buenos días.

Cathaline ocupó una silla y Mairi dejó el periódico sobre la mesa con una expresión de desaprobación general hacia la prensa inglesa.

—Otra vez hablan de usted, lady Cathaline.

—Eso parece inevitable —respondió Cathaline, extendiendo la mano.

El titular ocupaba buena parte de la columna social.

LONDRES VIAJA AL NORTE

El baile de Blairmuir aparecía descrito como el acontecimiento inesperado del verano.

El artículo mencionaba a las familias que habían realizado el viaje, la inesperada elegancia de la casa y la presencia de Audrey ante muchas de las mismas personas que años atrás habían supuesto que su matrimonio con Malcolm la apartaría para siempre de la sociedad londinense.

Cathaline levantó los ojos hacia su hermana.

Audrey bebía té como si el texto careciera de importancia, pero el modo en que sostenía la taza revelaba que había leído cada palabra.

El siguiente párrafo hablaba de Ewan, de la fortuna que había construido con una discreción casi admirable.

Ewan leyó por encima del hombro de Cathaline.

—«Una fortuna discretamente construida y ruidosamente subestimada». Empiezo a gustarme.

—No permita que se le suba a la cabeza.

—Llega demasiado tarde.

Cathaline continuó leyendo hasta encontrar una frase que la obligó a detenerse.

El cronista recordaba cómo, años atrás, Audrey Hamilton había llevado a Glenmuir una fortuna, contactos y una capacidad organizativa que contribuyeron a devolver estabilidad a una de las casas más antiguas de las Highlands.

Después mencionaba a Cathaline, no como sustituta de su hermana, sino como otra Hamilton dotada para llevar a Escocia una riqueza distinta.

Prestigio.

Miradas.

Influencia.

Lady Cathaline Hamilton no ha abandonado la sociedad londinense , concluía la columna.  La ha convencido de recorrer cientos de millas para seguirla.

Cathaline bajó lentamente el periódico.

Recordó la primera vez que llegó a Glenmuir: el frío, las habitaciones austeras y los muros que parecían soportar el peso de generaciones enteras.

Audrey había ayudado a Malcolm a levantar la casa sin destruir lo que era.

No había convertido Glenmuir en Inglaterra; había conseguido que prosperara como Escocia.

Cathaline había hecho otra cosa.

Había abierto una puerta entre aquel mundo y el suyo.

—Tú levantaste Glenmuir —dijo.

Audrey negó con suavidad.

—Malcolm y yo.

Cathaline sonrió.

—Eso es muy propio de ti.

Audrey señaló el periódico.

—Y tú acabas de conseguir que medio Londres aprenda dónde está Blairmuir.

Ewan se sirvió té.

—Yo ya lo sabía.

Cathaline lo miró.

—Ese nunca ha sido su problema.

Malcolm tomó el periódico cuando ella terminó. Apenas había leído unas líneas cuando Iain apareció apoyado en su bastón.

—¿Qué dicen ahora los ingleses?

Malcolm levantó la vista.

—Que Blairmuir está de moda.

Iain se detuvo.

—Habrá que cerrar el camino.

—Lo dije —murmuró Morna desde la puerta con desconfianza.

MacNair dejó una fuente en el centro de la mesa.

—Mientras no vuelvan todos a la vez.

Harriet entró corriendo seguida por la pequeña Eliza y, en cuestión de segundos, el comedor volvió a llenarse de voces.

Cathaline observó a los Hamilton y los Sinclair alrededor de la misma mesa; a los ingleses que seguían siendo ingleses y a los escoceses que no habían necesitado convertirse en otra cosa para recibirlos.

Después miró a Ewan.

Él ya la estaba mirando.

Había aprendido a reconocer todas sus formas de mirarla: cuando se burlaba, cuando la provocaba, cuando deseaba tocarla y cuando intentaba contener algo más profundo. Aquella mañana no había ironía en sus ojos.

Solo amor.

Cathaline sintió que el pecho se le apretaba con una ternura inesperada.

Lo había deseado antes de comprenderlo, lo había extrañado antes de admitirlo y había terminado amándolo mucho antes de atreverse a ponerle nombre.

Ahora ya no necesitaba esconderlo de sí misma.

Amaba a Ewan Sinclair.

Y, por primera vez, decirlo dentro de su propia cabeza no le produjo miedo.

Solo ganas de cruzar la mesa y besarlo.