Capítulo 19 #4
Ewan acarició el otro pecho con la palma, el pulgar rozando lentamente la punta endurecida. Alternó besos y caricias hasta que ella dejó de intentar contener los sonidos que escapaban de su garganta.
—Ewan.
Él levantó la cabeza.
—Cathaline.
La despojó de las últimas prendas. Bajó las medias por sus piernas con una lentitud deliberada, besando primero una rodilla y después el interior del muslo. Cathaline se estremeció cuando su barba rozó la piel sensible.
Ewan se detuvo entre sus piernas.
Ella supo lo que pensaba hacer un segundo antes de que su boca la alcanzara.
El primer contacto le arrancó una exclamación.
Cathaline cerró los dedos sobre la colcha mientras él la acariciaba con la lengua, despacio al principio, descubriendo el ritmo que hacía que sus muslos se tensaran.
La intimidad habría debido avergonzarla.
En cambio, la forma en que Ewan la sostenía, firme y atento a cada reacción, consiguió que abandonara cualquier intento de protegerse.
Cathaline llevó una mano hasta su cabello y cerró los dedos entre las hebras rojizas.
—No se detenga.
Ewan respondió con una caricia más profunda.
El placer empezó a concentrarse en la parte baja de su cuerpo. Creció deprisa, alimentado por la boca de Ewan y por los dedos que entraron lentamente en ella para prepararla. Cathaline abrió más las piernas, incapaz ya de fingir una modestia que no sentía.
Él la llevó muy cerca del clímax y entonces se apartó.
Cathaline abrió los ojos.
—Ewan.
Había una amenaza inequívoca en su voz.
Él regresó sobre su cuerpo, apoyando una mano junto a su cabeza.
—Quiero estar dentro de usted cuando ocurra.
Aquella frase hizo que el deseo regresara con más fuerza.
Cathaline rodeó sus caderas con las piernas. Sintió la punta de su erección contra la entrada húmeda de su cuerpo y, por primera vez aquella noche, apareció una vacilación real.
Ewan la vio.
La mano que sostenía su cintura subió hasta su rostro.
—Podemos esperar.
—No.
—Cathaline.
—No quiero esperar.
—Puede dolerle.
—Lo sé.
Él besó su frente, después un párpado y finalmente su boca.
—Míreme.
Cathaline abrió los ojos.
Ewan empezó a entrar en ella con una lentitud que le costó un esfuerzo visible. La presión aumentó poco a poco, estirándola de una forma para la que ninguna caricia podía haberla preparado por completo. Cathaline se tensó cuando el dolor atravesó el placer.
Ewan se detuvo de inmediato.
Su mandíbula estaba rígida y la respiración le salía entrecortada, pero no avanzó un solo centímetro más.
—¿Está bien?
Cathaline necesitó varios segundos. Sintió el cuerpo de él unido al suyo, la plenitud extraña y la paciencia impuesta en cada músculo.
Apoyó una mano sobre su mejilla.
—Sí.
—No tiene que demostrarme nada.
—No estoy demostrando nada.
Movió las caderas con cuidado.
El gesto hizo que Ewan cerrara los ojos.
—Rubia.
—Ahora puede continuar.
Él volvió a besarla y terminó de entrar despacio, deteniéndose cada vez que sentía tensarse su cuerpo. Cuando estuvo completamente dentro, Cathaline tuvo la impresión de que no podía existir una cercanía mayor entre dos personas.
Permanecieron quietos.
Ewan apoyó la frente contra la suya.
—Llevo años imaginando esto.
—Espero que su imaginación haya sido discreta.
Una risa quebrada rozó la boca de él.
—Nunca.
Cathaline sonrió, y el pequeño movimiento de su cuerpo hizo que ambos inhalaran al mismo tiempo.
Ewan empezó a moverse.
Al principio fueron impulsos lentos, medidos, más cuidadosos de lo que Cathaline habría esperado de un hombre que parecía hecho para la fuerza.
El dolor disminuyó y dejó lugar a una presión profunda que empezó a resultarle placentera.
Cathaline se acostumbró a recibirlo, a la fricción, al modo en que su cuerpo se abría para él con cada entrada.
Lo rodeó con más fuerza.
Ewan perdió parte de la contención.
Sus movimientos se volvieron más firmes y Cathaline sintió crecer dentro de ella un placer distinto del que había conocido bajo sus manos.
Más profundo, más pleno, unido al peso de él, a su respiración contra su cuello y a la forma en que pronunciaba su nombre cada vez que parecía acercarse demasiado al límite.
Cathaline movió las caderas para encontrarlo.
Ewan dejó escapar un gemido bajo.
—Otra vez.
Ella obedeció.
El ritmo dejó de pertenecer únicamente a él.
Cathaline aprendió a recibirlo y a buscarlo, a levantar el cuerpo cuando Ewan descendía y a reconocer el ángulo que provocaba una descarga más intensa.
La cama crujía bajo ellos; el cabello rojizo de Ewan caía alrededor de su rostro y el zafiro de Cathaline recogía destellos de la lámpara cada vez que sus manos se desplazaban sobre la espalda de él.
No fue perfecto.
Fue real.
El placer volvió a crecer, más rápido ahora. Cathaline sintió cómo se cerraba alrededor de Ewan, cómo cada impulso tensaba algo dentro de ella hasta volverlo casi insoportable. Sus dedos se clavaron en los hombros de él.
—Ewan.
Él comprendió.
Llevó una mano entre ambos y encontró el punto sensible de su cuerpo. El pulgar empezó a acariciarlo al mismo ritmo con que la penetraba.
Cathaline perdió toda capacidad de mantener una respiración ordenada.
—Cathaline —dijo Ewan.
Ella abrió los ojos.
Había deseo en su rostro, pero también una emoción tan intensa que Cathaline sintió que algo se abría dentro de su pecho al mismo tiempo que su cuerpo alcanzaba el límite.
El orgasmo la atravesó en oleadas.
Cathaline pronunció su nombre y cerró las piernas alrededor de él mientras las contracciones recorrían su interior. Ewan continuó moviéndose, sosteniéndola durante cada estremecimiento, hasta que el placer de ella arrastró también su control.
Se detuvo un instante, tenso sobre Cathaline.
—¿Dónde...?
Ella entendió la pregunta incompleta. No pensó en consecuencias ni en calendarios. Solo en el hombre que la miraba como si incluso entonces la decisión continuara perteneciéndole.
Lo atrajo hacia sí.
—Conmigo.
Ewan hundió el rostro en su cuello y alcanzó el clímax dentro de ella con un sonido áspero. Cathaline sintió el pulso de su cuerpo, la fuerza con que la abrazaba y el temblor que lo recorrió antes de que todo empezara a calmarse.
Permanecieron unidos durante varios minutos.
Ewan apoyó parte del peso sobre un brazo para no aplastarla, pero Cathaline lo rodeó con ambos brazos y lo obligó a descansar más cerca.
—No soy de cristal.
—Nunca he cometido el error de pensarlo —Ewan bajó el cuerpo con cuidado—. La cama es buena —bromeó él.
—Naturalmente. Es de Blairmuir.
—Empieza a hablar como si fuera suya.
Cathaline acarició la nuca húmeda de Ewan.
—Dentro de dos semanas lo será.
Él levantó la cabeza.
Durante un instante no hubo humor en sus ojos.
Solo aquella mezcla de asombro y amor que Cathaline empezaba a reconocer y que todavía tenía el poder de hacerla sentirse más desnuda que su propio cuerpo.
Ewan salió de ella lentamente y se acomodó a su lado. Cathaline notó una ligera incomodidad, un recuerdo físico de lo que acababan de compartir, pero no se arrepintió de nada.
Él tiró de las mantas y la llevó contra su pecho.
Cathaline dejó descansar la mejilla sobre él mientras el cabello de ambos se mezclaba sobre la almohada, rubio y rojo bajo la luz tenue.
Ewan recorrió su espalda con la palma abierta.
—¿Está arrepentida?
Cathaline levantó la cabeza.
—¿De verdad piensa arruinar esto con una pregunta estúpida?
—Necesitaba asegurarme de que seguía siendo usted.
—Me temo que sí.
El alivio de Ewan fue tan leve que cualquier otra persona quizá no lo habría percibido.
Cathaline sí.
Apoyó la barbilla sobre su pecho.
—Tengo una queja.
—Naturalmente.
—Ha tardado demasiado.
—Llevo años intentando llevarla a una cama.
—Ha hecho un trabajo muy deficiente.
—Usted no colaboraba.
Cathaline recordó el río, Londres, Eilean Ròs y todas las ocasiones en las que Ewan habría podido intentar avanzar, pero decidió detenerse.
—Antes no —admitió.
Él deslizó la mano por la curva de su espalda.
—¿Y ahora?
Cathaline levantó la mano izquierda. El zafiro capturó la luz de la lámpara y arrojó un destello azul sobre la piel de Ewan.
—Ahora sí.
Ewan tomó aquella mano y besó el anillo antes de entrelazar los dedos con los suyos.
Cathaline volvió a acomodarse contra él.